“Los de UPyD son los típicos que siendo de Derechas se niegan a reconocerlo”. Una frase valentona, tan simple como aguda, lanzada muy cerquita de Génova 13, que, azarosamente, ha caído justo al lado de una diputada del PSOE en la Asamblea de Madrid. Se detiene, sonríe, me percato de ello, y rompe a hablar con simpatía: “me ha encantado la frase, llevas mucha razón, yo les llamo UPyD y D…”. La situación no ha llegado a ser embarazosa porque no soy de los que van de íntegros y enseguida se lanzan a decir: Perdone señora, pero no iban por ahí los tiros. Me detengo, sonrío y escucho.
En la vida, cuando uno da la nota y suelta tópicos por doquier puede encontrarse tres cosas: indiferencia, afectados e indignados, o cómplices superficiales. El caso de la socialista conforme con mi aseveración pertenece a esta tercera clase de reacciones: obviamente no ha entendido el sentido que ese “de Derechas” portaba en mi laxo argumento. Con quien yo charlaba, conocía la intención, pero la pobre progre ha captado exclusivamente el artificio altisonante.
Hemos hablado de la ley de partidos, de la sub-representatividad con que sanciona a IU, y el curioso ascenso de UPyD a costa de populares y socialistas. Cuando un proyecto cuaja, aunque se trate eventualmente de un espejismo que no se sabe si acabará consolidándose, siempre se apela al rumor conspiranoico antes de analizar la realidad subyacente. Rosa Díez pudo optar entre la profesión de contertulia a tiempo completo o compatibilizarla con una aventura política. Se espero a consolidar su pensión de eurodiputada para dar el salto y lanzarse a la arena, lo que más que criticable me resulta tan humano como común. Savater, ahora rebotado, ganó el Planeta y se atrevió también (600.000 euros son un buen colchón). Ilusionante porque sonaba a moderación, pero estos inventos que apelan a la crítica general del sistema y la condena del bipartidismo imperante, terminan por plantear discursos tan huecos como peligrosos. Una vez toquen poder, tenderán hacia donde les tiren sus vísceras y su estómago, en esa conjunción que caracteriza al político profesional. El bipartidismo, por tanto, no es una imposición perversa de unos cuantos manipuladores de masas, temerosos del pluralismo y la representatividad, sino el resultado normal de todo sistema de intervención extensa, de toda socialdemocracia totalitaria.
UPyD reza un autoritarismo que no es nuevo. Evoca una arrogancia intelectual típica en quien se quiere en el punto intermedio, en el sano equilibrio, siempre defendiendo una “racionalidad” tan coherente como contundente. Constructivistas, en definitiva, que no han probado Poder de veras. En cuanto lo hacen, tornan oportunistas resabiados, esbirros de lo políticamente correcto. Su actual posición les garantiza una falsa altivez, una sensación de superioridad moral, de darse cuenta de los problemas reales, de plantear discusiones certeras, y no artificios propios del ripio político. No se les cae de la boca el dichoso Consenso, Consenso!
En UPyD abunda el derechismo progre y acomplejado, el derechismo que no comulga con la iglesia, que no se siente cómodo con los hábitos y costumbres del sano pijo español (ejem), que siente repugnancia hacia aquel, sintiéndose intelectualmente por encima del tópico pepero. Acomplejados porque ven en el progresismo un alarde moral y una estética a sabiendas superiores, o eso sienten, porque en el fondo exhalan un tufillo estatista que ni siquiera ocultan. Progreso, democracia y derechismo, combinado en una amalgama muchas veces indescriptible que atrae como la miel a tanto y tanto snob y arrogante, a tanto listillo cansado de arrastrar tópicos con los que no comulga, con tan poca personalidad como para no soportarlos a pesar de los pesares.
Yo no sé si la socialista con la que me he cruzado esta mañana, ha reaccionado tan complacida ante mi frase, más por mis pintas que por la interpretación que habrá hecho de dicha frase. Los domingos borrokillas tienen estas cosas.
Saludos y Libertad!