Esta es la pregunta que deben hacerse los implicados en el “diálogo social” (que como bien señala CRB, suena a corporativismo fascista sin paliativos). Muy al contrario, lejos de enunciar un diagnóstico certero desde el que pactar reformas adecuadas para corregir defectos (no les pido libertad –pobre de mí-, pero sí la mejor intervención posible), prefieren seguir enconados en posiciones irreductibles, alimentando falacias, recurriendo a todo tipo de sofismas y
estratagemas demagógicas para concluir, como están demostrando Gobierno y sindicatos, que son los empresarios y el PP quienes se niegan a “pactar”, y por tanto, a dialogar, ceder y proveer soluciones para los trabajadores. En algo podemos estar de acuerdo los socialistas de izquierda y un servidor: ni el PP ni los empresarios son capaces de plantear alternativas valientes y rigurosas.
Brevemente, veamos los elementos principales que hacen de España un mercado proclive a unas altísimas cifras de desempleo. Primero aclarar algo: en España existe una economía sumergida muy extendida y diversificada. En tiempos de crecimiento y prosperidad tiende a reducirse en ciertos ámbitos, pero no impide que los datos oficiales de desempleo sean algo superiores a las tasas reales: muchos de los que admiten no trabajar queriendo hacerlo, intervienen en actividades remuneradas a espaldas de la administración. En tiempos de crisis la tendencia es a que la economía sumergida avance en muchísimos sectores, lo que nos hace dudar sobre que casi el 20% de los que quieren trabajar en España estén efectivamente desempleados. Dicho esto, aun con todo, las cifras son alarmantes; veamos las causas principales:
1. La que sirve de excusa e instrumento para intoxicar y reducir la importancia del momento de ajuste que vivimos: el sobredimensionamiento de ciertos sectores, los más afectados por las burbujas de precios experimentadas en la fase expansiva (principalmente la construcción y en especial, la construcción de viviendas), fuerza que cientos de miles de personas pierdan su empleo prácticamente de la noche a la mañana. Reintegrar a estos trabajadores, muchos de ellos marginales (su labor no exige apenas cualificación), en el mercado laboral es de por sí complicado a no ser que se activen sectores con la misma intensidad en la que se desinfla la burbuja inmobiliaria. Un error intelectual gravísimo, aplicando fundamentos teóricos de corte keynesiano, centrados en la demanda como generadora de oferta y motor efectivo de la reactivación económica (una falacia tristemente intuitiva), permite al gobierno pretender una contención del paro gracias al gasto público generando empleos no cualificados que momentáneamente absorban la mano de obra liberada por la construcción.
2. Una crisis como la que vivimos deriva en forma de contracción crediticia y reducción drástica en la velocidad de circulación del dinero. Esta situación, dada la crudeza del ajuste, la dimensión de los errores de inversión cometidos en la fase expansiva, de exuberancia, o en su caso los sobredimensionamientos excesivos de ciertos sectores, hace que las políticas de choque emprendidas por las autoridades monetarias (BCE y Reserva Federal), se demuestren inútiles en su pretensión de que vuelva a circular el crédito y a acelerarse la velocidad del dinero. La deflación supone que hay una cantidad menguante de dinero en circulación. Si a esto unimos la caída generalizada del consumo, es normal que los precios de los bienes de consumo se desplomen, arrastrando consigo los precios de los factores productivos. Las empresas encaran la situación reduciendo costes y ajustando márgenes. En la medida que los salarios monetarios no caigan como no queda otra alternativa que lo hagan, el ajuste directo no podrá hacerse en forma de precio sino en cantidad, es decir, despidiendo trabajadores. Esto contribuye a la reducción de la actividad económica y el recrudecimiento de la crisis.
Las reticencias sindicales a que se reduzcan los salarios monetarios, bien por la vía de aumentar el tiempo de trabajo o eliminar pagas y prestaciones, o directamente bajando la retribución a igualdad de circunstancias, unida a la rigidez contractual legalmente privilegiada o la barrera que representa el sistema de negociación colectiva, terminan por detener actividades y lanzar al desempleo a miles de trabajadores.
3. Los empresarios tienden a descontar el coste de despido cada vez que aumentan la plantilla o cubren puestos vacantes. Esto no quiere decir que el descuento, en tiempos de bonanza, haga inocuo el coste de despido cuando no queda otra que reducir el número de puestos de trabajo. Aun así debemos afirmar que las elevadas indemnizaciones reconocidas por la ley, además de generar un mercado de trabajo caracterizado por la precariedad (esa misma que la izquierda se empeña en atribuir a los empleadores, cuando en realidad es la perversidad del sistema la causa de la misma), la temporalidad, y el recursos a atajos con los que evadir la inmediata provisión de semejantes costes eventuales, no son en sí mismas las causas del despido.
En tiempos de crisis las elevadas indemnizaciones del contrato indefinido fuerza la contratación temporal, pero también representa un fuerte desincentivo a la contratación. El empresario, dada la regulación actual, no puede encajar el puesto que desea ofertar en las estrecheces que permite la temporalidad, y menos aun descontar el coste del despido previsto en otro tipo de contratos. De este modo el necesario ajuste del mercado laboral, generándose demanda capaz de absorber a los trabajadores liberados en esos sectores quebrados o sobredimensionados, es víctima de las barreras de salida, que son siempre barreras de entrada, defendidas por sindicatos y gobierno como “conquistas sociales”, o mínimos irrenunciables: mientras tanto, 4 millones de parados vagan por las calles de España y al menos un millón de familias no ingresa ni un sueldo ni una prestación por ninguno de sus miembros… esa sí que es una buena “política social” (todas las políticas lo son, vaya).
Resumiendo, España resulta especialmente sensible a la destrucción de empleo por varias razones: experimentó una expansión del crédito muy superior a la de otros países, inflándose precios que hoy toca ajustar, entre ellos el del trabajo, que por sus rigideces típicas sumadas a las que nuestro sistema de intervención laboral genera, lleva a un ajuste en cantidad y no en coste: más paro.
España ha sufrido una cadena de malas inversiones y sobredimensionamiento sectorial de proporciones muy superiores a las de cualquier país, incluidos los EEUU, donde ha sido brutal pero más diverso, y donde la flexibilidad laboral y la movilidad de trabajadores un ajuste mucho más veloz. La liquidación de los sectores afectados representa a corto plazo en España un incremento considerable del número de parados, incapaces de hallar un nuevo empleo en un breve plazo de tiempo, pero tampoco a medio o largo plazo.
España padece la égida de unas corporaciones sindicales feroces e insolidarias. La Constitución admite su poder, las leyes son resultado de su coacción y distorsión propagandística de la realidad. Mientras que esto sea así cualquier reforma pasará por el pacto corporativista, por la agrupación empresarial imitando la naturaleza sindical en busca del fetiche de la “negociación colectiva”, como fuente de justicia y bienestar. Muy lejos de la verdad, y el actual estancamiento en las relaciones así lo demuestran, el espíritu del actual sistema de relaciones laborales enquista un volumen considerable de desempleo en tiempos de bonanza, y peor, fuerza cifras escandalosas de paro y destrucción de empleo, lejos de lo que está sucediendo en el resto de occidente.
Las anomalías españolas tienen un claro responsable y claros defensores. El sindicalismo y la entrega intelectual a las falacias económicas más terribles, dejan como resultado desesperación, pobreza y un panorama desolador para millones de españoles, necesitados de un nuevo impulso político capaz de presentar la realidad tal y como es a fin de destruir para siempre las ideas y estructuras que más perjudican a los trabajadores.

Saludos y Libertad!