El socialismo
Muchos creen que con el socialismo desaparecen las escandalosas diferencias de riqueza entre los individuos. Que los medios de producción dejan de ser gobernados por la avidez del beneficio y la competencia voraz, para ser dirigidos hacia fines colectivos, “sociales”, que distribuyen equitativamente sus resultados. El socialismo es sinónimo de justicia, mientras que el libre mercado, deliberadamente denominada “capitalismo” con evidente voluntad manipuladora, equivale a violencia, opresión y sacrificio de la mayoría.
Cuando hablamos de capitalismo podemos tomar el término de maneras diferentes. Capitalismo, en sentido estricto, es aquel sistema institucional que favorece un orden económico capaz de acumular capital, conservar el ya existente, y darle, en todo caso, el uso más eficiente de los posibles. En esto deben coincidir liberales y socialistas, en cuanto al fondo y el objetivo de todo sistema económico. Sin embargo, mientras que los primeros saben que el sistema institucional compatible con la mejor producción y el mayor bienestar es aquel que se fundamenta en la propiedad plural y el libre mercado, los socialistas, de todos los partidos, doctrinas, ideologías o religiones, confían en que puedan lograrse mayores resultados mejor distribuidos, siempre y cuando se colectivicen dichos medios de producción y las decisiones económicas sean centralizadas en un órgano director omnisciente.
No es cierto que todos los liberales “sepan” que su opción es en verdad la que mejor se adapta a la realidad del orden social y la naturaleza cognitiva del ser humano. Pero basta con que lo crean para que los resultados de su personal apuesta reviertan en forma de riqueza suficientemente distribuida entre todos los partícipes del mercado. Tampoco es cierto que todos los socialistas “confíen” en estar en lo cierto, porque la historia nos permite afirmar que ha sido la socialdemocracia, basada en la relación entre Estado y Mercado, aquel sistema totalitario de tipo socialista (todos lo son) que mejor ha sabido adaptarse a las miserias intelectuales del hombre contemporáneo, y que ha conseguido una apariencia de bienestar y “justicia social” presuntamente incontestable.
El socialismo no consigue reducir las diferencias de riqueza entre los individuos. La imposición de la dictadura económica genera la igualación desde debajo de la mayor parte de la población, sometida al racionamiento de bienes y la asignación de funciones sin otra expectativa que cumplirlas y conformarse. Son los directores económicos, la casta que decide y gobierna los medios de producción, la minoría que disfruta de todas las ventajas, lujos y dispendios posibles. La ausencia de libertad económica fuerza a que el ascenso social, el enriquecimiento personal, dependa de la participación política, con todo lo que conlleva.
Cuando el orden económico queda supeditado al político, desaparecen las oportunidades que brinda el libre mercado para que cualquiera alcance objetivos diferentes a los que parecían predispuestos para él. Se trata de elegir entre la dictadura de unos pocos, contra el resto, frente a la dictadura de la inmensa mayoría frente a los grandes propietarios de medios de producción. Los ricos en un sistema de libre mercado, en la medida que el orden político no someta al económico, deberán su riqueza al éxito de sus productos en competencia por satisfacer los gustos y deseos de los consumidores. La riqueza dependerá entonces de la herencia, lo cual es perfectamente legítimo, pero mayoritariamente del éxito empresarial, lo cual equivale al gobierno de los consumidores, en definitiva, de todos y cada uno de nosotros.
Dentro del orden social, el Derecho es el único factor trasversal que supera a dos órdenes, el del mercado y el del gobierno, que, por propia naturaleza, concurren en paralelo y nunca supeditado el uno al otro. Esta estructura piramidal y compartimentada es la que el socialismo pretende subvertir con la excusa de ideas y teorías que en absoluto responden a un estudio científico y certero de la realidad de la sociedad o el ser humano. El estatismo, como herramienta que hace posible la masiva redistribución de la riqueza, o el gobierno económico relativamente centralizado y planificado, representa, por tanto, la quintaesencia del peor error intelectual y moral del que es capaz el Hombre en su intento por comprender su propia condición y el mundo que le rodea. Se trata, visto de esa manera, más allá de la cuestión estrictamente política o económica, de una insalvable tara epistemológica.
Toda opción económica que no sea regresiva o primitivista, tiene en común su carácter “capitalista” (en los términos comentados). El socialismo pretende mayor riqueza, y una distribución más equitativa. Sin embargo, el resultado de su programa político y económico es el de hacer ineficiente al sistema productivo, o lo que es lo mismo, incapaz de incrementar los niveles de riqueza disponibles, y, en todo caso, so pretexto de garantizar una distribución “justa” de esa menor riqueza, consolidar una clase de asalariados enfrentados al racionamiento y la constate frustración de necesidades, y, al mismo tiempo, alzar una clase dirigente que acumula bienes y ventajas inaccesibles para el común de los mortales, salvo que se introduzcan en un elitista y mezquino sistema político. Este principio es común para todo tipo de socialismo, sea cual sea su intensidad o respeto por determinadas parcelas de mercado, propiedad plural o libre iniciativa.
Saludos y libertad!




Totalmente de acuerdo con tu post.
Enlazo un artículo relacionado con la crítica al libre mercado y la desigualdad y pobreza y la falacia al respecto, que creo que será de interés.
http://valor-crecimiento.blogspot.com/2010/07/la-desigualdad-es-pobreza-economia.html
Un saludo
Veo un fallo en su argumento, según usted explica las cosas. Dice:
Pero entonces los que sean propietarios de los medios de producción solo tienen que hacer un cartel y entonces ya no tendrán que molestarse en satisfacer los deseos de los consumidores sino que podrán imponerles lo que quieran como monopolizadores de los medios de producción. Este argumento lo usan los intervencionistas para justificar la regulación del mercado, leyes anti-trust, etc. Regulación, que bajo mi punto de vista simplemente lo que consigue al final es proteger a los grandes propietarios de la competencia.
