LA LIBERTAD Y LA LEY

La Coherencia sólo es posible si se aceptan principios bien definidos, F.A.Hayek.

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La necedad como virtud

Publicado por yosoyhayek en Octubre 25, 2009

Defender lo indefendible proporciona un halo de altanería intelectual que en la izquierda ha sido y es, posiblemente, su mejor instrumento de exoneración de toda culpa derivada de la refutación de sus profecías.

En un orden social libre, todos o casi todos los ideales tienen cabida y pueden ser promovidos con activismo y dedicación. El único límite: la dignidad del ser humano, que no es otra cosa que el derecho de cada uno a ser dueño de sí, de sus decisiones y patrimonio legítimamente logrado. Con esa delgada línea roja como umbral de referencia, la explosión creativa, la libre persecución de ideas y conjeturas, define por completo la naturaleza espontánea y dinámica del orden social.

Acciones competitivas, que son la antítesis de aquello que cabe definirse como actos positivos de dominación. Sólo el Poder absoluto tiene en su mano la imposición de determinadas opciones.

La izquierda apela continuamente al derecho que tienen sus visionarios de poner en práctica ciertas medidas de reforma social. Inconformes con los resultados que vagamente advierten en el proceso social, se alzan en la capacidad de rediseñarlo. Valores inspirados en el atavismo, necios principios que desconocen por completo la complejidad que sostiene los niveles de descentralización, información y conocimiento que caracterizan a la Sociedad extensa. Son esos los resortes y justificaciones que soportan por completo la falsa legitimidad del Socialismo.

En 1920 L.v. Mises enunció el Teorema de la Imposiblidad del Socialismo. Solo tres años después de que estallara la Revolución Rusa. Cuando Mises dio a conocer sus conclusiones sobre la imposibilidad del cálculo económico en un sistema de planificación centralizada de la producción y la distribución, los hechos ya habían corroborado su hipótesis. Un problema de conocimiento, de transmisión e interpretación de información, de traslado de las valoraciones subjetivas al mundo de lo mensurable, de lo cuantificable, y, por tanto, donde sí resulta posible realizar un cálculo ajustado. Precios de mercado, conocimiento tácito y función empresarial. Tres elementos que los teóricos del socialismo desconocían o, directamente, arrinconaban sin prestarles la debida atención. Creyéndose en disposición de todo el conocimiento relevante, se lanzaron a la búsqueda del maná: coordinación social de resultados preconcebidos y “justos”. Un ideal de justicia que, a modo de camelo sensiblero, sedujo a propios y extraños, logrando para el Socialismo esa superioridad moral que lo hizo invulnerable ante los ataques teóricos provenientes desde el liberalismo.

El socialismo no es ciencia, sino pasión, credo e ilusión sinóptica. Mera arrogancia intelectual sostenida sobre un error sin paliativos. Se sabía en 1920, incluso antes, pero aun así el espíritu progresista quiso intentarlo. La reforma agraria de la USRSS mató en apenas dos o tres años, a millones de personas de hambre. No se rectificó entonces.

La Segunda Guerra Mundial surgió del Socialismo, del poder de los Estados de controlar y dirigir toda la riqueza nacional, incluidos los “recursos humanos”, hacia una guerra masiva. El objetivo: imponer un tipo concreto de profecía socialista, ni más, ni menos. Tampoco en 1945 se rectificó ese camino de servidumbre por donde avanzaba la civilización occidental… El resto, es historia.

Dos citas que considero ajustadas y oportunas. Dos citas que deberían provocar cierta conmoción en aquellos que aun hoy, como pose o como mera frivolidad de acomodado, desprecian la realidad de un siglo XX sacudido por el socialismo, manteniendo sofismas y héroes, pero, lo que es peor, ese halo autocomplaciente de superioridad intelectual y moral que no es sino muestra de una supina ignorancia.

 

Ludwig von Mises: “Sólo deficientes mentales osarían desafiar las leyes físicas y biológicas. En cambio, son innumerables los que creen poder ignorar las leyes económicas”. (p. 899 La Acción Humana)

 

Jesús Huerta de Soto: “Esperar, por tanto, a que la historia “confirme” si un sistema económico es o no factible, no sólo es una imposibilidad lógica, pues la historia no puede confirmar ni refutar ninguna teoría, sino que además implica caer en el absurdo de renunciar a priori a las enseñanzas de las teorías correctas desarrolladas al margen de la experiencia, invitando, además, a que cualquier absurdo o utopía sea intentada con unos costos humanos desproporcionados, so pretexto de hacer posible el análisis de los correspondientes “resultados experimentales””. (p.407 Socialismo, Cálculo económico y Función empresarial)

Saludos y Libertad!

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Lecturas para la crisis

Publicado por yosoyhayek en Mayo 10, 2009

Estos son los libros indispensables, en mi opinión, para comprender la crisis económica que tanta discusión, lugares comunes y sofismas suscita en su análisis y diagnóstico.

Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos (Jesús Huerta de Soto)

Precios y Producción (F.A. Hayek)

La teoría del Crédito y del Dinero (L. v. Mises)

Fundamentos de la banca central y de la libertad bancaria (V. Smith)

Tiempo y Dinero (R.W. Garrison)

Teoría Positiva del Capital (E. Böhm-Bawerk)

El nacionalismo monetario y la estabilidad internacional (F.A. Hayek)

El problema es que los autores más falaces y acientíficos son los que dominan incluso la creencia generalizada sobre la superioridad y el acierto de sus teorías. Básicamente por una razón: son estas falacias respaldo fundamental de la religión estatista, dogmas de fe que alimentan el credo y favorecen la fe ciega en el Leviatán moral e intervencionista. Son ideología pura, acientífica, condenadas a adaptarse a los acontecimientos.

Entre falaces como Keynes e ingenuos, abundantes en las filas monetaristas y demás subcorrientes y revisionismos campantes en nuestros días. Si Krugman es el nuevo gurú económico, no hay duda de que no son el rigor y las buenas teorías los elementos dominantes en el escenario crítico y científico.

Los medios cayeron complacidos ante la nimiedad y el carácter intuitivo de los razonamientos de Leopoldo Abadía. Convertido en referente mediático confunde y distorsiona más que ilustra. Su libro no deja de ser una excrecencia de lo que otros, desde universidades y gobiernos, han convertido en pensamiento único económico.

Espero que una dosis de Hayek, Böhm-Bawerk, Huerta de Soto o Garrison, y otros tantos que aún no he podido estudiar, ayude a quienes realmente estén interesados en saber lo que sucede y cuáles son sus causas ciertas así como los verdaderos culpables de tamaño sufrimiento.

Saludos y Libertad!

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Ideas sobre política fiscal y presupuestaria

Publicado por yosoyhayek en Abril 4, 2009

Para sostener todo el aparato de la estructura de dominación que es el Estado, más allá de los poderes públicos ilegítimamente hurtados a la sociedad, resulta indispensable un sistema de captación de recursos, administración de los mismos y organización del gasto público.

Podríamos detenernos aquí en varias cuestiones, pero carecen de importancia teórica cuando lo que pretendemos es analizar las consecuencias económicas que concretas intervenciones públicas tienen en el proceso social y de mercado. Analizaremos entonces la capacidad de distorsión y destrucción de ahorro, ya visto en el tema de la seguridad social, que tiene la captación de fondos coactivamente, en la medida y en la forma en que se haga, y los efectos irreversibles que el gasto público o las inversiones pueden tener en la economía.

Mises en su Acción Humana  se cuestiona la posibilidad de un impuesto neutro concluyendo que en una economía cambiante ningún impuesto puede serlo, es decir, dada la naturaleza dinámica del proceso social, como afirma Huerta de Soto, no cabe predecir los efectos de una concreta coacción institucionalizada, ya que las circunstancias históricas sobre las que se asienta el análisis y especulación sobre la misma, variarán forzosamente en el mismo instante en que se implante dicha carga fiscal.

La idea de que exista un solo impuesto, idéntico para todos los agentes, aun pareciendo desproporcional, genera un incremento del ahorro, y por tanto de la productividad, así como de las rentas del trabajo. Guiar la presión fiscal en base a la capacidad de pago, o renta del obligado, es una de las máximas del ideal de justicia social del que toma legitimación el intervencionismo. Esta proporcionalidad se cree inocua: lo que le quitan al pudiente se estima afecta poco a su economía y a sus planes de acción, mientras que quitar al que menos tiene, en su caso, el mismo porcentaje, le dejaría en un situación mucho más penosa.

Es curioso como el latrocinio del Estado, en principio guiado por cálculo de bienestar, criterios utilitaristas de los que se pretende obtener conclusiones objetivas que fijen la cuantía y la cualidad de la intervención, vea, al menos formalmente, tasada su voracidad por resoluciones de órganos políticos como son los tribunales constitucionales. Hay Cartas Magnas que fijan un máximo impositivo, pero otras, como la alemana, han dejado en manos de la praxis política y lo contingente la fijación de ese techo fiscal. Para el TC alemán más del 50% es confiscar, pero no dispone la suma de todas las cargas, sino simplemente la que se ejecuta contra la renta, los beneficios o el patrimonio. Es evidente que esa cuantía destruye el incentivo, pero no está claro si ese efecto destructor no se consigue también con porcentajes inferiores. El intervencionista busca ahogar pero no matar a la gallina de los huevos de oro: el mercado.

Para el Estado “los fondos disponibles son siempre limitados” (p.1011 AH). Subir los tipos impositivos y hacerlo con módulos progresivos no sólo no logran recaudar más, sino que empobrecen y paralizan a la sociedad de forma definitiva. El expolio del rico no basta, la mayor parte de los ingresos vienen de las clases medias, que son las que soportan la carga y el peso del Estado.

La fiscalidad no solo, aunque siempre, persigue fines recaudatorios. Es utilizada como desincentivo para concretas actividades que sean consideradas inoportunas o contrarias a la moral pública preestablecida por el poder político. Por ejemplo, la doble acción es perfectamente discernible en el caso de sustancias adictivas o drogas legalizadas, donde el Estado logra cuantiosos ingresos buscando limitar el consumo, aunque es de todo probable que en el cálculo del tipo impositivo se prevean las consecuencias concretas en la recaudación y pocas veces se den pasos que generen una reducción de la misma. Incluso como puritano, el Estado mira más por el bolsillo que por el rigor moral anhelado.

Mises nos aclara algo que debe quedarnos meridianamente claro a los que luchamos contra la dominación arbitraria y liberticida, pero también a los entusiastas del Estado: “se puede desarticular y destrozar la economía de mercado utilizando el poder impositivo y son numerosos los gobernantes y los partidos políticos deseosos de alcanzar semejante objetivo por esa vía”; es decir, “la imposición tributaria es solo posible en la economía de mercado” (p.873 SCEFE) sin mercado no hay intervención, o mejor, sin mercado sólo cabe concebir el socialismo, y por mucho que algunos renieguen de la probada imposibilidad del mismo, entienden que es mejor respetar el mercado y controlar la intensidad de la intervención para no acabar hundiéndose en el horror de un sistema sin precios, intercambio voluntario, propiedad, ahorro e inversión. “El talón de Aquiles del mecanismo fiscal radica en la paradoja de que cuanto más se incrementan los impuestos, tanto más se debilita la economía de mercado y, consecuentemente, el propio sistema impositivo”. (p. 874 SCEFE)

Se pueden imponer cargas para influir en la producción y consumo de bienes frente a otros. Se puede expropiar parte de la renta o patrimonio, pero no matar a la “gallina de los huevos de oro”, como dice Mises y ya hemos comentado con anterioridad. “En la medida en que la autoridad cumpla su función social y los impuestos no rebasen aquel límite indispensable que facilita el suave funcionamiento del aparato estatal, tales gravámenes son costes productivos y se hallan sobradamente compensados” (879 AH).

La intervención fiscal, la imposición de cargas sobre las rentas, el consumo, la actividad, las transmisiones o el patrimonio, guardan en su lógica represiva un efecto corruptor. La gente aplica gran ingenio para evitar los efectos negativos sobre su actividad, por lo que crean y descubren formas, con las que a pesar de todo salir airosos de la presión fiscal y el sometimiento tributario. El fraude y la corrupción no son lacras que legítimamente trata de reprimir el sistema, sino consecuencias de la actitud invasiva y extensa del mismo.

