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Feminización

junio 12, 2009

Es una de las contraculturas dominantes, más cuando quien gobierna este país, además de rojo y sindicalista se autoproclama feminista.

La ley de violencia de género, la reforma del matrimonio o la legalización de la adopción conjunta por parejas del mismo sexo no son en absoluto conquistas liberales incluidas en un proceso sostenido que minoración de la represión institucional.

El consenso social asume que la naturaleza humana, definida y única, incluye la homosexualidad, y que dada su normalidad (minoritaria) los individuos que desean presentarse como tales y mantener vínculos notorios y voluntarios merecen cuanto menos respeto. La consecuencia jurídica, por ejemplo, sería la abolición del delito de sodomía, y sus variantes típicas, o la mera liberación de la mujer, que no emancipación, permitiendo su participación en sociedad gracias a la igualdad civil (ante la ley). La consecuencia moral o de decoro social es que paulatinamente no se rechacen (lo que no quiere decir que se aplaudan o celebren) ciertas conductas entre personas del mismos sexo, culturalmente, hasta nuestros días, propias de las parejas heterosexuales.

Esto no implica en absoluto que una institución milenaria como el matrimonio deba ser desvirtuada. La igualdad civil entre hombres y mujeres ha contribuido a que muchas de sus previsiones caigan en desuso o carezca de necesidad. Pretender incluir a las parejas del mismo sexo dentro del matrimonio tradicional no solo es ejemplo de constructivismo jurídico y social sino que sirve al compromiso político, y no deriva en sí mismo del consenso social. La presión sobre el dominador puede lograr que éste conceda prerrogativas. El matrimonio y la adopción son ejemplos de ellos. Su desnaturalización es palpable, se rompe el vínculo con la raíz natural de estas instituciones (la filiación natural y la reproducción heterosexual), buscando la imposición de un esperpento de lo que es en realidad el ser humano.

Para resolver cuestiones de convivencia o dependencia de un menor no es necesario corromper instituciones, sino superarlas. Existen otras formas de asegurar la capacidad individual de establecer vínculos jurídicos reconocidos y tuitivos. La opinión ya extendida de que solo desvirtuando las instituciones resulta posible la emancipación y la liberación de los individuos forma parte de una ideología basada en la contracultura, el odio y la soberbia intelectual.

El matrimonio homosexual generó un absurdo respecto a la presunción de paternidad del cónyuge respecto de los hijos de la cónyuge. Es una presunción arraigada en la naturaleza reproductiva del ser humano, no legal, sino real, resolviendo conflictos y agilizando trámites en virtud de lo posible y general. Dos mujeres casadas no debería disfrutar de semejante presunción. El primer caso en el que un juez se negó a concederla obligando a la otra cónyuge a adoptar al menor forzó la revisión de la reforma del matrimonio: por decisión arbitraria del legislador ahora también se presuponen hijos comunes los nacidos en el seno matrimonial lésbico; natural natural.

Algo parecido ha sucedido con la ley de violencia machista, o mejor, la ley feminista de violencia de género, puestos a utilizar estos términos con precisión. Se protege a la mujer frente al hombre, siendo las agresiones de este último sobre aquellas delito con penas superiores a la mera violencia doméstica en la que quedan incluidas el resto de disputas familiares o de convivencia. Ahora resulta que en una pareja de hombres no cabe el delito de violencia de género, como tampoco en una pareja de mujeres. Un juez, asumiendo que el fin general de la norma es la defensa de la mujer frente a todo tipo de agresiones de pareja, considera que en una pareja de lesbianas, dado que vulgar y canallescamente se atribuye a una un rol femenino y a otra un rol masculino (esto es absurdo, ambas son mujeres, brutas, más brutas o dulcísimas, hay de todo), en base a semejante paletada mental considera aplicable la norma. En el Derecho penal no existe la analogía, la tipificación es estricta. Que jurisprudencialmente se asimile el género al rol no deja de ser un esperpento más al que nos tienen acostumbrados los jueces del Estado que nos toca padecer.

Pues que la ley es feminista no tiene sentido desproteger a la mujer, tampoco cuando esta sea lesbiana. A los hombres, directamente, que les zurzan. La feminización de la sociedad busca el amariconamiento masculino, la castración psicológica, la extensión del tópico gay por doquier, aplaudiendo al homosexual histriónico y afeminado, imponiendo su idiosincrasia como patrón de conducta típico de todo homosexual. De igual modo se busca el heterosexual amilanado, servil, descafeinado, embaucado por el gusto atribuido a ese mundo irreal de gays felices. El feminismo se mueve en un orden esquizoide entre la masculinización y la construcción de la nueva mujer, la mujer dueña de sí misma, dominante, madre desnaturalizada, agresiva… Este juez que ha pretendido servir a la causa feminista no ha hecho sino contribuir a la explosión de tópicos sobre las mujeres lesbianas. Apoyar su decisión a que en toda pareja lésbica existen dos roles, es cutre, casposo y paleto. Que una mujer sea más bruta o lleve camisa de cuadros no la convierte en hombre, porque sí quisiera ser hombre directamente pasaría por el cirujano. Su apariencia será estrambótica, su estética propia de quien se quiere disfrazar, pero de ahí a que un juez la considere asimilable al hombre que prevé la norma como criminal maligno, hay un trecho.

La contracultura, la desnaturalización del ser humano o la descomposición institucional conducen a situaciones como esta. La búsqueda del hombre nuevo, la mujer nueva, una nueva naturaleza asexual y absurda empuja cambios como estos, resoluciones de este estilo, normas que contribuyen a degenerar el orden social.

Saludos y Libertad!

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2 comentarios leave one →
  1. junio 13, 2009 3:25 pm

    “contraculturas dominantes”

    Esto es un absurdo. Si un movimiento cultural predomina, no puede ser contracultural, porque ese concepto precisamente denota una diferenciación de los valores o patrones extendidos en un momento y lugar dados.

    El matrimonio ya estaba determinado desde el estado antes de que se equipararan a las parejas del mismo sexo. Tanto derecho hay a imponer un modelo como otro, ninguno. Hay que reivindicar la privatización del matrimonio, no cambiar una imposición ilegitima que nos desagrada por otra que nos causa más simpatía.

    Una pareja de personas del mismo sexo tiene tanto derecho a cuidar y criar a un menor indefenso que se haya quedado sin padres o cuyos padres no quieran o puedan hacerlo como cualquiera sin la intervención del estado en sus asuntos. Pretender que esto es un “privilegio” es demencial. Más bien habría que criticar los problemas que el estatismo crea a las personas (sean de la orientación sexual que sean) a la hora de adoptar.

    Un saludo!

  2. junio 14, 2009 8:46 pm

    Tienes la razón en todo lo que dices, pero permíteme que te matice en los primero. Las tendencias contraculturales, aun siendo dominantes, por serlo, resultan distintas a lo que venga siendo el orden cultural general, asimilable incluso al orden social, pero necesario como instrumento intelectual con el que estudiar ideas más concretas. Dicho esto, lo normal en nuestros días es el desafío contracultural, más allá de la mera innovación espontánea, que es en realidad el motor que garantiza el dinamismo y la eficiencia del proceso social.
    Saludos!

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