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Madrid

octubre 3, 2009

Ayer caí rendido ante la emoción mediatizada. Hasta hace 7 días todo este asunto de las Olimpiadas me parecía ajeno y lejano. No me importaban todos los esfuerzos de Gallardón y el resto de miembros de la candidatura olímpica madrileña. Es más, como a muchos, se me antojaba cansino, reiterativo, megalómano e innecesario. En este sentido, P1010890mi opinión no ha variado ni un ápice. Lo que sucede es que uno vive en el mundo y hay cosas que le emocionan. La sola idea de que “Madrid” sonase como vencedora en la contienda por albergar los JJ.OO de 2016, activo mi chip de adhesiones incondicionales: aprecio por mi ciudad extensible a todos los que parecen hacer algo por ella. No en un sentido colectivista, sino de auténtica entrega por una marca, un trazado urbano, unos edificios, parques y paseos; un ambiente popular y la vida que se respira en cada extremo de la ciudad. Una forma de vivir que singulariza Madrid, que desde dentro resulta tan cotidiana que pasa inadvertida, pero para el visitante despliega todas sus virtudes más allá de sus defectos. 

 Amar una ciudad dista mucho del mero nacionalismo, del rancio patriotismo; abstracciones ambas que se concretan en impulsos y sentimientos atávicos, demoledores para el sosiego emotivo que exige la sociedad abierta.

Ser de Nueva York y amarlo, ser de Londres y quererlo, ser de Madrid y sentirse orgulloso de ello, no es una muestra de autoafirmación, de rechazo, de soberbia o cutre chovinismo. También puede llegar a serlo, pero en estado puro no creo que sea algo diferente al más claro ejemplo de cosmopolitismo. La gran ciudad, la ciudad abierta y descarada, acogedora y dinámica, no exige el servilismo que otras urbes sí cobran a sus habitantes. Creo que Madrid pertenece al primer grupo de ciudades, el de las grandes y cosmopolitas. No hoy, sino ya desde hace bastantes décadas, cuando ese gran pueblo que era, repleto de funcionarios y basto populacho, quedó definido como rompeolas de todas las Españas, receptora de los hunos y los P1010765hotros, hirviendo sentimientos diversos, ideas y programas, querencias, apegos y procedencias varias. Madrid, en sus catetos final del XIX y principio del XX, ya tenía algo que otras se trabajaban con esfuerzo y artificialidad. Madrid ya era una sustancia abierta, volcada en la absorción de identidades bajo un carácter elástico y amable.

Cuando se habla del franquismo y sus excesos, los lastres con que trató de contener la expansión social española, muchos son los que reivindican para sí el doliente monopolio de un burdo victimismo. Barcelona, por ejemplo, no fue la gran víctima del franquismo. Barcelona se afirmó como la más europea de las ciudades españolas. Reverdeció mitos y poses, activó enseguida la creatividad de quienes a ella se acercaban, quienes buscaban entre sus calles y bullicio una válvula de escape de esa España acartonada de incienso y rifle. Y cumplió, vaya si cumplió, demostrando ser una urbe con posibles, un lugar de acogida y espontánea promoción del anhelo de libertad individual.

Madrid fue la gran víctima del franquismo. La tragedia no llegó a apagar su fuego, es más, del ambiente de corte franquista salieron magníficos rasgos de identidad que incorporar al genio madrileño. Pero pudieron con ella los desmanes arquitectónicos, el horror urbanístico, el desprecio de su ser, sus cosas, sus rincones, la frialdad de la entrega a un tráfico voraz e insaciable. El régimen apagó toda expresión subversiva; en lo político, obviamente; pero también en lo artístico e intelectual. Exagerando, como exagero, se entienden mejor las cosas. A pesar de los pesares en Madrid, durante el Franquismo, hubo la suficiente libertad como para que individuos emprendedores y singulares lanzasen al mundo sus actos audaces y creativos. La perspicacia no murió, pero sí fue cubierta de capas grises, gafas oscuras, bigotitos y mucho sinsabor a procesión. 

Y lo demás es historia. 2009, Madrid lleva décadas rompiendo barreras, expandiendo su ser, muy a pesar de sus pretendidos planificadores, sus nefastos urbanistas, sus poco atrevidos arquitectos. Un pueblo deambulando entre el orgullo y el más lastimero complejo. Madrid no se mira a sí misma pero está empezando a hacerlo. Lo peor de la democracia han sido sus alcaldes. Mejores que los regidores franquistas, de scalextric y brecha de asfalto, pero igualmente ajenos a su ciudad, queriendo cambiarla por cambiarla bajo un espíritu despojado de ética y de estética. Algunos aciertos relucen a pesar de las garrafales meteduras de pata. Lo que importa es que Madrid sigue viva, es atractiva, recoge lo que antes recogía Barcelona, recibe a los de fuera, vengan con Visa y reserva de hotel, o con esperanzas en un futuro incierto. Madrid no ha sufrido los cambios porque es dinámica y lo ha sido siempre. La libertad ha promovido adaptaciones palpables, pero su sustancia sigue siendo la misma.