El Estado interviniendo masivamente genera un fenómeno conocido como Economía sumergida. Depende de muchos factores la intensidad de la misma. Es evidente que hay pueblos más “disciplinados”, por razones que no vienen al caso, donde a pesar de una actitud invasiva del gobierno, la economía sumergida, el fraude fiscal y demás artimañas evasivas, son meras anécdotas, diligentemente condenadas por la moral social de la mayoría. En otros países, los mediterráneos sobre todo, la tendencia es mucho mayor. Sucede en España y en mayor medida en Italia. De ahí que cualquier aminoramiento en las cargas fiscales favorezcan el incremento de la recaudación: muchos optarán por entrar en el sistema si la presión cae, dando luz a un volumen ingente de generación de riqueza.

Los Gobiernos se empeñan en “dilapidar el capital existente en la nación mediante la puesta en práctica de leyes fiscales confiscatorias de la renta y el patrimonio para, de tal modo, llevar a cabo una política de “redistribución de la renta” que forzosamente ha de empobrecer a las masas, pues da lugar a la reducción general de los salarios reales, que es la consecuencia de la menor acumulación de capital disponible por trabajador” (J. Huerta de Soto, p.195 EEP, ¿Es el trabajo una mercancía?)

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Los intervencionistas y el miedo a la Deflación

Publicado por yosoyhayek en Noviembre 24, 2008

Obama advierte del “riesgo de caer en una espiral deflacionaria”. El País de ayer,  afirmaba: “El Fantasma de la deflación sobrevuela Occidente”. Con un guiño evidente al Manifiesto Comunista, la “comunidad” progre, de un lado y otro del Atlántico, meten miedo a la opinión pública anunciando la posibilidad de entrar en un periodo de Deflación a la japonesa (durante casi todos los 90´ y parte de los 2000´).

El estatismo vive de la expansión crediticia sin base en el ahorro real y, cómo no, de la inflación. Para saber de lo que hablamos procede no caer en las definiciones que manejan sus propagandistas de lo económico, ni el torticero uso de índices públicos como el IPC.

Inflación es: todo aumento de la cantidad de dinero que se ofrece en el mercado que da lugar (ceteris paribus) a una disminución del poder adquisitivo de la unidad monetaria, es decir, un aumento de los precios de bienes y servicios de forma generalizada, consecuencia de un aumento de la masa monetaria o disminución de la demanda monetaria.

Por tanto, Deflación es: toda disminución de la cantidad de dinero, o de la oferta monetaria, o aumento de la demanda de dinero, que, ceteris paribus, da lugar a un aumento del poder adquisitivo de la unidad monetaria, y la consecuente disminución de los precios del resto de bienes.

A pesar de la claridad de estas definiciones la propaganda estatista ha logrado que los ciudadanos interioricemos un significado alternativo, opaco y recurrente, con el que manipular datos y confundirnos en todo momento. A través de índice como el de precios al consumo, los gobiernos ofrecen tasas de inflación maquilladas y sesgadas, pero también que ocultan la auténtica pérdida de poder adquisitivo de la unidad monetaria.

Es decir, mientras que la base monetaria, la cantidad de dinero (físico y electrónico) ofertada en el mercado, ha crecido por encima del 10% tanto en la zona euro como en los EEUU en los últimos años expansionistas, la inflación, al menos en España, ha rondado, o ni siquiera superado, el 3%. Ese diferencial oculta el incremento sostenido de la productividad, la mejora tecnológica y la bajada real de precios al consumo. Sin ese elemento la economía no habría sido capaz de absorber la nueva masa monetaria, generando un efecto súper inflacionario capaz de destrozar toda la estructura productiva.

Los defensores de la Inflación, como regla general y deseable, son los mismos que le atribuyen neutralidad en sus efectos (afirmación completamente falsa: el que primero recibe el nuevo dinero compra a precios antiguos, mientras que el último compra a precios inflados, es decir, hay una redistribución innegable de la riqueza; no todos los precios varían del mismo modo), o sus efectos positivos de cara al desempleo (se pretende generar actividad a corto plazo, sin asumir sus efectos a medio y largo; ahora mismo esta relación inversamente proporcional ha dejado de funcionar). Los inflacionistas temen sobremanera la posibilidad de que la demanda efectiva de bienes, incluido el dinero, crezca por encima de su oferta, generando, ceteris paribus, el incremento de su precio; en el caso del dinero, de su poder adquisitivo.

Pero es que ocurre todo lo contrario: el aumento de inversión, la mejora tecnológica y de productividad, incrementan la oferta de bienes haciendo que sus precios caigan considerablemente. Como bien dijo Mises, a cualquier cantidad de dinero, puede funcionar la economía. Los que temen esta bajada de precios con oferta rígida de dinero alertan de los perniciosos efectos de la Deflación, que haría a la unidad monetaria cada vez más apreciada y con un mayor poder de compra.

Para estabilizar esta situación el estatismo, se vista de política neoliberal o retroceda directamente al descaro socialista, recurre a la expropiación del dinero y la renuncia al patrón oro (cuya oferta crece de forma muy estable en función de su producción minera), que necesariamente propiciaría una situación deflacionaria. Para evitarlo se echa mano del dinero fiduciario cuya oferta queda en manos de las autoridades, decidiendo qué cantidad imprimir y qué tipo de intervención fijar para orquestar la ulterior expansión crediticia (de cada 10 euros que creemos tener, solo uno es físico, el resto son apuntes contables).

En periodos de gran crecimiento de la productividad y mejora tecnológica, como fueron los 90´ y los 8 años que llevamos de siglo XXI, esta inyección continua y extrema de nueva oferta monetaria, a pesar de su terrible intensidad y cuantía, ha generado subida de precios, o depreciación de la moneda, relativamente moderados. Para comprenderlo basta con hacer la reflexión presentada más arriba. Si crece la oferta un 10% y la inflación (maquillada) es del 2%, en una situación normal, es posible que la deflación hubiera sido de más del -5%.

Cuando se pasa de una situación inflacionaria a una deflacionaria, como quieren advertir los estatistas y sus medios, como sucedió en Japón desde su crisis de finales de los 80´, nos encontramos, efectivamente, ante una situación complicada y perversa. La contracción del crédito puede ser tan intensa como brutal fuera su expansión. Si a esto unimos la desconfianza, la morosidad y el acaparamiento de moneda, es obvio que la oferta de dinero se reduce mientras que la demanda no tanto.

En situaciones de crisis cae la actividad, cae el consumo, y con ello, bajan los precios de los bienes y servicios de forma independiente a lo que suceda con la oferta o demanda de dinero. Si esta ralentización implica la caída en la demanda de dinero, muy por encima de la caída efectiva de su oferta (contracción crediticia, por ejemplo), tendremos recesión inflacionaria. Si por el contrario es la oferta la que se contrae súbitamente mientras que la economía no ve caer en tanta medida su demanda de dinero, este tenderá a apreciarse más, generando un periodo deflacionario. Ese parece ser el miedo que quieren inocularnos los que apuestan por más intervención como salida de la crisis. Amenazan con que si se reduce el crédito, las consecuencias serán terribles. Es preferible la inflación por aquello de que deudor (quién debe más que el propio Estado?) sale beneficiado, frente a momentos deflacionarios, donde, con intereses positivos (si siempre hubiera deflación, los intereses, obviamente, serían negativos), el claro beneficiado sería el acreedor. Como todos, de una forma u otra, somos deudores (empresas y particulares), o así tendemos a sentirnos, el mensaje llega y acaba calando. Inflación indiscriminada, redistribución inducida de la renta e incautación por parte del dueño del dinero (el Estado), de un silencioso impuesto sobre todo el que tenga su riqueza directa o indirectamente en unidades monetarias.

Es evidente que pasar de una inflación perpetua y sostenida a una deflación súbita conlleva perturbaciones y quebrantos dolorosos y difíciles de afrontar en el corto y largo plazo. Lo que no vemos ahora es que la bajada real de precios de determinados bienes, como el petróleo o los alimentos (cuya subida fue debida cuellos de botella producidos por los errores de inversión en la fase expansiva), no es necesariamente síntoma de que la inflación caiga. No debemos confundir los índices agregados con la realidad. Cada precio es un mundo, al agregarlos se busca manipular e intervenir económicamente favoreciendo a unos frente a otros. Pero es que además dentro de esas subidas y bajadas de precios debemos ser capaces de discriminar entre lo que es inflación monetaria y lo que no.

Las caídas en el índice oficial pueden ser debidas a que un precio, como el del petróleo, por causas reales, haya bajado, pero eso no hace que la inflación sea estable y sostenida. Si las bajadas en el IPC son causadas por la efectiva disminución inflacionaria, o el primer paso dentro de un proceso deflacionario, es muy distinto.

Con los meses veremos ante qué situación nos hallamos. Los gobiernos apuestan por la inflación como última baza. Cuando sus planes de rescate fracasen dejando su deuda por los cielos, qué mejor que paladas y paladas de dinero, otra expansión crediticia, para salir de esta crisis, no corregir los excesos de la actual, y postergar unos años sus efectos, aumentados, eso sí, con la nueva inyección creando nuevas burbujas y nuevos desajustes. Eso es lo que se hizo tras la crisis de las .com y lo que se ha querido hacer para evitar esta. Pero no ha bastado y los planes de rescate son la última opción al tiempo que la peor opción. Si nos empiezan a tratar de atemorizar con la deflación es porque saben inútiles todas sus medidas hasta el momento y preparan ya la reeefinitiva

-Juan Ramó Rallo, ¿Inflación o delación? e, inflacionismo, causa última de la crisis.

-RöpKe, Estado benefactor e Inflación crónica.

 

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L. von Mises. Legado Misiano. La Escuela Austriaca de Economía

Publicado por yosoyhayek en Octubre 10, 2008

Hoy se cumplen 35 años de la muerte de L. von Mises, el mejor Economista del siglo XX. Este artículo cierra la serie que desde hace una semana venimos publicando en la bitácora. Esperamos que hayan sido útiles para muchos. Lo que hemos pretendido, ante todo, ha sido rendir tributo a la memoria de Mises. Si con ello hemos logrado algo más, podremos setirnos orgullosos.

Según Rothbard “Carl Menger (…) formuló la auténtica teoría neoclásica hallando final solución al problema otrora inexplicable”, la paradoja del valor. (Lo esencial de L. von Mises)

En 1871 Menger concluye sus Principios de Economía Política. Fue en el extranjero, haciendo referencia a los autores marginalistas austriacos, donde se les empezó a denominar de este modo, incluso de forma despectiva. En 1883, como antagónica de la Escuela histórica alemana, se acuñó el término de “Escuela austríaca de economía”.

Rothbard, con su habitual destreza historiográfica, nos previene de cuál pudo ser el hecho relevante que hiciera de Viena el centro de semejante despliegue intelectual y científico a finales del siglo XIX. En 1867, con la Constitución liberal, comenzó la etapa de mayor libertad de Austria, jamás vista en una tierra sumida hasta el momento en el dirigismo férreo. Pocos años después, Mises tuvo que elegir, en su época de estudiante, entre las dos escuelas vivas: la joven corriente iniciada por Menger, o la corriente principal germana basada en el estatismo desbocado y la filosofía hegeliana: “por Austria no vagaba el espectro de la dialéctica hegeliana. En Austria no se consideraba un deber nacional la “superación” de las ideas de Europa occidental. En Austria el eudemonismo, el hedonismo y el utilitarismo no eran proscritos sino estudiados”. (p.73) Fueron unos años de alto interés por la ciencia económica en Viena, la Escuela austriaca representó una ráfaga de aire fresco para los inquietos.

Mises nos relata la situación en la que él tuvo contacto con la incipiente Escuela: “cuando me matriculé en la Universidad, Carl Menger estaba a punto de dejar la enseñanza. No había por entonces señales de una Escuela austríaca de economía, yo no tenía el más mínimo interés por ella” (p.67). Fue la lectura de Los principios de economía política de Menger lo que transformó a Mises en un economista introversivo.

