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La cena de los idiotas

abril 3, 2009

La reunión del G20 nos ha dejado estampas simpáticas de sus dirigentes, un Berlusconi a la boloñesa cachondeándose del mismísimo Obama, a la señora de este amagando la espalda de la Reina, a la Reina correspondiendo con torpeza el gesto, a Zapatero abandonado con su sonrisa, “I don´t speak english”, declarando sin complejo el subidón experimentado ante el nuevo presidente de los EE.UU, una cena servida por Jamie Oliver, un banquete con toda la pompa y boato de la corte de los Windsor…

Ah, y unos acuerdos cargados de voluntarismo y metralla con la que agravar los inevitables efectos del reajuste. La verdad es que resulta muy difícil dejar de pavonearse cuando uno entiende y defiende la mejor y más certera explicación teórica de las fluctuaciones cíclicas, sus causas endógenas e irresolubles consecuencias. Tras un primer momento donde el discurso se demuestra poderoso y contundente, pudiendo traer a colación a Böhm-Bawerk, Mises, Hayek o Huerta de Soto, afloran las dudas en el auditorio, sea este grande o pequeño. ¿Si tan clara está la cosa, por qué diantres no se emprenden las medidas que venden los Austriacos como vías de solución?

Ante semejante cuestión a uno se le abren dos vías de escape: hacerse el incomprendido, el raro y elitista (todo el mundo es gili menos yo), o una mejor, buscar una causa fácilmente comprensible y que aclare esta duda más que razonable.

Tras la cumbre del G-20 podemos apreciar conclusiones y acuerdos en los que todos, salvo las discrepancias escenificadas en un principio, están siempre de acuerdo. Son los gobiernos quienes deben reactivar la economía. Es su responsabilidad, pero es que además lo consideran falto de alternativa, inevitable y deseable, por justicia social, equidad, o lo que quiera que pretendan vender al populacho embebido entre foto, despliegue y sonrisa carismática.

Pero no se trata de una creencia fundada sobre un evidente error intelectual. No es solo ejemplo de la tan comentada ilusión sinóptica que tendemos todos a padecer. Su mera existencia, la de tanto político y líder nacional e internacional, depende de la sencilla oposición entre dos posibilidades: el orden espontáneo de mercado libre mutuamente ajustado o el dirigismo estatista totalitario que sirve despacho, mandato y cetro a tanto megalómano, negro, blanco, chino o mulato.

Las medidas fiscales de estímulo, la manipulación de la oferta monetaria alterando señales y resortes como los tipos de interés o la cantidad de dinero y sustitutos monetarias en circulación, son tan voluntaristas como activas. Positivas y dependientes de la determinación de algunos, insertas dentro de una estructura que trata de suplantar al orden social mediante la imposición de reglas, fines particulares y estrictos límites. Decir que esta crisis es fruto de la mala o deficiente regulación así como de los bajos instintos de esos fieros capitalistas que ahora tratan de salir airosos, no es más que la propaganda y la excusa para reactivar la edificación de un estado fiscalizador e implacable.

Si los líderes del mundo deciden incautar el ahorro disponible de forma abusiva (respaldados con su poder de expolio tributario sobre esta y las próximas generaciones, por los siglos de los siglos…), como ya hemos visto en otros escritos, no harán sino poner trabas al reajuste sostenible de la economía. Acaparando para sí recursos, evitando que estos sean asignados en los usos más valorados por un mercado libre y competitivo, incurrirán los Estados en despilfarro, gasto ineficiente, destrucción de riqueza, y lo que es casi peor, amancebamiento social y pugna política por el botín. Ante un panorama de menos actividad muchos serán los que pidan para sí una parte del pastel. Colectivización de intereses y violencia desatada son los únicos escenarios posibles.

Si en vez de acudir al mercado de capitales tratando de acaparar el ahorro mundial para saciar sus descontrolados incrementos de déficit y deuda, echan mano de la inflación, la más vieja de las tretas estatistas, los efectos serán similares en agotamiento, desajuste y obstáculos para la recuperación, pero además introducirán perturbaciones de consecuencias terribles a medio y largo plazo. Darle a la máquina de imprimir billetes y dejar los tipos cercanos al cero harán caer el valor de cambio objetivo del dinero, produciendo una redistribución masiva de la riqueza desde todo aquel que tenga saldos monetarios en su patrimonio (todos) hacia aquellos que logren recibir el nuevo dinero en primera, segunda o tercera posición. Pagaremos de forma silenciosa aunque presumiblemente escandalosa (dado el volumen de las inyecciones hechas y prometidas) viendo como nuestros ahorros y rentas pierden poder de compra frente al resto de bienes. Mientras tanto el gobierno sanea sus finanzas, hace frente a sus necesidades de gasto y privilegia aquellos sectores que primero reciben el dinero recién impreso.

Sea como fuera, y siguiendo con la idea inicial de este artículo, los políticos y gobernantes se presentarán ante el populacho como aquellos activos dirigentes que no paran de hacer y gastar por el bien de todos. Sus dotaciones presupuestarios se convertirán en dulces tentaciones para unos y otros. Ayudas y subvenciones caídas desde el cielo bajo un halo de gratuidad y falta de consecuencias sobre el patrimonio del resto, capaces de convertir una sociedad dinámica en un grupo de pedigüeños apalancados.

Y por fin, como siempre ha sucedido, la libertad (la que quede) se abrirá camino y permitirá los ajustes necesarios. La economía mundial saldrá adelante gracias a los resquicios vislumbrados entre la maraña de expolio e intervención. Todo saldrá a flote mientras que esos mismos políticos, únicos responsables tanto de la larga agonía como de las causas de la crisis, se apuntan uno tras otro todos los aparentes tantos conseguidos. Quien no actúa difícil tiene atribuirse el mérito, aunque sea irreal, mera apariencia y propaganda. Obama relatará cada una de las medidas adoptadas como clave del éxito contra la crisis. Zapatero editará un Plan E de bolsillo, a lo Mao, para que todos los españoles podamos agradecerle con euforia su bendito activismo.

Muchos son los que lo están pasando realmente mal en estos momentos. Y serán o seremos muchos más quienes veremos con toda la crueldad del mundo los efectos de un reajuste enquistado y en gangrena. Los responsables, esos mismos que posan y se pavonean de crisis en crisis. Ellos y el resto, no seamos ilusos. Un sistema, una convicción ideológica, que aboga por la indiscutible capacidad del Estado para favorecer situaciones que se estiman imposibles en un orden de mercado libre. Semejante falacia consume vidas y esperanzas, pero con una singular capacidad de adormecer la conciencias y la inteligencia de la gente. Poco a poco preferimos la falsa seguridad de la dependencia. Cerramos filas y entendederas. Nos creemos lo que nos dicen y si se nos ocurre manifestarnos, lo hacemos en contra de un monstruito que nadie ha visto en mucho tiempo llamado “Capitalismo”.

Saludos y Libertad!

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One Comment leave one →
  1. abril 3, 2009 10:11 pm

    Comparto muchas cosas de este post, pero el título es genial, no se puede calificar mejor.
    ¿Qué es lo que hay entre los Obama, mamá gnomo? ¡qué tía! no suelta el bolso ni muerta ¿qué llevará dentro?

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