El tesorero del PP está causando más de un quebradero de cabeza a la cúpula directiva del partido. Las fuerzas vivas populares toman posiciones frente a la aparente inacción de Rajoy. Su estrategia, más que habitual, de dejar pudrirse los conflictos internos, delatan que no estamos ante un caso cualquiera.
Bárcenas maneja los dineros del PP. Es responsable, de una u otra forma, de la gestión de las distintas vías de financiación de la formación. Donaciones privadas, créditos de la banca, subvención estatal… Su conocimiento se presume destacado y general, sus contactos elevados e importantes, su posición claramente destacada en el seno del partido. No todo el mundo puede alcanzar semejante posición de influencias y poder interno dentro de una organización política de la envergadura del PP. Parece obvio que su figura no depende tanto de la confianza de Rajoy como del entramado de apoyos e intereses atribuidos por otros líderes.
Ni el patrimonio de Bárcenas resulta escandaloso ni la imputación parece todo lo grave como la pretenden presentar esos medios que actúan como cómplices descarados de esta campaña de desprestigio del PP. Que hay donde rascar, resulta evidente. Cuanto menos casos de cohecho. Pero, quién no tiene algo de cohecho en su historial? Lo triste es que la mera existencia de lo público, el clientelismo, las competencias estatales y la organización de la representación, generan de inmediato el problema del cohecho. Y es más triste todavía que sean medios presuntamente independientes y agentes jurídicos encargados de defender la Ley quienes en vez de encarar la compleja misión de denunciar la extensión del problema, por el contrario, se sirvan capciosamente de él para construir tramas y campañas de desprestigio.
El PP tiende a ser víctima constante de la ruptura de esos pactos de caballeros (de zalameros, estaría mejor dicho), no escritos, pero constantes en la vida política y pública de un Estado como el español. Nadie denuncia los negocietes del jefe de Estado, nadie habla de las hipotecas del Presidente del Gobierno, de los Presidentes autonómicos, o los créditos personales de diputados, senadores y secretarios de Estado. Nadie habla de los entresijos de la financiación de todos y cada uno de los partidos, ni siquiera se suele conocer el nombre de sus tesoreros. Nadie comenta de dónde han sacado sus fortunas y contactos los ex ex presidentes, ni siquiera por qué ningún político abandona la “profesión” con un patrimonio inferior al que tenía antes de dedicarse al “servicio de los ciudadanos”.
El cohecho, y otras cosas mucho más sucias e intolerables, son el pan nuestro de cada día. Empresarios privados cuya actividad se concentra en servir a las administraciones públicas, los sindicatos o los partidos políticos. Una red de clientelas que convierten la iniciativa privada en apéndice del cáncer estatal y político. Apuntar al tal Correa como artífice de la más deleznable y escandalosa trama de corrupción de los últimos tiempos es tan burdo y falso como afirmar que las prácticas de Chaves, sus subvenciones y amiguismos, son una excepción dentro de la correcta conducta del resto de presidentes autonómicos.
Es probable que Bárcenas salga judicialmente ileso, que su patrimonio, dentro de lo turbio, esté tan limpio como el de Zapatero. Es más que probable que el caso Gürtel, dejando algún culpable formal, quede como lo que ha sido desde el principio: una arbitraria investigación con fines exclusivamente políticos. La guerra sucia entre partidos, la forma en que la izquierda y sus medios afines rompen la baraja, se saltan esos pactos entre caballeros de los que hablábamos, seguirá siendo una constante donde siempre (o casi siempre) será la derecha la más perjudicada.
Ya nadie recuerda el famosos 3% de Maragall, acusando a CIU de corrupción y financiación ilegal. Sería injusto, dadas las circunstancias, que el pobre de Bárcenas acabara convirtiéndose en chivo expiatorio de toda la mierda que abunda y domina la clase política de este país. En ese y en otros debates está instalado Rajoy. Sacrificar a un tipo tan poderoso como Bárcenas no es que pudiera acarrearle más problemas que alivios, sino que en clave corporativa acabaría convirtiéndose en un precedente muy difícil de asumir: un nombre en un titular de periódico, un proceso de dudosa consistencia jurídica, es un resorte demasiado sencillo de activar cuando se trata de hundir la carrera política de alguien. No seamos hipócritas, el juego es el que es. Los que no gustamos del mismo, directamente no entramos en él.
Saludos y Libertad!











