Parece mentira, pero el mainstream económico sigue sosteniendo la existencia de una correlación simple entre demanda global de bienes y servicios y pleno empleo. De ahí que ante la crisis se recurra, como medida estrella, a las políticas de gasto. Gasto público, sin importar su destino, aunque habida cuenta de los errores de comunicación del casi consumido Plan-E, toque vincular el nuevo fondo de 5.000 millones a proyectos de integración y sostenibilidad: lo que viene a ser aceras rebajadas para sillas de ruedas, carriles bici y placas solares alimentando cada farola…
Pleno empleo y demanda agregada, como si de magnitudes y agregados simples se trataran, el cientismo los toma como la física dispone de Masa y Velocidad, o densidad y aceleración, o las variables realmente simples que proporcionan capacidad predictiva en la física mecánica. La sutil diferencia radica en que las ciencias sociales no tratan sobre entidades sencillas, sino sobre realidades complejas, donde intervienen tantos elementos que no cabe establecer predicciones y correlaciones tan gruesas como las que en física o química sí proporcionan resultados óptimos.
Siguen los economistas y las universidades de economía (con contadas excepciones) vendiendo sofismas y repitiendo falacias. El Paro, como acierta Hayek, tiene su explicación en “la existencia de discrepancias entre la distribución de la demanda de los diferentes bienes y servicios y la asignación del trabajo y demás recursos necesarios para producir esos bienes y servicios”. Resumiendo, efectos de descoordinación general que, en el caso de Paro masivo, solo pueden ser atribuibles a importantes distorsiones en las señales del mercado. La crisis que hoy padecemos procede la confianza en la falacia que conecta inflación con pleno empleo, y este último con la demanda agregada. Políticas que activan la producción pero, al mismo tiempo, inician contradicciones, malas inversiones, señales erróneas, confluencia masiva hacia determinados sectores, burbujas especulativas, decisiones generalizadas en un sentido que termina deviniendo insostenible. Esta crisis es el fruto de las políticas que hoy pretenden ejecutar para sacarnos de ella.
Ante todo esto, la postura hayekiana o de los economistas pertenecientes a la auténtica Escuela Austriaca de economía, puede parecer insuficiente o poco satisfactoria a los ojos de quien contempla los éxitos predictivos y técnicos servidos por las ciencias naturales. Se trata, como en todo, de una cuestión metodológica y epistemológica de bulto. Nada tiene que ver el objeto de estudio de las ciencias naturales con el que es centro de atención en las ciencias sociales.
Los precios, libres, y los salarios, igualmente libres, ajustan esas discrepancias entre inversión, demanda y asignación de trabajo y otros recursos. En este sentido el economista, frente a un escenario de libre mercado, donde ninguna estructura de dominación impone con violencia sus decisiones de asignación de recursos o límites al intercambio voluntario, el científico social exclusivamente conoce condiciones generales, pero nunca los factores particulares que propiciarán el mejor ajuste posible en cada momento. Es decir, por una cuestión de conocimiento, no cabe, ni por asomo, plantear una manipulación arbitraria de precios, salarios, demanda agregada o asignación de recursos que obtenga el resultado deseado. Es más, cualquier intervención, en el sentido que sea, dificultará que la multitud de incontrolables elementos que intervienen en el mercado, lleguen a un ajuste, a una coordinación, que se aproxime siquiera al máximo empleo de recursos imaginable.
Salarios mínimos, indemnizaciones por despido impuestas en la ley, coacción sindical, inflación, gasto público… todo ello, aun cuando es presentado como solución, como garantía del empleo, su calidad y accesibilidad para los ciudadanos, es, sin embargo, causa fundamental de todos los efectos perjudiciales que tanto en tiempos de bonanza como en periodos de recesión, padecen los individuos: precariedad en el empleo, paro masivo, bajos salarios, actividad económica insuficiente para absorber de forma “satisfactoria” una oferta de trabajo “razonable” (entrecomillo porque los términos están usados a efectos dialécticos, lejos del rigor que se pretende tanto en el argumento como en los conceptos manejados).
Estos son los libros indispensables, en mi opinión, para comprender la crisis económica que tanta discusión, lugares comunes y sofismas suscita en su análisis y diagnóstico.
El problema es que los autores más falaces y acientíficos son los que dominan incluso la creencia generalizada sobre la superioridad y el acierto de sus teorías. Básicamente por una razón: son estas falacias respaldo fundamental de la religión estatista, dogmas de fe que alimentan el credo y favorecen la fe ciega en el Leviatán moral e intervencionista. Son ideología pura, acientífica, condenadas a adaptarse a los acontecimientos.
Entre falaces como Keynes e ingenuos, abundantes en las filas monetaristas y demás subcorrientes y revisionismos campantes en nuestros días. Si Krugman es el nuevo gurú económico, no hay duda de que no son el rigor y las buenas teorías los elementos dominantes en el escenario crítico y científico.
Los medios cayeron complacidos ante la nimiedad y el carácter intuitivo de los razonamientos de Leopoldo Abadía. Convertido en referente mediático confunde y distorsiona más que ilustra. Su libro no deja de ser una excrecencia de lo que otros, desde universidades y gobiernos, han convertido en pensamiento único económico.
Espero que una dosis de Hayek, Böhm-Bawerk, Huerta de Soto o Garrison, y otros tantos que aún no he podido estudiar, ayude a quienes realmente estén interesados en saber lo que sucede y cuáles son sus causas ciertas así como los verdaderos culpables de tamaño sufrimiento.
Veremos en qué queda la propuesta. Sustituir el Dólar por el Oro como divisa internacional de referencia no sería mala cosa. La cuestión es que los gobiernos se vean sometidos a una limitación que no puedan controlar (o no tanto como al botoncito de impresión de nuevo dinero).
El regreso al oro supondría una redistribución de riqueza inaudita. Los tenedores del preciado metal, los titulares de minas así como los países de mayor producción, se verían afectados. Los particulares propietarios de oro físico o derechos sobre el mismo, verían crecer su riqueza sin inconveniente alguno. Lo que importa aquí es el efecto que tendría en los territorios o países con yacimientos y minas activas. Al dispararse el precio su extracción sería más atractiva. Quienes primero lo obtuviesen, directamente de la tierra, comprarían a precios antiguos. Sus preferencias variarían y su entorno empezaría a experimentar el “esparcimiento” (como miel sobre una superficie de mármol… F.A. Hayek) del nuevo dinero.
