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Krugman se olvida de casi todo para no acordarse de sí mismo

septiembre 13, 2009

¿Cómo pudieron equivocarse tanto los economistas?. Krugman no hace un juicio de humildad revisando sus propias aseveraciones pasadas, sino que recurre a la capciosa y distante objetividad para dar un repaso, burdo y vulgar, al estudio macroeconómico del siglo XX. En él destaca a dos autores: el Dios Keynes y el torpe de Friedman. Menciona a otros como miembros de un coro desafinado, desafiante con los postulados, presuntamente claros y rigurosos, servidos por Keynes en su teoría general (general!).

Cuando uno se sabe derrotado al exhibir con vehemencia ciertos argumentos, lo mejor, y dado que los hechos contribuyen a su estrategia, es ignorar por completo a quienes sí podrían suponer una amenaza real. Krugman ni siquiera hace mención de Hayek, como si no hubiera existido, ni él ni el debate que mantuvo con Keynes en el momento más turbulento en lo que a revisiones y nuevos planteamientos macroeconómicos se refiere. Hayek resume en sus estudios sobre el dinero, la producción y los ciclos económicos, las mejores aportaciones realizadas por el Escuela Austriaca de economía hasta sus días. Ignorarlo no tiene que ver tanto con el desconocimiento o el mero olvido como con la incomodidad que siente cualquiera que, con un poco de inteligencia, revise las distintas propuestas teóricas en el estudio de los procesos de auge y recesión económica.

No tiene mucho sentido que trate de rebatir punto por punto al bueno de Krugman. Su misión en la tierra es doble: resucitar a Keynes restituyendo su inmerecida preeminencia, y dotar a Obama, su Roosevelt  particular, del respaldo pseudocientífico-divulgativo- propagandísitico suficiente para que su personal cariz adanista tenga donde apoyarse cuando se le vea el plumero (la gente no es tonta, o eso espero!).

Krugman picotea aquí y allá para quedar él como el único que lleva la razón. Lo irónico es que en ningún momento demuestra su rectitud previa a la crisis, ni su capacidad de diagnóstico, ni siquiera, aunque lo intente, originalidad en sus propuestas concretas. Volver a las nimiedades temerosas y acientíficas de Keynes le sobra para caer en una burda autocomplacencia. Todo es culpa de la falta de regulación, de monetaristas arrogantes revelados contra el santo keynesianismo, del retroceso del Estado en los quehaceres intervencionistas. Dice que Keynes no soñaba con el socialismo real, y no le falta razón. No era tan estúpido de creer posible la plena suplantación del mercado por una organización centralizada encargada de la práctica totalidad de las decisiones de producción e intercambio. Keynes era muy inteligente, tanto como arrogante y reacio a comprender la superioridad teórica de quien sí supo incorporar en sus modelos teóricos la realidad de los procesos de mercado y ajuste económico. Hayek sí acertó. Los economistas no predicen, plantean tendencias, advierten en cada momento de los posibles conatos de descoordinación, de la improcedencia de ciertas agresiones intervencionistas. Krugman no sabe lo que es el dinero, tampoco comprende el proceso de producción capitalista. Para que nadie le recrimine sus carencias directamente anula de la historia del pensamiento económico a aquellos que podrían suponer un infranqueable obstáculo en su escalada de falsa autoridad en la materia.

Pero lo grave no es que prefiera a Keynes antes que a Hayek. Casi todos, bien desde sus planteamientos, o contra ellos, tiene en Keynes su principal referente. Hayek creó escuela, legó un armazón teórico que sirve hoy, en los gloriosos días de Krugman, para que muchos otros pensadores y divulgadores traten de explicar esta crisis y todas las demás con la mejor teoría de los ciclos económicos disponible hasta la fecha. En 1998 Jesús Huerta de Soto publicó Dinero, Crédito Bancario y Ciclos económicos, tal vez el mejor compendio de teoría austriaca sobre las causas de los procesos recurrentes de auge y depresión económica. Decir que nadie, nadie, había realizado previsión alguna sobre el desenlace crítico vivido en los últimos años, es falso de toda falsedad. Lo llevan haciendo muchos economistas desde hace décadas, advirtiendo incluso de la inminencia de esta última crisis, siempre con la fortaleza de la mejor teoría al alcance de cualquiera que busque comprender los procesos de mercado y la naturaleza del dinero y el capital. El Libro de Huerta, traducido a varios idiomas, incluido el inglés, circula por los EEUU con la suficiente intensidad como para que un personaje como Krugman, aparentemente ávido de material sobre el tema, se hubiera dignado a leerlo y reconocer su importancia. Pero es que otros, como Roger W. Garrison, con su Time and Money, se han encargado ya de resumir y revisar la teoría del ciclo austriaca en el mundo anglosajón. Ignorar, ningunear, apartar la vista y seguir hacia delante con displicente actitud, no es la mejor garantía que respalde la superioridad teórica de un autor. Krugman vende humo, resucita a los muertos mejor enterrados y busca, afanosa y casi vergonzosamente, la notoriedad que solo el convertirse en susurrador del poder puede alcanzarse.

Obama y Krugman, Krugman, Obama y Keynes. Lo de que el hombre es el único animal que tropieza dos, tres y hasta doce veces en la misma piedra, tiene en nuestros días demasiados nombres y apellidos.

Saludos y Libertad!

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