Muerte, conmoción, condena, funeral y manifestación. El mismo patrón pero con detalles que evidencian el cambio, por fin. Un cambio que salpicó de soberbia las declaraciones de nacionalistas y particularistas, fue atenuándose a medida que crecía el desconcierto dentro del PNV, y que tras el nuevo asesinato de ETA, empieza a dejar ver su cara más dulce, más esperanzadora.
Que no nos amargue la cruda realidad. El PNV, desahuciado temporalmente del poder secular, no ha dejado de liderar el movimiento vasco, su especialidad, el anhelo de cambio, de un futuro tangible lleno de absurda esperanza. El nacionalismo particularista, el que aspira a secesionar una parte del conjunto, tiene características que lo diferencian, y mucho, del clásico nacionalismo imperialista, aquel que disponiendo de Estado, pretende conquistas en el exterior. Para los actuales Estado-Nación de Bienestar solo queda colocar a su mandatarios en cumbres internacionales, ganar algún campeonato mundial o continental, o tener a un tipo en lo más alto del tenis, el cine o la carrera espacial yanquis. Con las grandes guerras, al menos las potencias occidentales, tocaron techo, desangraron a sus poblaciones y consolidaron el fiero experimento del totalitarismo radical. Ahora, bajo un patrón democrático y de bienestar, el culto ha variado, lo han hecho los objetivos, y todos parecen caminar en la misma dirección de decadencia política institucional.
Los nacionalismos periféricos, y el mejor ejemplo es el vasco, presentan una alternativa, una nueva esperanza capaz de religar a los individuos en un emocionante camino de redención y éxito colectivo. La independencia camina de la mano de la formación del hombre nuevo, el buen ciudadano, en este caso, el vasco puro, emancipado de la alienación castellana, libre de cadenas, en contacto con la tierra, partícipe de un proyecto común de singularidad e ilusión.
Pensar que con apenas unas semanas de gobierno socialista (con apoyo popular), presuntamente más españolista que el anterior del PNV, las cosas han cambiado es tan ingenuo como confiar en Patxi López como aquel Cid capaz de cobrarse todas las deudas pendientes abiertas contra el totalitarismo nacionalista. Los del PNV caminan con la mirada perdida, apuntando hacia el suelo, conscientes de que aún les quedan unos añitos de travesía por el desierto. Sin líder, sin Lehendakari extragubernamental que guíe sus pasos, deambulan con sosiego, sometidos a la corriente de indignación ante el nuevo asesinato de ETA.
Formalmente han cambiado muchas cosas, todas ellas emocionantes para quienes sentimos próxima esa tierra, quienes nos preocupamos por su presente y su futuro, pero también para quienes sufrimos un terrible desgarro cada vez que los terroristas deciden segar una vida, destruir su posesión más valiosa, dañar a sus seres queridos, atenazar a sus conocidos y conmocionar a una comunidad entera. El muerto ya no volverá. Pronto pasará a ser un nombre más, un número, el recuerdo de un funeral, una manifestación… Miguel Ángel blanco continuó siendo Miguel Ángel Blanco varios meses. Se desvaneció en aquello en movimiento de Ermua y pereció por completo en el ambiente que hizo posible que Zapatero “lo intentara”.
Acabar con ETA tiene una doble faceta: la legal y policial, que parece haber sido retomada, muy a su pesar, por el infame Zapatero, y que con un lehendakari socialista, parece adquirir más contundencia y eficacia. La secunda cara ha sido y será siempre el rechazo popular, el rechazo de los vascos, de toda expresión de aquiescencia, compromiso o exaltación del terrorismo. Este última es la parte más complicada de la ya de por sí impracticable lucha contra el totalitarismo vasco.
