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Rato y el Poder Financiero

noviembre 16, 2009

Parece cantado que el exvicepresidente del Gobierno, Rodrigo Rato, será elegido nuevo Presidente de Caja Madrid. El juego de bancos, comunidades autónomas, cajas de ahorro, gobierno de la Nación, Banco de España y Banco Central Europeo puede ilustrar perfectamente en qué consiste en realidad el Poder Financiero.

Ministro de Economía durante 8 años, Director gerente del FMI, coqueteo con el Banco Lazard, incorporación al Consejo asesor internacional del Banco Santander, y por fin, candidato más que probable a la Presidencia de Caja Madrid. Una carrera intensa pero descompasada y arrítmica, posiblemente guiada más por pulsiones personales y familiares que por una premeditada estrategia onanista de ambición personal. La cartera llama, y no se parece en nada ingresar sobre los 100.000 euros anuales, a triplicar dichos emolumentos por cruzar el charco, o quizá multiplicar por más de 10 veces la retribución pública de esos 8 años de gobierno, por el simple gesto de pasarse al sector privado. No busquemos razones, no aquí.

El Poder Financiero es siempre una realidad competitiva, desde una perspectiva individualista, y no si tomamos en cuenta la estructura organizacional que normalmente adopta a medida que ve incrementada su complejidad primigenia. Los Estados, ya en sus albores, fijaron su objetivo en el control, directo o indirecto, del Poder financiero. El privilegio de la reserva fraccionaria, concesión de privilegios a determinados bancos, la instauración de un patrón fiduciario, del curso forzoso de una moneda nacional, son simples fases de la expansión estatalista en el dominio financiero.

Esta realidad adopta formas diversas, pero nunca pierde su esencia radicalmente infiltrada por los tentáculos estatales. Cuando he afirmado que el poder financiero es competitivo en términos personales, debe entenderse que siempre serán individuos quienes se disputen el control de concretas parcelas del mundo financiero, en términos espaciales o substanciales.

La existencia de un único banco, centralizando en su estructura organizacional, más o menos jerarquizada o sometida al mandato gubernamental, no difiere, en cuando a los resultados, al sistema plural que hoy abunda en occidente. El tipo de dinero ya es público 100%, como lo es la regulación del sector bancario y financiero, incluidos límites a la propiedad de entidades y formas de organización social de las mismas. La reserva fraccionaria es un privilegio legal, que todos disfrutan, pero que tendría idénticos efectos si un solo banco copase por concesión estatal todo el sector. De hecho, y de alguna forma, el sistema de bancos centrales y el juego de tipos de intervención, asegura la dirección centralizada de las políticas expansionistas. La contracción crediticia planificada, al margen de las fuerzas espontáneas que se despliegan previa expansión, es un ejemplo de cómo el Banco Central aspira a dirigir un sistema en apariencia plural y competitivo.

Compiten las personas por alcanzar este o aquel puesto de responsabilidad, por imponer criterios o condicionar la política económica. Lo hacían en la Rusa soviética como lo hacen hoy en la Zona Euro con decenas de bancos privados y entidades más o menos públicas. La cuestión que se nos suscita es la siguiente: ¿Por qué pese a que el sector financiero es, hoy por hoy, el mejor ejemplo de planificación y sometimiento de la libertad y la propiedad privada a los intereses generales decretados por el Poder político, no adopta la forma natural en tales situaciones, centralizando en un solo banco el depósito y la intermediación financiera nacional (o europea)?

La respuesta encierra tantas razones que sería ridículo tratar de transcribirlas todas. El orden social, político o económico no responde a simples reglas de formación, sino que son resultado de complejísimos procesos de interacción y lucha de intereses personales. Dicho esto, de entre todos los motivos, quizá sea el elemento competitivo el que tenga más relevancia práctica: es tan grande el negocio y tantas las formas de orientarlo, que la mera competencia personal deriva en la pretensión de dominios cada vez más autónomos, o, como ha sucedido en la historia financiera reciente, la resistencia particular ante ciertos avances públicos, y, al mismo tiempo, la integración en un sistema general, renunciando a determinados aspectos siempre a cambio de aminorar riesgos y multiplicar beneficios gracias al estatalismo inflacionista.

Pero, además del juicio anterior, puede que también impere la propia necesidad del Estado, como estructura de dominación impersonal, pero absolutamente conectada con el orden que aspira a gobernar. El Estado debe protegerse de los efectos colaterales de todos sus actos explíticos de intervención. No hay nada más evidente que el dinero, estatal, el tipo de interés, también estatal, la regulación financiera y bancaria, idem, o la supervisión y dirección de la política económica o la mera labor de las entidades presuntamente privadas. Pese a la condición pragmáticamente pública del sector financiero, el Estado ha conseguido que todas las consecuencias no queridas, nefastas o destructivas, no le sean, en ningún caso, atribuidas a él, sino a los agentes privados que juegan el juego que el propio Estado maneja.

