Regresamos de París con las pilas cargadas y muchas ganas de avivar el blog, que esos días ha ido tirando de reservas, y mira, no ha ido tan mal la cosa.
Siempre es divertido darse un garbeo por París, viajar es genial, pero mejor si se hace con un poquito de criterio… pero esto como con todo.
“París Bien vale una Misa!” confesó Enrique IV, rey de Francia, obligado a la conversión al catolicismo con el precedente del tiranicidio de su antecesor, otro Enrique, hugonote, como él (corrección: Enrique III no era hugonote). Desde entonces hasta nuestros días esta ciudad ha caminado desde la explosión comercial y demográfica al Estatismo aparentemente triunfante y desbocado durante más de dos siglos, terminando como la patria de la que es capital… algo desubicada.
París reluce, desbordada por el turismo conserva y desarrolla una vida propia sin igual. El visitante novato puede quedarse con la imagen de desproporción monumental y zonas sobreexplotadas. Profundizar y conocer la vida, la vida real de la ciudad, supone advertir que continúa latiendo la vanguardia espontánea, en ocasiones forzada, que empuja su personalidad dejando por los suelos la pretensión que en otras urbes se emprende en la misma dirección.
Digo que París se hace a sí misma porque así lleva haciéndolo desde hace siglos. Pero algo le condiciona y desdibuja. París es la capital del Estatismo. Caminar por sus calles trazadas en el XIX por Haussmann, por orden de Napoleón III, un perfecto megalómano, satura y convence. El Estado es Grande, viva la intervención urbana. Pero hay más, no basta con viviendas, oficinas y centros comerciales, una ciudad, la Nueva Roma, no puede lucir sin colosales monumentos, sedes oficiales agigantadas y de órdenes arquitectónicos descomunales y amorfos. El Louvre, del edificio de Luis XIV, otro sátrapa estatista, el padre de todos los tiranos invasivos, a los brazos napoleónicos, no del primero, sino del III, muy “bonitos”, muy impresionantes… desechos artísticos continente de una buena colección fraguada en el expolio, muy publicitada, pero en absoluto todo lo buena que dicen, venden y pretenden.
Templos, columnatas, la Roma moderna, una ciudad inmensa, restos góticos reconstruidos y edulcorados, mezcla de estilos, piedra y más piedra, el horror ecléctico y mastodontes de sillar en cada manzana. Y por suerte, algo de lo viejo, fachadas inclinadas, deformes, blancas, calles estrechas y restos de ambiente.
París es la capital del mercantilismo, el centro de poder de la barbarie revolucionaria, desde 1789, con sus validos incendiarios, nada liberales. Las ciudades, las grandes ciudades, se construyeron entre 1800 y 1939. Grosso modo, este periodo dibuja ese aspecto que hoy consideramos eterno. París marcó el modelo, el estatismo francés quiso que su escaparate aparentase ser Eterno. Mezclar el progreso con las raíces imperiales, mezclar el hito con el ambiente tremendo y apabullante.
Esa es París, y aun así, sigue viva. Detrás de estatuas, iglesias, palacios, museos, frontones, columnatas, puentes y jardines, se esconde una de las ciudades más vivas y dinámicas del planeta. Todos caemos rendidos ante su sobrehumana condición. Con el tiempo obviamos lo evidente y nos quedamos con lo auténtico. Cae el telón y París da la talla. Nos queda esperanza, el estatismo no lo puede todo.
Saludos y Libertad!