Allí donde irrumpe el nuevo dinero tienden a inflarse todos los precios, de forma no uniforme, pero general. Precios altos hacen más competitivos los bienes procedentes del extranjero, allí donde aún no ha impactado el nuevo dinero. El proceso de esparcimiento hace variar la estructura de precios relativos previos (tengamos en cuenta que los precios no son idénticos de un día para otro) a su creación o hallazgo. Con más fuerza en el origen que en la periferia, por así decirlo, y nunca de forma mecánica e idéntica para todos y cada uno de los precios.
En la España imperial la llegada de metales preciosos disparó la inflación hasta niveles desconocidos hasta entonces (aun cuando la oferta monetaria creció por debajo de lo que lo lleva haciendo en los últimos quince años). Los precios eran tan altos que resultaba mucho más beneficioso importar todo tipo de bienes. La manufactura prácticamente desapareció, la economía castellana se hundió con la misma velocidad que el nuevo dinero se extendía por Europa.
Cuando una persona se convierte en productor de un bien altamente valorado e indispensable como es el dinero, su riqueza crece de forma exponencial. Cuando un país tiene la suerte de contener muchos productores privados, o es su Estado el titular de todos los yacimientos, su riqueza general crece. Puede que eso impida a otras industrias y productores desarrollar su actividad sin perturbaciones monetarias, pero creará una economía dedicada casi en exclusiva a los servicios en busca de un sector alternativo en el que invertir parte de los inmensos beneficios procedentes de la exportación.
Algo parecido ha sucedido en las últimas décadas en la zona del Golfo Pérsico con el petróleo. El dinero no deja de ser un bien más, pero con la singularidad de ser medio de intercambio y depósito de valor. Si el oro es dinero, será una mercancía la que experimente estos fenómenos. Cuando el dinero es un signo que se imprime de acuerdo con decisiones arbitrarias de un órgano de planificación central, aunque deba hallar respaldo en activos capaces de sostener su cantidad, la realidad hace que una divisa concreta, como el dólar, termine por convertirse en un moribundo referente internacional.
Veremos qué pasa. Por ahora, escuchemos a alguien que sabe mucho de la colonización española en Sudamérica y de los efectos que tuvo el hallazgo de metales preciosos. De lo mejor que les he visto hacer…
En su comentario de la coyuntura económica, en sus críticas y propuestas, rezuma la progresía una sarta de falacias y sofismas que merecen ser condensadas y explicadas brevemente en un post. Intentaré ser sucinto y espero la ayuda de todo el que estime en mi relato un olvido imperdonable, o mejor, tenga a bien incluir sus comentarios y aportaciones.
Desprecio público y estético por la querencia crematística: utilización literaria o discursiva del dinero como bestia negra, bien corruptor, objeto que levanta los peores instintos: avaricia, codicia… (os suena, no?). Codicia como enfermedad mental, despreciable y atribuible solo a quienes participan en el mercado.
La fe ciega en las posibilidades del Estado de lograr los resultados propuestos. Desprecio por las teorías y evidencias sobre el orden espontáneo, el muto ajuste individual y la libre persecución individual de fines particulares. En su discurso profundamente acientífico asumen con ingenuidad y arrogancia la capacidad racional de prever consecuencias y garantizar resultados.
Elitismo acérrimo: es propio del progre pavonearse con simpatía entre las masas apostando por propuestas y medidas que redundan en mayores dificultades para aquellas. Mientras tanto persiguen esos fines crematísticos que estéticamente desprecian, hacen todo lo posible por forrarse y adoptar prácticas propias del más frívolo potentado. Elitismo intelectual, creyéndose desde las letras, las artes o la interpretación, paradigma absoluto de la inteligencia y la racionalidad. Vanidad que les mueve a sentirse como los únicos legitimados para gobernar al pueblo, ignorante, aborregado y tentado por la superstición…
Atribuyen todos los defectos que son propios del hombre, como ya hemos visto, a la libre persecución de fines particulares. El mercado libre torna en sede de maldades, engaño y codicia. El Estado es indultado por completo, como una nueva deidad despersonalizada, artificial, artificiosa, mecánica, perfecta, racional, impecable y capaz de planear un mundo perfecto, armónico y ajustado.
Toda esta artificialidad, esta imaginería híper racionalista, lleva a una mentalidad profundamente inmoral, arrogante, que estima adecuado tomar decisiones críticas que afectan a principios y valores fundamentales, con la ligereza del juicio estimativo, pragmático. Un criterio ad hoc que rampla con todo e impone su visión ridiculizando el debate sereno de quienes a pesar de ser caprichosa y ajenamente incluidos en el bando fundamentalista, pretenden solo mantener viva la coherencia de principios que hace posible la convivencia entre individuos libres en mutuo reconocimiento. Esto, que es la esencia misma de la Ética, queda postergado al extremo por una ideología voluntarista que todo lo decide según le vengan dadas o se ajuste más a una pose cuidada y frívola.
Resumiendo: gentes hipócritas y elitistas, arrogantes y carentes de rigor científico en el análisis de la realidad, dolientes de una necesidad miserable de adoptar poses calculadas, con indiferencia de qué principio o qué parte de la libertad ajena. Arrogantes que creen posible coordinar la sociedad con efectos preestablecidos siempre con total eficiencia. Arrogantes que presumen el destino del progreso y trazan rutas a priori desprovistos de la información (que no está dada) y de la capacidad para comprenderla. Descreídos vanidosos que confían ciegamente en el Estado, como deidad laica todo poderosa animada por un intelectualismo que se les escapa y del que dicen ser exponente cualquiera capaz de destacar ante el populacho por hilvanar cuatro palabras, escenas o notas musicales (aun cuando sean unos ignorantes en ciencias sociales)…
Estos son los males que nos llevan al estado de cosas en el que estamos. Habitan en nuestro interior y son harto complicados de reducir o expulsar. Son los males de una sociedad repleta de personalidades orgullosa, que negando lo divino aspiran a ocupar su puesto. El que vive sin fe, o funcionalmente descreído, debería ser quien más cerca estuviera de la comprensión del orden social como algo libre, ingobernable, coordinado de forma espontánea, en el respeto de la libertad y la persecución de los fines particulares. Sin embargo son en su mayoría estandartes de esta arrogancia insana que tantos males y sufrimiento ha provocado.
