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El Líder

noviembre 3, 2009

Se hablaba de él como fuente de mando en el seno de aquella civilización de antropófagos come ratones que protagonizaban la serie de ficción “V”. Una imagen totalitaria de lo que la historia de los últimos doscientos años ha definido a la perfección como el líder implacable. La autoridad mágica del líder, tensión y obediencia acogida por sus súbditos con resignación, entusiasmo o un desasosiego que inmoviliza, tiene su propia versión dentro de las sociedades occidentales de hoy.

Rajoy no es Obama. La estructura política de España dista mucho de la representatividad y la competencia de liderazgo que caracteriza a los EE.UU. No puede decirse que el régimen americano sea perfecto, pero sí que mantiene un espíritu ajeno al totalitarismo que impregna el partidismo europeo. En España el fracaso de UCD y las temerosas previsiones del constituyente, forjaron un sistema político blindado contra la discrepancia. Solo el dislate, el torpe disparate, las crisis, los shocks reales que arrecian de improviso, corruptelas o bombazos, pueden hacer que en el seno de alguno de los grandes partidos surjan voces disidentes con visos de cuestionar el liderazgo vigente. Unas elecciones perdidas son el mejor momento para revisar posiciones a fin de ganarse o reforzar una autoridad en entredicho.

Rajoy preside una organización política jerarquizada, de corte totalitario, sin democracia interna, y con resortes de mando incuestionables. El PP responde al modelo de partido único que reprodujeron los partidos de izquierda en la transición y que la derecha asumió como única garantía de unidad y crecimiento electoral.

Cuando un liderazgo es fuerte, como lo fue el de Aznar, o lo es hoy el de otros líderes populares a niveles regionales, poco importa que los estatutos del partido confieran a su presidente poderes plenipotenciarios, casi tiránicos, capaces de aplacar el más mínimo conato de discrepancia interna. Todos siguen al Líder como se siguió a Hitler, Stalin o Mao, como se claudicó ante el franquismo o se tragó con los excesos de otras dictaduras. El liderazgo, con ese poder mágico que eleva a su titular hasta la mismísima divinidad secularizada, pesa incluso más que el apego libertario de muchos. Tener un guía es mucho más atractivo para la mayoría que dejarse llevar por sus personales cálculos de conveniencia u oportunidad.

Rajoy ha dado un golpe sobre la mesa queriendo que se tambaleasen los peones de sus rivales en liderazgo. Rajoy necesita resistir, que Zapatero siga apareciendo como un Presidente improvisador e incapaz de resolver la grave crisis que vivimos; resistir y triunfar, o, a la tercera va la vencida, son sus consignas de autocomplacencia que lo hacen seguir apostando por sí mismo, a sabiendas de su pobre liderazgo personal.

España necesita un líder. El PP necesita un líder… son frases de las que pocos llegan a dudar. El Poder absoluto encarnado en esa artificiosidad impersonal que es el Estado, debe ser dirigido por una cabeza visible, un comandante en jefe, un rostro que dulcifique el cariz burocrático de ese Dios mundano al que confiamos todos nuestros anhelos. La alternativa, simplemente, la competencia en libertad. Si nuestro régimen político y las facciones ideológicas en que se encarna la opinión pública, gozaran de un carácter algo más libertario, quizá no confiaríamos en liderazgos totales sino que apreciaríamos más la posibilidad de que las estructuras, cada una a su nivel, fueran gobernadas por distintos rostros. El pluralismo político que nuestra Constitución proclama no es más que una tapadera del totalitarismo amable que padecemos los españoles.

Saludos y Libertad!

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