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Chinos y catalanes

septiembre 2, 2009

Me sorprende estar tan poco de acuerdo con Albert Esplugas. Tiendo a coincidir en lo básico, pero en el tema de la “integración de los inmigrantes” existen varios aspectos de su argumento que desprenden un tufillo catalanista. Nos puede pasar a todos, ese “nosotros” del que habla Albert existe, cada uno lo siente de una forma acotando espacios, incluyendo o excluyendo personas, regiones, ciudades, incluso formas de conducta y gregarismos. Esto no impide que, partiendo de la defensa del individualismo, manejando una buena teoría social y política nos percatemos de que la esencia de la sociedad abierta, la sociedad capitalista que hace libres a los individuos frente a restricciones y lastres tradicionales, no admite determinados complejos.

Debe ser duro sentir como propio un nosotros que mengua, se corrompe o desdibuja. En esos casos o ampliamos nuestro horizonte de reconocimiento intersubjetivo o nos quedamos en una torpe y numantina defensa de no se sabe qué. Si el catalán desapareciera, circunstancia que en libertad no creo que sucediera jamás ni por completo, no supondría otra cosa que la muerte de una lengua en desuso. Comprendo el esfuerzo por “vivir” en determinadas lenguas en declive, pero admitamos que sin la coacción estatal o cierto camorrismo de barrio resultaría imposible frenar lo inevitable (repito, hoy por hoy, considero al catalán una lengua lo suficientemente hablada y asimilada como para que no tenga sus días contados).

Tomar al inmigrante como un tipo ideal individual es tan torpe como hacer lo propio con mujeres, trabajadores, homosexuales… Cada persona cambia de residencia, incluso atravesando fronteras y difusos límites culturales, con distintos objetivos. En general la integración facilita las cosas, tomada como un gesto voluntario, casi deseado cuando uno decide instalarse en un ámbito cultural que estima, considera beneficioso e incluso superior en aspectos fundamentales. Dicho esto no existe motivo alguno que impela al que cambia de residencia a adoptar los patrones de conducta, hábitos e idioma del nuevo entorno donde ha elegido instalarse. No es igual ser sudamericano en España que en Francia, o en los EE.UU. Tampoco es igual ser un sevillano en Madrid que en Bilbao o Gijón. Lo que sí cabe afirmarse es que ese “nosotros”, por existir, queda planteado como una perspectiva de reconocimiento intersubjetivo efectiva, o lo que es igual, la convicción personal de sentirse integrado o muy integrado en el nuevo hogar. En estos casos no hará falta forzar ningún cambio. Sucede cuando viajamos por España y no por Portugal. En el país vecino, aunque nos sentimos más próximos que si viajáramos a China, nunca nos llegaríamos a reconocer entre “los nuestros”. Ir de Madrid a Barcelona no es una odisea, ni cambiamos de cultura, ni de comunidad (en lo fundamental), ni de casi nada… levantar barreras, desde el Estado o desde una banda de camorristas, no deja de ser un penoso esfuerzo por negar lo evidente. Y no hablo ya de que algunos en Barcelona sean más o menos bilingües, sino de que es un hecho que Barcelona es más española que francesa o alemana, y por sí misma no goza de una entidad capaz de convertirla en una isla al margen de lo español (en sentido amplio). Todo en la vida cambia, muta, se adapta lejos del control deliberado de mentes constructivistas, con mejores o peores intenciones. Quién sabe si dentro de 10 años un madrileño llegue a sentirse como un extraño paseando por la ciudad condal.

En ausencia de Estado y bandas camorristas el que llega de fuera valora sus circunstancias y elige la opción que cree más le conviene. El “deber ser” como arma de moderación esconde el arrebato estatista que a todos nos tuerce el buen juicio. No debe ser nada, simplemente debe fluir y buscar su mejor opción. Si no da con ella, problema suyo, porque de forma espontánea el resto de individuos, nativos o no, actuarán en consecuencia, unos en un sentido, otros en uno diferente. La integración es algo espontáneo que no cabe siquiera plantear como estrategia voluntarista, como mejor opción objetiva, como recomendación sincera.

