Como cada domingo, con El País calentito entre mis manos, procedo a revisar y leer Negocios, suplemento de economía y mercados. Sorprende el negacionismo perpetuo en sus redactores y firmas habituales. Sin mirar atrás, niegan las causas ciertas de la crisis e ignoran, o prefieren obviar deliberadamente, lo suicida de la mayoría de las medidas emprendidas y propuestas como paliativo o panacea del nuevo orden monetario, económico y financiero global.
Prefiero ser escueto y no volver a darle cien vueltas a lo que ya he tratado reiteradas veces en esta bitácora. Por eso, al hilo del artículo, Marcha Atrás en la Ortodoxia, comentaré algunos de los aspectos que me parece importante destacar y matizar.
Deflación: ya dijimos que se podía convertir, y de hecho así está siendo, en el mal que todo lo justifica, resorte para acometer las más brutales intervenciones. Se teme que los precios se desplomen. El crédito contrayéndose a una velocidad de vértigo (se devuelven más préstamos de los que se conceden, sumado a los fallidos por morosidad, quiebra y pérdida de valor de activos…), los dólares y euros electrónicos, como meros apuntes contables, ceden posiciones a marchas forzadas. Antes de la crisis había un euro/dólar impreso por cada 10 que los agentes económicos creían tener a su disposición. El margen de caía es considerable.
Sin embargo el desplome de los precios no es sino un síntoma de reajuste, de que las cosas se están haciendo bien. Cae el consumo y crece el ahorro. Los particulares replantean su comportamiento y preferencia temporal. Este cambio despliega las previsiones del conocido como Efecto Ricardo: aumentan los despidos a costa de incrementar la inversión en bienes de capital, en las fases más alejadas del consumo. Esta inversión demanda los recursos liberados y todo tiende a reajustarse. El tránsito de un lugar a otro es clave, y su flexibilidad o rigidez puede ser la pieza que haga más lenta o menos penosa la recuperación.
Trampa de la liquidez: para evitarlo se han adoptado y adoptarán varias medidas. Bajar el IVA para alentar a los consumidores a no disminuir su ritmo, como recomiendan todos los keynesianos de camarilla: nadie tiene porque variar sus planes de acción previos a la crisis; qué barbaridad!
La Reserva Federal, para luchar contra el fantasma de la Deflación, inyecta 800.000 millones de dólares de nueva creación, con los que engrosar su balance, a través de la adquisición de títulos a los bancos. Su intención es que estos, cargados de liquidez, decidan prestar más y más, volviendo a girar la manivela de la expansión crediticia, en la que confían la salida de esta Recesión (que pronto será Depresión). Gordon Brown, consciente de la ingenuidad de que así sea el comportamiento de los bancos, y no la prudencia y contención en sus dispendios, amenaza con nacionalizarlos si no fuera así.
Menos impuestos sobre el consumo y más dinero. El miedo a que la Trampa de la Liquidez keynesiana entre en escena empuja a los Gobiernos hacia otras políticas, también fiscales, más directas y consideradas mucho más eficaces a corto plazo.
Gasto y más Gasto: con esa desconfianza endémica en los agentes económicos privados, el sector público se hace con las riendas de la inversión, proyectando un incremento del gasto en infraestructuras y actuaciones sectoriales, llevando a la práctica aquello de, hágaselo usted mismo. Como panacea de la justificación de todo este despilfarro en forma de déficit, sumado al peso de los planes de rescate empaquetados como deuda pública, qué mejor que subirle los impuestos a los ricos. Los tramos más altos parecen ser, ante el gran público, un saco sin fondo del que obtener cantidades ingentes de recursos. Nada más lejos de la verdad, ya vimos que apenas el 15% de la recaudación sobre la renta procede de ellos. Los que pagan son los tramos medios y en general las rentas medias. Estas medidas no son sino mera propaganda estatista.
Planes de Rescate y activación del crédito: si algo parecen haber logrado los Estados con sus planes de rescate (adquisición de activos tóxicos y títulos de dudosa calidad, garantía de los depósitos, avales…) es salvar, por el momento, a la banca del desmoronamiento sistemático y consecuente, dado el modelo de intervención en el sector y la insostenibilidad del crecimiento acumulado. Pero algo ha fallado: no ha bastado con su salvamento para que volvieran a activar el crédito, de ahí que, como hemos visto más arriba, se les instigue vía inyección de liquidez a prestar a toda costa.
