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The reader, grados de autoría y heroicidad

febrero 20, 2009

El domingo pasado fui a ver The reader. Es una gran película de una buena historia. Dos son los ámbitos de de reflexión, o eso creo: la historia de amor es desgarradora, ejemplo de cómo una persona puede destrozar o condicionar el resto de la existencia de otra. En ese sentido sobrecoge el poso dejado por una mujer (Kate Winslet) tan simple, tan huraña e incapaz de expresar sentimientos, en un adolescente al que dobla la edad y que por muchos años que pasen, un verano de amor, termina por afectar al resto de su vida.

Pero ese no es tema para este blog. Vayamos al otro espacio de comentario. Sin desvelar nada que perjudique a quienes todavía no hayan visto el film, la historia cambia por completo cuando el adolescente, ya estudiante de Derecho en la universidad, asiste a un juicio contra antiguos miembros de las SS, descubriendo entre las acusadas a su amante, a la que no veía desde aquel verano.

Los hechos, sucedidos durante la segunda guerra mundial, ubican a la protagonista en uno de los ámbitos más discutidos del Derecho Penal: la autoría y el grado de responsabilidad personal por los actos ejecutados de acuerdo con órdenes procedentes de una autoridad militar. La obediencia debida y su contrapartida en tiempos de guerra (posiblemente la pena de muerte, dependiendo de la orden incumplida), colocan a los soldados rasos o agentes sin mando en una difícil posición cuando se trata de dilucidar su presunta autoría, complicidad o colaboración necesaria con los resultados lesivos alcanzados. En función de su situación en la escala de mando, o analizando las circunstancias específicas de cada caso, siempre resulta controvertido emitir un juicio al respecto.

Más allá del horror nazi, o de la historia que se cuenta en la película, es una buena oportunidad para tratar temas límite y sobre los que parece casi imposible ponerse de acuerdo. En situaciones donde el crimen es menor y la sujeción menos intensa, los matices parecen importantes. No es igual verse inserto en una estructura militarizada, con los efectos que tendría tratar de evadirse en el cumplimiento de una orden directa, o la imposibilidad, en su caso, de abandonar la formación sin gravísimas consecuencias. La guerra o los regímenes totalitarios son extremos donde la heroicidad es minoritaria y excepcional. El valor personal hace que solo los íntegros y los locos superen el estado de coerción al que se ven sometidos.

Conspirar contra la vida de Hitler no es la misma cosa que tratar de evadir impuestos. Luchar por la libertad, en todo caso, pero más cuando pende sobre uno la égida de un dominador arbitrario (el Estado, por ejemplo), exige conductas positivas, ejemplos de determinación, pero admitamos que no todos los costes son asumibles dadas las circunstancias. No es igual la intensidad coactiva padecida en ambientes de violencia expresa, que la sibilina dominación a la que someten los actuales Estados. La búsqueda de la legitimación y la aquiescencia popular han sido las grandes lecciones aprendidas por el estatismo contemporáneo. Su sostenibilidad depende del fanatismo, el culto al líder, un enemigo exterior, la sensación de seguridad en contraposición al presunto caos reinante en caso de no existir, o la estrategia de moralización de sus causas y la distorsión del efecto de su dominio.

En una sociedad de propietarios, con límites, pero propietarios a fin de cuentas, una sociedad de ocio, de cierta satisfacción, donde los límites y privilegios se perciben siempre al revés, al margen del Estado y su entidad, pocos son los valientes que se atrevan a desafiar su imperio. Participar en el reparto del expolio, beneficiarse de esta o aquella partida presupuestaria, pueden parecer conductas contradictorias para el que se dice liberal. De igual forma, se funcionario del Estado, podría parecer lo más avieso y traidor que podría llegar a cometer un presunto liberal.

En realidad no es así. La integridad se demuestra andando, pero no en cualquier momento o situación: el funcionario liberal no tiene porque ser un hipócrita si llegado el momento fuera favorable a la desaparición de su ministerio o ente público, con la consecuente pérdida de su puesto de trabajo. El liberal pero escrupuloso pagador de impuestos demostraría su integridad, no en el fraude o la evasión, sino en el momento en que se le exonerase de una carga impositiva asumiendo la pérdida de un servicio o una prestación pública.

Solo el que participa del entramado expoliador y coactivo y llegado el momento deviniera incapaz de “suicidarse” en los beneficios obtenidos, en la parte del pastel que le toca, puede ser considerado un hipócrita. El Estado que hoy padecemos no depende de su capacidad coercitiva y coactiva, sino de la aquiescencia general, de una opinión pública favorable. Es un aparato que inhibe la heroicidad dulcificando las formas y amparando expectativas que sacian en cierta forma nuestras aspiraciones vitales. A pesar de los pesares, lo prefiero al totalitarismo no democrático (lo que hoy vivimos es un totalitarismo democráticamente frustrante).

De una cosa he pasado a la otra, lo admito, pero así es como han llegado las ideas a mi mente. Os recomiendo The reader, y a poder ser, en versión original.

Saludos y Libertad!

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3 comentarios leave one →
  1. febrero 20, 2009 8:26 pm

    La Winslet me recuerda a Esperanza Aguirre. También está realmente buenísima.

    Saludos liberales

  2. febrero 20, 2009 10:32 pm

    Gracias por el review!

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  1. Penélope, su Óscar y el proteccionismo « LA LIBERTAD Y LA LEY

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