Todo ha cambiado demasiado como para que sigamos siendo los mismos. Pero en realidad, nada cambia, los días son iguales, las estaciones se repiten y pocas son las sorpresas que nos deparan los vientos desde esta montaña que habitamos (no es del libro, es mío, jeje).
Thomas Mann, nacido en 1875, vivió los 80 años más apasionantes de la historia reciente de la humanidad. Sus vivencias y miserias internas, sus luchas y complejos, le llevaron a la genialidad de la que sólo es capaz el atormentado.
Admito que únicamente he leído La Montaña Mágica. Tengo ahora mismo en mi montón de libros pendientes, ordenados con cierta prelación deliberada, su Doctor Faustus, que me dejo para el verano entre otros quehaceres.
La Montaña Mágica logró engancharme como pocas novelas lo habían conseguido antes. Empecé con desconfianza, más de 1000 páginas, menudo tostón se me presentaba por delante. Pero me apetecía, y cada capítulo que concluía me iba apeteciendo más.
Trata sobre la estancia de Hans Castorp en un balneario para tísicos, o enfermos pulmonares en general, cerca de Davos, en los Alpes suizos. Puede parecer un tema limitado, incapaz de colmar tantas páginas con un relato interesante. La historia tiene toques previsibles, para que lo vamos a negar, pero sólo en la forma, nunca en el contenido de una narración increíble, llena de giros, de novedades. El tiempo que Castorp y todas las peripecias y reflexiones que vive en la montaña nos acompaña y condiciona poco a poco en transcurrir de nuestro propio tiempo praxeológico, subjetivamente experimentado, como diría Mises.
Mann tiene la capacidad de envolvernos con su prosa, trasladarnos a lo pausado de la vida ahí arriba, al transcurrir tranquilo, monótono pero cargado de interés y profundidad, de un tiempo sobre el que gira en parte la novela.
La vida es distinta ahí arriba, todo cambia, los habitantes de la montaña tardan menos de una semana en hacerse a su nueva existencia, se acostumbran y adaptan a pesar de lo abrumador que todo les pueda parecer el primer día, al bajarse del tren y ascender en el carruaje hasta el balneario.
La recomiendo y la traigo a este blog por su importante huella en mi espíritu, por su fuerza, por una lectura sosegada e inteligente. Un amor imposible y extraño, de esos que desesperan y seducen, y un personaje fascinante, Setembrini, el racionalista, el regeneracionista, el negador de mitos y supersticiones, un tipo liberal distinto, que a partir de la segunda mitad de la novela, si mal no recuerdo, inicia una dicotomía intelectual, de debate y discusión de lo más enriquecedora, con Naphta, un jesuita, judío converso, tachado en algún sitio como conservador radical. Su radicalismo es evidente, pero no es el conservadurismo lo que le caracteriza, sino su apasionada crítica de la libertad, del mercado, de la desigualdad y diversidad de la que surge el orden espontáneo y la prosperidad de la humanidad. Su comunismo es más que evidente, muchos verán en él la plasmación de lo que Rothbard llama los orígenes cristianos del comunismo, pero un personaje de principios de siglo XX.
Mises se refiere también a esta corriente de cristianismo-social. Setembrini se enzarza con él en prolongadas disquisiciones y profusos encontronazos dialécticos, entre dos que se saben polos opuestos pero que en su particular cautiverio prefieren toparse y conversar antes que entregarse al tedio monótono reinante en Davos.
Son muchas las cosas que pueden aprenderse de este libro, pero lo fundamental, lo que me lleva recomendarlo es la experiencia real y única de ser transportado al tiempo vivido en primera persona por su protagonista. Huir de tu vida, zambullirte en un oasis estático, dejar atrás el devenir, el cambio, la realidad dinámica del orden social donde habitamos.
Ese es el milagro de La Montaña Mágica.
Saludos y Libertad!