El abuelo de Mises le contó una conversación con Menger en la que este advertía: “la política que persiguen las potencias europeas conducirá a una guerra espantosa que terminará con revoluciones devastadoras, con el total aniquilamiento de la civilización europea y con la destrucción del bienestar de todas las naciones. Ante estos inevitables acontecimientos, el mejor consejo que se puede dar es invertir en oro y tal vez en obligaciones de los países escandinavos”. Y así hizo Menger. (p.68) Sirva como ejemplo de la genialidad de este economista, inspirador de muchos.

Mises puntualiza reconociendo que Wieser nunca “captó efectivamente el núcleo del subjetivismo, y ello fue causa de muchos equívocos fatales” (p. 70), es decir, en sí mismo, no puede considerársele miembro con pleno derecho de la Escuela. Sin duda, el mérito incontestable de la Escuela Austríaca de Economía ha sido “el haber formulado una teoría de la acción económica y no una teoría del equilibrio económico, que es sinónimo de inacción” (p.70), si bien es cierto que fue él quien sintetizó con rigor, y el nivel requerido, todas las aportaciones, propias y de sus predecesores, en su magna obra, La Acción Humana.

Mises fue parte del seminario de Bömh-Bawerk hasta 1913, siguiendo la corriente más leal a los planteamientos mengerianos. Su maestro fue ministro de finanzas austriaco. De él comenta que “desarrollaba ideas que iban más allá de lo que ha quedado consignado en sus escritos” (p.75). Los que sólo recientemente en nuestra vida académica hemos adquirido consciencia de la tarea fundamental de los seminarios en la exposición, desarrollo, aprendizaje y progreso de las ideas, leemos al maestro con emoción y una sensación de sana envidia por haber asistido a los organizados por Bömh-Bawerk.

El mismo sentimiento se desprende de lo que Rothbard comenta sobre los seminarios neoyorquinos de Mises. De esta sucesión sólo nos queda la certeza de que los seminarios de hoy serán la envidia de los pensadores del mañana, lo cual debe hacernos sentir orgullosos y satisfechos por enraizar una tradición marcada por los grandes predecesores de la Escuela Austríaca de Economía. Dice Mises con sabiduría que “los economistas no se pueden formar en criaderos” (p.70), pero por desgracia esa es la tendencia mayoritaria de nuestros días.

De entre las grandes aportaciones de Mises a las ciencias económicas y de la acción humana haremos comentario de dos siguientes:

-Teoría del dinero: Mises, según Rothbard, “demostró que el precio del dinero, es decir, su poder adquisitivo, quedaba predeterminado en el mercado igual que el precio de cualquier otro bien, a saber, por la demanda del mismo, demanda engendrada por la utilidad marginal de la mercancía, en este caso, la unidad marginal de la moneda: el deseo de terne dinero” (Lo esencial de L. von Mises)

Mises publicó La Teoría del Dinero y de los Medios Fiduciarios en 1912. Por aquel entonces, preponderaba la creencia de que la teoría del dinero podía aislarse “del contexto total de los problemas económicos” (p.90). Por esa razón, impulsado por un rigor del que muchos carecían esos años, asumió que “para elaborar una teoría del dinero, era preciso destruir la idea de que puede existir algo así como el cálculo del valor o incluso la medida del valor; de que, conociendo el “valor” de una porción de una provisión de bienes, se puede calcular el “valor” de toda la provisión, o que, inversamente, conociendo el “valor” de toda la provisión, se puede calcular el “valor” de sus porciones. En general, había que eliminar la hipostatización del “valor” y demostrar que existe ciertamente un valor y una valoración por nuestra parte, pero el uso de la expresión “valor” sólo puede tener sentido si define objetos valorados o el resultado de un acto de valoración” (p.91). El propio Mises explica con precisión su ardua tarea y el método seguido.

“A la economía política matemática le di el golpe mortal demostrando que la cantidad de dinero y el poder adquisitivo de la unidad monetaria no son inversamente proporcionales” (p.93) MV:PY. La teoría cuantitativa del dinero reinaba por aquel entonces, como lo había hecho ya años atrás, dentro de la dicotomía clásica y la suposición del velo monetario.  Incluso Menger y B-B habían partido de “la tácita suposición de la neutralidad del dinero”. Mises es quien introduce la razón fundamental que implica la necesaria no-neutralidad del dinero: “el cambio de poder adquisitivo no modifica simultáneamente los precios de las distintas mercancías y servicios” (p.94).

De este modo logró refutar la teoría cuantitativa del dinero. Creemos conveniente, por la claridad de conceptos y exposición recurrir a las palabras Rothbard cuando dice que “todo incremento de la oferta dineraria tiende, desde luego, a reducir el valor de la unidad monetaria; ahora bien, en cuánto efectivamente llegue a descender, si es que, en definitiva, se reduce el valor del dinero, depende de lo que, al tiempo, esté sucediendo con la demanda, con la utilidad marginal de valuta, con el afán de los agentes por disponer de medios de pago”.

En lo referido a inflación y Banca Central, Mises, siguiendo el análisis relatado por Rothbard, vemos se llegó sin remedio a la expansión crediticia sirviéndose de la protección y el privilegio sobre las entidades privadas, liberadas de este modo de las infalibles leyes del mercado. “Los bancos centrales constituyeron herramientas inflacionistas, como bien sabían desde un principio sus patrocinadores”. (Lo esencial de L. von Mises)

En la segunda edición de la teoría del dinero, en 1928, Mises introduce su formulación de la Teoría del Ciclo. Antes, en 1926, puso en funcionamiento el Instituto Austriaco de investigación del Ciclo Económico. Rothbard advierte de un hecho singular: “mientras que la mayoría de los economistas de la nueva era de los años 20 (Irving Fisher incluido) predecían un futuro de inacabable prosperidad, gracias a las sabias directrices de los bancos centrales, cada vez más intervencionistas, Mises, por su lado, anunciaba la inminencia de una grave crisis económica” (Lo esencial de L. von Mises). Una vez más, no sólo la calidad teórica pone de manifiesto la genialidad y superioridad misianas, sino que los hechos le otorgan sin matices la razón. Es Mises quien afirma que el verdadero problema de la actividad económica es que hay que preferir entre cosas presentes y cosas futuras, es decir, aplazar acciones. Sólo el mercado permite al hombre hacer cálculos especulativos. (p.144)

-Epistemología: Mises tomó las riendas del ataque contra el institucionalismo y la escuela matemática así como la refutación de esa  idea tan equivocada de Mill, el homo economicus. Se pregunta el propio Mises, “¿qué sentido tiene decir que hemos aprendido esta categoría por experiencia si no sabemos decir a qué otro resultado habría podido conducirnos una experiencia distinta” (p.158). A lo que responde sin paliativos: la economía política es a priori.

Mises se enfrenta a la Fatal Arrogancia, que conceptualizaría años décadas más tarde su discípulo Hayek, de las ciencias naturales: “confianza en la seguridad absoluta, univocidad y exactitud de sus teoremas, que en otro tiempo les hacían mirar por encima del hombro a las pobres ciencias del espíritu y a ignorar la economía política” (p.160). Pecó de optimista exponiendo que pronto vería el final de todo aquello. Por desgracia seguimos dominados por su paradigma cientista.

“Hoy, en todo el mundo, y principalmente en EEUU, legiones de estadísticos trabajan en institutos dedicados a estudiar lo que la gente piensa que es la “investigación científica”. Recogen datos proporcionados por los gobiernos y diversas organizaciones económicas; los reajustan, los sintetizan y los imprimen, calculan medias, elaboran gráficos. Suponen que de este modo “miden” el “comportamiento” del género humano y creen que no existe diferencia importante entre sus métodos de investigación y los que se emplean en los laboratorios de física, química y biología” (p.186)

Rothbard se plantea, “¿cómo puede ser científica una disciplina donde no cabe la ponderación ni la medición?”, e interpretando la respuesta de Mises se responde a sí mismo que “la ciencia económica, la teoría del actuar humano, cae fuera del mundo de la física, del de la experimentación. La economía, según claramente vieran los clásicos y los vieneses, parte de unos, muy pocos, axiomas generales, referentes a la esencia y naturaleza de la acción humana, axiomas que el estudioso descubre por introspección. Las verdades y conclusiones que entretejen la ciencia no son sino derivaciones lógicas deducidas de tales axiomáticos principios: que el hombre actúa; que prefiere unas cosas a otras; que recurre a la acción para alcanzar siempre mudables, pero, en cada momento, concretos y específicos objetivos; que el factor tiempo influye al actuar…” (Lo esencial de L. von Mises) Esta es la praxeología misiana.

 

Rothbard explica, con cierto optimismo, que a pesar del ostracismo vivido por Mises durante toda su vida académica, fueron muchos de sus seguidores y discípulos grandes adalides de la libertad y figuras influyentes en diversos países y sectores, así “Wilhem Ropke, estudiante misiano de la época vienesa, fue quien aportó el necesario respaldo intelectual que salvó a la Alemania Federal del colectivismo, instaurando en el país una economía sustancialmente capitalista. Luigi Einaudi, otro viejo amigo de Mises en cuestiones de libertad económica, logró igualmente librar a Italia del socialismo totalitario. Y un tercer seguidor misiano, Jacques Rueff, fue el consejero el consejero económico que, prácticamente solo, pero sin desmayo, inspiró al general De Gaulle su política sin, por desgracia, conseguir, cual deseara, la reimplantación del patrón oro”. (Lo esencial de L. von Mises) Con sus palabras nos quedamos; con la idea de que han sido, son y serán muchos los que bebiendo de las grandes aportaciones misianas, traerán al mundo un horizonte mejor. Son ellos aquellos que sirven con mayor ahínco y vehemencia al ideal de la libertad. El proceso social y su fortaleza, las leyes mismas del mercado, no podrían solos sin la ayuda de mentes preclaras acertando en sus diagnósticos y estudiando la realidad sin prejuicios.

 

Resto de Artículos dedicados a Mises:

La Acción Humana

Los Socialdemócratas austriacos de entre guerras

Methodenstreit

Su lucha

Vida y Vivencias

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L. von Mises. La Acción Humana

Publicado por yosoyhayek en Octubre 9, 2008

 

Tratado de Economía escrito en inglés en 1949, refundando el Nationaloekonomie. Debemos analizar La Acción Humana desde varios puntos de vista, sin perder el referente de la motivación de Mises, su actitud y rigor intelectuales, así como el acierto logrado en su sistematización teórica. Semejante monumento a la teoría económica sirve como colofón de toda una vida dedicada a la profundización de los conceptos y teoremas logrados por sus predecesores y maestros de la Escuela Austríaca.

Mises se vio en la necesidad de generar una nueva ciencia, la ciencia de la acción humana o praxeología, propiamente dicha, como un enunciado autónomo capaz de alcanzar el puesto que le corresponde dentro del abanico de las ciencias sociales. Su brazo más desarrollado es la economía, en la que él mismo, pero antes sus predecesores austriacos, habían formulado principios metodológicos y epistemológicos fundamentales. El subjetivismo, el individualismo metodológico, el método lógico deductivo, son las formas óptimas para el estudio económico.

Mises recurre al dualismo metodológico como estrategia intelectual. Cubre sus espaldas, como buen utilitarista, advirtiendo que sus afirmaciones se basan en lo que actualmente es conocido, no pretendiendo pecar de racionalismo extremo, ni siquiera, al emitir sus enunciados praxeológicos.

Sintetiza los aciertos científicos de sus antecesores, unidos a los suyos, advirtiendo que en la construcción teórica pretendida, todo debe emanar de un punto irrefutable y no contradecible, un axioma. La acción humana es el punto de partida, el principio que no cabe negar sin caer en contradicción, la piedra sobre la que levantar su teoría. De forma satisfactoria engarza los elementos y crea un sistema ordenado, sistemático, científico. Su superioridad epistemológica y metodológica es evidente, sus resultados permiten al economista analizar la realidad, la acción del ser humano, las ideas sobre las que es formulada esta parcela de la ciencia social, con un resultado incuestionable, lógico deductivo, produciendo leyes praxeológicas perfectas. Ese es el mérito misiano, es la gran obra de su Acción Humana.