Hayek, que no es sospechoso de reaccionario ni meapilas, dejó en última obra recogidas estas y muchas más ideas: La Fatal Arrogancia. Quien fue su gran adversario teórico, Keynes, adolecía terrible y llamativamente de todos estos males. La elección es simple. Está clara cuál es la apuesta de tanto ignorante que ahora clama con soberbia y descaro por el zafio economista y su memoria.
Afirmar que las grandes aportaciones keynesianas no han sido sino un fiasco o una aberración científica de terribles consecuencias (clara coartada estatista a costa del rigor y la verosimilitud) no es una licencia permisible únicamente para doctos en la materia. El propio Keynes, en su lecho de muerte, confesó a Hayek (eso contaba el economista austriaco) que era plenamente consciente de los errores cometidos, y con su arrogancia intelectual intacta, con un giro de muñeca afirmó algo así como, mañana mismo digo lo contrario y todos contentos. Desgraciadamente para los que le concedieron y aún hoy conceden magnífica autoridad, no pudo Keynes corregir sus desmanes, y para sufrimiento de todos quedaron intactas sus teorías como mejor baza ideológica para sostener el estatismo hasta sus últimas consecuencias.
Este post pretende destacar los puntos donde la teoría austriaca del ciclo contradice el modelo keynesiano, aportando los elementos fundamentales para comprender cada realidad. Comencemos:
1. Keynes no admite que la demanda de consumo futuro procede del ahorro presente. Para el keynesianismo la inversión es función del consumo presente. Esta simpleza procede de la profunda ignorancia que Keynes demostró acerca del proceso productivo y la teoría del capital (Böhm-Bawerk): La dinámica económica se compone de numerosas etapas productivas, desde las más intensivas en capital hasta las más próximas al consumo final del bien. La producción exige tiempo y esfuerzo. Lo que hoy consumimos comenzó su camino en el pasado, así lo que consumiremos dentro de un año deberá iniciar su producción ahora. La inversión presente genera bienes de consumo futuro, es decir, consumo e inversión (financiada a través del Ahorro) van en direcciones opuestas pero coordinadas, y nunca podrán moverse en la misma dirección, como quiso afirmar Keynes con su efecto multiplicador del gasto.
2. Los tipos de interés, según la teoría austriaca, son reflejo de la estructura de preferencia temporal de la economía. En el mercado del crédito, que como bien afirma Huerta de Soto, no es sino una pequeña parcela del mercado general de tiempo (donde se intercambian bienes presentes por bienes futuros), el tipo de interés deviene en función de la oferta y la demanda de fondos prestables (crédito). Este precio informa y favorece la coordinación intertemporal de las decisiones de los agentes económicos (consumir o invertir para la producción). Es decir, si aumenta el ahorro por encima de la demanda de crédito caerán los tipos de interés, como consecuencia de un cambio en la estructura de preferencia temporal de la economía, reduciéndose la producción en las fases más próximas al consumo a costa de invertir en las más alejadas (para producir bienes futuros), alargando la estructura productiva en sus fases más capital intensivas (esto incrementará la productividad, hará que bajen los precios de los bienes finales y generará crecimiento económico genuino o sostenible).
3. Es una falacia la conclusión keynesiana de que un incremento en el ahorro, o lo que es igual, un descenso en el consumo presente, lleven a la depresión económica per se (Paradoja del Ahorro). Todo lo contrario: al crecer el volumen de ahorro crecerá la cantidad de fondos prestables, bajando el tipo de interés como señal del cambio en la preferencia temporal, que interpretada por cada agente supondrá una tendencia a invertir en las fases más alejadas del consumo presente, absorbiendo los recursos liberados (es decir, no habría desempleo de recursos como alerta Keynes).
4. Keynes cae en ese error considerando la producción como un proceso estático e inmediato, tomando el capital como un conjunto homogéneo de bienes perpetuo. De esta forma la caída del consumo llevaría a una reducción de la inversión presente, con el incremento del desempleo evidente. Queda demostrado que esta visión es falaz y simplista, no comprende la naturaleza temporal del capital ni de la producción, no entiende que la economía es un gran mercado de tiempo donde la tasa de descuento actúa como incentivo para la inversión. Tratar de manipular la relación real y dinámica a través de políticas monetarias expansivas o mero fiscalismo no hace sino llevar a la economía a contradicciones que necesariamente terminan por generar un reajuste en forma de crisis y recesión
Son muchos más los errores cometidos por Keynes y sus sucesores, pero estos son los que consideramos de mayor actualidad dadas las prácticas adoptadas por nuestros gobiernos como estrategia para salir de esta crisis: no confiar en los agentes privados, dejando de mano del Estado la reactivación económica, siempre bajo el error de creer que sólo consumiendo hoy, animando la “demanda agregada”, podrá superarse la dificultad y garantizar el regresó al crecimiento. Nada más lejos de la realidad. La economía está en fase de reajuste. Los sectores sobredimensionados deben ceder a favor de aquellas inversiones que dejaron de hacerse y que hoy deberían ser destino de todo el esfuerzo retraído del consumo presente. El ahorro, odiado y vilipendiado por el intervencionismo, no es sino la garantía para que podamos salir de esta crisis lo antes posible y de la mejor forma. Lo que debe preocupar a los gobiernos es sentar procurar un escenario de confianza y certidumbres respecto a su actuación, y no la captación del ahorro presente a través de deuda pública para gastarlo a toda costa salvando a quienes deben reajustar su dimensión o en su caso salir del mercado. El Gobierno no debe gastar, ni debe alentar el gasto: la mejor política económica es dejar que suceda lo que tiene que suceder, que los precios se reajusten, que cada agente tome sus propias decisiones de ahorro, consume e inversión, para caminar hacia un escenario donde el crecimiento sea por fin genuino y sostenible. A través de políticas de gasto, deuda y déficit o el intento de manipular monetariamente a los agentes con inyecciones de nuevo dinero o nuevas bajadas artificiales de tipos, solo lograrán que la economía occidental y mundial caiga en una depresión inaudita, de terribles y dolorosas consecuencias.
Lo ha confirmado Zapatero. Era una idea que me rondaba desde ayer, cuando escuché lo que sigue: “La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno interviene demasiado o demasiado poco, sino si sirve de algo”. Zapatero, Ron Paul, yo mismo, y muchos más, socialistas y liberales, buenos, mejores, malos y peores, nos hemos percatado de que tras 28 años de diversos mandatos presidenciales ha llegado definitivamente al fin la proclama que hizo Reagan en su primer discurso como Comandante en jefe de los EE.UU: “El gobierno no puede resolver el problema. El problema es el gobierno”.
