Reza el cartel: tu dinero hace mucho daño, bajo una imagen de rótulo luminoso, de corte japonés, perteneciente a un local de “Explotación de mujeres”, y en otro un club de “tráfico de armas”.
Es de suponer que el puritano que ha ideado esta campaña establece relaciones probadas entre el tráfico de mujeres y el de armas. Es evidente que lo que es delictivo por coactivo, es decir, secuestrar a mujeres y forzarlas a la prostitución, actividad de proxeneta, bien en lupanar o a la intemperie en vía pública, por su naturaleza prohibida, con razón ética sobrada, se topa y entrelaza con otros quehaceres interdictos.
El Estado prohíbe el tráfico de drogas, o mejor, lo regula excluyendo algunas del comercio legalizado, y regula el tráfico de armas (hoy en día cualquiera puede sacarse una licencia de armas de caza). El empresario, todos lo somos, que advierte una oportunidad de ganancia, a pesar de los costes, sean estos por los gastos propios de la producción y la distribución física, o por la ocultación y evasión del control de la autoridad, huyendo de policía y tribunales, y emprende la acción, si lo hace, sin duda, lo hará porque prevé un beneficio mayor que el que lograría con otro curso de acción, en su caso, legal.
Es decir, es el propio Estado con sus prohibiciones el que genera ganancias sustanciosas en mercados como el de la droga, las armas y la prostitución. El empresario que encara con “valentía” la incertidumbre inerradicable en la que pulula la posibilidad de ser detenido y encarcelado (eso lo analizaremos en otro lugar, dado nuestro sistema de penas puede salir bastante barato), se lanza sobre un ingente, atractivo y suculento beneficio que a los ojos del delincuente profesional, descartarlo, supondría un coste de oportunidad terrible.
Pero vayamos a lo que ha levantado mi indignación. Gallardón paga de nuestros bolsillos la estigmatización, no ya del crimen del proxeneta, con la que todos estamos de acuerdo, no mediando libre voluntad del prostituido, sino el hecho en sí de prostituirse, incluso libremente.
Es bien sabido que en los últimos años, superando con creces el conservadurismo de Manzano, Gallardón ha optado por la persecución abierta de la prostitución, en sí, libre o forzosa. Es labor de la policía y de las administraciones combatir el crimen, pero no la oferta de actos sexuales libres a cambio de un precio monetario.
La seguridad social prohíbe la prostitución, la excluye de las actividades cubiertas. Lo mismo hace Hacienda, que impide declarar como autónomo a quien elija libremente este oficio. El Estado español es profundamente liberticida, eso ya lo sabíamos, pero también puritano, y da igual socialistas o populares, pocos se salvan, la obsesión feminista, el complejo y la incomprensión del credo de la libertad lanzan a los puritanos al poder de la moral pública. La ley es utilizada por estos como resorte coactivo con el que cumplir sus añoranzas invasivas. (Link: publicidad en cabecera, El Plural)
Gallardón, su ayuntamiento, él es el alcalde, ha apostado por la erradicación de la prostitución callejera en el centro urbano, y lo que no es el centro. O apuestan por la prostitución de lujo, la que trataban de despellejar en el Tomate dando iniciales, o directamente su ego puritano se extiende al todo y es el mercado del sexo lo que les molesta. Como hemos dicho lo liberticida del sistema procede de más arriba, de mucho antes, pero la persecución gallardonista con cámaras, policías, y Triball (mirad el link y sabréis de qué hablo) es casi enfermiza y no resuelve el problema.
Como en todo, el problema, el único problema, es que haya unos que coaccionan a otros ilegítimamente forzándoles a mantener relaciones sexuales a modo de esclavos, sirviendo a un proxeneta físico u organizacional, como diría alguno.
El Liberal tiene moral, pero “su” moral. Debe distinguir entre Derecho, moral pública, moral social y moral privada. Es comprensible que en la calle no pueda una señorita escandalizar al viandante con sus descaradas ofertas sexuales, pero esto no tiene sentido prohibirlo, porque será el mismo proceso social el que localice cada actividad, imprima normas de cumplimiento voluntario, de educación, y bastará una reiterada y generalizada condena “de miradas”, por así decirlo, para que la señorita se modere u opte por otro lugar para lanzar semejantes proclamas. Por otro lado, cobrar por tener sexo con clientes, pertenece a su libertad, es una actividad libre y nadie, menos aun el Estado, en sus distintas expresiones, debe perseguirlo violentamente.
Saludos y Libertad!















