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Inflacionismo. Con la que está cayendo, y la que se nos viene encima

marzo 1, 2009

Es la hora de desbarrar y sacar el inflacionista que llevamos dentro. Krugman lo hace con descaro, pidiendo a su Presidente del cambio un endeudamiento público prácticamente ilimitado. Qué más da, al final el montante final, o gran parte del mismo, acabará monetizado a través de la Reserva Federal, que adquirirá los títulos de deuda pública a cambio de nuevo dinero. La contracción crediticia y la caída del consumo empujan las tasas oficiales de inflación hasta el cero o niveles negativos.

La maquinaria de distorsión y manipulación estatista se abalanza de inmediato sobre la opinión pública tratando de inocular la testaruda certeza de que la deflación será el origen de todos los males. En realidad, la apreciación del dinero, o el desinflado de los precios, con mayor intensidad aquellos que protagonizaron burbujas especulativas, es el mejor síntoma de recuperación. Lo importante es no caer en una espiral deflacionaria capaz de descomponer la estructura de señales que hacen posible el cálculo económico y la iniciativa empresarial. Eso no sucedería si los gobiernos dejaran hacer, no se entrometieran en absoluto y el reajuste necesario adoptase los tiempos y las formas con espontánea capacidad coordinadora.

El estatismo aplaude la inflación porque sin ella el Estado se habría quedado en ciernes, constreñido y limitado, incapaz de emprender sus proyectos de cambio social, planificación económica, guerra e invasión. El Estado extirpó el dinero del proceso social, impuso un tipo de dinero fiat, de confianza, no convertible, bajo una pretendida planificación dirigida por la banca central. El sistema bancario, incluidos los agentes privados que no sin limitaciones y extensas regulaciones participan en el sector, no es un mercado libre en absoluto. Todo lo que en él sucede es consecuencia directa de una política pública, una arbitraria decisión adoptada desde el gobierno o el banco central.

El gobierno siempre se equivoca en la dosis, es imposible calcular a priori los efectos que tendrá una variación en la cantidad, la oferta o la demanda de dinero en relación con las valoraciones subjetivas de los individuos, que al final, son el fundamento del valor del dinero.

En la situación que vivimos, donde la contracción crediticia arrecia a la par de un hundimiento del consumo, el Estado se cree habilitado para irrumpir con fuerza y determinación. Gasto público financiado con cargo a una deuda captada en los mercados de fondos prestables, en competencia directa con el resto de agentes privados. La asignación de dichos recursos en sectores concretos, normalmente los más sobredimensionados, cuya liquidación resulta indispensable para proceder al reajuste.

“Cuando los gobiernos no estiman necesario acomodar sus gastos a sus ingresos y se arrogan el derecho de enjugar el déficit por medio de una emisión de billetes, su ideología es simplemente un absolutismo disfrazado” (Mises 1912)

Esta situación sucede de forma sincrónica a la necesidad presente en todas las entidades bancarias de recomponer sus balances y sanear ineludiblemente su solvencia. Al mismo tiempo cae la actividad, la demanda se desploma, el consumo se resiente y los precios, no ya de los activos hipertrofiados, si no del resto de bienes, empiezan a dar las primeras señales de deflación.

“La inflación se convierte en el recurso psicológico más importante de cualquier política económica cuyas consecuencias haya que ocultar” (Mises 1912).

 Con todos estos mimbres el gobierno siente tener vía libre para darle a la máquina de impresión, monetizando el déficit, inyectando cantidades ingentes de nuevo dinero, procurando compensar o sustituir la incapacidad del sector financiero de volver a expandir el crédito a pesar de los bajos tipos de interés. La distorsión de la que es capaz el poder público a través de estas políticas resulta terrible. A su alcance parece estar casi cualquier meta. El gasto encuentra siempre respaldo, como deudor sale ganando al sentar las bases de una depreciación constante del dinero. Todo parecen ventajas, no hay ningún inconveniente. Los inflacionista, como Krugman, no ven ninguna preocupación en el horizonte: sistema nacional de salud, grandes infraestructuras, un hombre en Marte, otra estación espacial, y si resultase necesario, un par de guerras más…

“Únicamente es posible imponer altos tributos cuando los que soportan la carga de los mismos están conformes con los fines en que han de invertirse los recursos así obtenidos. Hay que observar que cuanto mayor sea la carga fiscal más difícil será engañar a la opinión pública con la posibilidad de gravar a la pequeña clase de los más ricos con el peso de la carga tributaria!” (Mises 1912).

A pesar del gobierno y de sus desmanes los distintos agentes, todos nosotros, lograremos recomponer nuestra situación personal, advertir desajustes como oportunidades de ganancia, aprovechar precios ventajosos, ahorrar e invertir en sectores prometedores… el mercado siempre sale adelante por muy pesada que sea la losa del estatismo inflacionista.

Pero de esa capacidad de recuperación pude llegar el desplome definitivo. En cuanto la demanda se estabilice, la inversión recupere brío y fuerza, y el crédito comience a fluir y el dinero adquiera velocidad, tocará pagar las tropelías cometidas por el Estado: llegará la hiperinflación. Las circunstancias pueden ser muchas y los efectos destructivos muy variados; puede que haya suerte y no caigamos en el abismo, pero las políticas anticrisis que dominan el panorama no solo frenaran la recuperación, sino que cuando esta empiece a asomar, a pesar de las mismas, como un boomerang sus consecuencias impactarán de lleno contra la nueva senda de crecimiento.

“!Fiat dinero! ¡Que el Estado cree dinero, y así haga rico al pobre y le libere de las garras de los capitalistas! ¡Qué locura desdeñar la oportunidad que proporciona al Estado su derecho a crear dinero para hacer a todos ricos y por consiguiente felices! ¡Qué equivocación desperdiciar esa oportunidad únicamente porque iría contra los intereses de los ricos! ¡Qué perversidad la de los economistas al asegurar que no está dentro del poder del Estado crear riqueza por medio de la máquina de imprimir! Vosotros, hombres de Estado, queréis construir ferrocarriles, ¿y os quejáis de la mala situación del Tesoro? Bien, entonces no mendiguéis empréstitos de los capitalistas ni calculéis con ansiedad si vuestros ferrocarriles os producirán bastante para pagar el interés y la amortización de vuestra deuda. ¡Cread dinero, y ayudaros vosotros mismos!”.

Parece Krugman lanzado sus proclamas semanales en su esmerado esfuerzo por convertirse en el susurrador oficial de Obama. Pero no, en realidad es un Mises irónico escribiendo en 1912.

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4 comentarios leave one →
  1. jjmercado permalink
    marzo 1, 2009 1:30 pm

    Ya nos advertía Hayek del peligro de los economistas al uso: buscan la utilidad inmediata, que sólo depende de la influencia, que sólo se logra con el abandono de los principios y el abrazo a los políticos de turno o grupos de interés más poderosos.
    Si además uno no tiene principios o, en base a prejuicios instintivos, es incapaz de razonar y reconocer errores, llegamos a una situación como la del amiguete Krugman, que encima anda dando sus discursos bajo la dorada nube del Nobel.

  2. MIGUEL permalink
    abril 28, 2009 2:58 am

    … EL PARAGUAS ESTA MAL PUESTO!!!

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  1. Krugman se olvida de casi todo para no acordarse de sí mismo « LA LIBERTAD Y LA LEY
  2. Deflación que delata « LA LIBERTAD Y LA LEY

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