Con Reagan no llegó la panacea, pero sí buenas medidas, buenos discursos, mejores intenciones y un gran y necesario liderazgo. Desgraciadamente no ha tenido que llegar Obama para que la libertad haya sido la víctima del intervencionismo y las nefastas políticas que los Bush o los Clinton… Pero con Obama y su New Deal comienza una época que promete una escalada estatista sin precedentes.
Dijo el flamante presidente de los EE.UU en su discurso del martes 20 de enero: “tampoco nos planteamos si el mercado es una fuerza positiva o negativa. Su capacidad de generar riqueza y extender la libertad no tiene igual, pero esta crisis nos ha recordado que, sin un ojo atento, el mercado puede descontrolarse, y que un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando sólo favorece a los que ya son prósperos”.
Como bien aduce Ron Paul, Obama no afirma blanco o negro, prefiere quedarse con el gris, porque del relativismo avieso obtendrá la mascarada que necesita para tratar de suplantar el orden espontáneo y libre por su arrogante fe en el Estado.
Como no todo puede ser malo, me quedo con esta otra cita contenida en el discurso de marras: “rechazamos como falso que haya que elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales”. Sinceramente, no sé cómo va a conseguirlo… Buena suerte!
Se afana en proclamar a los cuatro vientos todo “economista” de postín que pretenda conservar o alcanzar un puesto en la sección especializada de la prensa generalista. Poco más o menos sucede en los diarios de rigor. No son vulgares mequetrefes, no. Son señores Premio Nobel, muchos de ellos, que pavonean su retórica divulgativa logrando para sí un halo de criterio y mejores herramientas para comprender y explicar coyuntura. Pero de eso nada, o poco, muy poco. El País de hoy nos regala un Krugman y un Stiglitz; cuarto de esto, y medio de aquello. Sus artículos no tienes desperdicio, aunque deben admitir sus autores y los editores que han aprobado su extensión, que son largos, en general huecos y tediosos en muchos puntos. Aun con todo, ahí los tenemos, como si nada hubiera pasado, con el mentón bien alto echando mano de Keynes, tratando de rehabilitar su paradigma (como si hubiera muerto en algún momento), y sacando pecho, de qué manera, frente a un mimo histriónico llamado “neoliberalismo”.
La edición de hoy de Negocios nos ofrece también una entrevista con el Presidentísimo Obama, ese negro cuartero con mucha palabrería, mucho gesto y sonido blanco, pero nada o casi nada de contenido. Sus anuncios forman parte de un discurso edulcorado que aminore el gran fraude e inabarcable error con el que va a comprometer la economía de los EEUU y del mundo, más allá de su mandato, dure 4 u 8 años. El hombre lo intenta, se pone en lo peor, anuncia un paro inusitado, una contracción de la actividad sin precedentes desde la Gran Depresión, y la necesidad de inmensos esfuerzos “colectivos” para capear el temporal. En cuanto a imagen, lo tiene muy fácil. Todo es culpa de Bush, y Bush será durante los próximos años, no sé si con más intensidad que los 8 que nos preceden, el chivo expiatorio del radicalismo izquierdista norteamericano. Tipos cercanos al cero, gasto público, déficit, deuda, intervención de los mercados, y esperemos que poco proteccionismo. Es la receta keynesiana de estos demócratas empeñados en que la tercera guerra mundial sea “la única solución”, de acuerdo con sus esquemas absurdos y equivocados, para terminar de sacar a su país del parón perenne que les espera. No hay nada más keynesiano que la guerra, admitánlo.
Lo de Krugman tiene precio, pero seguramente inflado y sobredimensionado. Cómo se puede presentar como Profesor de Economía y Premio Nobel de la materia, y ser tan vulgar y retorcido. Su artículo de hoy promete una segunda Gran Depresión si no se adoptan con valentía y prontitud medidas de intervención: advierte a Obama que la tibieza solo conducirá a más años de penuria; vamos, que si la cosa se alarga y no hallamos solución nunca habrá sido por errores en la toma de decisiones o exceso de intervención, sino por no haber hecho suficiente y cuanto antes. Serán el mercado, la libertad y la omisión estatal los responsables de la japonización: para qué narices explicar un poco de teoría, si está tan clara la ecuación.
Meterse con Friedman no me parece mal; han sido sus teorías las responsables de esta crisis, no lo vayamos a negar. Pero no por contrakeynesianas, como denuncia Krugman, sino por ser ajenas a lo que el oponente de aquel (de Keynes) defendió con tesón. Hablo de Hayek, por supuesto. Ahora que estoy leyendo Precios y Producción, publicada en 1931, completo el bagaje teórico que poco a poco me estoy formando. Huerta de Soto en Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos mejora, simplifica y potencia la explicación hayekiana, con aportaciones y matices de su cosecha que son a todas luces un avance en el desarrollo de la teoría del ciclo austriaco. Recomiendo la lectura de sendos manuales para comprender la falacia que suponen los fundamentos monetaristas, más si cabe cuando tratan de ser oposición frontal del error keynesiano. Hace gracia que los defensores de este último, los que ahora, como Krugman y Stiglitz, no esconden su demacrada chulería, enfoquen su ira y capacidad de distorsión contra la política económica de los últimos años, que lejos de ser liberal, en sentido estricto, no ha sido sino un subproducto de todos los errores teóricos acumulados en el último siglo. Frente a ellos la Escuela Austriaca de Economía, desde Menger, Böhm-Bawerk, Mises, Hayek hasta el mismísimo Rothbard o Jesús Huerta de Soto, presentan la explicación teórica más afinada y certera, la que nos hace comprender mejor todos los acontecimientos que hoy sobrecogen y confunden a economistas y legos en la materia.
Estos señores, los Krugman y los Stiglitz, sacando a Keynes del armario, en el que nunca estuvo en ninguno de los sentidos, pretenden más desviar la atención de sus garrafales meteduras de pata e incapacidad teórica de resolver cuestiones que han sido y son básicas para comprender la actual coyuntura, que restaurar la figura de éste, que ganó la batalla intelectual a Hayek, admitámoslo, pero no en un plano teórico, no, sino en el éxito de sus propuestas de economía política. Fueron sus postulados estatistas, pura ideología a favor del Estado y sus intereses (diga lo que diga Stiglitz), lo que agravó a extendió la depresión económica de los 30 y de algún modo condujo a la guerra más horrible que ha conocido la humanidad. Son esas políticas y esas teorías y no otras las que sostienen el origen de todo el mal que hemos padecido y padeceremos.