Con este nuevo asesinato muchas imágenes han cambiado: policías nacionales, guardias civiles y ertzainas portando el féretro quien era, en definitiva, un compañero de todos y cada uno de ellos. Un lehendakari anunciando su actitud implacable con los terroristas. Un Parlamento de Vitoria unánime en su condena a ETA. La unidad de todas las fuerzas políticas en el congreso de los Diputados, Zapatero y Rajoy codo con codo en una imagen tan expresiva como simbólica…
ETA sabía lo que ocurriría, ni siquiera le ha debido sorprender la reacción del PNV y los que lo apoyan. El momento político es el que es, pero el Movimiento sigue en curso. El nacionalismo exige cambios, también obstáculos. El nacionalismo incluso requiere de asimilación, de extensión sobre el resto de tendencias sociopolíticas. El PSE que gobierna no encarna al españolismo, ni siquiera al constitucionalismo. No nos engañemos, Patxi López no es el lehendakari de Madrid, ni quien vaya a acabar con la construcción nacional vasca. Puede que varíe tímidamente el rumbo, que fortalezca ciertos aspectos a costa de mermar la intensidad de otros. Pero si de algo podemos estar seguros es de que el movimiento es imparable. El nacionalismo vasco, como religión secular, es tan atractiva, tan poderosa, que no encuentra alternativa ni opción que le haga sombra.
Puede que la violencia evidente llegue a desaparecer gracias al cambio político, pero el nacionalismo mantendrá su actitud invasiva, totalitaria y terrorista (en sentido estricto), también desde las filas socialistas. El PP acabará en un papel testimonial, con apenas unos miles de votos más que la izquierda abertzale. La cuestión radica en cuál será la estrategia de Patxi López de cara a los próximos cuatro años a fin de lograr su reelección al tiempo que una mayor independencia en el parlamento. Hoy por hoy acabar con la violencia etarra parece suscitar el consenso suficiente para que su mandato obtenga legitimidad entre propios y ajenos. Acabar con este tipo de ETA, con la ETA que mutila y asesina, es un objetivo que después de su último atentado parece tener el apoyo de la inmensa mayoría de los vascos. Esto no quiere decir que el proyecto del nuevo lehendakari sea su total deslegitimación ideológica, su aislamiento social y político. El objetivo socialista sigue siendo el rescate de los votos de izquierda tendiendo puentes de entendimiento que sean más sólidos que aquellos que hoy habilita con el PNV el mero sentimiento nacionalista. Para ello la estrategia es obvia. Lejos de los gestos, de su interpretación y la esperanza que suscitan, seamos conscientes de que en Vitoria y en Madrid gobiernan dos personajes que han promovido la negociación política con los asesinos, que han dañado gravemente la lucha antiterrorista, lesionando la dignidad de las víctimas y erosionando la eficacia policial. Todo ello para plantear una alternativa al PNV. El hecho de que hoy sea el PP y no la izquierda abertzale el soporte de dicha alternativa debemos verlo como una dificultad superable, y no como un factor determinante.
Saludos y Libertad!












El nacionalismo vasco, carente de Estado y de breve tradición, ha consolidado mitos y volcado su sentimiento religioso y secular en un mañana, próximo y alcanzable, de independencia e identidad. El desprecio por el maketo, por la España “atrasada” del otro margen del Ebro, no es nuevo, sino uno de los elementos que mayor impronta ha tenido siempre en el genio vascón. La arrogancia y el complejo de pureza crecen cuando tu propia explosión industrial atrae manadas de inmigrantes. De ahí a idealizar lo propio y vulgarizar hasta el absurdo lo ajeno, hay un paso. Nos sucede ahora con los que llegaron a España buscando oportunidades, imaginemos el impacto que produjo por aquel entonces. El nacionalismo vasco representa todo el desprecio, la fobia, el racismo y la chulería organizado en forma de religión secular identitaria.
El PNV pierde la maquinaria, el artificio, la estructura de dominación. Se queda en movimiento social lanzado del poder. Ahora es cuando se comprobará hasta que punto estos 30 años de fundamentalismo simpático, de enfermedad colectiva agudizada, ha tenido efectos calando bien hondo entre los vascos. Aún cuando el desastre sea evidente quizá haya nacionalistas que esperasen el reto, la toma de temperatura.
autogobierno), mejor en manos nacionalistas, que son los que tiran y defienden mejor sus intereses. Esa sensación continúa hoy latente y el difícil régimen PSOE-PP no parece ofrecer una alternativa tan consistente como para cambiar semejante creencia popular. El genio vasco es particular, singular y digno de estudio. Es clave en la actual actitud de resignación peneuvista. Miles de personas desocuparán despachos y consejos, se perderán contratos y quizá una nueva casta empresarial disfrute de su complicidad con los nuevos gobernantes. El trauma no tiene desperdicio y debe ser estudiado con detenimiento.













