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W, Herederos y las propuestas de Ekaizer

enero 21, 2009

La noche de ayer, invadiendo casi en una hora la madrugada de hoy, ha puesto al límite mi capacidad de elegir entre la oferta televisiva: la película de Oliver Stone, W, proyectada por la 2, Madrid Opina, en telemadrid, y Herederos, que llega a su recta final, con un par de capítulos para concluir. Reconozco que la noche de los martes, habitualmente, zapeo alternando entre Conchita Velasco (una suerte de Duquesa de Alba, en lo potentado, corrupta y despiadada), con una serie que engancha por su trama y sus frases memorables (“confío mí misma más que en Dios”), y Madrid Opina, ese debate movido y singular donde siempre se sabe lo que van a decir unos y otros, y que entretiene sobremanera cuando María Antonia Iglesias o algún energúmeno por el estilo hace aparición en escena.

Lo de ayer fue un despropósito, porque compitiendo con semejante plantel de oferta televisiva la pública emitió “W” a traición, apenas 3 meses después de su estreno en salas norteamericanas. La película es cómica, admitámoslo. Bush aparece como un frustrado sometido a un extraño síndrome de Edipo, compulsivamente religioso y paleto que llega a la presidencia, recurriendo a las miserias más cutres y cerradas de los norteamericanos. Su mandato es de chiste. Oliver Stone no ha esperado unos años recopilando declaraciones o algún chivatazo para componer los diálogos de sus personajes. Las reuniones en las que se decide la guerra son una broma, una caricatura no se sabe si de Bush y su tropa o del propio director, que después de componer una loa insufrible de Castro y preparar otra de Chávez, comparte la obsesiva manía de muchos con el pobre de G.W. Bush. Una película para ver y recordar, una tira cómica, una mofa bien rodada pero llena de momentos de humor y mucho descaro del director.

De Herederos no diré nada; solo que se acaba, por fin, y que promete un desenlace movido y quién sabe si abierto. De lo poco que pude ver de Madrid Opina me quedo con el diagnóstico, petulante y sabiondo como siempre, del inefable (despedido compulsivo) Ernesto Ekaizer. Este señor, sentado en alguna ocasión junto a Rodríguez Braun en otros magacines matinales, se atreve a interrumpir para lanzar excelsas disertaciones macroeconómicas. No es que no sepa nada; el señor se maneja bien, ha leído y estudiado, reconozcámoslo. Es de los periodistas que más saben lo que se cuentan en estos derroteros, pero competir con Braun es complicado, y por simple educación, con un economista serio en la sala, mejor escuchar y no pecar en exceso.

El diagnóstico en cuestión tiene un fondo de verdad pero yerra en las medidas necesarias: en España tenemos sectores sobredimensionados en brusco reajuste. Ergo, según Ekaizer, para evitar el desmoronamiento solo el gobierno puede sostener la demanda necesaria. No confía tanto en los bancos y su capacidad de volver a expandir el crédito, como en el poder del gobierno de incrementar la inversión generando más demanda agregada, es decir, multiplicador keynesiano al canto. Este error de bulto, compartido por demasiados economistas y legos en la materia, ya lo explicaremos en el futuro, pero lleva a identificar mal las vías de salida de una situación de crisis como la que vivimos. El periodista argentino pide gasto y actividad. Ese gasto, y esa es su opinión, sostendrá la inversión que ahora se tambalea, o mejor, contribuirá a la recuperación y el regreso a un escenario de crecimiento.

Esta teoría suya le llevó a compartir en público la tesis más popular sobre la recuperación de los EEUU tras la gran depresión: su entrada en la Segunda Guerra Mundial. Dragó, que se dice liberal, pero peca de fatal arrogancia y racionalismo extremo en más de una ocasión, abrió los ojos y lo vio todo claro (la megalomanía embauca). Basta con poner al país a trabajar en un objetivo común, a gran escala, capaz de movilizar recursos en cantidades ingentes.

En realidad todo parece indicar, datos y teoría, que esto no fue así. Lo que hacen los gobiernos en tiempos de guerra es comprometer la riqueza de sus ciudadanos en la empresa bélica. Redistribuye recursos, expolia y asigna arbitrariamente, impide otras inversiones movilizando todo en un tipo de inversión concreta. La demanda de dicha inversión procede del deseo de sobrevivir, bien de la población, bien del régimen expoliador. Las consecuencias son diversas: por un lado el terrible coste de oportunidad, lo que se deja de hacer en otros ámbitos por sostener la guerra. Por otro lado el despilfarro de recursos, propio de toda operación planificada por autoridades centrales. Los beneficios, en su caso: la paz y la supervivencia, pero también algún avance tecnológico con aplicación civil, como el desarrollo de la aviación, ciertos motores, formas de comunicación, etc.