Su tesis, reduccionista y muy hipócrita (dada su trayectoria y aportaciones fundamentales), se centra en la simplista equiparación de paradigmas friedmanianos y hayekianos, para proceder a continuación a la exaltación de una denominada “línea intermedia”. Su creador, el emérito Presidente F. D. Roosevelt, en la Gran Depresión (que fue “Gran” gracias a dicho artificio keynesiano). Sus seguidores: Truman, Kennedy y Clinton, vamos, las tres mellizas del acierto. Dice Samuelson que de haberse perpetuado su aplicación, nada de lo que hoy sufrimos habría tenido lugar.
El viejo Samuelson nos recuerda que ya era niño en la segunda década del siglo XX (nació en 1915). No sabemos si tiene de sabio o de diablo lo que tiene de viejo, pero la inquina con la que trata de desprestigiar, una vez muertos, a dos de sus compañeros de profesión, rezuma malicia y revanchismo viejuno.
“Capitalismo libertario del laissez-faire”, definido como común denominador de Hayek y Friedman, un austriaco y un monetarista, vaya por Dios! Habló el Neoclásico, premio Nobel de Economía en 1970, denunciando que desde ese año (en el que alcanzó su gloria) nadie ha vuelto a contar la verdadera historia por la que en los años 30, Hitler y Roosevelt acabaron con el paro en sus respectivos dominios (extraña pareja?): “lo que finalmente resolvió el problema fue un enorme gasto deficitario que aumentó la deuda pública”. Viva Keynes, diría yo.
Samuelson aprovecha, desde su senil “carrillismo” (espero que se me entienda), para atacar a diestro y siniestro, advirtiendo consecuencias pero nunca las causas ciertas. Su furibunda inquina niega las fundamentales diferencias entre Hayek, perteneciente a la Escuela Austriaca de Economía, partícipe en la formación de la Teoría del Ciclo endógeno (la que mejor explica y da las claves de lo que hoy padecemos), y Friedman, que siendo el economista más famoso de la segunda mitad del siglo XX (con el permiso del siempre recurrente Keynes), es un “liberal” monetarista, creyente en la capacidad de intervenir en los mercados, o peor, la necesidad de manipular el dinero, en todos los sentidos, para favorecer la estabilidad de precios y el crecimiento. La noche y el día, diría yo. Seguro que habrá parecidos razonables, pero tan burdos que un señor premio Nobel de economía (ejem) como Samuelson, no debería permitirse (será cosa de la edad; un ataque esperpéntico más propio de folclóricas obsoletas que de gente seria y respetable…).
Poco más dice en su artículo. Apuesta por el mercado, sí, pero el mercado intervenido. Critica a Bush y su conservadurismo compasivo, advierte muchas de las razones de la crisis, pero prefiere no seguir, no ahondar, no vaya a ser que su vilipendiado Hayek tuviera razón, y a estas alturas de su vida, quedase Samuelson como un mero productor de ladrillos infumables y muchas pajas mentales sin conocimiento alguno sobre el funcionamiento cierto de los órdenes espontáneos. Porque en el fondo es eso lo que diferencia a unos y a otros. La arrogancia de creerse con el poder mental de desentrañar todos y cada uno de los factores que conforman el orden aprehensible, para, posteriormente, proceder a su refundación. Cuando suenan voces pidiendo eso, refundar el “capitalismo” (que no sabemos si es un sistema de propiedad, de producción o directamente una manera de denominar al Mercado puro), debemos rescatar las bases que han de sostener cualquier aproximación explicativa del Proceso social: sin comprender la dinámica del Orden espontáneo, el más complejo de todo el universo, la ingenuidad puede hacernos olvidar los límites de nuestra mente, aquello que no está a nuestro alcance. Quizá esa sea la gran diferencia entre Hayek, y los demás, Friedman y Samuelson incluidos.
En primero de carrera (Derecho) estudié economía con el manual de Samuelson. Muchas de las cosas que en él se explicaban me resultaron intuitivas, razonables diría yo. Otras, directamente infumables, nada explicativas, mecánicas y funcionales, pero a años luz de la realidad. Saqué un 8,5, si mal no recuerdo. No tuve la suerte en aquellos años de conocer y recibir explicaciones de Jesús Huerta de Soto. Ahora que puedo comparar, que sé algo de economía, que conozco las grandes aportaciones de Hayek, que he estudiado La Acción Humana de Mises, macroeconomía comparada en la explicación del ciclo económico… no puedo sino quedarme atónito ante conatos esperpénticos como este.
Son tantas las noticias con las que podría mofarme del Presidente que casi prefiero ponerme serio y apuntar dos ideas, de esas que olvidó Jordi Sevilla en sus dos tardes de economía.
Hazlitt necesitó apenas 200 páginas para dar una buena lección y abrirle los ojos a más de uno. Los que somos hayekianos en general y huertasotianos en particular (Mises mediante) podríamos hacer alusión a otras obras, pero para el caso, poco importa: el Presidente es un resabiado, antiguo profesor ayudante de la Universidad de León (gracias a papá) antes de diputado (y punto pelota).
Zapatero cree que dificultar el despido es la mejor política en tiempos de crisis para proteger a los trabajadores. Es más, no lo dice desde consideraciones metafísicas varias, sino desde el convencimiento de que con dichas barreras de salida se contribuye a mantener los niveles de empleo en cotas aceptables.
Nada más lejos de la realidad. Creo que cualquier economista con dos dedos de frente se lo confirmaría (en una o dos tardes). Las barreras de salida son barreras de acceso. Dificultar el despido frena la contratación. Si se hace con ayudas del Estado (como con toda subvención pública) las consecuencias son interesantes. Una empresa que para seguir funcionando debe prescindir de 2 empleados, gracias a una financiación “extra” o al proteccionismo estatal, logra salir adelante con 5. Es evidente que su situación no responde a la realidad del mercado, no es capaz de sostener su producción vendiendo a unos precios x y comprando (contratando) a unos precios y. Su permanencia en el mercado, dadas las circunstancias, contribuye a enquistar malas inversiones impidiendo el reajuste de recursos. En ese hipotético caso en el que se mantiene empleo (en el sector privado) a través del gasto público, el Estado deberá recaudar, o dejar de gastar en un sitio para gastar en otro. Sea como fuere, las consecuencias son terribles. Al igual que con los planes de rescate (de 2 o 700.000 millones) la intervención pública, del tipo que sea, impide que el mercado y sus precios reubiquen los recursos allí donde son más valorados.
