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La inflación es buena

mayo 29, 2009

Se trata de uno de los dogmas de fe estatistas: inflación como cornucopia que habilita una acción política ambiciosa y transformadora de la realidad. La religión dominante de nuestros días, secular y mundana, el culto al conocimiento y el Estado, desoye las advertencias teóricas, defenestra a quienes se atreven a plantear explicaciones rigurosas al respecto, colocando lo ideológico por encima de lo científico.

La inflación es buena, como mecanismo de redistribución masiva de la riqueza, quita aquí para poner allí donde el gobernante considere más oportuno. La caída continua y sostenida del poder de compra de la unidad monetaria es la gran baza a disposición del Estado para perpetrar sus acciones más relevantes, incluidas las guerras más atroces.

Si la inflación es buena, su antagonista, la deflación, debe ser calificada, dentro de la ideología que sostiene el culto al Estado (religión secular), como algo terrible, negativo e indeseable. En realidad se trata de una cuestión de matices: Mises advierte en su Teoría del Dinero y el Crédito, tanto inflación como deflación, tomadas como políticas gubernamentales, desprenden efectos redistributivos así como un desajuste intencional en la economía; como intervención, ambas son indeseables y generan por igual consecuencias adversas.

Nuestro actual sistema monetario y financiero, ejemplo de planificación centralizada y socialismo real (Dinero público, Banco central, regulación y agentes privilegiados con reserva fraccionaria) se sostiene sobre el inflacionismo. Es su cometido, su razón de ser. Los Estados necesitan de inflación para sobrevivir en su escalada sin límites. Lo que tenemos no es sino el modelo que lo hace posible.

Consustancial a este tipo de intervencionismo feroz son las crisis recurrentes, los colapsos económicos y todos los efectos que de ellas se derivan. Sin entrar en detalle, lo que hoy aterroriza a presuntos teóricos (en realidad fervientes fieles del culto al Estatismo inflacionista), legos, opinadores profesionales o al español medio, es la deflación. Se nos presenta como un mal en sí misma, la negación de todo lo que supuestamente hace posible nuestro bienestar: consumismo, inflacionismo y crédito fácil y barato.

Pocos se percatan de que los males ciertos, los errores y desajustes, no son de hoy, sino de ese tiempo en el que todo parecía ir fenomenal, donde los precios de determinados bienes y activos se inflaban sin límite. Ahora es tiempo de ver las cosas como son, tocar fondo, volver a la realidad. Dentro de ese proceso de resaca y reajuste necesarios en forma de crisis y recesión, la deflación juega un papel fundamental. Lo que antes se infló debe ahora caer hasta niveles que solo en un mercado libre pueden establecerse con eficiencia y sostenibilidad.

El problema es que no estamos ante una deflación genuina, por así decirlo. Con un patrón monetario rígido, ajeno a la manipulación estatal, un aumento de la productividad sostenido, podría (no siempre) derivar en una deflación buena. La unidad monetaria vería apreciarse su poder de compra frente al resto de bienes, con desigual intensidad. La variación espontánea en los precios relativos (unos bienes respecto a otros) sucede en todo caso, exista o no una política inflacionaria, o deflacionaria. Lo importante es que el dinero sea un bien más de mercado y no un instrumento de política económica.

La deflación que hoy padecemos se asocia con la caída en el consumo, que a su vez se considera origen de la crisis, y no una de sus consecuencias. Es bueno que caigan los precios de determinados bienes, que se contraiga el crédito hasta niveles sostenibles, que se saneen los balances, quiebren los que tengan que quebrar, y que se liberen trabajadores de los sectores sobredimensionados.

Para que todo esto no se convierta en la simiente de un estancamiento económico, resulta primordial que el espontáneo reajuste no se tope con obstáculos innecesarios. El crédito deberá fluir y reactivarse, pero a tipos de mercado, lejos de la manipulación pretendida por los Bancos centrales y sus tipos bajos (negativos, en realidad). El mercado laboral deberá reajustarse con despido barato para los nuevos contratados, como estímulo e incentivo para que el empresario se atreva a invertir y generar nuevos puestos de trabajo. Los precios que sean deberán caer hasta los niveles que permitan identificar oportunidades y plantear expectativas razonables.

No es la deflación lo que debe preocuparnos, sino los efectos que tendrá la intervención pública o el inmovilismo: podremos caer en una espiral deflacionaria, lo que sería terrible, pero también en una escalada hiperinflacionaria, igualmente funesta. Solo el mercado libre representa un escenario de reajuste sostenible y sólido, origen de un crecimiento genuino y justo.

Saludos y Libertad!

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