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Agricultores

noviembre 22, 2009

Cospedal y Cayo Lara se dan la mano en apoyo de las reivindicaciones del campo. No se puede hacer un ejercicio más descarado de hipocresía y oportunismo que el practicado por PP e IU en la manifestación de ayer.

Los agricultores son, al mismo tiempo, víctimas y verdugos de sus constantes peticiones de intervención. Precios mínimos para vender sus productos, restricciones de los márgenes de distribución, subvenciones locales, de tipo de cultivo, estacionales o generales… Dice Cayo Lara que el campo paga “las políticas neoliberales de la UE”, obviando una obviedad: el presupuesto de la UE se dedica prácticamente al 100% a subvencionar agricultura, pesca y ganadería de los países de la Unión.

Cospedal pide ayudas. “Ayudas” para todo el que se manifieste en contra del gobierno. Está claro que la estrategia del PP no se caracteriza por la coherencia, ya que si fuera cierto que en caso de gobernar optaría por una política de reducción del gasto y los impuestos, el primer ámbito donde debería actuar serían el campo español y sus chupópteros.

Cuando se habla de que los agricultores no son capaces de producir sin incurrir en pérdidas y que la actividad deviene ruinosa, parece que de la noche a la mañana los seres humanos han dejado de alimentarse a diario de especies vegetales y animales, cultivadas o capturadas. Existen precios para cada producto. No son fijos, sino históricos, pero lo suficientemente estables como para que un empresario advierta la posibilidad de obtener una ganancia invirtiendo en dicha actividad. La ganancia existe mientras el alimento sea un bien escaso, pero además, indispensable para la supervivencia del Hombre. Esto supone que, llegado el caso, un individuo tendería a renunciar a otros fines antes de morir por inanición.

Los agricultores se agitan por los tremendos márgenes de la distribución de sus productos. Lo que ellos venden por 1 acaba siendo comprado por el consumidor final por más de 5. No entienden que un mismo producto, mediando la distribución entre uno y otro estado, puede ser unas veces bien intermedio, otras, bien de consumo. Sus precios son necesariamente diferentes. Si la distribución de alimentos falla no será porque los agentes actúen libres en dicho ámbito. Si fuera posible ajustar más los márgenes, retribuir al agricultor con 2, por ejemplo, y vender al consumidor final por 4, no habría razón para que no fuera así. Lo que importa aquí es que el Estado no proteja a unos o a otros, sino que los agentes interactúen con libertad. Los precios, en un mercado libre, tienden a ajustarse merced de la competencia, consiguiendo márgenes estrechos para todos los productores de un sector como el alimentario básico.

El problema del Campo, aquí, en Polonia o en la China, es que los campesinos han sido siempre víctimas o verdugos de intervenciones terribles. Víctimas porque bajo la batuta del Estado, siguiendo patrones socialistas, se quiso planificar la producción de alimentos para garantizar el abastecimiento. El resultado de tanta subvención, precio máximo o precio mínimo, fue el contrario al inicialmente fijado: el desabastecimiento, la precariedad, la falta de dinamismo e innovación… En definitiva un sector siempre necesitado de “ayudas”, así como una bolsa de población enquistada en actividades incapaces, en un sistema libre, de darles sustento y beneficio empresarial.

El Paro es consecuencia “de que la distribución del trabajo es distinta de la distribución de la demanda” (Hayek). No es que no exista una demanda fuerte y sostenida de productos alimentarios, sino que la cantidad y calidad de recursos invertidos en su producción es excesiva o no se ajusta a las características reales de la demanda. Los agricultores españoles compiten con dos frentes distintos: la producción más eficiente o menos costosa de determinados alimentos en otros países, y, en segundo lugar, las subvenciones con las que otros Estados protegen a sus propios agricultores.

En España no tiene sentido aferrarse, a cualquier coste, a la producción específica de determinados bienes (puede que trigo, leche o tomates, por ejemplo). El comercio internacional, a pesar de aranceles y restricciones, coloca esos mismos alimentos a un precio con el que no se puede competir salvo que se recurra a la subvención. Poco importa que dicho producto venido del exterior sea barato gracias a las subvenciones concedidas en su lugar de origen. Lo que realmente importa son calidades y costes. Si se puede comprar un tomate de unas calidades concretas, por un menor precio que el que aquí impondrían a golpe de decreto dados unos costes, parece razonable el destino de nuestra elección.

