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La falacia de Fomento

abril 11, 2009

Obras públicas que generan inversión, puestos de trabajo y ayudan a salir de la crisis. Esa es la consigna manejada por el Gobierno de España. Blanco sabe poco o nada de licitaciones y proyectos, no conoce los trámites, plazos o requisitos. Poco importa en realidad, podrían haber elegido a un lémur picarón y el rigor técnico habría sido incluso superior. Fomento será, en manos de Blanco, más que controlado por Maleni, un aparato de propaganda, despilfarro y redistribución de la riqueza.

Que un país en clara recesión se dedique a tender líneas de alta velocidad para unir poblaciones de menos de 500.000 habitantes, es, cuanto menos, un dispendio desvergonzado. Pensar que en momentos de reajuste, cuando lo fundamental es recomponer preferencias, dejar que los precios inflados regresen a niveles sostenibles y ahorrar poniendo a disposición de los emprendedores  recursos indispensables para iniciar una nueva senda de crecimiento con inversiones acertadas en ámbitos olvidados durante la exuberancia irracional, serán las faraónicas infraestructuras quienes nos saquen de atolladero, es un error sin paliativos.

No digo que todo proyecto sea innecesario, sino que su priorización no debe quedar condicionada por la cantidad de recursos que sea capaz de movilizar. Los 8.000 millones del plan para ayuntamientos pretenden eso: pequeñas obras, la mayoría poco o nada necesarias, pero capaces de generar más empleo que actuaciones más amplias donde cabe afinar en eficiencia. Este derroche tiene un origen claro: la riqueza de todos los españoles, cada uno de una forma distinta, pero en general representa una redistribución masiva de recursos. Se haga como se haga: vía deuda, compitiendo con los agentes privados por el escaso ahorro disponible; a través de mecanismos inflacionarios, hurtando silenciosamente valor de cambio objetivo de nuestros saldos dinerarios.

España será, si nadie lo remedia, el país como más kilómetros de alta velocidad del mundo. Es evidente que el trayecto entre Madrid y Barcelona, justo en el límite de la eficiencia del servicio en competencia con el avión, es una buena inversión. Curiosamente fue el Ave a Sevilla el que se terminó primero. Unir Madrid y Valencia sería otro ejemplo de infraestructura necesaria y rentable, pero no con el trazado proyectado, pagando el coste político de hacer parada en todas las capitales de provincia. Fomento no legará a los españoles el mejor uso posible de los recursos previamente expropiados desigualmente a todos ellos. Muchos disfrutarán injustamente.

En general, en la medida que las dimensiones o el diseño de la infraestructura hubiera dependido de criterios políticos, y no técnicos y económicos, todos saldremos perdiendo. Lo que sucede es que semejante pérdida actúa en silencio, atenuando las posibles señales, difuminando costes y padecimientos. La propaganda se encarga de vender la urgencia de la actuación y sus positivos efectos. Ver a un conquense tomando el Ave sobrecogerá los corazones de muchos españoles. Comparar estadísticas y ver a nuestro país en el primer puesto del ranking mundial en kilómetros de alta velocidad por habitante, llenará de orgullo y fascinación a tanto y tantos megalómanos de salita.

Blanco va a manejar un aparato de arbitraria asignación de recursos y dilapidación de riqueza. El Estado contemporáneo es totalitario, pero permeable y plural, admitámoslo. No todos son decisiones políticas para gloria o interés partidista de quien gobierne en cada momento. Consultores y empresas privadas pueden llegar a afinar la decisión, aunque también hacerla escandalosamente favorable a sus intereses empresariales, y no tanto resultado del libre juego de intereses particulares. El mercado es la única institución conocida capaz de garantizar que cada recurso tienda a ser asignado a los usos más valorados. El acierto no es perfecto, ni mucho menos, pero sí mucho más afinado que en manos del Estado, que tirando con pólvora ajena, comete tropelías que merman las posibilidades de una economía.

De la crisis no saldremos con deuda y gasto público. La mayoría de las aceras adoquinadas, las vías colocadas o los aeropuertos ampliados, no serán sino un agujero negro que una vez concluidos no dejarán nada, absolutamente nada con lo que hacer más productiva nuestra economía. Carreteras de tres carriles, de cuatro o de seis. Aeropuertos inmensos, puertos interminables, lujo ferroviario, viaductos, túneles infinitos, líneas de cercanías a pueblos de 1000 habitantes… Pan para hoy, y hambre, mucha hambre para mañana. Lo que hoy resulta indispensable para salir de la crisis será caprichosa e irresponsablemente incautado y asignado por personajes como Pepe Blanco (un tipo muy atractivo, por cierto… ;)).

Saludos y Libertad!

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4 comentarios leave one →
  1. abril 11, 2009 4:15 pm

    Montilla es Bachiller y Pepiño también es bachiller, con sueldo de órdago y responsabilidades que dan miedo que estén en sus manos. Mientras tanto licenciados, técnicos, con matriculas de honor en paro.

  2. Hiel permalink
    abril 11, 2009 11:34 pm

    Todas esas ‘inversiones’ no tienen otro objetivo que el de convertirse en ‘loctite’ con el que no separar los traseros de la clase política de sus poltronas, hecho deleznable por significar la ruina moral de lo poco que justificaría la existencia de un Estado.
    Ruina moral como la que muestra el ínclito de turno, que reduce el despilfarro y el hurto al personal con eso del título universitario, como si fuese la panacea de todo mal. Así nos va…
    Saludos.
    YO NO LE VOTÉ: ^^

  3. Mónica permalink
    abril 12, 2009 1:08 am

    Conviene llamar a las cosas por su nombre: eso no son inversiones (ya que en elllas no puede existir el cálculo económico) sino puro gasto, pura destrucción neta de capital. Se trata de, a base de favores políoticos y a través de un dibnero que aún no ha sido robado a la gente, mantener con respiración asistida a unas industrias que deberían quebrar. Y que, mientras más tarden en hacerlo, más se retrasará la recuperación económica.
    Pero el caso es mantener a las castas políticas y, de paso, a este analfabeto en el machito. Asco de país.

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