Son tan ingenuos quienes piensan ser capaces de remoralizar a los individuos partícipes de una sociedad, como aquellos que apuestan como principio por la refundación moral organizada y compelida desde el Estado. Los unos creen en un mundo cargado de valores, dicen que “humanistas”, asimilables a la rectitud contemporánea que simboliza el cristianismo occidental. Los otros, sometidos a idénticos impulsos, plantean la superior necesidad de secularizar la religión, politizar la convivencia y los valores, relativizar la moral, todo ello a fin de alcanzar ese mito recurrente y eterno del “hombre nuevo”.
El aborto ha sido siempre un recurso de urgencia para solucionar situaciones de malestar, estados de necesidad, mero capricho, imagen pública, apariencia de rectitud moral… Se viene abortando desde que el Hombre vive sometido a una cultura extensiva con implicaciones complejas y un orden moral tramado. Recurrir al aborto como solución de una patología grave en la embarazada no es en absoluto asimilable al aborto como acto de corrección de una situación incómoda o no deseada, evitando sus consecuencias sociales.
Antes el embarazo, para la mayoría de los individuos, era algo mágico que culminaba en el parto con el alumbramiento de una nueva vida, con forma humana y capaz de sobrevivir con ciertos cuidados. Así se definió en Derecho Romano, pero también hace poco más de un siglo en nuestro código civil. Sin embargo sí se sabía que algo pululaba en el interior de la madre durante 8 o 9 meses antes de parto. Se reconocieron derechos y se estimo al no nacido en ciertos aspectos.
Las autopsias y disecciones de mujeres embarazadas abrieron al conocimiento humano la realidad de la gestación, la existencia de un ser humano en formación desde etapas muy primarias del embarazo. La Iglesia fue beligerante con estas prácticas. Dentro de la iglesia y entre aquellas clases beatas y entregadas al culto y la regla moral imperante, abundaron desde siempre los abortos calculados y deseados. Mujeres que por sí mismas o impelidas por otras personas, han abortado como mecanismo de defensa, de decencia, solventando problemas que una sola intervención podía evitar de por vida. Ese espíritu no es nuevo ni puede atribuirse en exclusiva a la época que vivimos hoy.
Diferencias hay muchas, y son estas las que deberían alarmar a todos los moralistas, trascendentes y los mundanos, a los que apelan a la integridad ética y la responsabilidad, o a los que se aferran al sueño del “hombre nuevo”.
Nunca ha estado la mujer tan socialmente reconocida como en las sociedades occidentales del presente. Nunca ha sido tan independiente, familiar, sexual o jurídicamente. La igualdad civil es un hecho trasladado a la vida diaria, y aun con excepciones pocas mujeres podrán apelar a presiones morales o dominios efectivos como excusa personal que las exonere por completo de la responsabilidad que conlleva un aborto voluntario y sin causa de necesidad o legítima defensa.
Vivimos una época de conocimiento donde gracias a la ciencia médica conocemos el momento de la concepción, pudiendo detectarlo casi de inmediato, ubicando en dichas situaciones la evidencia de una gestación humana. Sabemos que el embrión ya es único e irrepetible, que desde el principio puede hablarse de un ser individualizado de tipo humano. Sabemos que, con indiferencia de la semana en que se halle el embarazo, lo que se desarrolla dentro del vientre de la madre es una persona que merece cierta consideración. En un plano distinto pero acompasado con el que representa el conocimiento científico camina el reconocimiento social. Ante lo que conocemos no deberíamos ser capaces de mirar para otro lado y negar la evidencia.
El filibusterismo intelectual, dogmatismo ideológico por así decirlo, burla la inteligencia de cualquier mintiendo sin vergüenza y creyéndose sus propias mentiras. Decir que un feto humano no es un ser humano no deja de ser la admisión de que sí se afirmase lo contrario el abortismo estaría en una difícil situación ética.