El Multiculturalismo no existe. Un orden social exige valores comunes, instituciones y cierto reconocimiento intersubjetivo. No hay orden sin todo ello. Cultura y orden social son una misma cosa, aunque deben mantenerse separados procurando cierto rigor explicativo. Si una sociedad es, es por cultural, aunque dicha cultura comprenda la inclusión de tradiciones diversas en determinados ámbitos. La lengua es un arma de integración, quizá la más importante, pero no la única. Una persona puede vivir perfectamente en un idioma distinto al mayoritario del territorio donde interacciona y aun así triunfar socialmente hablando. Basta con que exista un intermediario que hable los dos o más idiomas para facilitar la integración de aquel, que por deseo personal, dejadez o lo que fuera, prefiere mantenerse lingüísticamente estanco. La integración de mínimos tiende a incluir la lengua, pero no es un requisito que garantice la paz social ni la interacción más eficiente en términos dinámicos.

El cosmopolitismo está muy bien, pero siempre que no se tome como un adorno o una pose, un recurso en el que parapetarse ante la denuncia de esnobismo o elitismo nacionalista. Ser cosmopolita es ampliar el reconocimiento del que somos capaces a la hora de interaccionar. Derribar barreras subjetivas, mentales, interiorizadas desde niños. Cuantos menos frenos tengamos más ampliaremos nuestro horizonte personal. Nos sentiremos cómodos en Berlín, entre berlineses, o entre turcos de segunda generación, o en Nueva York, entre urbanitas resabiados o puertorriqueños. El cosmopolitismo no niega la necesidad de unos principios básicos, unos valores capaces de facilitar la interacción y el mutuo reconocimiento. La lengua es importante, pero ni tiene por qué adscribirse al solar donde actuemos. Si en la Gran Manzana, dentro de unas décadas, se acaba como en Los Ángeles, con más de un 50% de hispanohablantes (no forzosamente “hispanos”), Nueva York no habrá perdido su esencia sino que la habrá adaptado, enriquecido, mutado espontánea e imprevisiblemente.

Cuando se habla de la lengua propia de una región se comenta un hecho, una circunstancia histórica, contingente, palpable en la actualidad, pero que no fue así siempre ni tendrá porque perpetuarse sin remedio. El catalán es una lengua que se habla en Cataluña, como lo es el español o castellano, pero también el inglés, el pakistaní, el francés, el chino y quién sabe si el vasco. Entiendo que sin Estado y su coacción, o sin catalanismo abertzale y su matonismo inherente (por muy competitivo que sea), Dios dirá lo que se hablará en Barcelona dentro de 50 años. Esforzarse por extender o conservar una lengua es legítimo, pero también demuestra cierto complejo, un espíritu victimista incapaz de afrontar la vida con la despreocupación que merece. Si quiero hablar catalán, lo hablo; si puedo hablarlo con mis vecinos, genial. Si ciertas empresas rotulan en él, perfecto. Pero, ¿por qué temer que esto deje de suceder? ¿Miedo al cambio, tal vez?

Los chinos son un ejemplo de desplazamiento, iniciativa empresarial e integración. Problemas habrá miles, y puesto que somos liberales, sino quisiéramos tenerlos basta con obviar por completo a los chinos problemáticos, o a todos los chinos por defecto. Aun con todo demuestran una habilidad increíble para vivir y dejar vivir, comerciar y asentarse en determinados espacios como propietarios legítimos. Algunos aprenden el idioma de uso general en la zona. Otros no. En San Francisco hay cientos de chinos que no saben inglés, siendo terceras o cuartas generaciones. Y no pasa nada. La libertad nos inspira ese cosmopolitismo del que deberíamos hacer gala los abiertos de mente. Si basta con los gestos, genial; si no, me busco otra tienda u otro restaurante y punto. De forma espontánea acabará formándose un orden cultural capaz de posibilitar el mayor número de expectativas individuales, generando un entramado institucional suficiente e integrador.

Saludos y Libertad!

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5 comentarios leave one →
  1. Bibiano permalink
    septiembre 3, 2009 2:03 am

    ¿Pakistaní? ¿Qué idioma es ése?

  2. amartinoro permalink
    septiembre 3, 2009 11:39 am

    Offtopic:
    Buenas, ya somos vecinos por estos lares de WordPress 😉

  3. septiembre 3, 2009 1:35 pm

    A mi también me sorprendió estar en desacuerdocon Albert en este tema. Una cosa es que una lengua desaparezca porque un Estado lo decrete (por ejemplo, que se prohiba o margine el uso del castellano o el catalán en Cataluña) y otra que ocurra de manera natural. Al igual que todo, debe ser la compentencia en el libre mercado quien decida los idiomas que cada una prefiera aprender y utilizar.

    Un saludo.

  4. septiembre 3, 2009 3:16 pm

    Bienvenido! Por fin competencia de la buena! jejeje. Suerte y al toro!

Trackbacks

  1. El blog de Albert Esplugas

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