Aquí como en otras cuestiones se aprecia dónde radica la clave del éxito del totalitarismo socialdemócrata que hoy nos subyuga (plácida y hedonísticamente). No faltan las voces que desde el socialismo radical piden no una más férrea e intensa intervención, sino la directa nacionalización de la banca “privada”. Ya hemos visto que los resultados con uno u otro modelo no diferirían demasiado, entonces, ¿por qué ninguna facción política se atrevea a hacerlo? Al margen de otras consideraciones, y sin incluir en la reflexión la complejidad que conlleva, la respuesta es muy clara: se trata de una estrategia de salvaguardia de la legitimidad del Estado. A sabiendas que su intervención, redistribución y recurso inflacionario provocan fuertes desajustes capaces de hundir la economía de forma recurrente en forma de ciclos, prefiere mantener una estructura aparentemente privada, antes que dejar caer el velo de lo que realmente sucede en el mundo “capitalista” de hoy: El imperio del Socialismo real financiero. De ahí que solo se hable de la codicia de unos, y no de los vicios de tanto funcionario y dirigente político. El Estado debe siempre aparecer como el salvador, aunque suela ser el causante del mismo mal que luego torpemente combate.

Saludos y Libertad!

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4 comentarios leave one →
  1. noviembre 16, 2009 7:27 pm

    No entiendo muy bien como esta gente puede dormir bien por las noches, o como viven con una tranquilidad de espíritu digna de un monje gregoriano. Después de lo que saben, lo que permiten y lo que ordenan, con lo que ocurre en el mundo, no comprendo como esta gente puede respirar tranquila a lo largo de su vida. Esta gente, que gestiona los destinos de países y transnacionales, son la gente más terrible y odiosa del planeta, pero no parece afectarles demasiado. Ayer veían en Redes que hablaban de ser bueno o malo, que si los humanos somos innatamente buenos o innatamente malos. La conclusión a la que llegaban es que simplemente había gente buena y mala, sin que ninguno de esos dos estados puros pueda aplicarse a la generalidad de la especie. Esta gente es mala. Piensa mal, actúa mal y consigue maldad. Esta gente no debería existir.

  2. noviembre 16, 2009 7:44 pm

    Hombre, Lainon, aunque comprendo y comparto tu indignación, no caigamos en eso. Quienes copan el poder financiero, bien a través de instituciones estatales, o desde entidades “privadas” bajo graciosa concesión del entramado financiero general, son tipos interesados, como tú o como yo, es decir, persiguen fines particulares e intentan hacerlo donde mejores oportunidades encuentran. Cuando hablas de maldad relativa, seguro que haces referencia a los resultados de sus actos.
    También es empresario quien vende armas a una banda de africanos que esclavizan a niños para masacrar a gente inocente. Los resultados le comprometen, porque nadie se le escapa los efectos terribles que tienen sus negocios. Lo que sucede con el Poder financiero es que la mayoría de los que ansían detentarlo, como también la mayoría de los “teóricos” o analistas que lo estudian, creen que existe la manera de organizar, en base a concretos juicios de utilidad y en virtud de resultados preconcebidos, esa parcela tan importante del mercado. Como creen poder hacerlo, y además estiman que los resultados que persiguen son beneficiosos para todos nosotros (más actividad económica, pleno empleo…), pues no se toman a sí mismos como responsables de las consecuencias directas o indirectas de sus actos y decisiones.
    Qué sucede, y esa es la curiosidad que me ha llevado a escribir este post: que cuando arrecia el temporal, siempre se señala con el dedo a esa parte del Poder financiero que permanece en el “lado privado”, mientras que el “lado público” queda inmediatamente exonerado, y además, con las manos libres para despacharse agusto a través de intervenciones, controles de salarios a los directivos privados, nacionalizaciones de activos, etc…
    Esa es la paradoja de un sistema enteramente estatista, pero que a la vez posee incorporado su propio chivo expiatorio a fin de salvaguardar la supervivencia del sistema mismo.
    Saludos!

    • noviembre 16, 2009 7:55 pm

      Yo no he dicho que sean los únicos malos: son un ejemplo de maldad. Esta gente, como bien dices, funciona según sus intereses. Pero no me compares con esta peña: una cosa es que uno mire por sus intereses (como hacemos todos), y otra cosa muy diferente es que para conseguir esos intereses se comprometa toda ética y moral social y humana, que es lo que hacen ellos. Será que soy muy buena persona, pero yo no puedo actuar como ellos. Desde mi punto de vista, esta gente no debería poder actuar ni vivir como vive. Hablas de poder financiero público… ¿Cuálo? Hace ya mucho tiempo que no hay poder público, de ningún tipo. Que alguien me demuestre lo contrario.

  3. noviembre 16, 2009 9:03 pm

    Acepto la corrección: poder financiero estatalizado, no público 😉
    No te comparo, hombre, nada más lejos… simplemente digo que en este caso concreto, la mayoría creen que sus acciones son inocuas, o peor, beneficiosas para todos. Es ahí donde debemos dirigir nuestro esfuerzo, en atacar dicha convicción.
    Saludos!

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