Yerra Savater al considerar el término “Euskal Herria” una “chorrada”. No lo es, todo lo contrario, es una de esas palabras con arraigo y tradición entre los vascos profundos, siendo Euzkadi (en Batua, Euskadi), un invento del nacionalismo vasco sabiniano.
Los dialectos vascuences españoles no incluían la “h”, sí los franceses, que conservaban la “h” aspirada. En la excrecencia lingüística construida por el nacionalismo vasco se retomó la “h” e incluyó en el término Euskal Herria, que si bien nunca ha hecho referencia alguna a una presunta entidad política, ha venido utilizándose por el pueblo para englobar “lo vasco”, lejos de ninguna aspiración estatista o etinicista.
Savater, que parece ignorar este extremo, no desatina en absoluto al considerar impropio y peligroso que los medios de comunicación, hasta hace unos meses al servicio del nacionalismo campante, o el sistema educativo y sus libros de texto, trazaran en los mapas una suerte de Kurdistán cercenado y dividido en dos Estados extraños y ajenos al ser original de “los vascos”.![]()
Sabino Arana, a comienzos del siglo XX, inventó aquello de Euskadi, neologismo que en el vascuence previo a la invención de la Batua venía a significar “plantación de vascos”, o “bosque de vascos”, ya que el –di se utiliza como añadido a nombre de árboles y arbustos haciendo referencia a un conjunto homogéneo de una clase de estos.
Sabino se sacó de la manga la ikurriña (bandera) del movimiento nacionalista vasco, quizá una de las mejores muestras de cómo el autonomismo adoptó símbolos ajenos a la tradición foral, asimilando por completo la imagen que el nacionalismo constructivista y utópico quiso para sí.
Savater reacciona, ignora los orígenes de aquello que critica, aunque su crítica, repito, vaya bien encaminada. Por desgracia los no-nacionalistas han caído casi desde el principio en las redes discursivas del independentismo estatista que practican, a derecha e izquierda, los nacionalistas vascos. Ha sido la izquierda abertzle, liberada de las ataduras institucionales que algo de moderación aportaron a los resabiados del PNV, quienes llevan recurriendo al término Euskal Herria, no desde el purismo y la coherencia filológica e histórica, sino en sus aspiraciones imperialistas. Ante semejante dilema, debate o confusión, conviene saber de dónde proceden las palabras y cuál es la utilización que se ha hecho de ellas desde que empezara la locura nacionalista.
Cuatro son las opciones políticas, que en mi humilde opinión, cabe manejar respecto a la cuestión vasca:
1. Ser nacionalista, entregarse a la orgía de inventiva, rencor y odio de un falso etnicismo, un complejo personal insufrible y el apego por construcciones imaginarias de apenas un siglo de trayectoria (en lo simbólico, pero también en los “histórico” ficticio).
2. Ser españolista, negar la mayor, oponerse de plano a los planteamientos y reivindicaciones nacionalistas y aspirar a un trasnochado estatismo centralista, híperracionalista, de corte decimonónico.
3. Apostar por la tercera vía, la domeñada y acomplejada vía intermedia, asumiendo el discurso nacionalista, pero creyendo en la viabilidad de un Estado español plural, federal, de partes obsesionadas en lo particular y la constante autoafirmación.
4. Y por último, la que es mi favorita y cada vez menos gente practica (entre la efervescencia del odio y la ignorancia de muchos, incluido Savater, no me extraña), la liberal foralista, que lejos de aspirar a la independencia política radical, plantea el tradicional espíritu de resistencia frente al poder centralista del Estado español como alternativa liberal a favor de individuos libres partícipes de instituciones políticas igualmente libres, pero lejos, muy lejos, del constructivismo estatista deseado por el nacionalismo. Despojándonos de todos los males acuñados por los teóricos del Estado o las corrientes ideológicas que derivaron en la época de las revoluciones políticas. El nacionalismo es hermano del estatismo; frente a ello aun cabe recuperar el espíritu foralista que hizo de España una anomalía en el desarrollo del Estado.
Debería Savater y sus amigos de UPyD caerse del guindo y empezar a estudiar un poco. Su estatismo recalcitrante les delata y corrompe. Mientras tanto, con un PSE entregado a la tercera vía, el PP se debate entre el complejo y la cara más españolista. No existe en el País Vasco una alternativa tradicional, foralista y liberal.
Saludos y Libertad!











Que no nos amargue la cruda realidad. El PNV, desahuciado temporalmente del poder secular, no ha dejado de liderar el movimiento vasco, su especialidad, el anhelo de cambio, de un futuro tangible lleno de absurda esperanza. El nacionalismo particularista, el que aspira a secesionar una parte del conjunto, tiene características que lo diferencian, y mucho, del clásico nacionalismo imperialista, aquel que disponiendo de Estado, pretende conquistas en el exterior. Para los actuales Estado-Nación de Bienestar solo queda colocar a su mandatarios en cumbres internacionales, ganar algún campeonato mundial o continental, o tener a un tipo en lo más alto del tenis, el cine o la carrera espacial yanquis. Con las grandes guerras, al menos las potencias occidentales, tocaron techo, desangraron a sus poblaciones y consolidaron el fiero experimento del totalitarismo radical. Ahora, bajo un patrón democrático y de bienestar, el culto ha variado, lo han hecho los objetivos, y todos parecen caminar en la misma dirección de decadencia política institucional.
autogobierno), mejor en manos nacionalistas, que son los que tiran y defienden mejor sus intereses. Esa sensación continúa hoy latente y el difícil régimen PSOE-PP no parece ofrecer una alternativa tan consistente como para cambiar semejante creencia popular. El genio vasco es particular, singular y digno de estudio. Es clave en la actual actitud de resignación peneuvista. Miles de personas desocuparán despachos y consejos, se perderán contratos y quizá una nueva casta empresarial disfrute de su complicidad con los nuevos gobernantes. El trauma no tiene desperdicio y debe ser estudiado con detenimiento.
















