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Catalanes y catedráticos

agosto 30, 2009

Seguimos con el lio catalán sin saber siquiera cuándo se dictará sentencia por el TC. Lo único que ha variado respecto a hace unos meses, incluso unos años, es el tiempo transcurrido entre la interposición de los recursos de inconstitucionalidad, la impaciencia desesperante de algunos, y la elevación del tono amenazante del nacionalismo catalanista. Parece que llegará y lo hará en poco tiempo así que toca anticipar, prever, tratar de influir. Todos están nerviosos: los patrocinadores del invento, los detractores y, claro está, su mayor beneficiaria, la clase política catalana.

Los medios catalanistas, como Público, acompañan el rumrum partidista con tristes consultas a supuestos expertos independientes en el asunto. En este país no hay nada más común que ser doctor en Derecho Constitucional. En el PSOE lo son casi todos, gracias a los esfuerzos de adictos catedráticos de universidades igualmente afines. No digo que sea lo más sencillo pero sí lo más vulgar, el campo que permite colar casi cualquier cosa. Público consulta a sendos catedráticos de la Pompeu Fabra y la universidad autónoma de Barcelona. Lejos de sostener un tono riguroso caen con descaro en el pecado más común de los catalanes: demostrar su excitación y su partidismo siempre que se discute cualquier aspecto que comprometa o roce con ligereza algo remotamente asimilable a la “identidad catalana”. Le sucede a periodistas, columnistas, opinadores, comentaristas, fruteros o celadores… para ser catalán parece indispensable tener instalado ese resorte que se activa siempre que “la realidad” catalana, su impronta, su idiosincrasia o sus símbolos y mitos, son cuestionados o comentados. El nerviosismo se filtra entre la prudencia y el tono comedido, no importa que estemos ante un radical o un aparente moderado.

Que Público recurra a otro sapiente del tema, uno de fuera, ajeno al emotivismo catalanista, para afirmar lo que el resto de expertos también saben, no deja de ser un intento por plantear un conflicto teórico inexistente. La legitimidad formal del Estatuto de Cataluña no depende de cuántos catalanes fueron a votar para refrendarlo, o cuántos lo hicieron en sentido positivo, sino en su engarce dentro del sistema constitucional vigente y exigible en el territorio catalán. Romper con aquel fue objetivo compartido por Zapatero y los nacionalistas, que lograron colar en el Congreso de los Diputados un texto manifiestamente inconstitucional. Esa victoria no hallo el refrendo que esperaban. Los catalanes no acudieron a las urnas con el ímpetu que merece la afirmación de su nuevo marco institucional y de relaciones con el Estado central. Aun así se habla de legitimidad, de choque de legitimidades. Y no se trata, en absoluto, de comparar el apoyo que en su día tuviera la CE´78 en el territorio de Cataluña con el fracaso de participación del referéndum del último estatuto. Tampoco si el anterior logró más o menos apoyo. Ni siquiera merece la pena recurrir a teorías de reconocimiento o de vigencia general del sistema para admitir la formal validez de una norma concreta. Si avanzamos en el desarrollo teórico del positivismo jurídico podemos encontrarnos casi con cualquier cosa. Lo triste es que dos señores doctores y catedráticos de Derecho Constitucional, por catalanistas, se dejen llevar por sus emociones faltando a lo que saben y seguramente defienden en términos teóricos dentro de sus explicaciones cotidianas o los manuales que hayan elaborado.

Si el tema es Cataluña la coherencia no es un requisito indispensable. No admitir que los pobres catalanes son “injustos” pagadores de los subsidios, colegios, hospitales y carreteras de ciertos españoles más pobres y pedigüeños, es ya uno de los mayores pecados que se pueden cometer en este país. Considerar la injusticia de toda redistribución de la renta (expolio de unos, subvención de otros) es una máxima que comparto con el catalanismo fiscal. Lo triste, y es una constante en la actitud de los catalanes, incluidos los más lúcidos y coherentes, es que cuando toca extender el principio al interior de su Arcadia payesa se acaba la lógica del argumento y comienza el emotivismo más desaforado. Si fuera Barcelona y los barceloneses quienes solicitasen autonomía, competencias e independencia fiscal respecto del resto de Cataluña y catalanes (no hablemos ya de independencia nacional), cambia el gesto al tiempo que la coherencia de sus argumentos. Cataluña es el objetivo, es la excusa y el límite. Cataluña es Nación, debe ser Estado y no admite la misma contradicción planteada contra la unidad y la permanencia de España y su Estado (siempre redistribuidor).

El catalanismo, como toda enfermedad colectivista, fulmina el rigor de quienes lo padecen. Tocan hueso, llegan a su límite y comienzan a desvariar. Se acaba la integridad, el falso espíritu crítico, distante y resabiado, hasta revelarse como lo que son: estatistas acérrimos, nacionalistas a ultranza, adoradores del mito catalán, de una Nación absoluta, pétrea e incuestionable que es el alfa y el omega de su ideario colectivo.

El pacto Cataluña-España está cerrado y rubricado

Saludos y Libertad!

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One Comment leave one →
  1. agosto 30, 2009 9:51 pm

    Uno de los “expertos catedráticos” que cita Púbico es José Antonio González Casanova, el astrólogo. XDD Así está la universidad (todavía) española…

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