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Intervencionismo climático, constructivismo ambiental

enero 19, 2009

El País Semanal, sede del espíritu más elitista y progre de España, nos sorprende este domingo pasado con Cinco Ideas para Enfriar el Planeta (más?!, se preguntarán algunos…). Este alarde de arrogancia envuelto en la clásica ingenuidad que rezuman los redactores en este tipo de medios, se queda en casi nada, centrando el comentario en las propuestas, casi alocadas, de científicos (por llamarlos de algún modo) e incluso Premios Nobel (quién quiere un Nobel!).

Cinco son las propuestas:

1. Abonar el Plancton de la Antártida: por su capacidad para absorber dióxido de carbono de la atmósfera.

2. Simular una erupción volcánica: por la cantidad de partículas en suspensión  que puede desalojar en la atmósfera, evitando que parte de la energía solar llegue a atravesarla.

3. Nubes más brillantes: para reflejar la luz solar.

4. Una macrosombrilla espacial: ubicada a cierta distancia conseguiría impedir la llegada de rayos solares.

5. Secuestrar carbono: evitando su emisión a la atmósfera y depositándolo en pozos de petróleo agotados, minas o en las profundidades del océano.

Esto no es sino un pequeño ejemplo de lo que el ingenio del hombre puede ser capaz. Alguna de estas medidas son factibles. Otras remotamente realizables (por ahora), pero todas ellas muestra de la arrogancia cientificista de la que es capaz el espíritu ingenuo del ser humano. No hablamos de investigaciones sobre el funcionamiento de un orden complejo como es el clima. Son tantos los factores que intervienen en él (la mayoría desconocidos e por su entidad o relevancia efectiva en el orden general) que toda propuesta de intervención a gran escala, como las presentadas, resulta cuanto menos muestra del endiosamiento del climatólogo y la elevación a verdad universal e innegable de sus modelos, teorías y predicciones. Profetas de lo absurdo, su ingenuidad llega hasta extremos inconmensurables.

El propio reportaje de El País advierte de la posibilidad de que tales intrusiones adicionales lleguen a provocar efectos imprevistos y más perjudiciales que los presuntamente evitados. Es aquí donde admite la ignorancia de los científicos, no en cuanto al diagnóstico de la situación y la mera capacidad de intervención. La ley de las consecuencias no queridas, acuñada por Mandeville respecto a las decisiones que generan arbitrarias distorsiones en busca de fines concretos, debe entenderse dentro del orden más complejo del universo (Hayek): el proceso social. El clima, por su lado, siendo complejo, lo es menos, pero tanto como para impedir, hoy por hoy y previsiblemente por muchos siglos en el futuro, intervenciones capaces de tener en cuenta todos los factores prediciendo eficazmente las consecuencias de cada intromisión.

Estas propuestas exigen muchas de ellas la contaminación coordinada y controlada: cultivar plancton o lanzar a la atmósfera toneladas de azufre no añade sino más complejidad y saturación al orden climático. Como si no fuera suficiente con la contaminación indispensable para conservar nuestro nivel de vida, se añade más, pero esta vez, con los pretendidos efectos benévolos que solo la arrogancia cientificista puede esperar de sus acciones. Como los comunistas rusos hicieron con el mar de Aral, en busca de la fertilidad y el desarrollo de millones de desplazados (logrando un mar literalmente muerto, una tierra yerma y nuevos desplazados huyendo del hambre), o con esa propuesta de reflejar los rayos del sol hacia tierras siberianas a través de satélites (ahora se busca reflectar…) con la idea de subir las temperaturas y favorecer agricultura y repoblación, ahora toca la contaminación sabia, progre, comprometida, acertada y ajustada en sus efectos; vaya vaya.

