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El Estado es el origen del problema

enero 8, 2009

Vivimos tiempos de confusión e incertidumbre. No tanto por el cariz que tiene e irá adoptando la situación económica, sino por la explicación que desde la corriente principal de pensamiento y opinión se está ofreciendo respecto a las causas y consecuencias de la tormenta en que nos hallamos.

Desde posiciones fieles a la tradición teórica y explicativa de la Escuela Austriaca de Economía, no cabe duda sobre las causas endógenas que desencadenan el brutal reajuste en forma de crisis y recesión. El privilegio concedido a la banca respecto al poder de disposición sobre los depósitos a la vista, exclusivo y capcioso, justificado en la legislación del Estado, obviando ilicitud y contradicción con los principios generales del Derecho, desencadena una dislocación interna capaz de generar errores masivos en las decisiones de los agentes económicos. 

El Estado se apodera del dinero, institución básica para el desarrollo del proceso social, suplantando su versión libre y evolutiva por una moneda de curso forzoso y fiduciaria, sometida a todo tipo de manipulaciones. El precio de dicho dinero queda regulado por un tipo de intervención, así como las prácticas financieras, contables y organizativas.

Un órgano de dirección con poderes irresistibles y facultades extraordinarias, llamado Banco Central, actúa como prestamista de última instancia y planificador de tipos, oferta monetaria y resortes operativos. Es el Estado el que pretende un sistema monetario y financiero capaz de soportar su peso y alimentar su voracidad. En situaciones de crisis de dicho sistema, resulta consecuente que sea el propio Estado el que trate de salvar su obra.

No podemos hablar de mercado libre cuando estamos ante regulaciones positivas que tratan de prevenir la naturaleza de las acciones particulares. En situaciones así la interacción entre individuos empuja, a pesar del peso de la intervención, a la formación de fórmulas alternativas, que de forma subrepticia se abren paso entre la madeja de regulación, a costa de la prudencia y la interiorización del riesgo, y lo que es peor, reiterando el desprecio sistemático por la defensa y definición de los derechos de propiedad.

El Estado pervierte el orden tratando de suplantar sus reglas por una estructura normativa ajena a las características fundamentales del mercado libre. El resultado, una grave distorsión que disloca las preferencias temporales de los agentes generando señales que inducen errores masivos.

Asumida esta realidad, no debemos cejar en el esfuerzo intelectual emprendido obviando que el Estado, por su propia naturaleza, más allá de la manipulación de la moneda y su irrupción en el mercado financiero, genera tantísimas distorsiones, que su propia existencia es de por sí perturbadora y origen de una nefasta asignación de recursos. Señales equivocadas de la desaparición de las reglas, principios y valores que han favorecido los niveles de división del conocimiento y el trabajo sostenedores del progreso social alcanzado.

Sería reduccionista e improcedente tratar de resumir en este artículo todas las vías por las que la acción del Estado, como estructura de dominación irresistible que persigue objetivos concretos a costa de la libertad de los individuos en pretender sus fines particulares, descoordina el orden social.

Sirva como ejemplo la asunción por parte del Estado de la educación de los individuos. No hablamos necesariamente de la prestación directa del servicio, sino de la mera fijación de contenidos, modelos de estudio, requisitos para alcanzar la titulación, previa concesión en la fijación de número de plazas y disciplinas universitarias, etc. Que el Estado preste o no el servicio, a este parecer, resulta indiferente. Lo que realmente trasciende es la regulación irresistible que plantea, imponiendo barreras de entrada, forzando a los menores a recibir la educación previamente diseñada o planificada por él.

La distorsión, falsas señales, dislocación de preferencias, descoordinación con las necesidades patentes y discernibles del proceso social, la falta de competencia y adaptación de modelos… todo contribuye a que una gran parte de los individuos desperdicien años y esfuerzo iniciando sendas equivocadas, caminando a ciegas, siempre con la sensación típica del estatismo, de poder lograr todo lo propuesto al margen de la realidad, siempre y cuando el Estado haya sembrado expectativas que ni él ni el mercado son capaces de satisfacer. Estos errores impiden ajustes, impiden que multitud de oportunidades de ganancia se vean resueltas. Frena la creación de conocimiento, el desarrollo social y el progreso económico.

El Estado es el origen, en cada una de sus intervenciones, de todo error masivo en la toma de decisiones, de la indisciplina general, así como la falta de respeto y vulneración de derechos de propiedad y principios generales del Derecho. En el momento que plantea su agresión irresistible, justificada a través de excusas típicas del estatismo, despliega consecuencias que no controla, pero siempre, en todo momento, son perjudiciales y profundamente descoordinadoras.

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