público, posee la potestad de permitir o no permitir determinadas actividades y concentraciones, es responsable, junto con los alborotadores (por la noche, en mayor o menor medida, lo somos todos), de que determinados barrios se conviertan en espacios incómodos y poco respetuosos con la intimidad hogareña y personal de sus vecinos.
estos hábitos la ropa es un estorbo, inhibe y reprime, nos oculta, nos cancela e impide expresarnos con libertad. Según estos militantes de la desnudez son ellos la vanguardia del cambio, los que portan el nuevo espíritu que niega por completo el pudor convirtiéndolo en fuente de males, anomalía contranatura, instrumento represivo en manos de represores contra los que debemos levantarnos exhibiendo nuestros genitales por doquier.




sometido Zelaya. Uribe, uno de esos gobernantes que a pesar de los pesares merece ánimo y reconocimiento, también quiere ser reelegido. Las diferencias en la catadura moral y los principios de uno y otro son más que evidentes. Para los enemigos de la libertad parece obvio que Uribe es un esbirro de los yanquis, un pendejo que practica el terrorismo de Estado, que mangonea y aspira a perpetuarse en el poder a toda costa. Un juicio muy sentido en boca de quienes consideran a la guerrilla colombiana vanguardia revolucionaria, amigos de la paz y el progreso, compañeros de misión dignos de apoyo, financiación y cobertura.

integridad y una dignidad incuestionables. Negando la humanidad del feto se abre la puerta a todo tipo de aberraciones, también las eugenésicas, que ya la ley anterior amparaba en uno de sus supuestos.
Hay golpes y hay golpes, y el de Honduras, con los datos que tenemos en la mano, no puede ser calificado de golpe al uso. Un presidente elegido democráticamente hace unos años que pierde el apoyo de su partido y se pasa al lado oscuro del socialpopulismo bolivariano (del siglo XXI) y empeñado en refundar el estado siguiendo la estela venezolana y boliviana se encuentra con el tope del Parlamento y el Tribunal Supremo del país, ambos con el poder suficiente como para quitárselo del medio, como así ha sucedido, por no respetar el orden constitucional del país centroamericano. Calificar el golpe como militar puede ser correcto en tanto han sido militares los que han expulsado a Zelaya del país, pero en ningún momento han tomado el poder, al que el Parlamento ha dejado en manos del vicepresidente de la cámara hasta las elecciones de 2010. Desconozco todos los datos y los medios de comunicación no ayudan siendo como son más proclives al morbo y al alarmismo que a la información clara y veraz, pero lo ocurrido en Honduras tiene más pinta de un “aquí todo sigue igual”, salvo que hemos retirado al Presidente de su cargo por no cumplir con las normas constitucionales e intentar llevar al país al totalitarismo que se está extendiendo peligrosamente por Hispanoamérica.





Más de una semana de enfrentamientos, más de 20 muertos y multitud de heridos, es el resultado de lo que llevamos de protestas en Irán desde las pasadas elecciones. Ya no quedan periodistas internacionales que puedan informarnos fielmente de lo que está ocurriendo en la República Islámica, al menos, nos queda la todopoderosa red de redes.
Que no nos amargue la cruda realidad. El PNV, desahuciado temporalmente del poder secular, no ha dejado de liderar el movimiento vasco, su especialidad, el anhelo de cambio, de un futuro tangible lleno de absurda esperanza. El nacionalismo particularista, el que aspira a secesionar una parte del conjunto, tiene características que lo diferencian, y mucho, del clásico nacionalismo imperialista, aquel que disponiendo de Estado, pretende conquistas en el exterior. Para los actuales Estado-Nación de Bienestar solo queda colocar a su mandatarios en cumbres internacionales, ganar algún campeonato mundial o continental, o tener a un tipo en lo más alto del tenis, el cine o la carrera espacial yanquis. Con las grandes guerras, al menos las potencias occidentales, tocaron techo, desangraron a sus poblaciones y consolidaron el fiero experimento del totalitarismo radical. Ahora, bajo un patrón democrático y de bienestar, el culto ha variado, lo han hecho los objetivos, y todos parecen caminar en la misma dirección de decadencia política institucional.