Hace poco más de un mes, El País, publicaba un artículo titulado Thatcherismo a la Sueca, seguido de un reportaje sobre el estado de la Sanidad pública española, en claro proceso de externalización. En su día denunciamos la hipocresía manifiesta, o la poca vergüenza de El País: mientras que por un lado acusa al gobierno de Esperanza Aguirre de privatizar la sanidad madrileña, con métodos inauditos e injustos, por otro admite que el común de las CC.AA. reproducen e incluso son avanzadilla esa misma estrategia encaminada a lograr menos derroche y más calidad en el servicio público.
Esta obsesión de Aguirre por consolidar un modelo de mayor calidad y menos costoso gracias a las presuntas bondades del mercado, no responde exclusivamente al ánimo estatista que encierra la Presidenta, sino a la ola pseudo liberal que, desde Suecia, ha batido las costas del viejo continente. En aquel país, origen de la estrategia socialdemócrata que supo vencer al resto de corrientes socialistas tanto en resultamos como en respaldo popular, la intervención y el monopolio público en ciertos sectores, bienes o servicios, tocó techo mucho antes que en el resto de Estados, donde seguían, a pesar de los fracasos, obsesionados en que de alguna forma, cambiando rumbos pero no horizontes, la planificación económica era posible y más eficiente que los frutos espontáneos del libre mercado.
El Thatcherismo en Reino Unido vino a demostrar el agotamiento del socialismo dominante hasta la fecha también en el mundo occidental. La caída de los regímenes comunistas, el ejemplo de China o la estampa del fracaso cubano o norcoreano dejaron en evidencia la necesidad de un nuevo sistema de relación entre el Estado y el Mercado. No llegó la libertad y la competencia, sino nuevas fórmulas de convivencia entre lo público y lo privado. Privatizaciones que dejaron en manos de empresarios particulares servicios que hasta entonces se creían condenados a la égida burocrática del Estado. Los resultados fueron buenos y con la etiqueta de neoliberalismo se quiso nominar una nueva época de prosperidad y apertura. Si nos quedamos en las apariencias o la mera propaganda y contrapropaganda, puede que con estas ideas nos diéramos totalmente por satisfechos. En realidad son más los elementos a tener en cuenta.
De Suecia han llegado todos los éxitos del estatismo contemporáneo. Una nueva forma de manipular al individuo y transmutar la naturaleza humana, gracias a la paciencia administrativa (D.N.) se logró un Estado de corte totalitario, pero dulcificado, maternal, garante del hedonismo con el que mantener satisfechas y entregadas a las masas. Concienciados, gracias a la colectivización de la conciencia, pacifistas, liberados sexualmente, despojados de los tapujos morales, entregados a la religión de la política, convencidos de que el Estado debe ser el único medio moralizante, gendarme de la ayuda social, impuesta y planificada, los ciudadanos suecos fueron los primeros sujetos de experimento del socialismo suave y maternal del siglo XX. El escenario era
propicio en riqueza natural, número de habitantes y otros condicionantes que hicieron, por unos años, que todo aquel invento pareciera dar sus frutos demostrando al mundo la presunta superioridad del constructivismo estatista socialdemócrata. Pero no hay bien que cien años dure (sí hay mal que cien, doscientos y trescientos años dure…) y el milagro sueco tocó a su fin y esos mismos desequilibrios que experimentaban sus vecinos, igualmente socialistas, pero en contextos diversos y comienzos diferentes, azotaron con virulencia el paraíso escandinavo.
Aun así es tan fuerte el adoctrinamiento social que son pocos los que se atreven a mirar al origen de todos los males y apostar por su erradicación. De Suecia llegan aires de privatización, que en absoluto deponen la égida estatal tendida sobre servicios como la educación o la sanidad, sino que recurren a la externalización y la creación de mercados dependientes para así lograr mejores resultados y un gasto público más eficiente. En definitiva el dinero que paga esta política sigue saliendo de los bolsillos de los ciudadanos vía impuestos, coactivos, como bien indica la propia palabra. Los políticos y los burócratas continúan siendo los organizadores del tinglado, decidiéndose esta vez, por necesidad y desesperación, por una apuesta que suena a libertad. No es Thatcherismo, como asevera el autor del artículo, aunque se asemeje en los resultados: pervivencia del Estado, durabilidad del mismo, e incapacidad manifiesta para ilegitimar su mera presencia en todos o la mayoría de los ámbitos y sectores controvertidos. Bien sea vía regulación y supervisión, bien a través de la redistribución coactiva de la renta y su consiguiente asignación arbitraria del gasto, la apariencia de que el
sistema se rige por las leyes del mercado o que son los agentes privados los responsables del servicio y su calidad no deja de ser un torpe espejismo.
La socialdemocracia sueca ha triunfado. Los que en esas latitudes dicen ser liberales han sabido reconducir el dominio estatista en un sentido más eficiente, al menos a corto y medio plazo, pero igualmente liberticida y acientífico. Nunca está de más repetir que el socialismo, la creencia de que es posible organizar la sociedad a través de mandatos coactivos, es un error intelectual que nunca llega a alcanzar, ni de lejos, los objetivos propuestos. Posible es, en la práctica, mantener convencidos a los ciudadanos de que la única posibilidad de orden es el orden sometido al Estado, sea este más grande o más pequeño. Ese es quizá el factor fundamental del éxito de la socialdemocracia sueca: lograr influir en las mentes, ideas y conductas de los individuos para hacer que ese mal, esa fuente de desajuste, injusticia y dolor, perviva a pesar de sus fracasos.
Esperanza Aguirre no es una rara excepción, ni en España ni en Europa. Su objetivo es doble: por un lado, permanecer en el poder gracias al apoyo de esa mayoría de personas idiotizadas, y por otro, dejarse llevar por los vientos de cambio en el seno de los partidos liberales de occidente. La razón por la que sus homólogos autonómicos y gubernamentales, dentro y fuera de España, sigan, también desde partidos abiertamente socialistas, las mismas prácticas que ella defiende como parte de un programa liberal de reformas, se debe fundamentalmente a ese origen perverso de la estrategia: el mito sueco y su vanguardia constatada e innegable en la lucha por la sostenibilidad del Estado.
Saludos y Libertad!











Más vale tarde que nunca. Tras numerosos meses demonizando al gobierno esperancista y su cruel privatización (falsa) de los servicios públicos,
Es curioso, como los políticos, en vez de admitir el fracaso del estado, la inviabilidad de los servicios públicos, intentan salvarlo a todo costa, permitiendo la entrada de agentes privados, simples remiendos, que a la larga también fracasarán, pero ese último fracaso no le será imputado al estado, sino a la privatización, el descontrol y la falta de una regulación que nunca dejó de existir. Por eso mismo, los liberales no podemos estar contentos con esto, por supuesto que prefiero este modelo de dejar meter mano a la empresa privada que el anterior con un 100% de control funcionarial, no es que lo prefiera, es que lo otro es totalmente inviable.










hoy en actividad, casi exclusivamente en los EEUU, está compuesta por los seguidores de Mises y está basada en la tradición de Böhm-Bawerk”. Mises fue quien mantuvo con vida el ideal nacido de la mano de Menger llevándolo desde Austria a los EE.UU. 

epistemológica con quien le descubriera en su momento el grave error intelectual que supone el socialismo. Hayek, hasta ese momento fue un socialista fabiano. Al comprender la incapacidad de organizar el orden social de la nada comenzó su reflexión sobre el mismo, produciendo los grandes avances teóricos que hoy podemos disfrutar en todas sus obras.