Los trabajadores que mantengan su puesto a costa de los que no logran encontrar otro empleo por la incapacidad del mercado de generar oportunidades para ellos, vivirán a costa del martirio del resto. Si lo sostienen a costa de ayudas añadirán un elemento más de distorsión, enquistando malas inversiones e impidiendo una sana y necesaria recesión. Toda “conquista social” la paga el trabajador que lo genera, no es conquistada al empresario. Todo exceso de regulación y protección frente al despido impone un coste extraordinario que limita al empresario en la creación de puestos de trabajo (barreras de entrada) disuadiendo la iniciativa, desincentivándole a emprender.
El resultado será más desempleados y mayores dificultades para salir del bache, de la situación complicada, de la desaceleración, de lo que quiera el señor Zapatero. El caso es que su bendito axioma perjudica, y de qué modo, a todos los individuos que participan en el proceso social.
Otra de sus máximas, expuesta con orgullo en la sede de la ONU, es el modelo de sistema monetario y financiero “perfecto”. Más, y mejor (¿?), regulación, y redistribución de la renta. Vamos, socialdemócrata a más no poder. Es que se levanta por la mañana, se mira al espejo, y rezuma socialismo por cada poro abierto de su cara de pato.
No hay regulación intencional del orden espontáneo que resulte más eficiente para todos los individuos libres, que el mutuo ajuste individual del que es capaz la libre persecución de fines particulares en un entorno regido por reglas abstractas y generales de mera conducta (de origen evolutivo, contenido tácito, etc…).
Es decir, por mucha ilusión y ganas que le ponga, sin aquellas, no habrá resultado eficiente, ni ajuste, ni coordinación. No se puede garantizar el ajuste debido según planificación preconcebida dados los sistemas monetario y financiero vigentes (basados en el monopolio del Estado sobre el dinero, la figura del banco central como prestador de última instancia y la reserva fraccionaria en los depósitos a la vista). Es un error creer que la razón y el buen hacer de cuatro técnicos son suficientes para coordinar un orden complejo como el mercado (aunque hablemos de una parcela del mismo). Es evidente que ni Zapatero ni sus asesores han leído (o entendido) a Hayek. Ni siquiera saben quién es; viven en la inopia sinóptica de clara ascendencia panóptica. Vamos, un cuadro clínico de esos que no se curan fácilmente.
“El intervencionismo aboca forzosamente al socialismo” (p.1014 Acción Humana, L. v. Mises).
Es nuestra intención desarmar el Estado contemporáneo, allí donde creemos que es más alarmante la situación, demostrando que el teorema de la imposibilidad del socialismo goza de inquebrantable vigencia.
La intervención priva al individuo de la capacidad de crear y descubrir la información relevante, sirviendo como inhibidor, generando un mal cálculo, o directamente anulándolo, sobre los costes de oportunidad de la inversión. Se verá también que aun siendo posible el cálculo económico, la distorsión de las señales que arrastran toda la información tácita relevante, generan descoordinación en las decisiones y errores empresariales masivos.
La socialdemocracia, dejando atrás la idea de socializar los factores de producción, propia del socialismo real retoma la senda del mercantilismo en la medida que orienta su intervención en la agresión institucionalizada y sistemática fiscal y reguladora de sectores amparándose en la idea de justicia social, definida por Hayek como la igualdad en los resultados del proceso social, distinta de la justicia en sentido estricto, de tradición romana, de dar a cada cual lo que es suyo.
Juega con la legitimación que cree le concede la idea de redistribución de la renta, preocupándose por los que menos tienen como justificación de la intervención coactiva en los procesos sociales y de mercado. Se ampara en el populismo de medidas tuitivas y en enraizar situaciones de desajuste desde las que legitimar la intromisión y el papel del Estado paternalista. Es Hayek quien en su Camino de Servidumbre nos abre los ojos librándonos de obnubilaciones y espejismos: el socialismo campa en todos los partidos, son pocos los que entonces, y todavía hoy, defienden sin ambages el liberalismo real.
Mises exige distinguir entre dos sistemas alternativos: el de Propiedad privada de los medios de producción o el de propiedad pública, en las distintas formas ya vistas. Para Mises “son mutuamente incompatibles (…), no es posible combinarlos ni entremezclarlos” (p.845 AH). Que determinados factores productivos sean de titularidad pública, según el mismo autor, no implica que el sistema sea mixto. Estaremos ante una economía de mercado, siempre y cuando el sector público no se “desgaje”. En ese caso tendríamos dos sistemas conviviendo, uno capitalista y otro socialista. Si esas empresas públicas participan en el mercado podrán apelar al cálculo económico, otra cosa será la eficiencia en la gestión y desarrollo de las mismas.
Mises nos ayuda a distinguir entre dos tipos de socialismo. Uno burocrático, típico soviético, y otro que podríamos definir como alemán. Este último mantiene aparentemente un sistema de propiedad privada y precios, pero en realidad absolutamente todo está ordenado desde arriba, no existiendo empresarios, sino meros gestores que obedecen a ese órgano de planificación central de la producción y el comercio. Es “un socialismo que pretende ocultarse tras máscaras capitalistas” (p.847 AH). Distinto es este último del intervencionismo, donde el mercado pervive mientras que el gobierno interviene de forma “aislada”, o dicho de otro modo, “las autoridades interfieren en la vida mercantil con mandatos y prohibiciones” (p.848 AH).
Mises maneja un juicio de corte utilitario para combatir la intervención del gobierno. Concluye su crítica al intervencionismo hecha en la Acción Humana, diciendo que “la teoría y la práctica del intervencionismo van paulatinamente apartándose de aquello que lo distinguía del socialismo puro y simple, y acaban finalmente adoptando los principios de la planificación totalitaria” (p.854 AH).
Interesante argumento hayekiano sobre la alienación y la infelicidad que puede ayudar bastante a comprender el interés perseguido por muchos supuestos intelectuales que reniegan del orden capitalista así como de la mala conciencia que imprimen en el que disfruta de sus logros.
La mayor parte de la alienación o infelicidad de la vida moderna proviene de dos fuentes distintas: la una afecta especialmente a los intelectuales, mientras que la otra castiga a todos cuantos gozan de abundantes bienes materiales.
