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Un Estado que no existe

diciembre 31, 2008

El español ha sido, es y seguirá siendo un caso excepcional. Hemos pasado de la singularidad al amago centralista, y de este a la descomposición más intensa de cuantas acontecen hoy en el mundo. El debate sobre la financiación, las conquistas periféricas de algunos y las cesiones consecutivas desde Madrid, no son sino la representación actual de lo que acabará, sin duda, en la desintegración total de la unidad española, no solo en términos estatistas (que poco me importa) sino también sociales, culturales y económicos.

Las autonomías no han llegado para cubrir parcelas de dominio o ejercer competencias. La Constitución de 1978 permite varias posibilidades, y así se ha demostrado. Aun cuando mantenga resortes a modo de garantía de cierta unidad y coordinación entre administraciones y poderes, su interpretación y desarrollo ha excedido lo que sus padres creyeron atado y bien atado, para embarrarse en reformas y regulaciones ciertamente contradictorias con el espíritu constituyente. Su adecuación, la interpretación laxa, la asimilación de principios que anulan dichos resortes de unidad, llega auspiciada por una clase política paleta y particularista, con independencia del partido al que nos refiramos, apostando, en todo caso, por la consolidación local de sus espacios de control y expolio.

El Estado español no será sustituido por un espacio abierto de libertad y descentralización política, sino por 17 nuevos Estados que muy pronto superarán en entidad y coherencia interna al que paso a paso llegarán a suceder. Aventurar más allá de esta tendencia sería un error. Los años que nos esperan configurarán estructuras políticas singulares, nuevas, sin parangón ni imagen en la historia o el entorno de España.

El gobierno socialista de Zapatero no será el único culpable, pero sí un elemento crucial para comprender el desgaste y la consolidación de la apuesta autonomista. Curiosamente, las ansias extremas de algunos no marcarán hitos de excepcionalidad, sino que terminarán por arrastrar, como se ha venido viendo estos años, casi de forma inmediata, al resto de entidades autónomas. La cuestión más interesante será comprobar la reacción de los grandes municipios, como Madrid o Barcelona, y todos los que gocen de cierta centralidad intermunicipal o dominio provincial. La nueva pugna de poderes, frente a un Estado menguante, sin peso político, incapaz de definir una política exterior mucho más contundente que la desgana y derrotismo interior, saltará de La Moncloa y la Carrera de San Jerónimo, al terreno local, si es que llega a consolidarse una clase política en esos ámbitos más reducidos.

Nos esperan años de pugna y disputa, de confrontación de paradigmas sobre una base anquilosada y desprovista de reflejos y recursos. El Estatismo hispano de nuestros días es el autonomista, sin necesidad de bombas, solo con el chantaje y el placaje sostenido se alcanzarán conquistas irreversibles. En la medida que la sociedad española siga adormecida y entregada a la estulticia política más embrutecida, podrán los estatistas de todos los partidos perpetrar su crimen. Hasta que no se desligue la idea de unidad de España con la del centralismo estatista, o la de pluralidad con la consolidación de nuevos Estados a nivel regional, no seremos capaces de construir un discurso coherente que apueste por una España como escenario de interacción de individuos libres, dando la espalda y rehuyendo de toda apuesta estatista, del signo que sea. La convivencia y el intercambio entre españoles no pueden ser confiados al Estado, visto como se ha visto su incapacidad manifiesta y consustancial de retener y defender los principios que los hacen posibles. Toca ser antiestatista en todos los frentes, por mucho que algunos sigan confiando en un jacobinismo trasnochado, constructivista, liberticida e inútil.

Saludos y Libertad!

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