Cabestreros es una plaza madrileña ubicada entre las calles Mesón de Paredes y del Amparo. En toda la zona, pero en especial en este espacio abierto se reúnen cada día decenas de hombres negros. La estampa es cuanto menos llamativa. Pocos turistas se aventuran por estas calles, sólo los que las conocemos solemos pasear por ellas. La delincuencia, en mi opinión (cada uno tiene una vivencia particular) ha menguado considerablemente. Salvo las bandas de jóvenes marroquís, con la calle Lavapiés con San Carlos como centro de operaciones, el barrio es hoy más seguro que hace 15 años, cuando la marginalidad derivada del prohibicionismo de la droga tenía en el centro de Madrid, entre Chueca y Lavapies, uno de sus estampas más características.
Mi comentario respecto a los Negros de Cabestreros es el siguiente.
Ya hemos dedicado algún artículo al fenómeno migratorio. Lo que queremos rescatar aquí es el problema social, actual y futuro derivado de la inmigración de procedencia subsahariana.
Meses y años de caminatas, algunos, otros pagando a transportistas de humanos, por llamarlos de algún modo. Antes por Ceuta y Melilla y su barrera colador, siempre con pateras. El Estrecho es breve pero peligroso. También lo son las aguas que separan el continente africano de las Islas Canarias. Arriesgan su vida como parte del coste asumido para cumplir el primer paso en lo que creen cubrirá sus expectativas.
Estas personas, muchos hombres, pocas mujeres, parten de sus lugares de origen no movidos por el
hambre o la violencia, que también, aunque matizaremos a continuación, sino por una expectativa de unas condiciones de vida que valoran más que las que tienen en su hogar. Decimos que no vienen por hambre porque por desgracia los que se mueren de hambre no pueden ni moverse del sitio. Este tema es interesante porque nos ayuda a ver la cuestión con más rigor. Las migraciones por hambruna comienzan cuando esta se presenta y transcurre un tiempo sin visos de solución. La tendencia es a que los desplazamientos sean en grupo, en tribu, y a zonas cercanas, de igual manera que cuando la guerra o la violencia hacen insoportable o imposible la vida en un lugar. Los campos de refugiados africanos están a cientos de kilómetros de sus tierras de origen, no al otro lado del mediterráneo.
Los que vienen lo hacen porque creen que podrá hallar mejor vida, teniendo en cuanta que en sus países la tienen, pero consideran que peor.
El Efecto llamada es evidente. Esta gente, joven, no busca establecerse y crear una familia en su destino. Los que ya han venido, mayoritariamente, no lo hacen. Ellas, pocas, en general, por lo menos en las calles de Madrid, se dedican a lo que se dedican. Y ellos, muchísimos más, conviven en grupo trabajando en ocupaciones muy concretas.
Es cierto que muchos negros han conseguido legalizar su situación e integrarse en puestos de trabajo “legales”, construcción, reparto, o lo que sea, y parecen tener un futuro aceptable. Pero otros tantos, en una ilegalidad consentida por las autoridades, merodean por la ciudad sirviendo a negocios interdictos como la venta en mantas de cualquier cosa. En Italia vendían bolsos, plumas y relojes, aquí al principio sólo discos y dvds… ahora, ante la pasividad de la policía, han incrementado su oferta.
Estas personas no han dejado familias hechas, un modo de vida organizado, y se han venido a intentar iniciar aquí algo parecido. Ya existe el precedente y actúan en consecuencia. Los que vienen desde hace años lo hacen para vivir como viven los que ya están. Ganar dinero fácil y rápido, compartir piso con no sé cuantos, conseguir ropa, complementos, móviles, de esta y aquella marca… Su expectativa es esa.
Merece la pena advertir estas circunstancias porque no es igual el fenómeno social de un flujo migratorio procedente de Sudamérica o el este de Europa, que el éste, con origen en África y con estos protagonistas.
Son personas pacíficas, hay que reconocer que no dan problemas como si lo hacen otros. Sombrar que merodean y viven, van en el metro, se sientan a la sombra de los edificios que bordean Cabestreros, tienden su manta en Preciados, corren por Gran Vía…
El resto de ciudadanos, incluidos los inmigrantes que si intentan desarrollar concretos modelos de vida aquí, deambulan indiferentes. Como no son un problema para la seguridad de nadie, los delitos que cometen tienen una víctima que no padece directamente y viven en sitios concretos, nadie se preocupa por ellos.
El desastre social puede ser terrible. Lo mejor que les podría pasar es que en sus mentes estuviera mandar dinero a sus familias, ahorrar y volverse, porque si no… qué van a hacer aquí dentro de 10, 15, 20 años? Qué futuro les espera? Son 10 hombres por cada mujer, sus pautas y hábitos no les facilitan la integración. Hacen lo que hacían en sus hogares pero solos, juntos y con mejor ropa y algún capricho tecnológico…
Únicamente es una reflexión al respecto. Tiempo tendremos de comentar en términos generales la cuestión migratoria, y los casos concretos de flujos migratorios y tipo de inmigrantes.
Una Sociedad Abierta, capitalista, liberal no discrimina por procedencia, no impone barreras artificiales, reconoce la dignidad de todos, la capacidad de cada ser humano a ofrecer su conocimiento, ejercerlo, practicarlo y servirse de él para vivir, vivir lo mejor que pueda, de la manera que desee, dentro de un orden espontáneo en el que todos perseguimos nuestros propios fines contribuyendo inconscientemente a los de los demás.
Saludos y Libertad!