La primera consiste en una profecía de infelicidad de complimiento automático referida a todos cuanto se hallan insertos en sistemas que no satisfacen los criterios racionalistas de control consciente. Así, una serie de intelectuales que va desde Rousseau hasta pensadores tan recientes como el francés Founcault y el alemán Habermas, consideran que la alienación reina sin disputa en todos los sistemas que imponen a los individuos un orden sin su consentimiento consciente; en consecuencia, sus discípulos se inclinan a considerar que la civilización es, por definición, inaguantable.
La segunda de las fuentes a que nos referíamos es el resultado de persistencia de unos sentimientos instintivos de altruismo y solidaridad que encadenan a la mala conciencia –si se me permite decirlo con esta expresión tan de moda- a quienes se guían por las normas impersonales del orden extenso. De modo parecido, se supone que el acceso al éxito material está ligado a sentimientos de culpabilidad o de conciencia social.
Parece, por tanto, que la infelicidad acampa en medio de la abundancia, y ello no sólo es debido a la pobreza circundante, sino también a la incompatibilidad entre el instinto y el desmedido orgullo de la razón y un orden decididamente caracterizado por rasgos no instintivos y extre-racionales.
F.A. Hayek, La Fatal Arrogancia.
Podrá objetar algún incauto que no tenga ni idea de economía o no haya leído antes a Hayek que el propio sistema, ese orden espontáneo que es el proceso social que hoy llamamos Capitalismo conlleva la generación de pobreza. La tradicional falacia, desde Aristóteles hasta nuestros días pasando por el insigne Montaigne que afirma que el beneficio logrado en el intercambio siempre será a costa de una pérdida para la otra parte.
Afirman los anticapitalistas que el propio orden de mercado genera pobreza ya que necesita tal cosa para sobrevivir. Falacia reiteradamente refutada que sigue alimentando sus blandas mentes. Pues bien, todo lo contrario, es el Socialismo el que tratando de redistribuir la riqueza, en el mejor de los casos el resultado no es otro que la redistribución de la pobreza, la célebre cita: hambre para todos. Es el Socialismo el que genera paro y hambruna para retroalimentar su discurso y atacar las conciencias de los que disfrutan del éxito material. Algo comentamos al respecto hace unos días (en la última parte).
Aun de Vacaciones, de la playa a la montaña y tiro porque me toca. Para no dejar huérfana nuestra bitácora mantenemos las publicaciones programadas. Sirvan estas citas hayekianas como aclaración de dudas sobre muchas de las ideas expuestas hasta ahora en mis artículos. De ellas surgirán nuevos comentarios en el curso que comienza. Muchas gracias a los fieles que visitáis el blog a pesar de la excesiva vacatio.
“La sociedad simplemente se ha convertido en la nueva divinidad ante la cual se protesta y se pide reparación si no satisface las expectativas que ha creado”.
“El concepto de “justicia social” “es por fuerza un concepto vacío y carente de significado, porque en él no hay ninguna voluntad que pueda determinar los ingresos relativos de las distintas personas, o evitar el hecho de que dependan en parte de la casualidad”.
“En un orden espontáneo no pueden evitarse las frustraciones inmerecidas”.
“Tal vez el mayor descubrimiento jamás hecho por el género humano fue la posibilidad de que los hombres vivieran juntos, en paz y con beneficio mutuo, sin tener que ponerse de acuerdo sobre fines comunes y concretos, sólo vinculados por normas de comportamiento abstractas. El sistema “capitalista”, surgido de este descubrimiento, sin duda no satisfizo plenamente los ideales del liberalismo, porque se desarrolló sin que los legisladores y los gobernantes hubieran aferrado el modus operandi del mercado, y en gran medida a pesar de las políticas realmente perseguidas”.
“Los ideales del socialismo y la “justicia social” “no ofrecen una nueva moral, sino que tan sólo apelan a instintos heredados de un tipo de sociedad más antiguo”.
Moral tribal: “no sólo destruiría la Gran Sociedad, sino que además amenazaría la supervivencia de la gran población que la humanidad ha alcanzado gracias a tres siglos de orden de mercado”.
No es una nueva moral “sino que se trata únicamente de individuos que no han aprendido los principios de la civilización, las reglas de conducta en que se basa la Sociedad abierta, y quieren imponerle sus propias concepciones instintivas y “naturales” que derivan de la sociedad tribal”.
“El hombre no se ha desarrollado en libertad. Como miembro de aquella pequeña tribu a la que tenía que pertenecer para sobrevivir, el hombre era todo menos libre. La libertad es una construcción de la civilización, que ha liberado al hombre de los obstáculos del pequeño grupo y de sus humores momentáneos, a los que incluso el jefe tenía que obedecer. Lo que hizo posible la libertad fue la gradual evolución de la disciplina de la civilización que es al mismo tiempo la disciplina de la libertad”.
El término procede de las aportaciones de la Escuela de Chicago, en concreto de Milton Friedman, el economista más famoso de la segunda mitad del siglo XX, lo que no significa en absoluto que fuera el mejor.
Apartándose de los planteamientos keynesianos, manifiestamente equivocados y desaconsejables para afrontar la crisis de los 70´, el liberalismo neoclásico, o neoliberalismo se presentó ante el mundo como la mejor solución posible dando alternativa al intervencionismo galopante que reinaba hasta aquel entonces también en occidente.
Nada tienen que ver, o muy poco, sobre todo en temas clave como la política monetaria, las ideas monetaristas (neoliberales) con las defendidas por la Escuela Austriaca de Economía.
Podemos hablar de grandes avances en el camino de la libertad. Los 80´ de Reagan y Thatcher impulsaron reformas y dejaron ver al mundo entero la superior capacidad del mercado (más) libre (nunca llegó a serlo) para coordinar y ajustar el proceso social.
El artículo trata de criticar todos los errores y excesos cometidos desde entonces, tratando de alimentar fobias y sofismas justo ahora cuando la crisis arrecia. La consigna, atribuirle el mal a la libertad, al desorganizado mercado, a esa mano invisible, absurda, ridícula, a la que se aferran los fundamentalistas de la libertad.
Las falacias se suceden, cualquiera que sepa un poco de economía y maneje el paradigma austriaco se percatará del uso tendencioso de conceptos y términos, tratando de distorsionar y vilipendiar la libertad de mercado en sentido estricto. Lo fácil es construir hombres de paja, dotarles de lugares comunes y tópicos, para después proceder a su degüello. Buena técnica para la mentira y el totalitarismo.
