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Pensamiento dogmático y Justicia Social

octubre 17, 2009

Los niños, en etapas relativamente avanzadas de su desarrollo de la mente, manifiestan un decidido apego por la regularidad. Conviven en la naturaleza humana una extrema ansiedad por comportarse en base a certezas pretendidamente estables, con la inquietud, la imaginación y la curiosidad que, en contraposición al dogmatismo que deriva del apego por la regularidad, mantienen al Hombre abierto a los cambios, a los nuevos estímulos y nuevas regularidades aprehendidas sin las que, de ninguna manera, su orden sensorial habría alcanzado los niveles de complejidad y especialización actuales.

El equilibrio entre esos dos vectores que tiran del desarrollo de la mente marcan, de alguna manera, el talante intelectual de cada individuo. Quienes, como de niños, piden siempre se lea el mismo cuento, se les ponga la misma película, o tiempo atrás, se les ayude a repetir una y otra vez, hasta la extenuación, el mismo movimiento simple, terminarán cayendo merced del dogmatismo intelectual. Por el contrario, alimentando un espíritu crítico ineludible a fin de favorecer la expansión del conocimiento y el hallazgo de errores  en las teorías prestigiadas, quienes estén dotados de una mente abierta a nuevos estímulos, nuevas conjeturas y datos, permeable a la adaptabilidad de relaciones causales, formación de teorías… ese tipo de personas hará avanzar la ciencia.

Hoy en día, a pesar de los fracasos, de la palpable demostración de la incapacidad del Estado para asegurar los resultados que él mismo se marca como objetivos en sus políticas redistributivas, el mito de la “justicia social” sigue tan vivo como en aquellos períodos de bonanza donde el expolio se sentía poco y el Estado gastaba a manos llenas (prometiendo y dando por doquier).

Justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada cual lo que es suyo. Presupone alteridad, es decir, la existencia de dos o más sujetos de Derecho; como voluntad, da por hecho que existe una necesidad de resolver un conflicto abierto, apaciguar una pugna de intereses o definir un derecho sobre algo; y por último, al remarcar “lo que es suyo” y no “lo que le corresponde”, o cualquier otro tipo de alusión a una eventual reasignación, la Justicia, como principio, da por cierta la existencia de derechos de propiedad plural, personales y privados, más allá de los dominios colectivos encargados en su ejercicio al Poder político.

Hayek dedicó gran parte de su obra a combatir las falacias y sofismas agazapados tras el ideal denominado “justicia social”. Ya hemos visto que toda justicia es “social”, porque social no es otra cosa que alteridad, interacción, la presencia de dos o más personas en interrelación. Tristemente la propaganda socialista (otro termino viciado de origen en su significado real) ha engalanado más de un principio fundamental con la etiqueta “social”. Social inspira la bondad del impulso, la voluntad de alcanzar una sociedad igualitaria, y, ante todo, la necesidad ideológica de pertrecharse de cierta justificación moral e intelectual para proceder al asalto definitivo de lo que es fuente de toda intervención: el relativismo de las leyes de distribución.

Con esa baza a su favor, los socialistas de todos los partidos entienden que es justo y razonable que desde el Estado, como gran maquinaria de dominación arbitraria que es, se decida, en mayor o menor medida, el contenido de las leyes de distribución. Fracasado el espejismo de control absoluto, sobre producción y distribución, los socialistas parecen haber reculado solo parcialmente, centrándose en la mera redistribución de una riqueza generada al margen de sus mandatos arbitrarios. Esto no es así, incluso en las socialdemocracias, donde el Estado convive con el Mercado en relación cambiante y adaptativa. Desde la legislación o la acción positiva del gobierno, el Estado también intenta decidir sobre la producción de bienes y servicios. La diferencia con los regímenes totalitarios (en lo económico) es que, además del recurso a la legislación planificadora, el Estado social siempre dependerá de la riqueza generada por otros. Es decir, el Bienestar que dispensa el Estado nunca es sufragado con fondos “propios”, sino que se soporta gracias al expolio fiscal practicado sobre los ciudadanos.