La única obsesión del hombre debería ser no contaminar sin asumir los costes de dichas emisiones sobre las propiedades ajenas, o en su caso, los efectos negativos que tienen dichas emisiones en un bien libre (hasta ahora) como es el aire que respiramos. A partir de ahí es cuando se generan los incentivos para aminorar las emisiones, dado que el coste de tal inversión en investigación y medios adecuados, resulta menor que las indemnizaciones generadas. Esta situación, gravemente entorpecida por la concesión de privilegios por parte del Estado, ha sido retomada en las últimas décadas, oh sorpresa, de la mano del propio Estado generador del problema.

Si queda de su parte, todos tranquilos. Mientras tanto el mercado de emisiones de co2 cosecha al años cientos de millones de euros sirviéndose de la capacidad de desarrollo de los países progres, cuyos dirigentes prefieren llenar sus bolsillos a costa de vender el potencial progreso de sus habitantes. Esperpentos como este son responsabilidad exclusiva del estatismo y sus ideólogos, a los que se han sumado gustosos tanto cantamañanas, gurú del clima, ensalzado sin mérito ni resultados a lo más alto de la consideración social y científica. Los que se afanan en producir literatura al respecto o propuestas tan arrogantes y escandalosas como las referidas viven de la subvención, de esa opinión generalizada que domina estética y éticamente el proyecto constructivista de nuestros días. Luego somos los demás los acusados de recibir dádivas o compensaciones de los malos maliciosos generadores de energía (esos mismos que en su mayoría se están forrando con los planes de energías renovables y demás patrañas…).

¿Alguien habrá pensado seriamente en la posibilidad de un invierno nuclear para acabar de forma malthusiana con todos los problemas que tanto preocupan a esta gente: superpoblación, escasez de recursos y alimentos, y calentamiento global?… todo se andará.

 

 

Saludos y Libertad!

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4 comentarios leave one →
  1. enero 19, 2009 5:00 pm

    interesante tema, buen blog!

  2. enero 19, 2009 7:34 pm

    ¿Alguien habrá pensado seriamente en la posibilidad de un invierno nuclear para acabar de forma malthusiana con todos los problemas que tanto preocupan a esta gente: superpoblación, escasez de recursos y alimentos, y calentamiento global?… todo se andará.

    Paul Ehrlich lo ha pensado seriamente, y ha declarado cuanto le gusta la idea. No precisamente un invierno nuclear, que eso queda poco ecolo. Su opción preferida es una infección vírica o bacteriana que lleve a cabo el trabajo. Mueren los pecadores, los hombres, y queda intacto el parque temático que tanto ansían los greenies.

  3. enero 19, 2009 10:25 pm

    Pero hay algo interesante tras ese artículo del País. La idea, probablemente cierta, de que es mucho más factible enfriar la tierra que calentarla. Factible tanto técnica como económicamente. O sea, una razón más para tenerle más miedo al frío que al calor.

    Por cierto que hace tiempo que se le ha dado vueltas a esa idea, pero por procedimientos que El País no cita.

    S.S. Penner, A.M. Schneider, y E.M. Kennedy calcularon (1*) que sería suficiente con ajustar los motores de los aviones comerciales de forma que expulsen particulas que bloqueen la luz del sol. En otro cálculo Edward Teller estimaba entre 500 millones de US$ y 1.000 millones de US$ al año para bajar la temperaura entre 1º y 3º Celsius (2*). Ambos métodos se basan en partículas tan pequeñas que serían invisibles desde la superficie.

    Me parece más razonable pensar que se le puede buscar una solución al problema cuando haya un problema, que ponerse a arreglar un problema que de momento no hay motivos para pensar que exista.

    (1*) Penner S.S., Schneider A.M., Kennedy E.M., 1984, Active measures for reducing the global climatic impacts of escalating CO2 concentrations, Acta Astronautica 11 no 6, pp345-348.

    (2*) Teller, E., Wood, L., and Hyde, R. (1997) 22nd In ternational Seminar on Planetary Emergencies, Erice, Italy, Lawrence Livermore National Laboratory, UCRL-JC-128715, 1-18.

    http://plazamoyua.wordpress.com/2008/01/28/enfriar-la-tierra/

  4. enero 20, 2009 12:07 am

    Muy buena reflexión, tienes razón. Saludos!

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