Él mismo previene la crítica por fatal arrogancia mal entendida, por un racionalismo extremo no coherente con su tónica intelectual general. Mises es un utilitarista que se da cuenta de que la ciencia económica es manifiestamente apriorística, lógica. Bandea entre su doble posicionamiento y reitera, antes y después de finalizar su magna obra, bases epistemológicas que le permiten estar y no estar, pecar sin pecar. La acción humana como movimiento deliberado del Hombre en pos de mejorar un situación de malestar adoptando medios subjetivamente considerados, ejercido dentro de un tiempo subjetivo, praxeológico, siguiendo fines que son valorados, como los medios, subjetivamente.

Puede que muchos adviertan carencias, que pretendan corregir la definición. De ella deriva el orden praxeológico, la tentación es evidente. Pero Mises previene: es de esta idea de acción, de este axioma que no cabe negar sin contradecirse a sí mismo, del que emana una teoría económica, una serie de leyes de tendencia que no cabe refutar siempre y cuando los razonamientos lógico deductivos se hayan practicado sin errores. De aquí obtenemos la verdadera ciencia económica, frente al historicismo, el positivismo o el cientismo. Los resultados son evidentes, por lo que tratar de corregir por el mero hecho de buscarle las cosquillas al maestro, no es más que incurrir en un manifiesto ánimo lesivo, sin más.

Mises en Teoría e Historia cubre los flancos de su praxeología, de su método y actitud epistemológica. En nuestra humilde opinión, La Acción Humana y la praxeología satisfacen, tal como están, el rigor científico fundamental, si bien es cierto, y como el propio Mises invita a hacer, puede que en el futuro quepa aportar y matizar

.Las palabras de Rothbard ilustran sobre el mérito y contenido de la Acción Humana:

“Human Action era precisamente lo que se necesitaba, la ciencia económica toda, elaborada partiendo de sólidos e inconmovibles axiomas praxeológicos, centrada en el análisis del hombre que actúa, que persigue objetivos específicos y diversos, bajo las condiciones objetivas de este nuestro mundo real. Disciplina deductiva, que va sucesivamente exponiendo las lógicas implicaciones que del actuar humano derivan (…) Se había, al fin, escrito aquel completo análisis científico, que tanto se añoraba, pero que parecía improducible. Era una obra cabal y cumplida, íntegramente racional, el tratado, hasta entonces, ignoto. Por primera vez, iba a poder estudiarse la economía de la acción humana”.

Continua diciendo que “Human Action aporta además metodología crítica de los hoy tan en boga sistemas estadísticos y matemáticos (…), sistemas que prácticamente han excluido el lenguaje y la lógica discursiva del análisis económico. Mises justificaba así la postura anti-matemática de clásicos y austriacos (…). Porque las tan sobadas ecuaciones, en el mejor de los casos, lo único que describen es aquel mundo intemporal, estático y fantasmático de la economía en equilibrio general, en uniforme giro. De ahí que las matemáticas, en el terreno económico, no sólo resulten inútiles, sino además engañosas, tan pronto como se apartan uno de aquel imaginario Nirvana de la regular economía, pretendiendo, en cambo analizar la realidad que nos circunda, ese mundo donde el factor tiempo opera, donde hay anhelos, donde se hacen planes, donde éxitos se cosechan y fracasos de padecen”. (Lo esencial de L. von Mises)

Hacemos nuestras las conclusiones rothbarianas y finalizamos este apartado destinado al tratado básico que todo economista debería conocer y estudiar, es más, toda persona que pretenda considerarse instruida y culta tendrá que haber leído antes la Acción Humana.

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L. von Mises. Los Socialdemócratas austriacos

Publicado por yosoyhayek en Octubre 8, 2008

Sólo hay una cosa peor y más peligrosa para la libertad que un comunista o un nacionalsocialista: los socialdemócratas. La afirmación es mía, no me ruborizo por exponerla en este escrito. Repasando la vida de Mises y la historia austriaca del periodo de entreguerras he sido capaz de reafirmar dicha convicción de la forma más desagradable posible, al tiempo que certera: con los hechos.

Mises nos retrata con astucia y afilada elocuencia en qué consistía y consiste hoy en día el credo socialdemócrata: “todo el mal del mundo brota del capitalismo (…) que desaparecería con la transición al socialismo. Consideraba el alcoholismo como producto del capital productor de alcohol, la guerra como producto del capital productor de armas, y la prostitución un fenómeno exclusivo de la sociedad burguesa. La religión era simple invención de los curas para doblegar a los proletarios. La escasez de bienes económicos se debía exclusivamente al capitalismo, mientras que el socialismo produciría riquezas insospechadas para todos” (p.54). La lectura de estos pasajes de su autobiografía son extremadamente útiles y sobrecogedores; nada nuevo bajo el sol, dirían algunos.

Mises se enfrentó a la vorágine política, económica y social del período de entreguerras. Como hemos visto se atribuye éxitos de los que estamos convencidos que sin él no habrían sido posibles. Los Socialdemócratas, tras comprobar que los sindicatos acataban el plan diseñado por Mises para afrontar la crítica situación tomaron una decisión, el 1 de diciembre de 1921 “invadieron el centro de la capital y comenzaron a saquear y destruir todas las pequeñas tiendas. La policía, resuelta a permaneces “neutral”, no hizo nada para frenarlos. La opinión pública, en cambio, tomó en los próximos días una firme posición contra esta táctica”; se logró su retirada. Anhelar la colaboración de aquellos es más un sueño que una locura. En sociedad surgen tipos ideales que a posteriori pueden ser analizados con cierta fidelidad y precisión.

Hoy en día esos mismos tipos ideales pululan y hacen de las suyas, en uno y otro bando, desde todas las ubicaciones sociales. Tienden hacia posiciones morales y políticas, se agrupan, dan su apoyo a unos u a otros; como dijimos, nada nuevo bajo el sol. Muchos se empeñan en definirlos como derechas e izquierdas, se habla incluso del centro político y de los extremos que se topan. Mera charlatanería que esconde la realidad que subyace al proceso sociopolítico de un orden complejo como el actual (también como el de hace casi décadas).

Están los que fluyen y afrontan la vida, y los que reniegan de lo posible anhelando imposibles bien engalanados. Están los individualistas responsables y los colectivistas atemorizados y brabucones; están los miedosos irreflexivos y conservadores, y los estéticos -más que éticos- progresistas. Están las masas autoconvencidas de su condición y vocación, y las élites, reales o ficticias, económicas o intelectuales, que juegan, se enfrentan, marcan distancias o ansían con encabezar movimientos gloriosos hacia mundos perfectos.

Mises nos da una lección de política advirtiendo el tema clave para diferenciar entre mundos, saber pensar y comprender,  e incluso guardar la coherencia teórica a pesar de apoyar a unos u a otros, de verse inserto en avalanchas de opinión y acción: “En la ciencia los compromisos son traiciones a la verdad. En política son inevitables, porque a menudo sólo se puede obtener un resultado práctico conciliando ideas contrapuestas. La ciencia es obra del individuo particular, nunca fruto de la colaboración de varias personas. La política, en cambio, es siempre cooperación de una pluralidad de sujetos, por lo que a menudo tiene que haber compromiso”. (p.107)

 Cuando se estudian los años que van desde la primera a la segunda guerra mundial, el historiador puede hacer conjeturas de todo tipo. Con los mismos hechos cabe ser condescendiente con algunos, agravioso con otros, incluso aceptar y asumir el lenguaje que enfrentaba totalitarismos en pugna por esa masa crítica capaz de auparles al poder. Se habla de izquierda, como hemos visto, y de derecha; se engrandece el bagaje moral de una mientras que sobre la otra se amontonan las ideologías más perversas. Salvar a la izquierda, salvar el concepto, salvar a quien lo enarbole orgulloso. Todos socialistas, pero poco importaba, la izquierda es el bien, la derecha la reacción, el pasado, la bestialidad inhumana. Perdidos los conceptos, deformados los términos, todo es propaganda, exitosa propaganda.

Algo caracteriza y define los movimientos revolucionarios y totalitarios de la época. La politización de los individuos, la colectivización bajo la égida de un líder, uniformados y organizados en ejércitos orgullosos, fuerzas de choque, presencia en las calles, símbolos, canciones, camaradería. Mises nos cuenta que “la socialdemocracia disponía de un auténtico ejército de partido, dotado de fusiles y ametralladoras e incluso artillería ligera, con las correspondientes y abundantes municiones, con una tropa de al menos tras veces numéricamente superior a las tropas de que disponía en conjunto el gobierno” (p.121) Preguntó a Bauer al respecto: “¿Qué sucedería si otro partido desfilara por las calles con fuerzas igualmente organizadas? ¿No estallaría necesariamente la guerra civil?” a lo que Bauer respondió: “esta es una pregunta que sólo puede hacer un burgués que no ha entendido que el futuro sólo nos pertenece a nosotros”. Y así trataban que fuera, desde la guardería, la escuela, hasta el centro de trabajo se educaba a los austríacos en esas creencias. El terrorismo socialdemócrata fue contestado por los demás austríacos, creando la milicia patriótica (de tendencias autoritarias), aunque con medios y número de afiliados, en muy discreta comparación con los totalitarios de “izquierda”. Envilecida la convivencia, nada debe asombrarnos de lo que el ser humano puede llegar a ser capaz cuando pierde el orden social que lo sosiega.

 

El hecho fundamental que alteró la vida de la nueva Austria, mutilada, empequeñecida y codiciada por el pangermanismo, fue el movimiento unionista y su final conclusión en el Anshluss nazi. “En 1918 Otto Bauer había incluido la anexión al imperio alemán entre los puntos programáticos de la Socialdemocracia, convencido de que sólo en el imperio alemán, altamente industrializado, se aseguraría para siempre el dominio del proletariado” (p.169).

En 1934 los socialdemócratas estaban a punto de capitular ante los nazis. Sólo la Italia fascista se interponía entre Austria y la anexión. Los socialdemócratas protagonizaron violentas manifestaciones por las calles vienesas. Cuando los ingleses forzaron la cuestión de Etiopía, cuenta Mises, se entregó Austria a Hitler: “Las simpatías de los franceses eran abiertamente para Hitler, y casi todos los franceses cultos leían el Gringoire, que le apoyaba abiertamente” (p.169).

Recuerda cómo hablando con un laborista inglés se encontró con la siguiente respuesta a la pregunta “¿y si Hitler invadiera Inglaterra?”: “Entonces querrá decir que estaremos dominados y explotados por los capitalistas alemanes en vez de estarlo por los ingleses; para el pueblo es lo mismo”. Muy parecido sucedió en Francia, con la invasión, el Frente Popular y la resistencia, que hasta el inicio de la guerra con Rusia no pasó a la acción.

Después del Anshluss Hitler estaba satisfecho. Ironiza Mises: “Ahora tendría relaciones pacíficas con todos los pueblos. Veintisiete meses después Hitler será el amo del continente europeo” (p.170).

El final de la segunda guerra  mundial, la apertura del periodo de guerra fría, la polarización del orden político y económico internacional, los avatares y circunstancias que llevaron a esa hecatombe horrible, han sido maquillados, distorsionados y aprovechados por unos y por otros. Los hechos son los que son y poco puede hacerse al respecto. Seguirá viva la memoria de los que asistieron esos años a la consecuencia del estatismo de la era industrializada. Podrán muchos pretender convertir la contienda en un cuento entre buenos y malos, entre inocentes y culpables, cuando en realidad todos llevaban en su interior la semilla de la destrucción.

No son los bandos, si bien es cierto que la gradación de bondad y ánimo liberal puede llevarnos a ensalzar unos y condenar otros; es la ideología y la política irresponsable de años, de muchos más años de los que historiadores caprichosos pretenden hacernos ver. El fin del libre comercio, el estatismo voraz e insaciable, las revoluciones constructivistas, el imperialismo napoleónico enfebrecido, sus consecuencias, el germanismo, sobre todo eso, el colectivismo con todos sus rostros y calamidades. No podemos sucumbir ante las tretas interesadas, Mises nos ayuda a apreciar la desesperación del lúcido. Las causas nos son claras y evidentes, en gran medida, a los que si estudiamos el proceso, a los que intentamos percibir la realidad con ánimo científico, con el método adecuado. Es más que razonable caer enfermo, hundido en la miseria emocional, cuando se asiste a semejante horror.

