Va siendo hora de hacer nuestra propia revolución
Quizá en esta Europa decadente, el jolgorio árabe sea la noticia más relevante, y prefiera olvidarse así el terremoto que desde hace unos años tambalea los cimientos mismos de su modelo social de convivencia entre Estado y mercado. Allí donde hay más mercado, contención pública y ánimo emprendedor, antes se está superando el quebrando provocado por las políticas inflacionistas y expansivas de los gobiernos a través de sus bancos centrales. Mientras que en los países más intervenidos, donde con más intensidad se han aferrado a la dirección centralizada de la economía, la política del déficit y el gasto por el gasto, peores consecuencias tiene aún la gravísima crisis financiera vivida.
El fracaso de España y su modelo rígido de relaciones entre Estado y Mercado, se vio primero en un descalabro inmobiliario catastrófico, la duplicación del paro y la quiebra generalizada de empresas, familias y administraciones públicas. Nuestros gobiernos, con contadas excepciones, creyeron animar la economía entrando en déficit, si comprender que el problema que teníamos era el de un sobreendeudamiento previo, de tipo privado, y un sobredimensionamiento de sectores productos animados por la insostenible y alocada inflación de precios de bienes y activos. Un mal diagnóstico condujo al peor de los escenarios.
La revisión del Estado de Bienestar no se debe sólo al estancamiento económico o las dificultades financieras de las administraciones públicas, sino a su naturaleza misma. Sistema de pensiones de reparto en una sociedad en evidente crisis demográfica, con un modelo que ya tuvo que sumar otras vías de financiación tributaria a las cotizaciones en sentido estricto, y que ahora se sabe tan quebrado como entonces, pero con la cruda convicción que ni siquiera a través del maquillaje contable podría presentarse una imagen alentadora sobre su futuro. Menos pensiones y más cotización. Un fraude para quienes se hallan a punto de jubilarse, pero más aún para aquellos que están en la mitad de su vida laboral, o simplemente iniciándola. Lo raro es que no se extienda un movimiento de insumisión fiscal entre los menores de 40 años, conocedores de que sus cotizaciones e impuestos no revertirán en forma de pensiones suficientes, ni por asomo proporcionales a todo lo aportado, y ni mucho menos equivalentes a lo que podrían obtener de todo ese capital confiscado mediante casi cualquier otra forma de inversión.
Y ahora hablan de copago sanitario. Porque el cáncer del Estado de Bienestar español, junto con la Seguridad social y el sistema educativo, es la sanidad. Primero se optó por financiarla con cargo a los presupuestos generales (nacionales o autonómicos), sacándola del ámbito de la seguridad social y las cotizaciones (que ahora sólo sirven para pagar pensiones contributivas, y ya vemos con qué futuro). Y ahora, tras el invento del céntimo sanitario, la externalización (o “privatización”), sacar al 90% de los funcionarios del sistema público para así nutrir los seguros privados a través de Muface, etc., nos dicen que el gasto es inasumible y hay que aprobar algún tipo de tasa. Porque se trata de eso: el copago equivale a fijar tasas para aquellos que consumen efectivamente dicho servicio. Todos pagamos la sanidad con nuestros impuestos. Muchos pagamos dos veces, pública y privada, y aún así las urgencias públicas siguen saturándose, y el gasto creciendo. Ahora toca castigar a quien confía ingenuamente en la pública, o no tiene más opción que recurrir a ella.
Las señales son tan crudas y contundentes que parece incompresible que el Partido Popular reproduzca la hipocresía del gobierno aplaudiendo los recortes que hagan posible dar una falsa apariencia de continuidad o sostenibilidad de nuestro Estado de Bienestar. Parcheando, recurriendo a la externalización, a la creación a escondidas de nuevos tributos, al recorte de prestaciones, etc, no se está haciendo ningún bien a los españoles, ni se apunta a que vayan a ser capaces de solucionar la situación en apenas dos años. Tocan medidas más drásticas si no queremos condenar a las generaciones más jóvenes, y las que estén por llegar, a un panorama aún más sombrío que el actual. La revolución exige desechar los fracasos evidentes apostando por la alternativa real, y no la imaginaria de un Estado aún más intervencionista. Nos movemos entre el continuismo y el totalitarismo izquierdista, ya que la alternativa, la única alternativa que es la liberal, no está siendo defendida por nadie.
En vez de autocomplacernos, o asustarnos, contemplando el estallido revolucionario en el norte de África, démonos cuenta de los males que nos abordan y aclaremos nuestra propia situación. Tres opciones se nos presentan: Seguir muriendo, morir de una vez por todas, o luchar de veras por nuestra libertad y nuestra prosperidad.
Saludos y Libertad!




Pedona la pregunta pero “Tu y cunatos mas?”. Porque en Espańa los liberales caben en una cabina telefonica.
Sí, JFM, “caben en una cabina telefonica”, lo que demuestra el descomunal nivel de ignorancia, retraso y primitivismo intelectual de los habitantes del Reino… y, por supuesto, las nulas perpectivas de salir adelante alguna vez sin intervención foranea… pero, ojo, ¡bien foranea! … nada de europa: ¡americanos o judíos, por favor, no nos ignoreis!
No hablo de una revolución liberal, si no popular. Y obviamente no creo que vaya a suceder. El gran éxito de la socialdemocracia es haber conseguido un cuerpo social conformista y sin ímpetu.
ostras JFM, pedazo de cabina telefónica. ¡Yo quiero verla! Yo tampoco creo que suceda por todas las razones que ha expuesto yosoyhayek y RAM tiene más razón que un santo también.