Decía que los madrileños no nos merecemos los alcaldes que tenemos o hemos tenido. Unos por vacuos y sinvergüenzas, otros por poco ambiciosos y frugales. El último, el verso suelto del PP, el odiado por muchos que podrían considerarse como “propios”, pero querido, casi en idéntica proporción, por tantos “extraños”, mantiene un curioso equilibrio en torno a su persona que le permite perpetuarse en el poder a pesar de la queja general y la crítica constante. Gallardón es un tipo eficiente, también eficaz, perspicaz y ambicioso, atributos indispensables si de lo que se trata es de forjar un Alcalde prototípico o ideal. Le sobran dos cosas: por un lado, sus confesadas ganas de medrar, de saltar de un sitio a otro, de impulsarse en cada magistratura que tiene la suerte de ostentar. Por otro lado, como Alcalde de una ciudad como Madrid, la ceguera con que es testigo del bullir de esa urbe que rige, el desapego o sibaritismo con que trata los rasgos más o menos antiguos que la caracterizan. No es el culpable de que sea ésta una máxima en lo que a cultura urbana madrileña se refiere. Desgraciadamente los complejos y carencias abundan entre sus ciudadanos.

Los que se creen “de siempre” o de algo más que el resto, suelen ser los peores. Muchos desconocen la ciudad hasta extremos que rallan lo indecible. Otros la tratan como fuero de sus vagabundeos, sin levantar la mirada, sin fijarse en los detalles o respirar ambientes que van más allá de modas y poses modernas. El esnobismo abunda, también los nuevos ricos. Con los asilvestrados, esos que se trajeron alforjas de sus pueblos y tras dos, tres o más generaciones, siguen definiéndose  por ellos, ni siquiera cuento. 

Madrid no necesita unos JJ.OO. Ni una expo, ni unos mundiales de esto o aquello. Si tales acontecimientos no fueran lo que han llegado a ser, por qué no, no estarían del todo mal. Tristemente y en especial sucede con los dichosos JJ.OO, su espíritu es bien distinto. Son eventos de salvación, muestras de éxito nacional, en lo económico o en lo político, despliegues masivos que tratan de resucitar ciudades, de rescatar poblaciones enteras, religar emociones y reverdecer apegos indispensables para que el Estado o la corporación municipal de que se trate, perpetúe su artificioso dominio. Lejos de estos fines no dejan de ser agresiones contra la ciudad que llegue a albergarlos. Los JJ.OO pocas veces resultan inocuos y se disuelve su impronta sin que sean necesarios unos cuantos años de padecimientos. Únicamente las ciudades formadas, independientes, cosmopolitas y abiertas, resisten el envite negativo que tienen unas Olimpiadas. Y es por eso mismo por lo que no las necesitan. Para qué unos juegos si la actitud y el camino están bien orientados sin ellos. Tamaña intervención, con qué finalidad podrían pasar por provechosas y definitivas. Planificar un brote espontáneo trae nefastas consecuencias, la mayoría indeseadas a priori, siempre inesperadas por los promotores de lo que creían que sería una buena oportunidad.

Creo que Madrid resistiría unos Juegos Olímpicos. Y por ello, dada esa capacidad de resistencia, parece obvio que no los necesita.

Otros que no son Gallardón volverán a emprender el camino. 2020, 2024, 28, 32… llegarán los juegos si hay interés en ellos. De eso no me cabe la menor duda. Madrid, cuanto más tarde lleguen las Olimpiadas, será más íntegra, más dinámica, y menos, por tanto, necesitará semejante artificiosidad. De lo que tampoco dudo es de mi actitud al respecto: en un principio indiferencia, y a medida que se acerque el día de la elección, creciente excitación ante la posibilidad de éxito. Es lo que tiene amar la ciudad donde vives.

Saludos y Libertad!

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5 comentarios leave one →
  1. Liberand permalink
    octubre 3, 2009 12:58 pm

    Yo también reconozco que me emocioné los últimos 5 minutos antes de saber el nombre de la ciudad ganadora. Ya pasado eso, prefiero que no haya juegos, no hacen falta. Madrid es una ciudad maravillosa,con una vida única, no me imagino viviendo mucho tiempo en otro lugar.

  2. octubre 3, 2009 4:03 pm

    La única oportunidad que tenía Madrid es haberlo dejado todo en las manos de Esperanza Aguirre. Sólo ella, con su carisma y su generosidad, habría podido reunir fácilmente los votos de la mayoría del COI. Ahora lo único que nos queda es exigir la inmediata dimisión de Gallardón y Zetapé, los dos grandes culpables del desastre.
    Saludos liberales

    • Arrriba escuadras a vencerrr permalink
      octubre 3, 2009 8:21 pm

      Vuélvelo a intentar, que te sigue saliendo un discursito estalinista de sujeto atípico.

      Antes, te tomas las pastillas y dejas de suplantar a Dodgson.

  3. Sonam permalink
    octubre 3, 2009 8:32 pm

    Son los caraduras que hablan en nombre de las ciudades los que dicen necesitar juegos. Ahí está Lula para dar fe de ello.
    Y luego está el pozo de sabandijas del COI, pero eso es otra historia.
    Propongo una nueva marca de “calidad de vida”, como se dice ahora:
    “Olympics-Proof City”
    Y así en todas las entradas a la urbe.

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