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L. von Mises. Methodenstreit

Publicado por yosoyhayek en Octubre 6, 2008

En la Alemania del siglo XIX imperaba una profunda animadversión contra la economía política. Se consideraba al economista un enemigo del Estado, un partidario del librecambio. Mises, de sus contactos con profesores alemanes concluyó que era imposible “salvar al pueblo alemán” (p.136). Eran maestros de una juventud que llevaría a Alemania a su perdición.

En torno al cambio de siglo, en 1900, “el método histórico se consideraba el único método científico de las ciencias de la acción humana” (p.44). Estas leyes obtenidas a partir de la experiencia histórica negaban la posibilidad de una teoría general, universal y atemporal sobre economía. Esta tendencia estaba marcada por una mezcla de ciega veneración del pasado y sus instituciones, con otros planteamientos románticos e idealistas en extremo peligrosos, como se vería unos años más tarde.

De la batalla metodológica y epistemológica entre el historicismo, el positivismo (“El positivismo desemboca en un determinismo materialista” (p.194)) y el subjetivismo, surgió lo que desde entonces se denominó el Methodenstreit. Menger refutó la opción epistemológica de la Escuela Histórica alemana afirmando la existencia de una ciencia diferente a la historia para estudiar la acción humana.

El siglo XX nace con un arraigado estatismo alemán. Bismark (muerto en 1898), su Socialpolitik, el intervencionismo, la legislación laboral, la actitud filosindical, el impuesto progresivo, las tarifas protectoras, cárteles… “los seguidores de la Escuela Histórica y de la Socialpolitik transfirieron entonces su lealtad a los diversos grupúsculos de los que finalmente surgió el partido nazi” (p.198). Frente a esta realidad de la segunda mitad del XIX (la invasión de la buscada legitimación del Reich alemán en el ámbito universitario) surge en Viena la reacción subjetivista, la oposición más contundente y productiva. Mises nos cuenta como “Menger, Böhm.Bawerk y Wieser rechazaron incondicionalmente el relativismo lógico de que adolecían las enseñanzas de la Escuela histórica prusiana. Contra la postura de Schomoller y sus seguidores, sostenían que existe un cuerpo de teoremas económicos válidos para toda acción humana prescindiendo de las circunstancias de tiempo y lugar, de las características nacionales y raciales de los autores, de sus ideas religiosas, filosóficas y éticas” (p.203).

De este conflicto surge la Escuela Austríaca, pero no como una consagración desde dentro, conscientes de su nueva situación como escuela definida, sino desde fuera, a través del mecanismo más eficaz para colectivizar sentimientos y posiciones intelectuales. Cuenta Mises que “cuando los profesores alemanes aplicaron el calificativo de “austriacas” a las teorías de Menger y sus primeros seguidores y continuadores, lo hicieron en sentido peyorativo” (p.205)

“Las universidades alemanas eran propiedad de los distintos reinos y granducados que formaban el Reich y por ellos eran gestionadas. Los profesores eran funcionarios públicos y, como tales, tenían que respetar rigurosamente los reglamentos y las órdenes dictadas por sus superiores jerárquicos, los burócratas de los respectivos ministerios de instrucción pública” (p.190). Estaban vedadas al subjetivismo.

La revolución subjetivista, de mano de los austriacos, abrió el camino para la reformulación de la economía clásica. Por algún tiempo, el mainstream pertenecía a los planteamientos defendidos por Menger y sus sucesores, “el número de economistas extranjeros que prosiguieron la labor iniciada por los “Austríacos” fue en constante aumento. (…). En torno al periodo de la muerte de Menger (1921), nadie distinguía ya entre Escuela austriaca y el resto de la economía” (p.206)

 

Dentro de este enfrentamiento entre austríacos y alemanes,  Mises busca los orígenes de todo el horror vivido en la primera mitad del siglo XX bajo la égida del estatismo y sus manifestaciones extremas y consustanciales.  Nietzsche y Georges Sorel “acuñaron la mayor parte de los eslóganes que guiaron las carnicerías del bolchevismo, del fascismo y del nazismo. Intelectuales que exaltaban el placer del asesinato, escritores que invocaban la censura, filósofos que juzgaban los méritos de un pensador o de un autor no sobre la base del valor de sus aportaciones sino según las hazañas realizadas en el campo de batalla, estos fueron, en nuestro tiempo, los líderes intelectuales de la perenne lucha contra la idea de la cooperación pacífica entre los hombres” (p.209) Es importante recalcar ideas como éstas, siguiendo el curso discursivo ya utilizado en otros apartados, para abrirse camino en el marasmo de tergiversaciones, lugares comunes y caprichosas interpretaciones que se han hecho sobre los orígenes del periodo más triste del hombre civilizado. “El mezquino rechazo de la civilización occidental (…), que culminó en el nazismo, se originó en una radical denigración de la economía política”. (p.185)

 “La Escuela histórica negaba enfáticamente que pudiera haber teoremas económicos de validez universal” (p.188) “La economía política la describían como la ciencia de la producción y de la distribución de la riqueza” (p.189). Esa fundamental distinción trazada por la epistemología mengeriana, posteriormente desarrollada por los miembros de la Escuela Austríaca de Economía, salvó moralmente los logros paulatinos alcanzados por los economistas en el pasado. Sin la posición austriaca y, sus seguidores y estudiosos, posiblemente no tendríamos hoy la base necesaria para, a pesar de todo, seguir adelante.

 A todo esto, cabe resaltar la identificación misiana con el utilitarismo moderado, circunstancia que queda patente en toda su obra, pero más si cabe en la siguiente cita, cuando afirma que “la sociedad, es decir la cooperación pacífica de los hombres bajo el principio de la división del trabajo, sólo puede existir y funcionar si se adoptan políticas que el análisis económico declare idóneas para alcanzar los fines perseguidos. La peor ilusión de nuestro tiempo es la supersticiosa fe en panaceas que –como los economistas han demostrado de manera contundente- son contrarias a los fines que se pretende alcanzar” (p.210). Es una buena manera de cerrar su autobiografía.

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L. von Mises. Su lucha

Publicado por yosoyhayek en Octubre 5, 2008

Con el cambio de siglo, en torno a 1900, el dominio intervencionista y del Socialismo de Estado era irresistible a todos los niveles. Universidades, cátedras y teóricos, todos participaban en la danza macabra que alimentaba el estatismo. El propio Mises confiesa en su Autobiografía que él fue un intervencionista, pero al mismo tiempo antimarxista. Sus primeras dudas surgieron al estudiar la vivienda y el trabajo doméstico como encargo seminal. Por los elevados impuestos, entre otras razones, “Austria era un país que no conocía la especulación inmobiliaria” (p.59).

Mises cayó en la cuenta de que todo acto de intervención, en busca de fines concretos, por muy loables que estos fueran, nunca sería capaz de superar la capacidad coordinadora del mercado libre. Es más, la coacción sistemática e institucionalizada sobre el proceso social genera deficiencias e impide el ajuste espontáneo que sólo la perspicacia empresarial es capaz de promover. Mises fue el primer austríaco en enunciar el teorema de la imposibilidad del Socialismo. El concepto (Socialismo) puede dar lugar a confusiones, y como señala Huerta de Soto, casi un siglo después de la gran aportación misiana, es hora de redefinir y adecuar el término: estatismo sería, de este modo, mucho más apropiado con lo que pretende resolver el teorema.

Mises dedica toda su vida a la lucha contra el ideal socialista, no por consideraciones éticas o morales, aunque también, como muchos otros liberales (la mayoría legos en economía, o simplemente detentadores del paradigma equivocado) sino por razones de ciencia económica, por mero contraste con el orden de mercado libre.

Cuando en 1914 estalla la gran guerra entre los imperios centro europeos y las potencias occidentales (el Rhin fue, y sigue siendo en muchos elementos, un límite entre dos visiones distintas aunque conexas de la misma civilización) se confirman los peores augurios de un Menger pesimista. El propio Mises reconoce que “la guerra fue el resultado de la ideología que durante mucho tiempo habían enseñado todas las cátedras alemanas. Los profesores de las facultades de economía contribuyeron diligentemente a la preparación espiritual de la guerra” (p.97). De ahí su frustración académica, su personal lucha, las consecuencias que tuvieron sus posiciones teóricas e intelectuales. Mises luchó contra el orden establecido en pos de una paz que sólo puede proporcionar el orden libre de mercado.

“Sólo con un dominio perfecto de la teoría económica es posible comprender los grandes problemas de la política económica y de la política social. (…) Sin embargo la decisión política no la toma el economista, sino la opinión pública, o sea el pueblo en su globalidad. Es la mayoría la que decide lo que hay que hacer” (p.99). La combinación entre una estrategia de manipulación de la opinión pública con la exaltación de principios manifiestamente acientíficos y erróneos, genera un penoso resultado: pone al pueblo en un camino irreconciliable con la verdad.

A estos efectos, a modo de delatar esta lacra tan generalizada en la clase intelectualmente dominante de la época, comenta Mises que figuras tan relevantes, por distintos motivos, como Keynes, Russell, Laski o Einstein, “no han sido capaces de comprender los problemas económicos”, y al respecto se pregunta,” ¿no es forzoso concluir que el intento de llevar a las masas por el camino correcto no tiene perspectiva alguna?”. Los hechos conducen a una desalentadora respuesta.

“La ventaja de la democracia consiste en hacer posible la adaptación pacífica del sistema de gobierno y del personal gubernamental a los deseos de la opinión pública y en garantizar de este modo la continuidad tranquila e imperturbada de la cooperación social dentro del Estado” (p.101). La democracia puede incurrir en los mismos errores que cualquier otro régimen; es más, dado su funcionamiento y la dinámica de la opinión pública, monstruos como Hitler son fácilmente encumbrados, no tanto por sus méritos o capacidad de convicción como por la propia miseria que una sociedad enferma bajo un régimen representativo envilecido puede llegar a padecer.

La estrategia propagandística brilla por su vehemencia en la pugna sin cuartel abierta entre los totalitarismos del periodo de entreguerras. Cuando hablamos de socialismo, en la definición tradicional, descargada de componentes emotivos y distorsión política, nos referimos a la pretensión de organizar el proceso social vía mandatos coactivos. Varios son los modelos, muchos los contenidos posibles de esos mandatos y los fines que persiguen.

Socialistas, y así reza su denominación,  fue el partido nazi, como socialistas eran los bolcheviques. Las conexiones entre el marxismo y el ideario trazado torpemente por Hitler son más que evidentes, hay mucha literatura y rigurosos estudios al respecto (Por ejemplo, Anotaciones sobre Hitler, de Sebastian Haffner). Mises aporta su particular visión, analizando (minuciosamente en la Acción Humana) el tipo de estatismo cultivado en Alemania (Socialismo alemán) como principio que imperó mucho antes de la unificación: “formalmente se respetaría la propiedad privada y la actividad empresarial, pero la dirección de la economía en su conjunto debería obedecer a las directrices de la autoridad central” (p.55).

Como hemos señalado más arriba, Mises no renuncia, por modestia o prudencia, a reconocerse valedor de la resistencia contra el avance comunista en la nueva Austria, después de 1918. Es grato responsable del fracaso del bolchevismo en Viena tras la Primera Guerra Mundial, debido en parte a sus discusiones con Bauer y su gestión económica.

La obra misiana constata el objetivo primordial en su lucha política particular. En economía ahondó en el estudio metodológico, como elemento clave desde el que construir una teoría correcta; y al mismo tiempo realizó un magnífico análisis multidisciplinar en pos de refutar falacias estatistas.

Fruto de esta labor son Liberalismo y Crítica al intervencionismo (1927) publicadas conjuntamente. En el análisis social Mises se preguntó “si los fines perseguidos por quienes las proponen o adoptan (las propuestas políticas y económicas) pueden alcanzarse realmente con ellas” (p.146) La cuestión es saber “qué es” lo que el sistema puede realizar.

