Lo tiene todo para ser escenario de las historias más rocambolescas. 
El complejo de la “centralidad”, la conciencia de que sólo desde Madrid pueden ser más de lo que serían sin ella, la apuesta por un capitalismo de despacho, ministerio y dirección general, el complejo de inferioridad y el parejo de superioridad, las ganas de ser como si fueran del otro lado del Pirineo, el recelo hacia el sur y el apego tramontano, el europeísmo, queriendo ser cabeza sin mancharse las manos…
Hablo de su clase política, claro. Sostenida por una opinión pública militante o pasiva, lo mismo me da. Se puede delinquir por acción u omisión.
Hablan de dinero porque no han sabido nunca hacer otra cosa que manejar el Estado (español) para provecho propio. Son intervencionistas y lo han sido siempre. Sin reasignación y expolio no sabemos que habría sido de ellos. Con los borbones, en el XIX, con Alfonso XIII, Primo, la República y Franco (antes nada eran, y lo saben).
El discurso se agota cuando uno recibe lo que al parecer podía conformarle. Si no se pide la luna o se pegan cuatro tiros, todo tiene límite. Estirar y estirar, barrer para casa. No es mala técnica cuando ante ellos se abren las puertas de un Estado español más redistributivo de la cuenta.
Los dineros importan, las competencias también. Ellos rompieron la baraja contra el que ganó. Perdida la excepcionalidad se deben conformar con el régimen común y la fuerza en el Congreso. De ella maman privilegios, guiños y millones. España para lo bueno, pero nunca para lo malo. Ya se sabe que las pesetas catalanas no deben ir a parar en la creación de administraciones lejanas, sino oportunidades de ganancia para los empresarios patrios.
El Estado español, franquista donde los haya, apuesta por el centro cargado, los vascos mandando y los catalanes succionando. Todo se tuerce cuando eso de la empresarialidad y la perspicacia brotan aquí y allá. Europa paga a fondo perdido, también fuera de Cataluña y las Vascongadas.
Y lloran los catalanes (sus políticos), corruptos y corruptores, endeudados por la inmersión (el fascismo cuesta, vaya si cuesta), incapaces de afrontar reformas, abrir zanjas y cerrarlas, hacer metros e inaugurarlos. Pobrecitos, sin dinero, que va todo a parar a Extremadura, Galicia y Andalucía. Redistribuyen menos que Madrid pero no logran brillar más que ella. Solicitan un trato deferente, una relación bilateral, y aun así, arrastran su cuerpo herido, mutilado por los Ciu, los PSCs y los ERCs. Estado Catalán inútil, corrompido, ineficaz. Quiere cárceles, policía, tráfico y ahora blindar fronteras a la salida de impuestos. Todos para ellos, que ellos si saben gastarlos.
Cataluña se desvanece, el sueño se pierde entre hordas de iracundos enfermos de catalanismo y estatolatría. Su pesada y cutre intervención deja viejas las aceras, las fachadas, los transportes, colegios, hospitales, carreteras, y lo que es peor, hace fascistas sus leyes y aspiraciones “nacionales”. Si en las provincias vascas el crimen, el miedo, la aquiescencia y la chulería han eclosionado en forma de indignidad social generalizada, los catalanes padecen otros males, pero igual de corrosivos. Lo suyo es la vanguardia, el quiero y no puedo, el complejo, el recelo, el miedo. Sociedades enfermas, Estados insostenibles. La Diada importa a algunos; por desgracia son aquellos los que gobiernan y los otros los que gobernar les dejan.
Y Rosa Diez queriendo revivir o refundar el nacionalismo español. Para ella la majadería, prefiero seguir siendo madrileño.