Subvencionar el campo es quizá la práctica más antisocial: condena a millones de personas a la falsa sensación de que su actividad merece una retribución más allá de las valoraciones de los consumidores. Al final son estos últimos quienes pagan el coste real de cada bien: precio más subvención (vía impuestos). Los agricultores son receptores netos de ayudas, ya que su mera existencia como productores, en la mayoría de los casos, no es sino una anomalía. Anomalía muy cara de mantener y con efectos sociales terribles, ya que todos esos trabajadores son enquistados en líneas de producción manifiestamente ineficientes, no siendo desplazados allí donde sí serían valorados.

El agricultor es un tipo ideal de productor, mimado y utilizado por los socialistas de todos los partidos. Es quien nos provee de alimento, lo que les blinda, en cierto modo, contra gran parte de las críticas posibles. Se toma en cuenta su mérito, y no el valor de mercado de aquello que producen. Y esto es tan viejo como el mundo… pretender que la retribución de cada uno dependa del mérito de sus actos, aun cuando en determinadas fases del desarrollo de la civilización, fue posible (pequeños grupos, aun hoy en día dentro de la familia, o el ejército, por ejemplo), no es compatible con la necesaria coordinación de un orden social extenso, complejo y populoso como en el que vivimos. La imposibilidad del socialismo, además del aspecto puramente de cálculo económica, tiene en esta distinción entre mérito y valor una de sus claves fundamentales.

Los recursos tienden a ser invertidos o dedicados allí donde su producto es más valorado, en un contexto de intercambio libre del que llueven precios históricos a modo de señales e información con la que tomar decisiones empresariales. Los recursos no pueden ser invertidos allí donde una concreta opción moral adjudica un mérito mayor, y mucho menos ser retribuidos en función de dicho cálculo. Para hacerlo resulta indispensable reasignar riqueza, es decir, expoliar y redistribuir.

Los agricultores ineficientes y subvencionados (este post no está dedicado a los agricultores eficientes y que no necesitan subvención para seguir produciendo), se han convertido en un lastre social, un drama y una banda violenta de pedigüeños. Son la estampa del fracaso de la planificación. Una foto que debería ser incómoda tanto para Cospedal como para Cayo Lara. La una por decirse más liberal que socialista, el otro por proclamarse con descaro profundamente socialista.

Saludos y Libertad!

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7 comentarios leave one →
  1. hombredeapie permalink
    noviembre 22, 2009 7:02 pm

    Aunque sea cierto que haya problemas en la planificación de la prosucción agrícola, habría que hablar de los márgenes y beneficios de los intermediarios.

  2. DePaso permalink
    noviembre 22, 2009 7:45 pm

    Tiene gracia, los comunistas defendiendo (es un decir, porque probablemente sea pura propaganda) a los kulaks. Vivir para ver.

  3. noviembre 22, 2009 7:47 pm

    Si son tan amplios (que no lo dudo), lo que debemos preguntarnos es por qué razón no surge más competencia en la distribución, es decir, qué barrera impide que entren nuevos agentes en el mercado de la distribución.
    La verdad es que vender por 10 algo que he comprado por 1, o menos, me parece un negocio muy lucrativo, dados los bajos costes de transporte y comercialización… Algo hay, y ese algo no es el mercado, sino alguna concesión, ley o privilegio público. Y si no fuera así, que venga alguien y lo explique.
    Saludos!

  4. noviembre 22, 2009 11:49 pm

    Muy mal lo debe de estar haciendo el gobierno para que los agricultores se manifiesten en masa

  5. noviembre 23, 2009 11:56 am

    “Aunque lo irracional y absurdo de la política agraria puede apreciarse acaso más patentemente en los Estados Unidos, tenemos que referirnos a otros países para darnos cuenta del enorme alcance que tales medidas, sistemáticamente aplicadas, (al agricultor) […] –cuya cerril independencia se suele evocar como argumento para mantenerlo a costa del erario público –, hasta convertirlo en el más regimentado y supervisado de todos los productores” HAYEK, Friedrich A. (1959): Los fundamentos de la libertad. Unión Editorial. 6ª Edición 1998. Madrid. Pág. 470.

    Desde entonces, las cosas siguen igual, por algo será. ¿No?

    Saludos

  6. Cha14 permalink
    noviembre 23, 2009 12:16 pm

    ¿Alguien puede explicar lo que es un “precio Justo” ?, ¿justo para quien?, ¿para el que compra? o ¿para el que vende?,.

  7. noviembre 23, 2009 12:25 pm

    El precio justo es el que marca el libre juego de la oferta y la demanda.

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