Cuando la guerra termina se acabó. La dimensión tomada por su industria deviene desproporcionada. La actividad cae en picado (ya no hay batallas ni renovación de material), todos los soldados vuelven a casa en busca de un nuevo empleo. La guerra no es en sí misma el revulsivo que puede sacar a una economía de la recesión. El chute, por así decirlo, es finito, se circunscribe a lo que dure la guerra. Las oportunidades viene después… o no.

En el caso de la II guerra mundial sucedió como sigue: el mundo de posguerra, a pesar del avance del comunismo sobre Europa del este (uno de los grandes errores de Roosevelt), abrió un escenario de oportunidades que en muy poco tiempo se manifestó en forma de comercio internacional. De los despojos de la guerra emprendedores como Onassis hicieron sus fortunas: compró los barcos de transporte del ejército americano, aparentemente inútiles, y los puso a circular por el mundo moviendo mercancías. Fue eso y no la guerra lo que salvó al mundo de que la depresión continuara. Un shock real, un cambio radical en las circunstancias, la explosión del comercio internacional.

Los amantes de la guerra y el gasto militar quieren ver en ella más virtudes de las que tiene: el beneficio de la guerra es la paz, no la guerra en sí misma. Si la paz no es provechosa, no hay beneficio útil, ni siquiera los avances científicos o tecnológicos que permitieron el desarrollo de la aviación o la producción de energía nuclear (por poner dos ejemplos importantes). De cada 100 dólares echados en la guerra, muchos fueron a satisfacer la necesidad de defensa y pacificación, otros tantos fueron despilfarrados, y dos o tres, creo yo, sirvieron en el futuro como inversiones provechosas en ingenios con aplicaciones civiles.

Ekaizer se equivoca si piensa que la recuperación llegará tirando de la demanda. El reajuste es necesario, sin él la situación corre el riesgo de enquistarse durante décadas. Y para que sea posible, lo que el gobierno debe hacer es quitarse de en medio, bajar impuestos y no endeudarse ni incurrir en déficit. La única salida es que crezca el ahorro para que la caída sea más leve y afloren los recursos necesarios para proceder a las inversiones que sentarán las bases de un nuevo crecimiento.

Artículos relacionados: Ahorro, deflación y guerra…

Saludos y Libertad!

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5 comentarios leave one →
  1. liberand permalink
    enero 21, 2009 1:18 pm

    Ya eres analista televisivo y todo jeje, oye está guay lo de las encuestas, me tienes que enseñar a ponerlas.

  2. enero 21, 2009 1:27 pm

    Personalmente me llamó la atenció cómo Sánchez Dragó evidenció el fin del intervencionismo de Ekaizer en la última frase del programa.
    Un saludo

  3. enero 21, 2009 2:15 pm

    Toda la razón. Espero que mi comentario sobre Dragó no se interprete con dureza, es un tipo que me cae muy bien, pero creo que en más de una ocasión saca la patita del tiesto y se muestra un pelín elitista y arrogante. Por lo demás, dejó en evidencia a Ekaizer delatando que la única vía para movilizar los recursos en la medida que él (Ekaizer) pretende, es una guerra, o una locura por el estilo (ejem).
    He enlazado un artículo en el que comenté el tema con má detalle.
    Saludos!

  4. enero 22, 2009 12:24 am

    Muy buen post.

    “El reajuste es necesario, sin él la situación corre el riesgo de enquistarse durante décadas. Y para que sea posible, lo que el gobierno debe hacer es quitarse de en medio, bajar impuestos y no endeudarse ni incurrir en déficit”.
    Me gusta así, a pelo, en clarito, el planteamiento. Económicamente, perfecto. Lástima que dejar que ese reajuste vaya por libre tenga un coste humano semejante. Y lástima, también, que si el Gobierno hiciese eso precisamente, los “liberales del PP” tendrían ya todas en la mano para decir “el gobierno no hace nada”. Osea, que lo veo imposible.

    Oye, sobre Dragó. A mi también me caía muy bien (hace que no le veo), pero seamos honestos hombre, “un pelín elitista y arrogante” no le va. Es el tipo más elitista y arrogante de las letras españolas, así a secas. No es malo que te caiga bien un tipo que, en el fondo, anhelaría ser un “intelectual progre”, y que tiene, sobredimensionados, todos los defectos que le sobran a los, tan odiados por estos lares, “intelectuales de izquierdas”.

    Negro sobre blanco,
    An.Prime

  5. enero 22, 2009 12:36 am

    Te aseguro que el coste humano, como tú lo llamas, va a ser todo él responsabilidad de todas y cada una de las trabas que levante el Estado contra el reajuste espontáneo… y tiene muy mala pinta.
    Saludos!

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