El aborto no desapareció con la “liberación” de la mujer, la expansión y mejora de los métodos anticonceptivos, la “liberación” sexual de todos, las proclamas a favor de la promiscuidad, de la vida licenciosa que decían antes, del folla con quien quieras y todo lo que puedas… No se logró un individuo más responsable gracias a esos incrementos de libertad en sus acciones. Todo lo contrario, gracias al culto de la “libertad del cuerpo” se consiguió una masa desmoralizada que tomaba decisiones sin sopesar los costes y consecuencias de las mismas. Libertinos entregados al maternalismo del Estado, de quien esperan dosis de permisividad e inmediata intervención tuitiva. Un Estado que te deje hacer, pero que a continuación te recoja de tus miserias y salve tu vida. Un Dios mundano, terreno, que te de nuevas oportunidades, que te subvencione las rectificaciones, que asuma el coste de tus acciones.
Una sociedad más libre debería ser, por definición, una sociedad más responsable. Quien sueñe con erradicar el aborto apela ingenuamente a una naturaleza humana que no comprende. El aborto seguirá existiendo siempre, lo importante es estudiar la intensidad en su práctica y el trasfondo que lo convierte en algo más habitual de lo razonable. Es ese el auténtico problema social, más allá de las miles de vidas en formación que son segadas antes del alumbramiento. No bastan las ecografías para conmover el ánimo de la abortista. Saturados de realidad distorsionada, ni siquiera una visión en tres dimensiones consigue que sea perceptible la entidad de quien será víctima de una decisión arbitraria e interesada.
El antiabortismo suena a política reaccionaria, y en parte, algo de eso tiene. Plantearlo desde argumentos meramente religiosos es un error que pasa factura a la causa. No sobran los apoyos pero sí falta una estrategia estética y de comunicación que apele a lo que en realidad se está jugando en debates de este estilo. Si somos libres para hacer casi lo que queramos, si se nos exonera del daño que le hacemos a quien no puede defenderse y menos aun apelar al reconocimiento de la mayoría de la sociedad, si entregamos nuestra moral al todo vale, no importa bajo qué criterio, con tal de parecer subversivo y emancipado. Si sucede todo eso sin que crezca con idéntica intensidad la responsabilidad individual por cada uno de nuestros actos, difícilmente estaremos frente a una libertad sostenible.
El aborto es ya un método anticonceptivo, como lo son las pastillas del día después. No son soluciones ante situaciones extremas, sino tan cotidianos que debería hacernos pensar a todos, incluso a quienes abortan, no una, sino varias veces. No pensemos tanto en los que han dejado de nacer como en el efecto perjudicial que tiene la normalización de esta práctica para una sociedad de hombres y mujeres libres. Es tal la degeneración moral que sus consecuencias no tardan en verse en prácticamente todas las acciones del individuo. Sus juicios y decisiones, sus tomas de posición política, su actitud frente a su mera existencia.
Desde la posición secular que vengo defendiendo en los numerosos comentarios que sobre el aborto se han publicado en este blog, este no deja de ser un debate sintomático de algo mucho más grave y determinante. Sirva de ejemplo y de advertencia la insistencia. Solo espero que se entienda el fondo soporta esta posición.
Saludos y Libertad!











valorados, es decir, aun cuando todos los abogados, neuro cirujanos y arquitectos del mundo serían mucho mejores ujieres, barrenderos, albañiles o contadores de tornillos, gracias a la división del conocimiento (del trabajo) siempre habrá alguien que libere de esas ocupaciones a quienes puedan ofrecer bienes o servicios más valorados.
como Pablo Pineda estudian una carrera universitaria, con mayor o menor apoyo y comprensión por parte de los docentes. Incluso consiguen realizar un trabajo complejo, sufrido, como la interpretación, y de forma creíble y exitosa, hasta el extremo de ser merecedor de un galardón como la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián.