En estos días, aquí en España, comprobamos la virulencia del reajuste. Varias inmobiliarias están en ciernes de suspender pagos o quebrar directamente. Esa es la punta del Iceberg. La cadena de suspensiones de pagos es imparable. Para solucionarlo nuestros brillantes gobernantes y economistas mainstream han optado por la japonización de la economía. Son conscientes de que a ellos les fue fatal, pero, qué más da! La amenaza de Brown se traduce en el fomento o imposición del “aquí no quiebra nadie”: un rollover crediticio por el que las empresas puedan obtener créditos indefinidamente para cubrir los créditos vencidos y que no son capaces de afrontar. Esto unido al margen que aún le queda al BCE para bajar los tipos de intervención hasta cero, son nimias esperanzas de poder salvar los muebles sin que se note demasiado que son ellos, los bancos centrales, el epicentro de todas las crisis.
Devaluación: con el Euro se acabó el recurso a la devaluación de la moneda nacional respecto a las extranjeras. En situaciones de crisis generalizadas o globales como esta, la cadena de devaluaciones llega a anular la medida. Como bien señala el profesor Huerta de Soto, es la primera vez que los agentes económicos y los reguladores o el gobierno de España se enfrentan a una crisis sin el recurso de la devaluación de la peseta. De este modo no queda otro que reajustar y reasignar factores, que quiebren las malas inversiones y se invierta en los sectores donde parezca convenir dada la situación del comercio internacional y el nivel de precios de uno u otro producto. Percibir señales y ejercitar la función empresarial, asumiendo pérdidas y encarando el futuro con valentía. No cabe falsear la situación y perpetuar situaciones demostradas como insostenibles.
China y Países emergentes: quien crea que de esta crisis saldrá un nuevo mapa de poder económico, me temo, que no está en lo cierto, o no lo está en virtud de las apetencias ideológicas o miserias intelectuales que le empujan hasta semejante conclusión. Todo dependerá del acierto en las políticas, del grado de intervención y las trabas impuestas a la senda natural de recuperación. China ha crecido a costa de ser el taller del mundo. Vende a los EEUU y a Europa, y de su gripe no sólo se contagiará con un mero resfriado. En China y otras potencias emergentes se invierte a un ritmo frenético, el crecimiento es disparatado y el movimiento de recursos y factores de producción ingente. Las malas inversiones son profundas y estructurales. En el momento que su crecimiento caiga por debajo del 7 o el 5% es previsible que afloren muchos o todos los males. Para afrontar la crisis y sus efectos presentes y futuros en la economía china, sus autoridades han decidido seguir la senda keynesiana occidental. Pero con algo más de espíritu dictatorial: subida general de sueldos, para que todos consuman mucho más, y subida masiva del gasto público. De nuevo Huerta de Soto apunta un inminente o pronto “petardazo” en China, juicio extensible a las economías de otras tantas potencias de su corte y condición.
Todas estas ideas y conclusiones proceden en gran parte del fantástico repaso que hizo Huerta de Soto en su seminario del 27 de noviembre de 2008. Cuando uno lee cosas como el artículo publicado hoy, en el suplemento Negocios de El País, firmado por Paul Krugman, tratando de inhibirse ubicándose en el lado de los que sí supieron prever la crisis que hoy padecemos, no puede sino sonrojarse por vergüenza ajena. Los que llevan casi un siglo advirtiendo las causas ciertas de las crisis cíclicas son los miembros de la Escuela Austriaca, para mofa y desprecio del resto de escuelas. Mises, Hayek, y más recientemente Garrison o Huerta de Soto, han demostrado que únicamente disponiendo de una buena Teoría del Capital es posible la comprensión de las conexiones entre el lado real y el lado financiero de la economía. Que Krugman, con un artículo insulso impropio de un economista serio, sin demostrar nada, con simple palabrería y un “ya lo dije yo”, pretenda quedar por encima, es patético, cuando no un insulto a la inteligencia de muchos. Ahora, no puede evitar su estulticia recurrente, puesto que en los últimos párrafos saca la patita, y sin explicar ni una sola causa, echa la culpa de la situación a la codicia, la avaricia y demás vicios humanos. Dice que de cara al futuro sólo nos queda tratar de “frenar nuestro desenfrenado sistema financiero con el objetivo de evitar o al menos acotar la próxima crisis”… y punto… eso sí que es teoría económica de la buena…
Saludos y Libertad!