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El Mito de lo Público

julio 14, 2009

“La pública diferencia”, rezaba el eslogan de la universidad (pública) que elegí para estudiar. Su nivel de exigencia, sus contratos con empresas privadas, el practicum y otros detalles, hacían de la Carlos III de Madrid una universidad que “parece privada”. Nada más lejos de la realidad, aunque resulte curiosa la impresión que suscitaba en un primer contacto. Sus instalaciones así lo hacían ver, su calidad, seguramente, era (como en todo, ha ido a peor) muy superior que en la mayoría de las universidades realmente privadas.

El mito de lo público envuelve a todo servicio sufragado con cargo al presupuesto de alguna administración (alimentado vía impuestos) de una prestancia y calidad ciertamente inmerecida. Si profundizamos en el normal discurrir de los servicios públicos, la dinámica de incentivos propia de la clase política (dirigente) y la funcionarial (operativa), o su carácter ineficiente en términos de gasto y capitalización de las inversiones, comprendemos que la presunta superioridad de lo público cae por su propio peso.

Lo público basa su éxito y propaga sus virtudes sobre el principio del racionamiento. Frente a un gasto creciente pero incapaz de satisfacer las expectativas de todos los usuarios, el racionamiento del servicio se convierte en la única posibilidad de aparentar cierta solvencia práctica. El Estado es incapaz de prestar educación, infantil, media, superior o universitaria, de forma directa y monopolística. Si puede diseñar programas y titulaciones, pero no asumir totalmente el servicio. Es por eso por lo que se permite la educación privada, que para los padres que pueden y quieren no deja de ser la segunda vez que pagan el mismo bien (la formación de sus hijos: primero vía impuestos, segundo en el precio del centro educativo privado). Los centros concertados aminoran el coste por alumno y despejan responsabilidades y preocupaciones, reduciéndose el número de funcionarios e instalaciones dedicadas per cápita a la procura educativa. Si no fuera por los colegios, institutos y universidades privadas, o por los centros concertados, la calidad educativa en los públicos sería aun más deficiente y calamitosa.

Siendo así parece obvio que la aspiración de que todo servicio “público” (porque públicos se consideran la educación o la sanidad, por poner dos ejemplos relevantes) sea prestado dentro de una estructura administrativa propia del Estado (las CCAA o los Ayuntamientos), es tan ingenua como imposible.

Con la sanidad sucede lo mismo. Quienes se pagan un seguro médico privado, a pesar de que este no cubra todas las contingencias, aligeran y dan cierta viabilidad a la red pública sanitaria. Aun así perdura la égida del principio que rige en todo lo Público: el racionamiento. Con suerte, en época tranquila, con las urgencias no colapsadas, lleguemos a un centro público, seamos atendidos a tiempo, se nos diagnostique nuestra dolencia y dictamine un tratamiento idóneo y eficaz. Muchos tendrán experiencias positivas, poca dilación en las intervenciones y una atención impecable. Es esa la imagen exclusiva que se encargan de transmitir los adictos de lo público. Sin embargo, a pesar de que el 90% de los funcionarios ejercen su privilegio al optar por una sanidad privada, y de tantos particulares que se pagan un seguro igualmente privado para no ir a la pública, esta última sufre cada día un colapso aparentemente irremediable.

Son muchas las negligencias, los errores, la desatención, las condiciones indignas, las filas de camillas en urgencias, los quirófanos sin hueco… La sanidad, convertida en bien público, deja de ser un servicio más en un mercado donde mandan los precios libres y el acuerdo voluntario del que todos salen ganando, y cae en la planificación más absurda e ineficiente. Quien puede huye, quien no ruega tener suerte, o peor, deja salir el pedigüeño que todos llevamos en nuestro interior, y dada la incierta creencia de que la sanidad, por pública, es gratuita, abusa del servicio hasta la extenuación, creando una cultura del enfermo exagerado que contribuye aun más al colapso general.

Cada año cientos de miles de millones de euros son derramados, como un gasto creciente e inevitable, sobre el servicio público sanitario. Recurrir a la externalización, privatizando gestión o lo que sea, consigue un efecto inmediato donde el presupuesto parece estar mejor gastado y se atisba una mejora de la calidad. A esta situación quienes prefieren el “público total”, sindicatos y funcionarios, se quejan exagerando y mintiendo, tratando de proyectar una imagen distorsionada de la realidad. La práctica demuestra que la única forma de dotar de viabilidad y sostenibilidad el servicio público sanitario es recurriendo a empresas privadas, que si bien vivirán desde ese momento al cobijo del presupuesto, a corto o medio plazo garantizarán cotas de eficiencia muy superiores.

Lo malo viene después cuando se demuestra que todo lo que se somete al monopolio regulador y financiador del Estado queda condenado a la quiebra y el descontrol. La calidad retrocede y el racionamiento regresa con más fuerza si cabe. La bomba de oxígeno deviene insuficiente provocando en quienes se resisten a una verdadera liberalización del mercado sanitario la duda de cómo dar otra vuelta de tuerca a lo que es el origen mismo del problema: lo público.