integridad y una dignidad incuestionables. Negando la humanidad del feto se abre la puerta a todo tipo de aberraciones, también las eugenésicas, que ya la ley anterior amparaba en uno de sus supuestos.
Recuerda Ángel Gabilondo su presunta condición de metafísico ilustrado (es probable que ateólogo confeso) porque inteligencia no le falta y sabe, como muchos, que algo es o no es, y cuando se es, se es de una forma, o se posee una naturaleza concreta. Cuando Aido dice que “la comunidad científica” no se pone de acuerdo, o pero, cuando algunos se atreven de aducir que científicamente (vaya por Dios, auto de fe) un cigoto humano, un embrión humano o un feto humano, no son SERES humanos hasta no se sabe qué semana de gestación, o peor, hasta el parto o cesárea, mienten, abyecta y vilmente (como dice la otra).
Algunos que sí asumen la situación prefieren hablar de “derechos”, como sí la integridad o la dignidad humanas fueran beneficios graciosamente concedidos por la comunidad al albur de los tiempos. Derecho a la vida desde que se nace, o se presume la independencia. Es un criterio válido, pero incapaz de proporcionar una solución general y abstracta. Si la “dependencia” es clave en la dignidad, la consideración o el reconocimiento social, el recién nacido no gana con el parto una mayor o mejor independencia. Sigue necesitando durante meses y años la atención externa, el cuidado de un tercero, prestaciones que garanticen su subsistencia y formación intelectual acorde con el orden social en el que haya nacido. Tampoco son independientes los paralíticos, los subnormales o los ancianos imposibilitados o dementes. Son ciudadanos entonces? Son seres humanos, o simples bienes semovientes receptores de más o menos afectividad por parte de un tercero? Dicha dependencia, siguiendo este argumento, genera o no genera deberes morales? Y jurídicos?
in riesgo de embarazo, ya sabes, y si te apetece arriesgarte, qué más da, vas a la farmacia de guardia y te metes un chute. Todos los fines de semana cientos de miles de menores se cogen cogorzas colosales, dos días de resaca y el cuerpo tocado de por vida. Por una pastilla de esas de vez en cuando, no se muere nadie, digo yo…

apenas un año de vida con su equivalente en cría de lince. Dijo el portavoz de la Conferencia Episcopal que no está mal proteger y legislar a favor de los animalillos, pero que no debe perderse el juicio equiparando lo que son “bienes” con lo que es a todas luces, un ser humano.






pero es que fue el Estado quien, expropiando al Derecho Privado esta institución, trato de servirse de ella para reorganizar la sociedad. No dudo que la Iglesia hizo lo mismo durante 2000 años, por eso, los que defendemos que el Derecho debe seguir siendo privado, por su condición evolutiva y policéntrica, apostamos por respetar instituciones y no forzar su contenido con objetivos espurios tan propios de la ingeniería social más despiadada. Todo ha cambiado mucho en 100 años. Gracias al orden individualista, de mercado y libertad individual (nada que ver con ese socialismo que mucha marica aplaude hasta con las orejas), las personas han alcanzado mayor libertad y plena capacidad de decidir sobre su vida en un marco de convivencia donde todo el mundo va a lo suyo y
cada vez se va menos a lo del resto. Ese puritanismo no se ha caído gracias a la lucha de algunos (algo habrán contribuido) sino por la evolución social que ha propiciado la expansión del orden libre y espontáneo de mercado. No sé si en pleno Chueca quedaría demasiado bien una alegoría al Mercado (no sabría qué cara ponerle, la verdad), pero tanta marica sociata, en vez de cogerle tirria a la Reina (que bastante tiene con cumplir 70 y no perderse ni una cita con su médico estético), podría razonar un poco y darse cuenta de la sabiduría que habita en sus palabras. Aunque nunca se sabe dónde va a acabar todo esto y puede que algún día, sin fuerza ni intervención, acabe el matrimonio siendo cualquier otra cosa…