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El ocaso de la partición Zapatero-Rajoy

octubre 28, 2009

Un Zapatero-Aznar que duró poco, casi anecdótico, de trámite. Apenas 6 son los años que derechas e izquierdas han mantenido entre trifulcas y apegos en torno a dos personajes antagónicos: presidente del gobierno y jefe de la oposición.

Una figura representativa debe su capacidad de mando a varios factores:

1. Prestigio propio o del mecanismo, órgano o personalidad que sirviera a modo de fuente de su poder; 2. Autoridad personal, demostrada, o demostrable, unida a un creciente carisma y reverenciada capacidad de liderazgo; 3. Hallarse en la posición de mando sin que existan contrapoderes capaces de oponerse a sus pragmáticas internas.

Zapatero ha llegado a cumplir los tres factores, si bien sus comienzos fueron algo caricaturescos. Le falto legitimidad de origen, prestigio de un partido en cónclave, derrotado por segunda vez, con líos internos y un congreso que más que elegir secretario general puso todo su peso en no dejar que Bono alcanzara dicha distinción. Logró el Poder interno del partido, pero no la soberanía, existiendo contrapoderes suficientes como para acongojarle y mantenerle agazapado. Pero entonces, de improviso, ganó las elecciones generales. Logró entonces el mando interno que todo Presidente del Gobierno consigue para sí: dispensó cargos, distribuyó complicidades y dominó, en poco tiempo, su propio partido.

Zapatero gozó del beneplácito popular, de cierto carisma y autoridad, más por la campaña de descrédito abierta contra su antecesor, que por notables méritos propios. Durante años fue capaz de combinar a la perfección medidas radicales, posturas revanchistas, con cierto inmovilismo en temas de bolsillo y pelotazo.

Rajoy llegó por designación de Aznar. El prestigio de éste se transfirió a su decisión, aunque duró poco el regalito, ya que la derrota de 2004 puso en jaque la idoneidad del candidato. Se cerró filas, se enalteció a las masas afines, y Rajoy logró mando, liderazgo y cierto control de su partido. 2008 sirvió para demostrar que la calma popular era más un espejismo que una sólida realidad: afloraron los contrapoderes, se resquebrajó la autoridad del líder y, ante la posibilidad de una confrontación interna, el interés de Rajoy halló cobijo y aliados en los personalísimos intereses de quienes se sabían derrotados en ese justo momento. Alianza mezquina que impidió una renovación del PP, el saneamiento de su discurso así como el ansiado afloramiento de un liderazgo independiente y prometedor.

Corren tiempos complicados para ambos líderes. Zapatero ya es el tonto oficial, el radical desenmascarado, el analfabeto funcional que mayores perjuicios genera para los españoles, más si cabe a quienes desde su propio partido aspiran a mantener sus ámbitos de poder o conquistar otros nuevos. Zapatero carece de autoridad, de prestigio. Tan solo le queda el mando dentro de la organización de partido, que en breve, si las cosas siguen así, pasará del dominio a la ficción: por muy tramada y extensa que sea su red de control, los propios socialistas comenzarán a verla como algo extraño, artificial y en declive.

Rajoy sufre una situación parecida. Quienes le apoyaron en su mezquina decisión de quedarse, se tambalean hoy por sus mentiras, excesos y necedad en la gestión de las crisis de imagen. Rajoy ha intentado imponer su mando en dos casos que esclarecen su debilidad: Ricardo Costa y Caja Madrid. En el primero se le ha toreado desde el mando valenciano, que también se deshace entre los dedos de Camps, aunque no precisamente a favor de los intereses de Rajoy. En Madrid Esperanza Aguirre ha proclamado su independencia. Puesto que no se la dejó postularse para el mando central, la Presidenta ha optado por la libre asociación. Caja Madrid y ahora el caso Cobo medirán fuerzas y temperatura interna en el partido. Rajoy no conserva en su haber ni uno solo de los requisitos que más arriba hemos expuesto como indispensables para mantener su mando.

Los procesos de descomposición son paralelos pero muy distintos. Interrelacionados, pudiendo cualquiera de los afectados tener la tentación de apoyarse en la desgracia del otro. Del modo que sea, parecen condenados, salvo efectos inesperados, a ver su liderazgo menguar hasta la desaparición. Estallará entonces la crisis dentro de cada uno de los partidos y España deberá elegir, muy a pesar del enrarecimiento inducido por estos 8 años de gobierno radical y desnortada oposición.

Saludos y Libertad!

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One Comment leave one →
  1. Espectador permalink
    octubre 29, 2009 12:55 pm

    Zapatero y Rajoy son como dos borrachos tambaleantes agarrados uno a otro para no caerse. Se dan grandes voces y se insultan, pero necesitan apoyarse en el otro para retrasar el inevitable batacazo final.

    Si acaso, me da más asco Rajoy, porque me engañó durante algún tiempo. Mi opinión sobre la valía y fiabilidad de ZP en cambio siempre fue totalmente negativa. El DonTancredismo de Mariano, manteniendose inmovil a ver si el morlaco de los problemas le pasa de largo soltándole resoplidos, sería patético si no fuera tan despreciable. La responsabilidad de este individuo y de los que por cobardía o cálculo lo mantienen es imperdonable.

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