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2011

noviembre 17, 2009

Mientras que en el resto de Europa y los EEUU la crisis parece haber tocado fondo (no seamos tan optimistas en cuanto a la recuperación en sí), España mantiene los peores augurios para su economía. Ya hemos dicho que si fuera cierto que en los EEUU hubieran dejado atrás lo peor de la recesión, no habría sido gracias a los parcialmente ejecutados Planes de Obama, sino consecuencia exclusiva de la gran flexibilidad y dinamismo de economía.

En Europa, a pesar del lastre que representa el Estado Social, la fuerza de los sindicatos, y el espíritu anticapitalista reinante en todos los partidos (salvo contadas excepciones) que, desde izquierda o derecha, la gobiernan, resulta que la dichosa Globalización, la presencia de nuevos y potentes mercados, y el crecimiento que en las últimas décadas han experimentado las economías emergentes, podrían haber servido de amortiguador y salvaguardia de su prosperidad (la europea) y resistencia frente a la crisis. No sabemos qué nos deparará el futuro, pero sí que la expansión de mercados e intercambios libres ha transformado profundamente nuestro mundo, dejando inoperativas las estimaciones empíricas que, tomando como referencia crisis del pasado, tratan de plantear escenarios y políticas para el presente.

España dobla la tasa de paro media de los países desarrollados, y casi triplica la calculada para las 10 potencias industriales. No se trata de una particularidad achacable a nuestro modelo productivo, como tanto economista, sindicalista y político se esmera en afirmar. Es cierto que el parón en la construcción genera un súbito incremento del paro, pero lo anormal es que los trabajadores que abandonan dicho sector, no tengan ninguna oportunidad para reubicarse en otros ámbitos laborales. Tenemos un grave problema de intervención en el mercado de trabajo, principalmente, que impide la recolocación. Además, el Estado, como máximo inversor y consumidor de la economía, limita la actividad, impide el ajuste, siendo en tiempos de crisis un obstáculo insuperable siempre que no acepte su necesaria constricción.

Siendo posibilistas, sin caer en el radicalismo, dos son las políticas que un Estado puede enfrentar ante una crisis como la que padecemos: la menos mala, o la peor.

-La menos mala: no reducir el gasto, tampoco aumentarlo, simplemente reorientarlo. Elegir sectores a los que ayudar puede generar una falsa apariencia de salvación, cuando en realidad la reasignación de recursos libera a unos del ajuste, momentáneamente, mientras que impide en otro lado un eventual empuje que ayudaría a coordinar, reajustar e iniciar de nuevo la senda de crecimiento. Dicho esto, seamos prácticos, a los políticos se les pide que “hagan algo”, y la pugna entre facciones impide su rectitud. Invertir, desde el Estado, en sectores que no fueron sobredimensionados en la fase expansiva, y que además son, previsiblemente, sectores con proyección a medio o largo plazo, no es la peor de las opciones. Lo importante es que el gasto no crezca, sea reducido en su versión corriente, no se dirija a los sectores sobredimensionados, y limite los dispendios meramente de consumo, centrándose en la inversión.

Dentro de esta opción “menos mala” debe incluirse una minoración impositiva, reconsiderando la presión fiscal por clases de tributos y materias, potenciando el ahorro y la inversión, liberando así recursos hasta entonces en manos del Estado. Bajar los impuestos y no reducir el gasto genera déficit y endeudamiento. Un periodo de déficit controlado, pero relativamente alto, acudiendo al mercado de capitales tratando de uno comprometer la inversión privada, es un mal asumible, siempre y cuando se hagan los deberes en otro ámbito fundamental: la liberalización de mercados, incluido el de trabajo, o el de aquellos sectores donde tenderá a concentrarse la inversión, pero también de aquellos que experimentaron una inflación desmedida durante la fase expansiva.

-En contraposición, parece obvio en qué consiste la peor de las políticas económicas con la que un Estado puede tratar de salir de una crisis: incrementar al gasto, concentrándolo en prestaciones sociales, incremento de los subsidios y el consumo público, dirigido a aquellos sectores sobredimensionados en la fase de euforia. Al caer los ingresos fiscales, inmediatamente se entra en déficit, creciendo la deuda de forma exponencial. Si a continuación se opta por subir los impuestos, el círculo vicioso se cierra y la economía nacional entra en una espiral recesiva imparable. Si a esto añadimos la negativa a reconsiderar la intervención pública sobre los sectores clave de la recuperación, como son el mercado de trabajo, el de energía, comunicaciones, financiero, pero también turístico o inmobiliario, el colapso adquiere tales dimensiones que la salida de la crisis se aleja, se aleja, se aleja… se fue.

En realidad no ha sido mi intención retratar la política de Zapatero como la peor que puede emprender un gobierno, pero es que sus características son tan evidentes que la subsunción adquiere una facilidad pasmosa. España está en la ruina, principalmente, por cómo se están haciendo las cosas. Mantener contentos a los desempleados es compatible con adoptar políticas activas de empleo, que no son en absoluto las mismas que demandan los mafiosos sindicalistas, sino el abaratamiento del despido y la reducción de impuestos y cotizaciones sociales. Bajar los impuestos es compatible con mantener el gasto, siempre y cuando éste sea ajustado en el lado corriente y bien orientado en inversiones sostenibles y con futuro. La deuda es un recurso legítimo siempre que exista un horizonte-límite, caiga la presión fiscal y se liberen los mercados. Sin todo ello, la deuda debe entenderse como un cáncer que compromete a corto, medio y largo plazo, la viabilidad económica de una nación.

Zapatero es un peligro. Necesitamos políticos audaces, pragmáticos, pero atrevidos. No pido que esta crisis sirva para dejar en cueros al Estado, sí para que se reconsidere su relación con el Mercado. La gente necesita ver que se hacen cosas: eses es el arte de la política, dar al pueblo lo que pide sin dejarse llevar por esas mismas exigencias populares, es decir, vender humo y hacer las cosas bien.

Saludos y Libertad!

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2 comentarios leave one →
  1. noviembre 20, 2009 5:18 pm

    Es sorprendente como no ha hecho más que retrasar y retrasar la salida de la crisis en sus previsiones. Y ahora ¿Quién se cree que de verdad vamos a salir en 2011?

  2. noviembre 20, 2009 6:48 pm

    Nadie sabe cuándo saldremos de la crisis; son tantos y tan complejos los factores que intervienen (conocidos, mensurados y desconocidos e inmensurables) que es imposible prevenir las circunstancias que nos llevarán de nuevo al crecimiento de la producción. Lo que sí podemos saber, o intuir con suficiencia, son las medidas peores y mucho peores que un gobierno puede adoptar como política económica. Por desgracia Zapatero ha pasado del inmovilismo al activismo más horrible.
    Saludos!

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