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Grecia

diciembre 15, 2008

Tengo la convicción de que en la antigüedad podemos encontrar la clara expresión de cómo el hombre construye de manera espontánea sistemas políticos de convivencia que tienen su explicación más íntima en la propia naturaleza humana. En la Grecia antigua, origen asumido por todos, de la civilización occidental –a lo que yo humildemente matizaría con más de una razón-, se dio de manera sucesiva una concatenación de situaciones que en sí mismas pueden reflejar  los porqués de la organización social en sentido amplio.

Las Polis griegas surgen, ante todo, y como casi toda agrupación de seres humanos, en un momento indefinido como grupo humano, supuestamente averiguable en cuanto a su asentamiento en un lugar concreto, pero eso si, por razones de colectiva protección. En un mundo hostil las comunidades tienden a hacerse compactas y temerosas de los otros. La forma en que aparecen las Polis, todas en torno a una fortaleza elevada, o acrópolis, simboliza con claridad el interés defensivo que movió a cada comunidad en su momento. Esto se verá en la historia de Europa en fases de gran inseguridad, de conflictos, de ausencia de un poder generalizado garantizador de cierta paz interna.

Las polis son islas colectivas de seguridad y protección. En un mundo difícil se hizo inevitable este tipo de organización, al menos en la península helenística, aunque el proceso fue común en todo el arco mediterráneo, muchas veces por deliberada propagación griega en forma de colonias. Estas ciudades Estado consolidan instituciones que sirven al anhelo de mejor gobierno para los implicados en la viabilidad del colectivo. Esta suerte de timocracia, si hoy en día tuviéramos que definirla, se llamaría sin duda sociedad nacional, entendida como la parte del total de la sociedad, que por su realidad y relación de interés, dirigen, de un modo u otro, el destino presente y el plan futuro de una comunidad política.

Decir que en la Atenas clásica, la de Pericles, regía un sistema democrático no debe confundirnos con el concepto que actualmente manejamos, aunque sí con en que los revolucionarios que acabaron con el Antiguo régimen soñaban. La democracia ateniense era participativa, de todos los ciudadanos, miembros todos de esa sociedad nacional dirigente. Su implicación con el común se hacía inevitable, necesaria. Como en Roma, las obligaciones del ciudadano para con la comunidad, pesaban más que lo recibido de ella. La Libertad no es más que el concepto que cada uno tiene de su seguridad. Parece reduccionista, pero sin la certeza en que podemos hacer esto o aquello sin ser expulsados del grupo o castigados por el, o cercenados por los actos de otros, por mucha ausencia de coacción que estimemos, nada nos atreveríamos a hacer. Así pues, lo que surgió en Grecia no fue otra cosa que ámbitos de seguridad donde desarrollar la personalidad con una capacidad mayor que fuera de los muros de la ciudad.

Esta formulación, y así sucedió en Grecia, con todas las salvedades propias de la variedad de Polis y Principados de la península, asumiendo el devenir irresistible del tiempo, consagró modelos de convivencia, de comunidad política que ante el mundo circundante, optaron por debatir de qué forma alcanzarían una organización mejor y más duradera. Dando por supuesto todo lo que ahí sucedió, la obsesión por conseguir alumbrar modelos absolutos de Estado, modelos totales de sociedad, de virtud, es propia de sociedades desarrolladas y con ocio. Todo es consecuencia de esa paz interna alcanzada, de esa prosperidad conseguida.

El comercio, aunque defenestrado por la Inteligencia griega, fue sin duda motor de su supervivencia, generador de la genial diferencia que hizo de los helenos aguerridos resistentes frente al poder Persa, entre otros. Los empresarios, siempre presentes en la historia de la humanidad, por pura redundancia, han actuado siempre creando y descubriendo a pesar de coacciones y espíritus críticos o lugares comunes y tópicos adversos. Su presencia generó riqueza, sin ella no sería explicable la liberación que disfrutaron muchos griegos. El comercio abrió su mundo, lo amplió, generando nuevas formas de relación, nuevas oportunidades de ganancia, satisfacciones e inquietudes. Pero solo queda la palabra de los excéntricos, de los que viven del intercambio pero recelan de él exhibiendo modelos de virtud. Centrarse en sus palabras sería traicionar a todos los visionarios y emprendedores que hicieron posible una civilización rica y próspera como la helena.

La eterna pugna con los bárbaros persas se salda con el arrojo de Filipo, truncado por la muerte, seguido por Alejandro, ensimismado pero visionario. Grecia cae en manos de bárbaros macedonios que creyeron ver el siguiente paso en la organización política de ese mundo de filósofos. Poderes que caen, bajo el mayor trauma de occidente hasta la época. Las Polis ceden ante la mayor fuerza de un poder imperial, encauzado en las manos de un líder aguerrido y valiente que ve más allá de los límites de esas islas de paz, y proyecta en el futuro un estado de paz extensa, imperial, derrotando a los que desde oriente amenazaban incansables la vida placentera ansiada por los griegos, con una idea distinta, cosmopolita, en ocasiones megalómana.

El helenismo es la prueba de cómo el capitalismo, o mejor dicho, la propiedad privada bajo el principio de libre comercio, solo alcanzaría mayores cotas de desarrollo bajo un espacio de seguridad cada vez más amplio. Las ciudades helenísticas son enormes, bulliciosas, con  ciudadanía, pero pobladas por extranjeros, esclavos, comerciantes y todo tipo de gentes de esa ecúmene ampliada. Si bien es cierto que los estados cuanto más grandes más necesitados de ingresos, más caprichosos y más arbitrarios, a pesar de todo, el nuevo mundo favoreció un nuevo paso, una realidad económica distinta, capaz de satisfacer más necesidades y de incrementar el número de ciudadanos “libres”.

Cuando la seguridad genera comercio, y este emana bienestar, muchos de los que disfrutan de estas ventajas, se dejan llevar por un ocio intelectual de imprevistas consecuencias. En libertad, el libre se lamenta, se estresa ante tantas posibilidades y contempla su realidad pretendiendo ver más allá. Existe en los mundos libres, en los grupos liberados de la carga del trabajo, personas que por excéntricas deciden contradecir su propia buenaventura. Esa excentricidad crea formas sociales propias de la corte dominante, de los que se aburren entre el mundano ruido y asisten desde lo alto al cambio o inmovilismo de lo que les rodea. De ahí surgen los ideólogos, los constructores de mentiras liberticidas, volcadas con la fuerza de complejos y carencias, incomprensión y alardes de superioridad. Así, por el bien de todos, idearon muchos sus repúblicas perfectas, despreciaron las actividades generadoras de bienestar, como siempre, frente a una existencia virtuosa e idílica. Queda en manos de los historiadores desentrañar cada época, pero la lógica nos permite percibir movimientos y tendencias que sentidas en nuestro interior se nos hacen evidentes al contemplar los hechos con la frialdad requerida.

Nada nuevo bajo el sol.

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