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Enaltecimiento del terrorismo

septiembre 3, 2009

No creo que haya dudas sobre mi determinación en el combate diario contra el terrorismo (de etarras y su entorno), pero la manía de suspender actos y perseguir la libre expresión de algunos (sean o no gentuza) se me antoja innecesaria, propagandística y cansina. El juez Marlaska toma la vez en el asunto, y no le faltan ganas y agallas, pero heredar la pose garzonista de prohibirlo todo no deja de ser un mero artificio sin efectos positivos en la lucha antiterrorista. Si creen que encarcelando a 150.000 vascos se acabará con la lacra, están muy equivocados.

El Estado de miedo, el Estado que se escuda en los valores del sistema, la oportunidad política, el pacto coyuntural y demás fantochada, no deja de ser un Estado encargado de amedrentar y domeñar a sus ciudadanos. Con ETA se acaba desde fuera del Estado, siendo claros, denunciando la infamia, no amparando la negociación cuando toca ni dejando impunes los delitos. Algunos jueces, como Marlaska, han demostrado coherencia y decencia, mientras que otros no se han privado en ningún momento de aparecer ante la opinión pública como un engarce cómodo para el oportunismo político de quienes gobiernan.

Es delito matar, financiar a quien mata y también enaltecer el terrorismo. Esta última tipificación adolece de tantos defectos en su definición jurídico material que termina por enzarzar a jueces, fiscales y policías en cacerías absurdas sin resultados efectivos. “Darles en la cabeza”, genial ocurrencia de un soberano que no sabe lo que dice en la mayoría de las ocasiones, no basta ni es suficiente para arrinconar a estos salvajes. Retorcer el Estado de Derecho y legislar a golpe capciosa estrategia carece de sentido y decencia.

Matar o pagar a asesinos son crímenes que merecen, más en el caso de terroristas, de la mayor represión, pena y acicate. Dedicarse a perseguir a quien lo aplaude no es sino la muestra de un fracaso. El fracaso del Estado, incapaz de asfixiar a los delincuentes con implacable determinación. Fracaso de la clase política y el triste sistema de valores que creen representar: incapaz de amedrentar y aislar social y pacíficamente a esos miles de vascos y asimilados ciegos de ira y odio. Una sociedad gobernada por ineptos. Una sociedad apaciguada y entumecida por un estatismo, central o autonómico, que deja en manos de los partidos y quienes los manejan, la definición de estrategias en la lucha contra la infamia.

A los simpatizantes de ETA no se los fulmina con prohibición de actos, dos noches en el calabozo o disoluciones de partidos o listas de electores. Para machacar a esta gentuza sobran los artificios y falta, y mucho, un auténtico clamor popular que las fuerzas vivas de este país son incapaces de articular. Todo lo contrario, cuando el movimiento surgió espontáneo tras el asesinato de Miguel  Ángel Blanco, no tardaron en invadirlo y neutralizarlo. Todos los individuos de buena fe llevamos dentro aquel “espíritu de Ermua”, sin necesidad de organizaciones, fundaciones y subvenciones. La indignación se hizo fuerte y el nacionalismo temió lo peor.

¿Dónde quedó todo aquello, por qué se apagó la ira legítima, por qué tuvieron que recurrir a leyes de partidos, delitos de enaltecimiento y suspensión de actividades?

Cada vez que sale una noticia de este estilo no puedo sino acordarme de tanto muerto, huérfano, viudo y mutilado por el que no se ha hecho justicia.

Saludos y Libertad!

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