Toda acción redistribuidora conlleva previo expolio (directa, vía exacción, o indirecta, vía inflación monetaria). Reasignación de derechos de propiedad, arbitrariamente decidida, tomando como referencia, ante todo, un cálculo meramente político y estadístico, pero también un pretendido rigor económico que, como demuestran tanto la teoría del conocimiento como el teorema de la imposibilidad del cálculo económico al margen del mercado libre (imposibilidad del socialismo)… un rigor, decía, que nunca será tal, y, solo excepcionalmente, podrá apuntarse el tanto de haber contribuido (mínimamente, y con efectos nunca discernibles) al ajuste de fines y la coordinación de expectativa e intereses. Es decir, el Estado, siempre es una fuente de descoordinación.

Como toda intervención exige reasignación patrimonial resulta evidente que en ningún caso serán los actos redistributivos subsumibles en el principio de Justicia. Dar a cada cual lo que es suyo implica que esa voluntad de definición de derechos o resolución de conflictos tenga presente en todo momento la previa existencia de derechos de propiedad privada. El problema que se nos plantea aquí es que se considere la institución de la propiedad privada como algo “injusto”, a lo que es sencillo contestar con el siguiente argumento: si todas las cosas han de tener un dueño, lo que debemos analizar es el tracto propietario, es decir, desde que la cosa no tiene dueño alguno hasta quien en la actualidad dice ser su propietario. Si en ese curso de intercambios nos topásemos con alguna acción injusta o violenta, sería sencillo reconducir el derecho hasta quien, en el presente, debería ser su legítimo dueño.

El fin de este post no es responder a todas las teorías que niegan la institución propietaria (o le atribuyen una artificiosidad de clase), sino destacar que, en todo caso, el Estado social se sostiene también sobre derechos de propiedad plural, es decir, un escenario donde los individuos son propietarios de cosas y tienen el derecho a apropiarse de esas mismas cosas, así como de intercambiarlas. El Estado de Bienestar irrumpe, con la excusa de estar actuando en virtud de la “justicia social”, arramplando con bienes y derechos, trazando límites y barreras en mercados y actividades, tratando de “asegurar” resultados por doquier, a fin de captar recursos que asignar arbitrariamente en sus distintas políticas. Esa realidad, como hemos visto, es manifiestamente Injusta.

Ya no estamos frente a una voluntad de dar a cada cual lo que es suyo, sino de dar a quien se quiera aquello que se prefiera gracias a la capacidad irresistible que tiene el Estado-monopolio de la violencia de fiscalizar la renta y el patrimonio de sus súbditos. En realidad el Estado, aun cuando conviva con el Mercado y ciertos derechos de propiedad plural, se comporta como dominador de toda la riqueza comprendida dentro de su territorio. Rampla a gogó con el 50% de la riqueza generada cada año por sus súbditos, pero, al mismo tiempo, decide mediante una ingenua pero extensiva planificación, sobre el 50% restante. Es decir, el individuo vive dentro de un espejismo de libertad, en realidad, libertad positiva, donde el Estado decide siempre sobre sus bienes y el uso que podrá hacer de ellos. El éxito de la socialdemocracia no radica, en ningún caso, en el acierto de sus decisiones redistributivas, sino en la flexibilidad con la que compone sus relaciones con el mercado y la libertad individual, en su sentido negativo (hacer todo aquello que no esté prohibido, mientras que la positiva es hacer todo lo que esté previamente permitido…).

La situación responde al juego de intereses políticos, de desmoralización del individuo e inoculación de valores fantasma y sofismas intelectuales de todo tipo. Gracias a esos resortes el Estado permanece edificado sobre la ignorancia de sus súbditos y el pensamiento dogmático que les inculca desde la cuna. Una corte de securitarios (personas aferradas a la seguridad, temerosas de la libertad) que no ven más allá de los dogmas aprehendidos e incuestionados. La crítica se desvanece, la ciencia se pliega al servicio de la causa estatista, y los mensajes que se salgan de lo políticamente correcto y lo científicamente permisible, son considerados herejías merecedoras de exclusión inquisitorial.

Ese es el dogmatismo que, fundado sobre las espaldas de una falacia denominada “justicia social”, que hoy impera en nuestro mundo a modo de religión secular irreductible. Resulta sencillo entrever en cada caso cómo se manifiestan sus dogmas, percibiendo en aquellas personas que los defienden, el espíritu arrogante y acrítico que caracteriza a todo fundamentalismo.

Saludos y Libertad!

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