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Venido a menos?

abril 20, 2009

Pongámonos en situación: un empresario dedicado al mundo de la construcción, en general; lleva más de 10 años viendo aumentar su actividad, sus beneficios, su calidad de vida y su riqueza acumulada. Acomoda sus hábitos y costumbres a esta “nueva” situación de abundancia casi ilimitada. En su entorno más cercano sucede algo por el estilo. Todos sus amigos, de una forma u otra, ganan más y viven mucho mejor.

El constructor en concreto, llegada la crisis, ve como alguno de sus proyectos en las últimas fases de producción no rinden lo esperado. Los que se encuentran en fases anteriores devienen insostenibles. Visto lo cual decide detener su actividad, despedir trabajadores y dejar que el tiempo pase. Sus ingresos sufren una caída significativa pero que no llega a mermar su nivel de gasto personal y familiar: conserva un estatus social, sus hijos siguen asistiendo a un buen colegio, el precio de sus coches no baja de los 100.000 euros…

La bolsa se desploma y lo que antes cotizaba a 100 ahora lo hace a 55. Decide no vender y resistir pero calculando el valor de su cartera de acciones no puede evitar cierto desasosiego. Salta la noticia y resulta que sus inversiones en determinada entidad dedicada a la banca privada, como la de muchos de sus amigos y tantos millonarios españoles, resultan objeto de un fraude con dimensión mundial. No lo da fallido por completo, pero se resigna a que los casi increíbles dividendos no eran más que humo, y sólo humo. Su mala suerte no termina aquí, en su cartera de activos tiene una fuerte inversión en deuda del único banco dejado quebrar por las autoridades de cierta potencia económica. De nuevo, espera recuperar algo, pero su desesperanza no para de crecer.

El empresario ficticio que estoy usando de ejemplo ha parado la actividad de su empresa, vive de las rentas que le siguen proporcionando ciertas inversiones financieras e inmobiliarias. Todas ellas se han depreciado considerablemente desaconsejando su abandono mientras le sea posible. De su patrimonio depreciado deben restarse lo estafado y lo fallido. De 100 millones, entre unas cosas y otras, le quedan apenas 20.

Sigue siendo rico, pero no tanto. Cinco veces menos, para ser exactos. No cometió el error de cambiar sus hábitos de forma extrema, como si lo hicieron otros, gracias a lo cual hoy puede mantener el tipo y dar la sensación de que la crisis no le ha afectado en demasía. Sólo le queda la esperanza de que no lleguen tiempos mucho peores y tenga que empezar a desprenderse de activos por un precio inferior al que en su día pago por ellos.

Esta sensación de venida a menos no es tal. El empresario ficticio del que hablo se benefició directamente en la fase de exuberancia. Su sector recibió en primer lugar el impacto de la expansión crediticia. Entró en la burbuja bursátil en el mejor momento. Su patrimonio se disparó al igual que su actividad. Sus inversiones se revalorizaron sin interrupción. Quiso más y acudió allí donde se lo ofrecieron… Ni era especialmente avaro ni enfermizamente codicioso. No más que cualquiera; sencillamente adaptó su comportamiento a las señales y la información disponible en cada momento. Lo absurdo habría sido lo contrario. El beneficio era evidente. No fueron dichos vicios y pecados la causa de la situación de auge artificial y completa indisciplina en los mercados.

Después de la borrachera llega la resaca. Mirando hacia atrás los “errores” parecen evidentes. En un escenario en el que todo el mundo permanece embriagado, poco a poco, se pierden las formas y el respeto, se apuesta por lo imposible y parece que se gana. Situaciones en las que cae la responsabilidad de los agentes creciendo la infracción de las reglas que hacen posible la coordinación social propia del mercado más o menos libre.

Este señor llora por las esquinas su desgracia. Muchos le apuntan con el dedo mofándose de él, acusándole de ser el origen de todos los males atribuibles a la crisis económica. No se dan cuenta de que se trata de otra víctima, como ellos, como tantos y tantos parados expulsados de sectores previamente sobredimensionados. Como tantos y tantos compradores de viviendas que ahora se saben pagadores de un precio que ya no es el del mercado.

Todos son víctimas aunque lo más sencillo sea la mera claudicación frente a la propaganda estatista. Es el mismo error intelectual que originó la crisis el que inspira las falaces propuestas para salir de ella. Son los mismos que en su ingenua arrogancia quisieron resultados insostenibles, quienes ahora se postulan como los valedores de todo perjudicado, de toda víctima de esa codicia caprichosa de algunos… Lo que vivimos no es sino el triunfó del orden espontáneo frente al intento de suplantación emprendido por el estatismo. Desgraciadamente parece contraintuitivo para la mayoría, imbuida por sofismas y falacias que dudo puedan llegar a extirparse algún día.

Saludos y Libertad!

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4 comentarios leave one →
  1. abril 20, 2009 11:57 am

    Comparto todo lo que dices pero toda explicación queda automáticamente anulada ante un rotundo eslogan, “que la crisis la paguen los ricos”
    Podrás decir lo que quieras pero nadie te oirá, los aplausos y berridos producidos por el eslogan te harán callar.

    Moraleja, habrá que dar menos explicaciones y buscar un buen eslogan.

    Buena seman 😉

  2. abril 20, 2009 1:06 pm

    La crisis es consecuencia de una masiva redistribución de la riqueza orquestada por el intervencionismo monetario y financiero de la que se benefician unos a costa de otros. La concentración de la actividad en determinados sectores puede crear la sensación de crecimiento sostenible, cuando en realidad lo que está sucediendo es que se sientan las bases del inevitable derrumbe de todo sector sobredimensionado, con los efectos que tiene para el resto de la economía. De la hinchazón general puede que queden buenas inversiones, que el hundimiento no lleve a la economía al momento justo anterior del auge. Lo que sí es seguro es el sufrimiento generalizado y las malas inversiones que erosionarán la riqueza de la mayoría.
    Habrá ricos que obtengan un beneficio neto tras la crisis, pero no en mayor proporción que los no tan ricos. También los habrá que padezcan pérdidas, en la misma proporción que los más pobres.
    Las crisis las pagamos todos menos quienes las provocan. Que una familia comprara su vivienda en 1997 por 20, llegara a valer 60, y tras la crisis se quede en 40 (en términos relativos), no deja de ser un incremento de la riqueza. Tenemos que exigirle a esa familia de clase media que aporte los 20 que virtualmente ha ganado para saciar las necesidades de quienes se sientan perjudicados? Los ricos también lloran…
    Saludos!
    Buena Semana Matritensis, 🙂

  3. Esporádico permalink
    abril 21, 2009 1:26 am

    ¿Ingenua arrogancia?

    Criminal arrogancia, habrás querido decir. Supongo.

    Saludos.

  4. abril 21, 2009 9:31 am

    Ingenua en lo teórico, criminal en lo práctico, tienes razón

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