Un mercado libre genera precios justos y libres para cada tipo de servicio. El mito de lo público defiende que en tal situación serían muchos los excluidos, cuando en realidad el servicio, en términos generales, mejoraría para todos. Quienes pudieran pagarse la mejor sanidad, la seguirían teniendo, pero a precios menores que hoy. Quienes no pudieran sufragar ninguna sanidad, serían menos, muchos menos, y con toda seguridad recibirían niveles de calidad óptimos gracias a la generosidad de particulares, asociaciones y centros médicos privados. La intervención parte de la extensión del miedo a ser uno de esos “excluidos”. En vez de alimentar el espíritu de superación edificamos sistemas que solo piensan en el caso más marginal y extremo. Por suerte las sociedades libres, donde los individuos asumen los costes de sus acciones y se sienten responsables de sus propias decisiones y expectativas, experimentan un creciente espíritu altruista, y surgen por doquier clínicas privadas y asociaciones benéficas. Es en los Estados maternalistas donde la degeneración moral alcanza niveles estratosféricos, confiados en que sea el Estado quien acoquine con el esfuerzo y la preocupación por el prójimo.

Las sociedades libres favorecen el desarrollo de los bienes y servicios que son más demandados, invirtiendo recursos, mejorando la prestación, las tecnologías a su disposición y la investigación dedicada a abaratar costes y llegar a más y más consumidores. Excluir la educación o la sanidad, como ejemplos típicos, de las ventajas que proporciona el mercado libre al bienestar y la sanidad de los individuos, no deja de ser una forma hipócrita de condenar a la pobreza a los que ya son pobres, extendiéndola a quienes no lo eran, y dejando a esa oligarquía de poderosos el margen para disfrutar de la calidad que solo unos precios elevadísimos facultan conseguir.

El mito de lo público es eso: menos calidad para todos, racionamiento, y que los ricos sean los únicos con acceso a lo que realmente demandan. El Estado, en este y otros casos, actúa siempre en contra de quienes dice defender.

Saludos y Libertad!

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3 comentarios leave one →
  1. liberalaccidental permalink
    julio 15, 2009 4:49 pm

    Hace unos días dejé un comentario en el post “La privada conquista de lo público”. Veo que en este post también tocan el tema de la salud en España. Les agradecería, si está asu alcance, que me coementen más en detalle sobre los problemas del sistema de salud español y si pueden recomendarme alguna bibliografía al respecto que contenga alguna evidencia sobre estos problemas.

    El motivo de la petición es que el sistema español, junto con el francés, son usados como ejemplos de la supuesta superioridad de los sistemas socialistas de salud contra los sistemas supuestamente ‘liberales’ como el de los EEUU (en realidad, es un sistema severamente intervenido por el gobierno, pero eso es otro tema). Así que me interesa mucho tener la perspectiva de los españoles sobre qué aspectos del sistema de salud español son insatisfactorios.

    Gracias de antemano

  2. julio 17, 2009 12:20 am

    En resumen, el sistema español de salud no es soportado por la cotizaciones personales de los trabajadores y autónomos a la seguridad social. Desde el pacto de Toledo la sanidad, las pensiones no contributivas y demás gasto social procede exclusivamente de impuestos. Con esta vía la calidad es relativa al volumen de gasto que se esté dispuesto a adjudicar a la sanidad o el resto de políticas públicas. La cuestión es que el sistema plenamente intervenido y copado por funcionarios y órganos de dirección administrativos tiende al colapso y el gasto ineficiente. De ahí que se trate de salvar el sistema público (financiado a través de impuestos y planificado desde el Estado o las CCAA) a través de la externalización, que no privatización, de alguna de sus funciones, incluida la gestión de los centros sanitarios.
    La presunta superioridad, si existe, será gracias a una decisión presupuestaria que dilapida recursos de forma ineficiente, sólo eso.
    En España la seguridad social, en teoría, respalda pensiones contributivas, no contributivas, sanidad y gasto social. En realidad solo lo primero, y a duras penas, es cubierto por las cotizaciones sociales. Si ha habido superávit se debe exclusivamente a que la población empleada y cotizante ha crecido en estos últimos años por encima de los dependientes que en su momento contribuyeron con sus cotizaciones. Este principio tiende al colapso y a la quiebra del sistema, que siendo de reparto y no de capitalización, por mucho que se invierta el ínfimo sobrante, es incapaz de asegurar las prestaciones del mañana, dada la crisis demográfica y más hoy con un desempleo que supera el 15% y amenaza con sobrepasar el 20%, si no lo ha hecho ya.
    La sanidad la pagamos con IRPF, IVA, IS y demás impuestos. Es una farsa que devora el Estado y amenaza con exprimir por completo al ya de por sí maltrecho, intervenido y limitado mercado.
    Gracias a ti por seguirnos,
    Saludos! 🙂

  3. liberalaccidental permalink
    julio 17, 2009 7:26 pm

    Gracias por la respuesta,

    He estado viendo que el ranking de sistemas de salud de la OMS que coloca a Francia como el país que tiene el mejor sistema de sanidad del mundo, a España en el #7 y a EEUU en el #37 está fuertemente sesgado a favor de los sistemas socializados. Voy a tratar de conseguir comparaciones más justas de los sistemas de salud en términos de resultados para una misma condición (health outcomes for given condition), costo por procedimiento y por persona, y acceso. Lo que he leído hasta el momento es que los EEUU a pesar de su ‘mal’ sistema de salud, es el #1 del mundo en términos de health outcomes (por ejemplo, en tasas de supervivencia para todos los tipos de cáncer). Cuando tenga algunos números interesantes los traigo por acá por si acaso están interesados.

    También, si pueden en algún momento pásense por mi blog:

    http://liberalaccidental.wordpress.com/

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