Sin embargo, no estoy muy de acuerdo con que tenga que tuviera que pasar todo eso necesariamente. No creo que de existir un mercado libre esté del todo claro que conduzca a una situación final en la que haya unos pocos grandes propietarios y un montón de consumidores, como me parece que sugiere su texto, sino que podría llevar a otra situación de un montón de propietarios-productores-consumidores, en la que no podría darse, o no al menos tan fácilmente, el problema de la formación de carteles.
Quizá no lo he expresado bien del todo. Quería referirme al mito de la gran desigualdad, de que el capitalismo de mercado tiende a acumular la mayor parte de la riqueza en manos de unos pocos. Esto no sucede así, si bien es cierto que podrían identificarse contadas inmensas fortunas. La idea es que, aun en tal supuesto, siempre que estas grandes acumulaciones de poder económico no procedan de la organización política del orden social, sino de la mera concurrencia en el mercado, su efecto sería irrelevante en términos de libertad y prosperidad de cada individuo. Un mercado libre hace que incluso los grandes capitalistas se hallen sometidos al mandato del común de los consumidores.
En Roma, el poder político estaba asociado a la casta de los patricios. Que en el proceso de devenir un imperio, entró en el negocio del comercio internacional.
En la Edad Media el poder político llevaba aparejado un control de las tierras de cultivo, por tanto económico también. Y en aquellas área más burguesas, por un consejo de notables que normalmente eran los más pudientes.
En el absolutismo, las grandes empresas solían ser patronazgo real. Precisamente en esta época vemos lo que la empresa es capaz de hacer sin regulaciones, como el tráfico de esclavos.
En el colonialismo más de lo mismo, creando normas ex profeso para mantener privilegios a una parte de la sociedad, incluyendo las compañías comerciales amparadas por la corona.
Nunca, nunca, el poder político ha estado desligado del económico. Ni siquiera cuando la usura estaba prohibida.
Se podrá discutir la idoneidad de un modelo u otro. Pero de entrada hay que tener claro que cualquier diferencia de rentas que exceda cierta proporción (en Suecia suele ser de 1 a 7, en España de 1 a 200), tiene como consecuencia un poder político, aunque este no esté respaldado por cargo público alguno. Y a la inversa, un poder político siempre tiene su traducción económica. Y esto es especialmente cierto en nuestros días, en los que la monetización de la economía permite hacer muchas más cosas con dinero que, pongamos por ejemplo, en tiempos de los mayas, con todo su oro.
Colegio con que la aplicación de “eso” que llaman socialismo no ha servido para demostrar nada más que hay que andar con cuidado con las atribuciones que se arroga el aparato estatal. Pero eso no debe hacernos perder de vista que la finalidad última de la vida no es crear riqueza, si no vivirla.
Del mismo modo el estado no ha de ser entendido como un agente económico cuya perentoria necesidad de superávit lo equipare a cualquier empresa privada. Como tampoco hay que creerse que la libre concurrencia da como resultado el mejor servicio al consumidor. Un ejemplo, la sanidad yanqui, en la que colisionan los intereses encontrados de empresas y consumidores.
Es difícil encontrar una ecuación que favorezca el desarrollo de iniciativas individuales y colectivas, al tiempo que se garantizan unos derechos mínimos. Un ejemplo de las contradicciones de nuestro sistema capitalista es el energúmeno legal llamado ACTA (http://es.wikipedia.org/wiki/Anti-Counterfeiting_Trade_Agreement). Puesto que desde una óptica liberal es una herramienta intrusiva en la vida privada de las personas y un intento de proteger intereses corporativos.
Resumiendo, el problema no es tanto ideológico como el de la realidad factual. El socialismo ha llegado a nuestros días como una sombra de lo que pudo haber sido. Se puede discutir acerca de si tratar de establecer un modelo de sociedad es perjudicial, tal como intentaron las izquierdas hegelianas. Pero no se puede pretender quitarle una pata a una mesa sin proponer otro sustento. De lo que estoy convencido es de que cualquier propósito para mejorar la vida del ciudadano es una cuestión política.
En este sentido, sería deseable que las empresas se implicaran a fondo ampliado su cómputo de inputs al mero ejercicio contable. Incluyendo el bienestar de sus miembros así como los efectos de su actividad en el medio ambiente. Esto supondría una revolución no sólo económica, también social. Pero como de momento esto no tiene visos de suceder, es necesario establecer un marco legal, a veces coercitivo, que impida que se oprima a los individuos. Es aquí dónde el socialismo hace acto de presencia, aunque haya fracasado estrepitosamente. El ejemplo más esperpéntico es China, que suma lo peor del capitalismo feroz y de la dictadura política. ¿Es éste el modelo a seguir? No, y mil veces no.
En todo caso, es en el campo de la política, del estado, dónde se ha de empezar a hacer limpieza. Un estado corrupto como España no garantiza esa ecuanimidad, ni si quiera la libre competencia. Es una cuestión de madurez ética, de principios. Sin ellos no hay fórmula que valga y alguien ha de asumir ese rol. Si no lo hace la empresa, lo tendrá que hacer el estado, y si el estado tampoco lo hace… entonces pasa lo que pasa en Túnez.