“Ni el socialismo ni el intervencionismo pueden lograr la consagración de la racionalidad y de la conformidad con el fin mediante la supuesta afirmación de que la historia conduce a ellos de forma inexorable (…). El Capitalismo no se autodestruye por una lógica interna” (p.146) Mises advierte: los totalitarios manejan dos tipos de argumentos para defender sus posiciones; el del corazón y el de la mente. Este último propone soluciones más eficientes que las habidas en un orden libre de mercado, obviando por completo los fundamentos correctos de la teoría económica. En cuanto a los factores emotivos, Mises nos advierte: si la gente no consigue “soportar psíquicamente el capitalismo, la civilización capitalista desaparecerá” (p.148) Estamos por tanto ante una religión laica, más peligrosa incluso que el fundamentalismo deísta. “El cumplimiento pleno de los mandatos religiosos se ha reservado siempre a los monjes”, el cristianismo no es tomado al pie de la letra, sin embargo el socialismo es distinto: “las masas son socialistas o invocan la intervención del Estado; en todo caso, son anticapitalistas. El individuo no quiere salvar su alma del mundo; quiere cambiar radicalmente este mundo. Quiere hacerlo hasta el fondo. Las masas son inexorables en su coherencia; preferirán destruir el mundo antes que dejarse quitar una coma de su programa” (p.149).

Mises entregó su vida en la lucha contra el más dañino y peligroso error intelectual que el ser humano ha sido capaz de concebir; de hecho, son dos las posturas que podemos adoptar ante la realidad, frente a la inerradicable incertidumbre y la complejidad del proceso social. De nuestra elección, y del rigor de nuestros fundamentos, dependerá no sólo la coherencia científica que seamos capaces de demostrar, sino también la impronta que dejaremos en nuestro paso por el mundo.

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L. von Mises. Vida y vivencias

Publicado por yosoyhayek en Octubre 2, 2008

El Próximo día 10 de octubre se cumplirán 35 años de la muerte del más grande Economista de la historia. Sirvan como homenaje a Ludwig von Mises esta serie de artículos comentando aspectos de su vida y la relevancia científica de toda su obra.

Murray N. Rothbard recuerda en Lo esencial de L. von Mises, una cita que su maestro les dijo en alguna ocasión durante sus seminarios en los EEUU: “No les amedrante hablar, señores; tengan presente que, por erróneo e infundado que sea lo que sobre el tema digan, lo mismo ya anteriormente habrá dicho algún eminente economista”.

Admito que al leer dicha cita, como también al avanzar en la Autobiografía de un liberal misiana, sentí y siento cierta emoción. La figura de Mises despierta en mí una impresión muy llamativa; la vida y obra de Mises no pueden pasar como cualquier biografía más para cualquier liberal consciente de su credo. Su paso por este mundo y el legado que nos ha dejado, sirven como testimonio de lo que debe ser la lucha del que cree sin ambages en la libertad y en el ser humano como centro de toda acción científica y política.

Mises nació el 29 de septiembre de 1881 en Lemberg, hoy perteneciente a Ucrania, por aquel entonces parte del imperio austro-húngaro. No tuvo una infancia incómoda, o eso podemos pensar dado el estatus familiar. Se doctoró en Derecho y Economía en 1900, siendo miembro del seminario de Böhm-Bawerk.

Contrajo matrimonio en Ginebra, en 1938, con Magit Sereny-Herzfeld.

Una vez fallecido, su esposa tomó el manuscrito de su autobiografía con la intención de publicarlo. Margit desvela que su marido atravesó “un periodo de profunda depresión” hacia diciembre de 1940, en el momento de escribir ese texto. Por aquel entonces, y con razones más que obvias (dado el contexto histórico y su vida hasta el momento) Mises rezumaba pesimismo, advirtiendo el desastre generalizado que produjo el abandono del capitalismo y el liberalismo.

Comenta de una forma simbólica que quizá “el archiduque (Rodolfo de Habsburgo, alumno y amigo de Menger) no se suicidó ciertamente por una mujer, sino porque no tenía esperanzas en el futuro de un imperio y de la civilización europea” (p.68). Desde 1914, en el periodo de entreguerras y, durante es ascenso y consolidación de Hitler en Alemania, Mises sufrió en primera persona los horrores del socialismo, del ánimo liberticida, totalitario. Tuvo una vida abocada a la depresión psicológica; motivos no le faltaron. Hayek también sufrió de este mal, pero en su caso con mayor intensidad .

Entre 1909 y 1938 Mises formó parte de la Cámara de Comercio e industria de la Baja Austria, que en 1920 tomó el nombre de Cámara Vienesa para el Comercio, la Artesanía y la Industria. La carrera universitaria le estaba vedada, así que fue una buena oportunidad. Mises reconoce que a pesar de ser un funcionario más, orgánicamente hablando, llegó a ser “el economista del país” (p.106). El gran profesor tuvo vedada la entrada en el ámbito donde habría sido posible ilustrar a jóvenes mentes en un método y un paradigma a favor de la causa de la libertad.

Mises aceptó el ostracismo y se volcó en sus funciones, sin renunciar a la posibilidad de conectar con discípulos y compañeros a través de su seminario. Sólo consiguió ser nombrado, en 1918, profesor extraordinario en la facultad de Derecho de la universidad de Viena.

Merece la pena hacer mención de la anécdota comentada por Hayek en su introducción a la autobiografía de Mises. Comenta que fue recomendado por Wieser, tras doctorarse en Derecho, para ser subordinado de Mises, quien al entrevistarse con él llegó señalar que nunca le “había visto en sus clases”. En 1924, al regresar de América, Hayek fue admitido en su seminario. Dice Hayek que la Escuela Austríaca, a finales de los 70, “está hoy en actividad, casi exclusivamente en los EEUU, está compuesta por los seguidores de Mises y está basada en la tradición de Böhm-Bawerk”. Mises fue quien mantuvo con vida el ideal nacido de la mano de Menger llevándolo desde Austria a los EE.UU.

En el Despacho de la Cámara de Comercio dio vida a su Seminario de dos horas semanales sobre problemas de teoría económica. La afluencia, excepcional en comparación con otros seminarios sobre temas económicos y de ciencia social en general, rondaba los 50 asistentes. A estos no les convenía aparecer como alumnos suyos si querían obtener habilitaciones y demás dispensas estatales. Mises formó una gran biblioteca en su amplio despacho para compensar la prohibición de entrada a sus alumnos a la biblioteca del Seminario de Economía política. De este círculo surgió la joven Escuela Austríaca de economía. Mises no se tomaba a sí mismo como el gran maestro del resto; humildemente se autodefinía como un Primus inter pares.

Para darle fuerza y entidad al seminario, fundaron una Asociación, la Nationalökonomische Gesellschaft. En 1938, con la anexión a la Alemania nazi, aplicando las leyes de Núremberg, se forzó la expulsión de todos los judíos. Fue el fin definitivo de la agrupación (Mises y muchos otros eran Judios).

Vivió en primera persona los años más funestos de la historia de Europa central, el fin del Imperio Austro-Húngaro y el nacimiento de un Estado Austriaco por muchos considerado como incapaz de sobrevivir. Tras sus vivencias en la Gran Guerra, Mises adopta una posición responsable y  comprometida con su país. Es él mismo quien se atribuye uno de los logros más importantes en aquel momento de crisis. Reconoce que “si en el invierno de 1918-19 no se impuso el bolchevismo, y si la quiebra de la industria y de los bancos no se produjo ya en 1921 sino sólo el 1931, se debió en buena parte al éxito de mis esfuerzos” (p.106).

Gracias a su labor de presión sobre Bauer, líder socialdemócrata, y a la colaboración de Wilhelm Rosenberg, antiguo alumno de Menger, logró que el equilibrio presupuestario y el bloqueo de la emisión de billetes estabilizaran la situación económica del país y, aseguraran el mantenimiento  del orden público. Por otro lado también consiguió convencer a los cristiano-sociales en abolir las subvenciones para mantener artificialmente los precios. Mises no fue sólo un teórico, un profesor de economía, sino que contribuyó, y de qué forma, al auténtico bienestar social que sólo con un buen criterio puede alcanzarse en situaciones tan tensas y desesperadas.

Hizo frente en la medida de sus fuerzas a “la leyenda de la incapacidad austriaca de supervivencia” que  “se convirtió para los nacionalistas alemanes en el argumento puntero a favor del Anschluss” (p.117) Curiosamente, en 1922, tras el saneamiento “misiano”, Austria estaba gobernada por Cristiano-sociales y partidarios de la “Gran Alemania”.

Aceptó en 1934 la cátedra de relaciones económicas internacionales en Ginebra (Institut Universitaire des Hautes Études Internationales), aunque conservó su puesto en la Cámara de Comercio. En 1938, tras el Anschluss, tomó la decisión de no volver a Viena hasta que no cayera el III Reich alemán. Influyó para aceptar la plaza ofrecida en 1934 el hecho de que desde dos años antes había alcanzado su derecho a la jubilación en la Cámara de comercio. Irse a Ginebra fue para Mises una liberación, al poder alejarse de sus tareas políticas. En Ginebra percibió un espíritu Liberal que no halló nunca en Viena.

Su marcha hacia los EEUU dejando Suiza se debió a que “no podía soportar vivir en un país que sentía mi presencia como un peso político y un peligro para su seguridad” (p.166) El matrimonio von Mises llega en 1942 a New Jersey con lo puesto. Su autobiografía comenzó a ser escrita en otoño de 1940. El propio Ludwig comentó a su mujer, Margit, que eso era todo, “no es necesario que la gente sepa más sobre mí”. Fue publicada en 1977, 4 años después de su muerte.

Nunca logró una cátedra retribuida en EEUU. Tuvo que conformarse con ser profesor invitado en el Graduate School of busness Administration de la Universidad de Nueva York en 1945. Rothbard recuerda con emoción las jornadas de seminario con Mises: “cuantos gozábamos del privilegio de asistir al seminario misiano de la U. de Nueva York comprendíamos que no sólo estábamos ante un economista excepcional, sino además ante un maestro incomparable” (Lo esencial de L. von Mises). En 1969 se retiró, lúcido y activo, de la vida académica. Murió el 10 de octubre de 1973.

Hayek comenta de su maestro que “nunca fue realmente un verdadero especialista”, hizo “una interpretación global de los fenómenos sociales” (p.34). De hecho el propio Hayek reconoce que el mismo “no creía al principio que sus argumentos fuesen completamente convincentes, y sólo (se) iba dando cuenta lentamente de que él (Mises) tenía razón en lo principal, y de que, después de cierta reflexión, podría encontrarse una justificación que él no había explicado” (p.41). Conservó cierta distancia 03-06-1959 (Conferencia de Von Mises)epistemológica con quien le descubriera en su momento el grave error intelectual que supone el socialismo. Hayek, hasta ese momento fue un socialista fabiano. Al comprender la incapacidad de organizar el orden social de la nada comenzó su reflexión sobre el mismo, produciendo los grandes avances teóricos que hoy podemos disfrutar en todas sus obras. 

Concluyo esta parte rescatando una cita de Mises donde queda en evidencia el pesimismo comprensible con el que encaró la confección de sus breves memorias: “Quería convertirme en un reformador, y en cambio me he convertido sólo en el historiador de la decadencia” (p.147).

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La caída del Imperio Romano señala el camino

Publicado por yosoyhayek en Septiembre 26, 2008

Leo en LD un acertado artículo de Jorge Valín sobre el relato de las causas que, según L. von Mises, concurrieron en la debacle del Imperio Romano. Como complemento, reproduzco el epígrafe de La Acción Humana (es breve):

 

Observaciones sobre las causas de la decadenca de la antigua civilización clásica

El conocimiento de los efectos de la interferencia del gobierno con los precios de mercado nos hace comprender las causas económicas de un acontecimiento histórico trascendental, el declive de la civilización antigua.
Carece de interés entrar aquí a precisar si la organización económica del Imperio Romano era capitalismo o no. En cualquier caso, lo cierto es que el Imperio Romano en el siglo II, la edad de los Antoninos, los “buenos” emperadores, había llegado a una etapa de alta de la división social del trabajo y del comercio interregional. Varios centros metropolitanos, un número considerable de ciudades y aglomeraciones urbanas más pequeñas fueron las sedes de una refinada civilización. Los habitantes de estas aglomeraciones urbanas eran abastecidos con los alimentos y las materias primas no sólo de los distritos rurales vecinos, sino también de provincias distantes. Algunos de estos suministros afluían en concepto de rentas que los ciudadanos ricos retiraban de sus propiedades rústicas. Sin embargo, una parte considerable provenía del intercambio de los productos manufacturados por los habitantes de la ciudad y los artículos ofrecidos por la población rural. Hubo un intenso comercio entre las distintas regiones del vasto imperio. No sólo en las industrias de transformación, sino también en la agricultura hubo una tendencia hacia la mayor especialización. Las diversas partes del imperio ya no eran económicamente autosuficientes, sino interdependientes.

