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Rezuma progresía

febrero 12, 2009

En su comentario de la coyuntura económica, en sus críticas y propuestas, rezuma la progresía una sarta de falacias y sofismas que merecen ser condensadas y explicadas brevemente en un post. Intentaré ser sucinto y espero la ayuda de todo el que estime en mi relato un olvido imperdonable, o mejor, tenga a bien incluir sus comentarios y aportaciones.

 

Desprecio público y estético por la querencia crematística: utilización literaria o discursiva del dinero como bestia negra, bien corruptor, objeto que levanta los peores instintos: avaricia, codicia… (os suena, no?). Codicia como enfermedad mental, despreciable y atribuible solo a quienes participan en el mercado.

 

La fe ciega en las posibilidades del Estado de lograr los resultados propuestos. Desprecio por las teorías y evidencias sobre el orden espontáneo, el muto ajuste individual y la libre persecución individual de fines particulares. En su discurso profundamente acientífico asumen con ingenuidad y arrogancia la capacidad racional de prever consecuencias y garantizar resultados.

 

Elitismo acérrimo: es propio del progre pavonearse con simpatía entre las masas apostando por propuestas y medidas que redundan en mayores dificultades para aquellas. Mientras tanto persiguen esos fines crematísticos que estéticamente desprecian, hacen todo lo posible por forrarse y adoptar prácticas propias del más frívolo potentado. Elitismo intelectual, creyéndose desde las letras, las artes o la interpretación, paradigma absoluto de la inteligencia y la racionalidad. Vanidad que les mueve a sentirse como los únicos legitimados para gobernar al pueblo, ignorante, aborregado y tentado por la superstición…

 

Atribuyen todos los defectos que son propios del hombre, como ya hemos visto, a la libre persecución de fines particulares. El mercado libre torna en sede de maldades, engaño y codicia. El Estado es indultado por completo, como una nueva deidad despersonalizada, artificial, artificiosa, mecánica, perfecta, racional, impecable y capaz de planear un mundo perfecto, armónico y ajustado.

 

Toda esta artificialidad, esta imaginería híper racionalista, lleva a una mentalidad profundamente inmoral, arrogante, que estima adecuado tomar decisiones críticas que afectan a principios y valores fundamentales, con la ligereza del juicio estimativo, pragmático. Un criterio ad hoc que rampla con todo e impone su visión ridiculizando el debate sereno de quienes a pesar de ser caprichosa y ajenamente incluidos en el bando fundamentalista, pretenden solo mantener viva la coherencia de principios que hace posible la convivencia entre individuos libres en mutuo reconocimiento. Esto, que es la esencia misma de la Ética, queda postergado al extremo por una ideología voluntarista que todo lo decide según le vengan dadas o se ajuste más a una pose cuidada y frívola.

 

Resumiendo: gentes hipócritas y elitistas, arrogantes y carentes de rigor científico en el análisis de la realidad, dolientes de una necesidad miserable de adoptar poses calculadas, con indiferencia de qué principio o qué parte de la libertad ajena. Arrogantes que creen posible coordinar la sociedad con efectos preestablecidos siempre con total eficiencia. Arrogantes que presumen el destino del progreso y trazan rutas a priori desprovistos de la información (que no está dada) y de la capacidad para comprenderla. Descreídos vanidosos que confían ciegamente en el Estado, como deidad laica todo poderosa animada por un intelectualismo que se les escapa y del que dicen ser exponente cualquiera capaz de destacar ante el populacho por hilvanar cuatro palabras, escenas o notas musicales (aun cuando sean unos ignorantes en ciencias sociales)…

 

Estos son los males que nos llevan al estado de cosas en el que estamos. Habitan en nuestro interior y son harto complicados de reducir o expulsar. Son los males de una sociedad repleta de personalidades orgullosa, que negando lo divino aspiran a ocupar su puesto. El que vive sin fe, o funcionalmente descreído, debería ser quien más cerca estuviera de la comprensión del orden social como algo libre, ingobernable, coordinado de forma espontánea, en el respeto de la libertad y la persecución de los fines particulares. Sin embargo son en su mayoría estandartes de esta arrogancia insana que tantos males y sufrimiento ha provocado.

 

Hayek, que no es sospechoso de reaccionario ni meapilas, dejó en última obra recogidas estas y muchas más ideas: La Fatal Arrogancia. Quien fue su gran adversario teórico, Keynes, adolecía terrible y llamativamente de todos estos males. La elección es simple. Está clara cuál es la apuesta de tanto ignorante que ahora clama con soberbia y descaro por el zafio economista y su memoria.

 

 Saludos y Libertad!

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