Parece que el cine lo es todo, pero nada más lejos de la realidad. Quizá, por su efecto propagandístico, directo, sobrecogedor y su capacidad de generar mitos, estrellatos y famoseo, haya sido y sea un arma brutal en manos del totalitarismo.
Desgraciadamente no deja de ser la punta del iceberg, el ejemplo más vistoso pero no el único de cómo la intervención del Estado, su mera existencia, corrompe y determina el mercado del arte.
Las administraciones públicas, entes y museos igualmente públicos, invierten cada año en arte, por imperativo legal, un porcentaje de sus presupuestos. Se trata de una corriente millones de euros esperada con avidez por galeristas, marchantes y artistas. El criterio con el que se seleccionan las obras o los proyectos artísticos donde invertir tal ingente cantidad de dinero, depende de un criterio intoxicado. La valoración de las piezas, la calidad del artista o la oportunidad de la subvención a una u otra obra o representación, padece un inevitable sesgo ideológico. No tanto por su contenido, que también, sino por el poder que terminan teniendo esos sibilinos marchantes públicos, o al servicio de lo público, para que uno u otro alcance valoraciones atractivas.
El torrente de gasto público termina por condicionar qué artistas o tendencias son atractivas, pese a su estética y atractivo (que podría ser uno u otro), generando suficiente seguridad al inversor, o a quien demanda arte, no sabe muy bien con qué quedarse, pero prefiere no tirar el dinero.
El Estado convierte en oro lo que toca, es decir, despierta en los agentes privados valoraciones que posiblemente no hubieran surgido en un mercado libre. Quede claro que aun cuando no existiera semejante gasto público, el arte es un mercado singular, en el que la valoración de la obra no solo depende de apreciación subjetiva más o menos intensa, o cierta convicción (subjetiva) sobre la idoneidad del bien en cuanto a la más completa satisfacción de un determinado fin (más o menos apreciado).
El arte no es solo estética, también representa un depósito de valor que puede llegar a experimentar una revalorización muy atractiva; en definitiva, una inversión más. Es ahí donde irrumpen los valoradores, quienes presentan artistas o recomiendan obras, los que promueven la atención del público y los motivan a adquirir esto o aquello. Mientras esa trama sea competitiva y libre la crítica así como los medios donde exponerla, estaremos ante un mercado más o menos coordinado.
La irrupción del gasto público lo desarma todo. Desembarca la política, el cálculo, la apuesta personal, la imposición de criterios artísticos, la consolidación de ferias y mercados profundamente sesgados y sectarios… Como se ha dicho, el resto de agentes, aquellos que ven en el arte una oportunidad de revalorizar sus activos, concluirán sus inversiones al cobijo del Estado. La explosión creativa no hallará mercado lo suficientemente dinámico y atractivo para favorecer el desarrollo de genios y vanguardias, quedando mermadas las posibilidades artísticas en todas las direcciones.
Afortunadamente resisten autores al margen del mercado oficial, reticentes a participar en él, expuestos a los sinsabores de caminar contracorriente. No es que sean ellos los buenos artistas y malos los popularizados. No todos los autores más valorados proceden de la tómbola de la intervención. El tema es complejo, mucho, pero merece cierta atención.
La mera existencia del Estado, de un gasto público desorbitado, corrompe por completo la trama de relaciones y valoraciones capaces de generar incentivos para una explosión creativa de la que todos, de una u otra forma, seríamos beneficiarios.
Saludos y Libertad!











están para ayudarles. Además, ser los primeros siempre conviene en situaciones insostenibles como la que caracteriza al sistema financiero basado en la reserva fraccionaria y el curso forzoso del dinero estatal: el botín sigue intacto antes de proceder a su reparto.


Se puede discutir si son mejores los industriales o los elaborados de forma tradicional, si la nata le va bien o es un sacrilegio, pero nunca pensé que el aparentemente inofensivo roscón de reyes pudiera suponer un peligro para la salud de los más pequeños. ¡¿Qué pensará mi abuelo (panadero jubilado) cuando se enteré que durante años ha estado poniendo en peligro la vida de sus hijos y la de los vecinos del barrio?!
el mundo, que nadie revise planes de acción y preferencias temporales, que nadie ajuste o acomode sus decisiones a la nueva situación. Pero claro, el paro crece a velocidad de vértigo y forzosamente esos desempleados tendrán que cambiar sus planes. Para el gobierno es sencillo, los que queden, los que todavía no hayan sufrido en embate de la recesión, deben seguir como si nada, caminando entre zombis, mirando al frente, reproduciendo metódicamente su comportamiento de hace tan solo un año. Hasta que les llegue a ellos, claro…
tenemos (además de una burbuja inmobiliaria mucho mayor que la norteamericana) un mercado laboral fuertemente intervenido. Cada parado, cada persona que quiere trabajar pero no encuentra, entre otras cosas, pero con especial atención, deberá dirigir su rabia y legítimo cabreo no contra el Capitalismo y demás hombres de paja, sino con Sindicatos y Legislación laboral, contra medidas como la de “aquí no se despide a nadie”, o 