 

 

 
Lo que provocó el declive del imperio y la decadencia de su civilización fue la desintegración de esta interrelación económica, y no las invasiones bárbaras. Los agresores exteriores se aprovecharon de la oportunidad que la debilidad interna del imperio. Desde un punto de vista militar las tribus que invadieron el imperio en los siglos IV y V no eran militarmente superiores que las legiones, que ya les habían derrotado con facilidad en épocas anteriores.

 

Sin embargo, el imperio había cambiado. Su estructura económica y social ya era medieval. La libertad que Roma reconoció al comercio siempre fue restringida. En lo que respecta a la comercialización de cereales y otras necesidades vitales era aún más limitado que con respecto a otros productos básicos. Se estimó que era injusto e inmoral pedir por el grano, el aceite y el vino –productos esenciales en aquellos tiempos- precios que la gente consideraba superiores a los “normales”, y las autoridades municipales se apresuraron a comprobar lo que consideraban especulación. Por lo tanto, la evolución de un eficiente comercio mayorista de estos productos fue impedido.

 

Mediante la Annona –lo que equivale a una nacionalización o municipalización del comercio de granos- se trató de remediar la situación, pero sin éxito, empeorándose aún más las cosas. El grano escaseaba en las aglomeraciones urbanas, y los agricultores se quejaron de que el cultivo no era remunerador. La creciente interferencia de las autoridades impedía que se equilibrara la oferta con una siempre creciente demanda.

 
El desastre final se produjo cuando, ante los disturbios de los siglos IV y V, los emperadores recurrieron a rebajar y envilecer el valor de la moneda. Tales prácticas inflacionarias, unidas a unos congelados precios máximos, paralizaron definitivamente la producción y el comercio de los artículos básicos, desintegrando toda la organización económica. Cuanto más afán mostraban las autoridades en la aplicación de los precios máximos, tanto más desesperada era la situación de las masas urbanas, que dependían siempre de la disponibilidad de alimentos. El comercio de granos y otros artículos de primera necesidad desapareció por completo. Para evitar el hambre, la gente huía de las ciudades; se asentaron en el campo, tratando de cultivar el grano, aceite, vino, y otras necesidades por sí mismos, para el autoconsumo. Los grandes terratenientes restringían, por falta de compradores, las superficies cultivadas, fabricando en las propias heredades –las villae- los productos artesanos que precisaban.

 

Paso a paso, la agricultura en gran escala, seriamente amenazada ya por el escaso rendimiento del trabajo servil, resultaba cada vez menos racional, a medida que era sucesivamente más difícil traficar a precios remuneradores. El propietario de la finca ya no podía vender en las ciudades, por lo que el burgués perdió su clientela. Se vio obligado a buscar un sustituto para satisfacer sus necesidades mediante el empleo de artesanos por cuenta propia en su villa. Al final, el terrateniente abandonó la producción a gran escala y se convirtió en mero perceptor de rentas abonadas por arrendatarios y aparceros. Estos coloni eran o esclavos liberados o proletarios urbanos que se asentaron en las aldeas y se pusieron a labrar la tierra. Nació la tendencia hacia el establecimiento de la autarquía de cada propietario de la finca surgido. La función económica de las ciudades, el tráfico mercantil, y el comercio de la artesanía urbana, se redujo. Italia y las provincias del Imperio regresaron a un estado menos avanzado de la división social del trabajo. La estructura económica de la antigua civilización, que tan alto nivel alcanzara, retrocedió a un nivel que hoy denominaríamos feudal.

 
Los emperadores se alarmaron ante un estado de cosas que socavaban su propia situación financiera y el poder militar de su gobierno. Pero su lucha era inútil, ya que no afectan a la raíz del mal. La compulsión y la coacción a la que recurrieron no podía invertir la tendencia hacia la desintegración social que, por el contrario, fue causada precisamente por demasiada coacción y coerción. Ningún romano, sin embargo, era consciente del hecho de que el proceso fue inducido por la injerencia del Gobierno en los precios y por el envilecimiento de moneda.

 
De nada servía que los emperadores promulgaran leyes en contra quien abandonara la ciudad para refugiarse en el campo: “relicta Civitate rus habitare maluerit.” El sistema de la leiturgia –los servicios públicos que habían de ser prestados por los ricos ciudadanos- sólo aceleró el retroceso de la división de la mano de obra. Las leyes relativas a las obligaciones especiales
de los armadores, las navicularii, no tuvieron más éxito en el control de la disminución de la navegación que las leyes relativas al grano en su aspiración de remover los obstáculos que dificultaban abastecer de productos agrícolas a las aglomeraciones urbanas.


La maravillosa civilización de la antigüedad desapareció porque fue incapaz de amoldar su código moral y su sistema jurídico a las exigencias de la economía de mercado. Un orden social está condenado al fracaso si las medidas que requiere su normal funcionamiento son rechazadas por las normas de la moral, son declaradas ilegales por las leyes del país, y perseguidas por jueces y magistrados. El Imperio Romano se derrumbó porque sus ciudadanos ignoraron el espíritu liberal y repudiaron la iniciativa privada y la libre empresa. El intervencionismo económico y su corolario político, el gobierno dictatorial, descompusieron el poderoso imperio, como también, en el futuro, lo harán con cualquier régimen social.

Ludwig von Mises, La Acción Humana, p. 905 y ss. edición española.

Huerta de Soto, en sus clases, completa la explicación Misiana. Recurre a M. Rostovtzeff y su Historia social y económica del imperio romano (dos volúmenes). La Roma imperial terminó por convertirse en una bulliciosa urbe donde afluían miles de personas en busca de alimento. La búsqueda de una opinión pública favorable en la que apoyarse, llevó a las autoridades, entre otras razones, a decretar la gratuidad del trigo. Esa política de Pan y Circo arrastró la ruina de los productores de grano privados, incapaces de competir. La tendencia hace que estos acaben migrando en dirección a Roma, haciéndola más poblada y conflictiva. Se genera una clase Proletaria (solo tienen a su prole) que vive a costa del Estado. Una suerte de Estado de Bienestar a la romana.

La ulterior intervención, asfixiado el gobierno por el fuerte gasto “social” al que se veía forzado dada la situación, se dejó ver en forma de devaluación y envilecimiento de la moneda. Se fijan precios máximos que generan escasez y la ruina de lo que quedaba de tejido productivo. El masivo abandono del campo lleva a su interdicción, como más tarde se tuvo que prohibir el abandono de las ciudades. El intervencionismo descompone las reglas e instituciones que hicieron posible el florecimiento del espacio de libre comercio más amplio de la antigüedad. De él logró Roma su apoteosis, y por no comprender los requisitos que lo hacían viable, vía regulación e intervención, acabaron con él al tiempo que hicieron insostenible la permanencia del aparato organizativo imperial.

Saludos y Libertad!

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Dinero

Publicado por yosoyhayek en Septiembre 25, 2008

Para empezar a comprender, resulta indispensable clarificar lo más básico, los conceptos que sustentan razonamientos y conclusiones más complejas y elaboradas.

¿Qué es el Dinero?

Cualquier medio de intercambio (bien económico), generalmente aceptado como tal por los actores en un determinado contexto y tiempo.

Sin duda, una de las grandes aportaciones de Menger, a través del razonamiento praxeológico de la institución, advirtiendo elementos clave en las primeras etapas de su desarrollo que le llevan a concluir su la naturaleza evolutiva y privada del dinero.

Las instituciones sociales proceden de un largo y complejo proceso de evolución cultural donde intervienen los individuos, actuando en la persecución de fines particulares, pero produciendo inintencionalmente pautas estables de interrelación. Estas instituciones, continentes de un volumen de información tácita imposible de formular o suplantar a través de la imposición de nuevas instituciones de tipo deliberado e intencional, son clave en el proceso por el que los individuos se enfrentan a la inerradicable incertidumbre que los acecha.

El dinero, como el Derecho, el Lenguaje o el Mercado (compendio de todas ellas) se desarrolla a través de procesos de aprendizaje, prueba, error y competencia, conformando a través de las generaciones una institución que nadie es capaz de crear de la nada, y ni siquiera pone a disposición de la razón la información y el conocimiento suficientes para plantearse siquiera refundarla.

En ese proceso podemos advertir a una vanguardia de individuos (imposible de identificar y muy difícil –o imposible- de ubicar cronológica o históricamente) que comienza a utilizar un bien como medio de intercambio, logrando facilitar los mismos, extendiendo así las posibilidades de conseguir aquello que se busca, sin tener pasar por una cadena imposible de trueques.

Si el grano, el ganado o un metal, se acepta como contrapartida de cualquier bien. Se sabe que podrá ser utilizado para adquirir otro tipo de bienes con relativa facilidad en la consecución de un acuerdo satisfactorio para ambas partes.

Se fijan relaciones cardinales entre bienes pero con la novedad de que éstas, aun siendo fruto de valoraciones subjetivas, son fácilmente asimilables por otros y pueden ser utilizadas como base para la toma de decisiones futuras con mayor precisión.

Los precios en dinero agilizan las transacciones y operan como señales ineludibles dentro de un mercado, que permiten planificar las acciones, interpretándolos subjetivamente, advirtiendo su posible evolución, Logrando mayor seguridad cuando se decide incurrir en costes de producción en función del cálculo del margen de beneficios posibles de acuerdo con la estimación del precio.

Son los precios, como señales del valor, los que hacen emprender o no una determinada actividad, y no los costes de la misma los que sumados al beneficio acaben por fijar los precios de los que pueda inquirirse una valoración del bien.

Hay diferentes tipos de dinero. El dinero mercancía, tiene por sí mismo un valor de intercambio, es decir, se demanda no sólo como medio de intercambio sino también como mercancía. El dinero crediticio, cuyo valor reside en lo que representa, y por último el dinero fiduciario, que representa un valor irreal fijado por alguien capaz de introducirlo como medio de intercambio y que la gente lo acepte como tal, aun sin estar respaldado por nada ni ser convertible en un bien que sí tenga un valor propio.

En la evolución del dinero puede advertirse qué características terminan imperando para que una determinada mercancía se convierta casi universalmente en el medio de intercambio comúnmente aceptado. Esta posición la consiguió el oro no por su color o belleza estética (subjetiva, como no podría ser de otro modo), sino por algunas características elementales, como son su gran escasez (en comparación con otros bienes), la lenta producción del mismo, la durabilidad, la incorruptibilidad, la capacidad de ser acuñado en diferentes cantidades con facilidad sin que se pierda cantidad alguna…

Un hecho crucial rompe con esta lenta pero segura evolución del dinero, desde sus primeras expresiones, hasta la acuñación del oro y la plata. Las necesidades de financiación de los Estados modernos requieren de privilegios sin los cuales no podrían hacer frente al expansionismo ilimitado que los caracteriza.

Primero monopolizando la acuñación, procediendo al envilecimiento de las monedas beneficiándose de una inflación caprichosa que termina por expulsar del marcado a las monedas que si conservan el metal intacto, siendo atesoradas por su valor como mercancía, dejando a las baratijas circulando como medio de intercambio que en todas las manos quema, siempre en busca del verdadero dinero para proceder a su atesoramiento como depósito de valor. (Ley de Gresham)

Segundo, no satisfechos con la devaluación material, los Estados monopolizan el dinero y dictan de forma irresistible lo que es y debe ser aceptado como tal en todas las transacciones. Esta decisión permite que el dinero fiduciario cope por fin el mercado y expulse por imperativo legal al dinero mercancía, quedándonos un dinero fiat, sin respaldo, no convertible, de “confianza”, que manipular a gogó por parte de los dirigentes estatales.

Mises realizó grandes aportaciones a la teoría del dinero, dejando atrás el razonamiento circular en el que parecía estar instalado el estudio sobre el origen de su valor. Con su Teoría regresiva del dinero de 1912, Mises se da cuenta de que el valor de hoy de la unidad monetaria procede del valor de ayer de la misma, y así sucesivamente hacia el pasado hasta que el bien aceptado como medio de intercambio adoptó, a parte de su valor como mercancía, un valor propio en esa función económica.