Humildemente me fijaré en alguno, pero creo que no procede dedicarle un artículo largo y tedioso. En esta bitácora nos dedicamos cada día a rebatir ideas como estas. Desde que existimos hemos tratado de hacerlo, y esa es nuestra misión de cara al futuro.
El mundo no ha sido amable con el neoliberalismo, esa caja de sorpresas de las ideas que se basa en la noción fundamentalista de que los mercados se corrigen a sí mismos, asignan los recursos con eficiencia y sirven bien al interés público.
Atributos y sarcasmo, el neoliberalismo sirve para todo, para nada. Es el arma que utilizan los enemigos de la libertad para atacar el auténtico credo liberal, el que no necesita un neo para adaptar su discurso. El liberalismo es simple y llanamente el esfuerzo continuo por reducir la coacción sistemática y arbitraria ejercida por estructuras de dominación irresistible (Estados, generalmente) contra la función empresarial y el orden espontáneo que es el proceso social, dotado de reglas de mera conducta e instituciones evolutivas (no deliberadas) que hacen posible el muto ajuste y la coordinación de expectativas y fines particulares concurrentes.
Atribuye el autor a la libertad todos los males que arrecian: la crisis financiera, las burbuja inmobiliaria, el precio de los alimentos… pero cae en una contradicción. Critica la libertad dando por supuestas las ayudas proteccionistas europeas y americanas. Debe saber este señor (No todos los días se le concede un Nobel a Hayek) que es la ausencia de libertad de comercio el germen del hambre, que es la intervención en los sectores, la subvención de concretas fuentes de producción energética o la fijación de aranceles, precios mínimos y demás, las causas del nivel de desajuste que vivimos estos días.
La crisis financiera e inmobiliaria procede del último vestigio de socialismo “real” (el no “real” sigue vivo y campante), los Bancos Centrales, que manipulan las señales del mercado, como son los tipos de interés, expropiando el dinero, forzando la circulación de un dinero fiduciario, expandiendo la oferta monetaria a gogó, interviniendo sobre un mercado del que nada saben y nada pueden saber por el tipo de información relevante para proceder al ajuste y la coordinación. Vamos, imposibilidad del socialismo: consecuencias, expansiones del crédito, malas inversiones, distorsión de toda la estructura productiva, obviando la preferencia temporal de la sociedad e induciendo crisis recurrente expansivo-recesivas como la que vivimos.
Son tantos los temas que prefiero remitirme a escritos de ayer y futuros escritos. Reitero mi llamamiento (Rafa ha escrito un magnífico artículo), a esos que saben más que yo, para que no dejen pasar esta oportunidad de plantar ante las narices de estos falaces el verdadero rostro del origen distorsionador que vivimos en este mundo socialista e intervenido. Detrás de cada desajuste y fallo, no está la incapacidad del mercado para afrontarlo, sino la intervención, la imposibilidad del socialismo. El mercado no es la panacea, no ajustará cuando y como muchos deseen. Sencillamente es la única forma, el único mecanismo. La Fatal arrogancia pretende controlar lo que no comprende y rediseñar sobre un orden complejo del que no saben ni pueden saber nada. Del error intelectual a la arrogancia hay un pequeño paso. Habla el autor de fundamentalismo de mercado… cuando el fundamentalismo cae de su lado, de ese racionalismo ingenuo, de esa ingenuidad que le hace creer que puede llegar a dominar el orden social alcanzando mejores resultados que el propio proceso social en libertad.
La imposibilidad teórica del socialismo no pretende negar que potencialmente el ser humano sea capaz de emprender reformas sociales en ese sentido. Lo que desde un punto de vista teórico conlleva el teorema es que en ningún caso “el curso de acción socialista es coherente con los objetivos que se plantea” (p.399 SCEFE).
Huerta de Soto compila y sintetiza en su libro Socialismo, cálculo económico y función empresarial dando mayor coherencia a las aportaciones que desde 1920, con el artículo de Mises sobre la imposibilidad del Socialismo, se han venido haciendo por varios autores, destacando Hayek y Kirzner. Huerta de Soto considera fundamental llegar a una definición completa y suficiente del Socialismo como punto de partida para estructurar la crítica y el desarrollo teórico oportuno. De este modo podemos decir que socialismo es “toda coacción o agresión sistemática e institucional que restringe el libre ejercicio de la función empresarial en una determinada área social y que es ejercida por un órganos director que se encarga de las necesarias tareas de coordinación social en esa área” (p. 92 SCEFE). Donde institucional conlleva previsibilidad, repetición, metodismo y organización, y sistemático supone “imposibilitar en una alto grado y desviar de manera perversa el ejercicio de la empresarialidad en todas aquellas áreas de la sociedad en las cuales la mencionada agresión incida de forma más efectiva” (p.90 SCEFE).
Bajo esta definición escueta pero blindada por su precisión cabe afirmar sin matices que el Socialismo impide el descubrimiento de oportunidades de ganancia en las áreas sociales intervenidas, no creándose ni trasmitiéndose nueva información al respecto. Dice Huerta de Soto que el ánimo del socialista es organizar la sociedad vía mandatos desde arriba tratando de mejorar la coordinación espontánea de la misma.
Siguiendo con la definición conviene aclarar que “el socialismo no es un sistema de agresión institucional contra la consecuencia evolutiva de la función empresarial (el derecho de propiedad), sino que es un sistema de agresión contra la acción humana o función empresarial misma”. (pag.150 SCEFE)
Debemos tomar al socialismo como error intelectual, que ya desde la época de la escolástica española tardía y en especial en la crítica realizada por Juan de Mariana respecto a la organización y funcionamiento de la compañía de Jesús, hace evidente que ante planes personales desajustados y aparente descoordinación social es camino equivocado tratar de “remediarlo” mediando mandatos emitidos desde una autoridad suprema. En la línea hayekiana, Huerta de Soto define mandato como “instrucción o disposición específica de contenido concreto que (…) ordena y obliga a efectuar acciones determinadas en circunstancias particulares.”(p.94 SCEFE). Y de este modo, “el socialismo es un error intelectual porque no es teóricamente posible que el órgano encargado de ejercer la agresión institucionalizada disponga de la información suficiente como para dar un contenido coordinador a sus mandatos”. (p.95 SCEFE)