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Pleno empleo

marzo 3, 2009

Hace unos meses, caminando por Madrid, escuché (no pude evitarlo, el tipo era histriónico) un retazo de conversación telefónica donde se dijo una lapidaria frase: “No somos socialistas, nosotros no queremos el pleno empleo”. Bendita barbaridad, pensarán muchos, pero ¿qué pretenden estos supuestos no-socialistas, paro y desesperación? Como alarde teatral en plena calle, buscando la atención del resto de transeúntes, no puede pedírsele más. Quizá un breve explicación, y para eso estamos.

Ya se lo propuso Aznar dentro de la vorágine del “España va Bien”. Zapatero convirtió el objetivo en proclama electoral hace apenas un año. La crisis económica ha truncado la falaz perspectiva de un mercado laboral en “pleno” empleo dentro de un sistema de intervención tuitiva como la existente en nuestro país.

Hay dos formas fundamentales de concebir el mercado laboral: desde una perspectiva de libertad de contratación y ausencia de límites, privilegios o barreras de acceso; y desde un punto de vista forzadamente tuitivo, donde se preconiza la protección de la parte más débil (el trabajador), logrando efectos perversos en nada coherentes con la primera intención.

Los sistemas de regulación laboral e imposición de sistemas de seguridad social estatal, del tipo concreto que sea, pueden parecer beneficiosos para quien trabaja, pero en realidad arrastran unas consecuencias trágicas para todos, no solo los desempleados. Un mercado de trabajo regulado impide el ajuste, distorsiona la libre fijación de precios, descoordina a los agentes en sus particulares cursos de acción e impide que todo el potencial de una economía produzca sus frutos. Sin embargo el sistema trata de ocultar los perjuicios generados, proyectando una imagen de seguridad y dedicada atención al desfavorecido, al parado perenne, al que directamente ni lo intenta, a quien se encuentra en límites de marginalidad laboral siendo incapaz de planificar mínimamente su existencia con algo de certidumbre.

La regulación laboral impide el ajuste. El Salario mínimo deja sin trabajo a millones de personas. Todo ello contribuye a una menor tasa de actividad frenando la pujanza empresarial de la sociedad. Desincentiva la búsqueda de oportunidades colocando una cantidad excesiva de recursos en la ociosidad. El resultado es obvio: menos riqueza a repartir. Cree el que trabaja, más el sindicado, que su situación es beneficiosa, a pesar del coste social que arrastran los dependientes. Nada que ver: trabajamos para mantener a los que no lo hacen. De nuestra renta se nos expropia la mitad para sostener un sistema de redistribución que es al tiempo responsable de la propia necesidad, de la dependencia misma.

El pleno empleo en escenarios de intervención, como objetivo de política pública, proactiva y posibilista, tiene dos versiones: en situaciones de bonanza económica la actividad supera los límites convirtiendo el salario mínimo, los costes de contratación y despido, o el coste de seguro, en barreras fácilmente franqueables. Para lograr esta bonanza, dado el peso del Estado y las trabas previas, solo hay dos vías: inflacionismo o causas exógenas. En España hemos vivido una década de crecimiento inducido por el dinero fácil y abundante, una redistribución masiva de la riqueza y una catarata insostenible de malas inversiones y sobredimensionamiento sectorial.

La otra versión, normalmente acompañada del tipo de políticas públicas requeridas en el caso anterior, es la imposición total de la inversión estatal u orientada en fines estatales. Esa parece la estrategia adoptada para combatir el paro y la crisis que vivimos. En su momento, con un objetivo claro, fue la adoptada por Hitler en sus políticas activas de empleo de corte profundamente socialista: en su caso el objetivo fue organizar una guerra, preparar al país en infraestructuras, formación y armamento. Durante años reasigno recursos llevando toda la riqueza y el potencial alemanes hacia un solo objetivo: el pleno empleo y la hegemonía mundial.

No sabemos si Zapatero pensaba en alguna de estas alternativas cuando hace un año, mintiendo con descaro, prometió el Pleno empleo a los españoles. Una guerra es capaz de generar la ilusión de movimiento y actividad. Una imagen que deviene insostenible y que genera resultados “positivos” en la medida que la paz lograda consolide situaciones o innovaciones útiles en un escenario de libertad.

Me temo que Zapatero no tiene opción si lo que quiere es conseguir el Pleno Empleo: o libera el mercado o nos enzarza en la preparación del renacimiento español como potencia hegemónica mundial. Que elija pronto, hay mucha gente pasándolo mal.

Saludos y Libertad!

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