Este post está dedicado a David. Vendrán otros que completen la explicación y alimenten el debate entre dos confesos antagonistas: un estatista ferviente y un antiestatista convencido, ;) .

Saludos y Libertad!

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El Gobierno y el mercado. La tercera vía.

Publicado por yosoyhayek en Agosto 30, 2008

“El intervencionismo aboca forzosamente al socialismo” (p.1014 Acción Humana, L. v. Mises).

Es nuestra intención desarmar el Estado contemporáneo, allí donde creemos que es más alarmante la situación, demostrando que el teorema de la imposibilidad del socialismo goza de inquebrantable vigencia.

La intervención priva al individuo de la capacidad de crear y descubrir la información relevante, sirviendo como inhibidor, generando un mal cálculo, o directamente anulándolo, sobre los costes de oportunidad de la inversión. Se verá también que aun siendo posible el cálculo económico, la distorsión de las señales que arrastran toda la información tácita relevante, generan descoordinación en las decisiones y errores empresariales masivos.

La socialdemocracia, dejando atrás la idea de socializar los factores de producción, propia del socialismo real retoma la senda del mercantilismo en la medida que orienta su intervención en la agresión institucionalizada y sistemática fiscal y reguladora de sectores amparándose en la idea de justicia social, definida por Hayek como la igualdad en los resultados del proceso social, distinta de la justicia en sentido estricto, de tradición romana, de dar a cada cual lo que es suyo.

Juega con la legitimación que cree le concede la idea de redistribución de la renta, preocupándose por los que menos tienen como justificación de la intervención coactiva en los procesos sociales y de mercado. Se ampara en el populismo de medidas tuitivas y en enraizar situaciones de desajuste desde las que legitimar la intromisión y el papel del Estado paternalista. Es Hayek quien en su Camino de Servidumbre nos abre los ojos librándonos de obnubilaciones y espejismos: el socialismo campa en todos los partidos, son pocos los que entonces, y todavía hoy, defienden sin ambages el liberalismo real.

 

Mises exige distinguir entre dos sistemas alternativos: el de Propiedad privada de los medios de producción o el de propiedad pública, en las distintas formas ya vistas. Para Mises “son mutuamente incompatibles (…), no es posible combinarlos ni entremezclarlos” (p.845 AH). Que determinados factores productivos sean de titularidad pública, según el mismo autor, no implica que el sistema sea mixto. Estaremos ante una economía de mercado, siempre y cuando el sector público no se “desgaje”. En ese caso tendríamos dos sistemas conviviendo, uno capitalista y otro socialista. Si esas empresas públicas participan en el mercado podrán apelar al cálculo económico, otra cosa será la eficiencia en la gestión y desarrollo de las mismas.

Mises nos ayuda a distinguir entre dos tipos de socialismo. Uno burocrático, típico soviético, y otro que podríamos definir como alemán. Este último mantiene aparentemente un sistema de propiedad privada y precios, pero en realidad absolutamente todo está ordenado desde arriba, no existiendo empresarios, sino meros gestores que obedecen a ese órgano de planificación central de la producción y el comercio. Es “un socialismo que pretende ocultarse tras máscaras capitalistas” (p.847 AH). Distinto es este último del intervencionismo, donde el mercado pervive mientras que el gobierno interviene de forma “aislada”, o dicho de otro modo,  “las autoridades interfieren en la vida mercantil con mandatos y prohibiciones” (p.848 AH).

Mises maneja un juicio de corte utilitario para combatir la intervención del gobierno. Concluye su crítica al intervencionismo hecha en la Acción Humana, diciendo que “la teoría y la práctica del intervencionismo van paulatinamente apartándose de aquello que lo distinguía del socialismo puro y simple, y acaban finalmente adoptando los principios de la planificación totalitaria” (p.854 AH).

Continuará…

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¿El Fin del NeoLiberalismo?

Publicado por yosoyhayek en Julio 22, 2008

Joseph E. Stiglizt (Premio Nobel de economía en 2001) titula de este modo un artículo abiertamente beligerante contra ese hombre de paja llamado “neoliberalismo”.

El término procede de las aportaciones de la Escuela de Chicago, en concreto de Milton Friedman, el economista más famoso de la segunda mitad del siglo XX, lo que no significa en absoluto que fuera el mejor.

Apartándose de los planteamientos keynesianos, manifiestamente equivocados y desaconsejables para afrontar la crisis de los 70´, el liberalismo neoclásico, o neoliberalismo se presentó ante el mundo como la mejor solución posible dando alternativa al intervencionismo galopante que reinaba hasta aquel entonces también en occidente.

Nada tienen que ver, o muy poco, sobre todo en temas clave como la política monetaria, las ideas monetaristas (neoliberales) con las defendidas por la Escuela Austriaca de Economía.

Podemos hablar de grandes avances en el camino de la libertad. Los 80´ de Reagan y Thatcher impulsaron reformas y dejaron ver al mundo entero la superior capacidad del mercado (más) libre (nunca llegó a serlo) para coordinar y ajustar el proceso social.

El artículo trata de criticar todos los errores y excesos cometidos desde entonces, tratando de alimentar fobias y sofismas justo ahora cuando la crisis arrecia. La consigna, atribuirle el mal a la libertad, al desorganizado mercado, a esa mano invisible, absurda, ridícula, a la que se aferran los fundamentalistas de la libertad.

Las falacias se suceden, cualquiera que sepa un poco de economía y maneje el paradigma austriaco se percatará del uso tendencioso de conceptos y términos, tratando de distorsionar y vilipendiar la libertad de mercado en sentido estricto. Lo fácil es construir hombres de paja, dotarles de lugares comunes y tópicos, para después proceder a su degüello. Buena técnica para la mentira y el totalitarismo.

Insto a todo liberal de verás a que refute el aspecto que más arcadas le haya producido al leer este artículo. (Actualización: Rallo, gracias por recoger el llamamineto)

Humildemente me fijaré en alguno, pero creo que no procede dedicarle un artículo largo y tedioso. En esta bitácora nos dedicamos cada día a rebatir ideas como estas. Desde que existimos hemos tratado de hacerlo, y esa es nuestra misión de cara al futuro.

El mundo no ha sido amable con el neoliberalismo, esa caja de sorpresas de las ideas que se basa en la noción fundamentalista de que los mercados se corrigen a sí mismos, asignan los recursos con eficiencia y sirven bien al interés público.

Atributos y sarcasmo, el neoliberalismo sirve para todo, para nada. Es el arma que utilizan los enemigos de la libertad para atacar el auténtico credo liberal, el que no necesita un neo para adaptar su discurso. El liberalismo es simple y llanamente el esfuerzo continuo por reducir la coacción sistemática y arbitraria ejercida por estructuras de dominación irresistible (Estados, generalmente) contra la función empresarial y el orden espontáneo que es el proceso social, dotado de reglas de mera conducta e instituciones evolutivas (no deliberadas) que hacen posible el muto ajuste y la coordinación de expectativas y fines particulares concurrentes.

Atribuye el autor a la libertad todos los males que arrecian: la crisis financiera, las burbuja inmobiliaria, el precio de los alimentos… pero cae en una contradicción. Critica la libertad dando por supuestas las ayudas proteccionistas europeas y americanas. Debe saber este señor (No todos los días se le concede un Nobel a Hayek) que es la ausencia de libertad de comercio el germen del hambre, que es la intervención en los sectores, la subvención de concretas fuentes de producción energética o la fijación de aranceles, precios mínimos y demás, las causas del nivel de desajuste que vivimos estos días.

La crisis financiera e inmobiliaria procede del último vestigio de socialismo “real” (el no “real” sigue vivo y campante), los Bancos Centrales, que manipulan las señales del mercado, como son los tipos de interés, expropiando el dinero, forzando la circulación de un dinero fiduciario, expandiendo la oferta monetaria a gogó, interviniendo sobre un mercado del que nada saben y nada pueden saber por el tipo de información relevante para proceder al ajuste y la coordinación. Vamos, imposibilidad del socialismo: consecuencias, expansiones del crédito, malas inversiones, distorsión de toda la estructura productiva, obviando la preferencia temporal de la sociedad e induciendo crisis recurrente expansivo-recesivas como la que vivimos.

Son tantos los temas que prefiero remitirme a escritos de ayer y futuros escritos. Reitero mi llamamiento (Rafa ha escrito un magnífico artículo), a esos que saben más que yo, para que no dejen pasar esta oportunidad de plantar ante las narices de estos falaces el verdadero rostro del origen distorsionador que vivimos en este mundo socialista e intervenido. Detrás de cada desajuste y fallo, no está la incapacidad del mercado para afrontarlo, sino la intervención, la imposibilidad del socialismo. El mercado no es la panacea, no ajustará cuando y como muchos deseen. Sencillamente es la única forma, el único mecanismo. La Fatal arrogancia pretende controlar lo que no comprende y rediseñar sobre un orden complejo del que no saben ni pueden saber nada. Del error intelectual a la arrogancia hay un pequeño paso. Habla el autor de fundamentalismo de mercado… cuando el fundamentalismo cae de su lado, de ese racionalismo ingenuo, de esa ingenuidad que le hace creer que puede llegar a dominar el orden social alcanzando mejores resultados que el propio proceso social en libertad.

Saludos!

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El Socialismo en Crisis, comentario y Huerta de Soto en estado puro (videos)

Publicado por yosoyhayek en Julio 10, 2008

La imposibilidad teórica del socialismo no pretende negar que potencialmente el ser humano sea capaz de  emprender reformas sociales en ese sentido. Lo que desde un punto de vista teórico conlleva el teorema es que en ningún caso “el curso de acción socialista es coherente con los objetivos que se plantea” (p.399 SCEFE).

Huerta de Soto compila y sintetiza en su libro Socialismo, cálculo económico y función empresarial dando mayor coherencia a las aportaciones que desde 1920, con el artículo de Mises sobre la imposibilidad del Socialismo, se han venido haciendo por varios autores, destacando Hayek y Kirzner. Huerta de Soto considera fundamental llegar a una definición completa y suficiente del Socialismo como punto de partida para estructurar la crítica y el desarrollo teórico oportuno. De este modo podemos decir que socialismo es  “toda coacción o agresión sistemática e institucional que restringe el libre ejercicio de la función empresarial en una determinada área social y que es ejercida por un órganos director que se encarga de las necesarias tareas de coordinación social en esa área” (p. 92 SCEFE). Donde institucional conlleva previsibilidad, repetición, metodismo y organización, y sistemático supone “imposibilitar en una alto grado y desviar de manera perversa el ejercicio de la empresarialidad en todas aquellas áreas de la sociedad en las cuales la mencionada agresión incida de forma más efectiva” (p.90 SCEFE).

Bajo esta definición escueta pero blindada por su precisión cabe afirmar sin matices que el Socialismo impide el descubrimiento de oportunidades de ganancia en las áreas sociales intervenidas, no creándose ni trasmitiéndose nueva información al respecto. Dice Huerta de Soto que el ánimo del socialista es organizar la sociedad vía mandatos desde arriba tratando de mejorar la coordinación espontánea de la misma.

Siguiendo con la definición conviene aclarar que “el socialismo no es un sistema de agresión institucional contra la consecuencia evolutiva de la función empresarial (el derecho de propiedad), sino que es un sistema de agresión contra la acción humana o función empresarial misma”. (pag.150 SCEFE)

Debemos tomar al socialismo como error intelectual, que ya desde la época de la escolástica española tardía y en especial en la crítica realizada por Juan de Mariana respecto a la organización y funcionamiento de la compañía de Jesús, hace evidente que ante planes personales desajustados y aparente descoordinación social es camino equivocado tratar de “remediarlo” mediando mandatos emitidos desde una autoridad suprema. En la línea hayekiana, Huerta de Soto define mandato como “instrucción o disposición específica de contenido concreto que (…) ordena y obliga a efectuar acciones determinadas en circunstancias particulares.” (p.94 SCEFE). Y de este modo, “el socialismo es un error intelectual porque no es teóricamente posible que el órgano encargado de ejercer la agresión institucionalizada disponga de la información suficiente como para dar un contenido coordinador a sus mandatos”. (p.95 SCEFE)

O el video completo aquí.

Saludos y Libertad!

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