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Una lucha diaria

marzo 30, 2009

Quien haya cogido el metro de Madrid está mañana, a eso de las 8:00h, habrá sufrido en sus carnes la violencia generada por el sindicalismo español. Huelga lo llaman, derecho fundamental y no reconocido privilegio para imponer escenarios de conflicto, y en su caso, si de la normal prestación del servicio comprometido depende el transporte matutino de millones de viajeros, agredir con total impunidad a meros usuarios.

No sé lo que reivindican esta vez, es probable que entre otras muchas cosas la motivación principal sea la cabeza de Aguirre. Ya lo dijo el nuevo jefe comunista (IU) de la tribu madrileña, cuyo nombre no recuerdo ni quiero: todo su trabajo debe concentrarse en hacer que Aguirre se vaya. No buscan el vuelco electoral, que tanto atolondrado encantado con su metro, público, su sanidad, pública, y su educación, república, cambie su opción electoral con fundamento. Pretenden el kao, un derribo incontrolado, apuntar a las rodillas, rasgar tendones y ver cómo se desmorona el ego de la lideresa: democracia pura y dura, o eso creen.

Unos huelguistas que en tiempos de crisis piden “mejoras” en las condiciones de trabajo. Claro, nadie quiere perder su puesto, pero si además, dada las turbulencias y lo sensible del sector (transporte colectivo), hacemos un Sepla y secuestramos a la ciudadanía a golpe de brazos cruzados y piquete informativo, quizá matemos dos pájaros de un tiro (pensarán).

Es responsabilidad de todo político que aprecie mínimamente la libertad individual despedazar a los sindicatos: Aznar no lo hizo, ganó una huelga general pero se amilanó. Esperanza tampoco parece dar la talla: todos a la calle, por Dios, y el metro privatizado en condiciones: el precio, en forma de devoluciones a los ciudadanos que soportamos la subvención del servicio. Los compradores, a poder ser empresas que no vivan ya al cobijo del Estado, sus decisiones arbitrarias, el amiguismo político o los sectores improductivos pero subvencionados.

La lucha diaria se recrudece entre maleducados e ignorantes que ven crecer su desconsideración y ánimo abusivo en situaciones de gran escasez. El sindicalismo saca lo peor de todos nosotros: nadie deja salir, pocos se apartan, la gente se aferra a las puertas y no pasan hasta el fondo. Pasillos atestados donde nadie va por la derecha. Asilvestrados que se indignan y bloquean la entrada con un “no cabe nadie más”. Pero es no hay alternativa: en coche, atascazo, en autobús, el triple de tiempo para llegar al mismo sitio. El metro de Madrid, vuela, como reza el eslogan, pero muy a pesar del sindicalismo que promete condenarnos a la miseria moral y económica.

Las reglas de cumplimiento voluntario, esas que seguimos sin apenas darnos cuenta, y que en situaciones como la urbanidad, son fácilmente comprensibles y explicitado su amplio contenido en breves enunciados, son la base de la paz social, del fluir eficiente de personas. La mayoría disciplina su comportamiento y hace más fácil la interacción entre desconocidos, el tráfico por las redes de concurrencia colectiva. De esa calma inestable viven los salvajes que olvidan lo que saben, o directamente nunca interiorizaron semejantes reglas.

En general la gente relaja su consideración por el prójimo y olvida las pautas que hacen más fácil la convivencia. Si a esto unimos la contribución del socialismo sindicalista, imponiendo voluntades y forzando situaciones límite, no será difícil que los conflictos aumenten en número e intensidad.

Saludos y Libertad!

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3 comentarios leave one →
  1. liberand permalink
    marzo 30, 2009 3:57 pm

    Suerte de mí que no tengo que coger el metro en horas punta.

  2. marzo 30, 2009 7:45 pm

    Yo lo he vivido esta mañana. Y el miércoles me toca de nuevo, así que escribo desde la más desaforada indignación, en caliente, con ganas de morder y destrozar, sin apelaciones a la calma.
    Porque después de la experiencia, un inicuo sindicalufo (valga la redundancia) nos decía esto en la radio:
    – “Nosotros no queremos que pasen estas cosas, pero la culpa es de la dirección, que no se aviene a nuestras propuestas. Es la dirección del Metro la que no respeta a los trabajadores madrileños”.
    En ese momento las comisuras de mis labios comenzaron a llenarse de espuma. Faltaba lo mejor:
    – “Queremos una subida lineal de 180 € a cada trabajador”.
    Para alguien que gane 1800 €, que no está nada mal, significa un 10%. No es una subida, es un cohete. No aclaró como coño se puede justificar un aumento cinco veces superior al IPC, pero imagino que los sindicalufos tienen elevadas razones que no pueden compartir con los mortales.
    Como bien dices, la situación que han provocado estos ladronzuelos saca lo peor de nosotros mismos. A lo mejor ese es el secreto de su relativo éxito, o al menos de la comprensión que los sufridos usuarios parecen demostrarles. Yo no me lo creo demasiado. Todos espuman tanto como yo, pero a la hora de hablar nadie quiere quedar como “antisindicalista” y, sobre todo, como “insolidario”. Porque han creado un clima en el que ser solidario es asentir a sus bobadas, pero de la paciencia de la gente que los sufre nadie se acuerda.
    A lo largo de la mañana ha habido más perlas teóricas. En todas ellas, no obstante, la obsesión es “el pueblo de Madrid tiene que comprender que esto no lo hacemos por gusto, que nosostros sentimos la situación…”. Maldito hipócrita: si de verdad te importara el pueblo de Madrid, como tu le llamas, no harías huelga en un servicio público esencial, monopolístico y carente de alternativas. Si las hicieras, no debería ser en las horas punta, cuando más gente demanda el servicio y el daño será mayor. Si de verdad quieres no molestar a los ciudadanos, haz la huelga cuando no haya nadie.
    Porque lo que el idiota malicioso de la ogeté parece no saber es que la dirección contra la que clama no se juega nada. El Metro lo paga él, igual que yo, igual que todos. Nadie ha puesto un capital, nadie arriesga nada, nadie tiene que contentar a nadie para que se decante por su oferta.
    Em cualquier caso, más calmado, creo que las huelgas con rehenes en los servicios públicos deberían ser radicalmente limitadas, si no prohibidas.
    Un saludo.

  3. marzo 30, 2009 10:14 pm

    Amen!

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