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De la Antigüedad a la Modernidad

diciembre 18, 2008

El tránsito entre el mundo considerado por los historiadores como antiguo y la edad moderna, también calificada así por el consenso de estos estudiosos, está lleno de dudas y vaguedades deliberadamente ocultas entre un marasmo de relatos sobre Poder y Religión. Todo lo que puede decirse sobre el colapso de Roma y la apertura, cuanto menos formal, de una nueva etapa en la historia de occidente, se ha dicho ya. Todos los elementos que precipitaron el fin del Imperio están descritos y combinados de todas las formas imaginables para tratar de explicar el porqué de esta debacle y sus consecuencias.

Un mercado amplísimo pero cada vez más intervenido. Una actitud expansionista, universalista, olvidada y congelada en tiempos de esplendor, reconvertida en un pesimismo demasiado apto para ideas orientales nada conformes con el espíritu práctico de la Roma clásica. El cristianismo, y lo que es más importante, su incorporación en la estructura de poder, la conformación de una iglesia a imagen y semejanza del maltrecho imperio. Todo hizo inevitable que la llegada de oleadas de bárbaros y las revueltas de los que ya estaban, entre otras cuestiones, disolvieran el poder central en occidente dejando un territorio plagado de fuerzas e intereses enfrentados.

Eso fue la Edad Media. En el siglo V dc no termino una era, aunque si se hizo incuestionable el fin de un poder único en occidente. El marasmo ya crecido y reinante a partir de ese siglo fue muestra de la progresiva complicación de la seguridad y la libertad que venía experimentándose siglos atrás.

Cuando una religión se apodera de la ideología fundamental de una cultura se puede esperar lo peor; y así fue. Las personas que habitaron esos siglos siguieron con sus vidas, como siempre se ha hecho, al margen de las conjeturas de historiadores pretenciosos. Los intelectuales no son la historia, son parte de ella. Ni siquiera la condicionan, solo aportan una contribución, de mayor o menor relevancia, pero nunca considerada como único elemento del cambio. Que la cultura estuviera en manos de los religiosos no quiere decir que sus prejuicios, dogmas o complejos forzaran inevitablemente que los hechos, los fines de la mayoría, discurrieran por la senda de sus mandatos. Lo cierto es que el comercio siguió vivo, nunca pereció, a pesar la inseguridad, de la repulsa o condena que se hiciera del ánimo de lucro o de los elementos fundamentales para su desarrollo, como son el crédito o la acumulación de capital. El mundo camina solo, no en sentido estricto, pero si a los ojos de quienes pretenden detenerlo.

A pesar de los que pensaban, los que teorizaban, los que desarrollaban las ideas y principios fundamentales del credo cristiano, el comercio se abrió camino y trajo crecimiento y dinamismo. La Edad Media no puede considerarse como un tránsito, porque fue tan íntegra en sí misma como cualquier otro periodo que a los ojos de los historiadores tendenciosos fue mejor. En todas las épocas el progreso y la libertad se han topado y topan con enemigos. En todos los siglos desde que el hombre se civilizó, los pensadores, intelectuales se llaman ahora, han intentado frenar, paralizar y resolver lo que no llegaban a entender y aun así sucedía.

La escolástica iba por detrás de la realidad. El estudio del pensamiento económico nos muestra de qué forma los teóricos alcanzaban a explicar y plasmar en textos o ecuaciones aquello que el hombre por si solo ya hacía. La persecución de la usura era puramente ideológica. Que los pensadores comenzaran a justificarla de un modo u otro no hizo que los préstamos aparecieran, porque ya existían y movían la actividad económica.

Es importante tener en cuenta esta evidencia al tratar la historia del pensamiento económico. Lo que se hace es revisar ensayos y escritos varios sobre un tema u otro. Intentamos descubrir los avances teóricos que propulsaron de algún modo las conclusiones de autores posteriores. Saltamos de unos a otros sin apenas percatarnos de que la realidad era la que movía su trabajo. A pesar de ellos, de sus errores, y nunca por sus aciertos, en la mayoría de los casos, el espíritu emprendedor del hombre occidental se hizo con el desarrollo ilimitado e imparable de la actividad empresarial. Es posible que lo que diferencie a occidente de otras civilizaciones no sea el innato impulso de los individuos que lo han conformado en su larga historia sino la adaptación, aunque tardía, de la ideología reinante. De ahí viene el mérito relativo de los escolásticos, por ejemplo. Muchos fueron realmente rompedores y supieron adaptar sus posiciones a la realidad que los rodeaba, es más, incluso avanzaron soluciones, como Juan de Mariana o Francisco de Vitoria, por dar dos nombres, pero fue más el lastre que arrastraba el pensamiento respecto a la realidad lo que merece la pena señalar cuando contrastamos situaciones, hablando siempre del ámbito económico, como queda claro.

Necesitamos percibir con nitidez que no fueron los héroes de la Historia los que se atrevieron a decir y escribir, o llegaron a conclusiones tras un largo discurrir, las fórmulas que de forma espontánea ya se venían dando. Los auténticos héroes fueron y son los empresarios, los comerciantes, las personas que actúan, que hacen cosas, que piensan y crean de la nada, y que en según qué épocas, se enfrentan con la ideología del momento y los peligros que esto supone.

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