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¿Dónde está el límite?

diciembre 10, 2009

Es muy legítimo, incluso riguroso, apelar a las ventajas de la independencia de regiones que hoy forman parte de unidades políticas más amplias. El nacionalismo liberal, la competencia entre unidades políticas pequeñas, más dependientes en lo que a comercio internacional se refiere, puede, en teoría, derivar en más libertad para los individuos y vínculos pacíficos entre los Estados resultantes. La utopía culmina en un escenario atomizado, reducido a las naciones más puras y homogéneas, conviviendo en armonía bajo un equilibrio perfecto, dejando atrás la tensión entre pueblos previamente condenados a convivir y aguantarse sometidos a sistemas de redistribución territorial más amplios.

En este modelo imaginario no desaparecen las unidades políticas, tampoco se cuestiona la persistencia de estructuras de dominación, o Estados, fiscalizando la vida de sus súbditos. Se conforma con añadir el elemento competitivo interestatal como mejor garantía de una mayor libertad.

Pero, ¿dónde está el límite? Esto es algo que el nacionalismo moderado o radical no es capaz de fijar, o peor, ni siquiera se lo plantea. Hablar de las ventajas de que el Reino Unido se desuna en Escocia, Gales, Inglaterra e Irlanda del Norte, puede deberse a una estrategia que, huyendo de la abstracción, pretenda ejemplificar con entidades culturales, políticas o nacionales, relativamente distinguibles para el gran público. O no. Sencillamente, y parece lo más probable, se trata de una más de las estrategias posibles para argumentar a favor de la secesión política sin apelar a lo emotivo, al nacionalismo puro y duro.

La experiencia nos dice que son menos los ejemplos de secesionismo liberal que los de independentismo intervencionista. Que la unidad política sea más pequeña e independiente no implica, necesariamente, que derive en una actitud exterior e interior, aperturista y liberal. Este es uno de los mitos que maneja esta teoría para esconder la fuente real de la mayoría de las pulsiones nacionalistas.

Pongamos un ejemplo. Siguiendo la dinámica planteada, lo razonable es que la Comunidad Madrid, como unidad de intervención y redistribución interna, saliera beneficiada quitándose de encima a manchegos, extremeños, andaluces o gallegos. En teoría, también estos obtendrían una ventaja, estimulando su espíritu competitivo y emprendedor. Pero, por qué razón deberíamos quedarnos ahí. Dentro de la Comunidad de Madrid existen municipios como Parla, receptores netos de la “solidaridad del resto”, es más, aplicando el principio de balanza fiscal, la Ciudad de Madrid saldría ganando librándose del resto de la región, y claro, ese resto, obtendría idéntica ventaja, quedando las entidades resultantes en paz, armonía y prosperidad común. Y si no nos detuviéramos en límite administrativo presente, que distingue las fronteras del municipio de Madrid. Los habitantes del distrito de Salamanca, Chamberí, Chamartín, Arganzuela, Retiro, Moncloa, Ciudad Lineal y Hortaleza, podrían tener la tentación de librarse del resto de distritos. Total, siguiendo la teoría de marras, todos saldrían ganando. ¿O no?

Llevado al absurdo, la teoría competitiva acabaría en un escenario de atomización política extrema, donde cada individuo sería no solo dueño de todo su patrimonio, sin limitación redistributiva alguna, sino también una suerte de entidad política aislada… Ni siquiera un planteamiento anarquista de mercado comprende una situación semejante.

Aun con todo, para los nacionalistas, el límite está más que claro. Se habla de Cataluña, no de los barceloneses, o los gerundenses… Se habla de que Andalucía o Extremadura saldrían ganando si España, como unidad política, desapareciera.  No son límites pretendidamente objetivos, sino límites preestablecidos por criterios exclusivamente emocionales, rompiendo incluso certezas culturales, redes comerciales efectivas, distribuciones de patrimonios personales, lazos familiares, instituciones comunes, acervo político…

Quien habla de Cataluña, Euskalherria, Escocia, Quebec o Córcega lo hace en clave tan nacionalista como el que habla de España, Francia o Reino Unido. La diferencia es que aquellos aspiran a constituir un modelo de Estado del que nunca han disfrutado. Pretenden descomponer unidades políticas de una clase que nunca ha existido dentro de esos territorios singularizados. Su estatismo es idealista, su historicismo capcioso. Una invasión como la de España por Francia o Francia por Alemania, sí legitima la aspiración independentista de quienes se saben oprimidos por otros Estados. Lo demás, aparte de la imaginería nacionalista, el revival medievalista y la manipulación particularista, no deja de ser un capricho de dudosos efectos positivos y liberadores para los individuos afectados (a uno y otro lado del límite fijado).

Saludos y Libertad!

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13 comentarios leave one →
  1. DePaso permalink
    diciembre 10, 2009 12:44 pm

    Recuerdo el comentario de un colega de profesión -es decir cocinero como yo- un tanto cínico: Mira dicen los libros de cocina (era, como ve, un cocinero leído) que cuanto más pequeños los trozos de lo que estás guisando menos tardan en cocerse ¿eso quiere decir que si los corto muy, muy pequeños tardarán en cocer un tiempo cero?

    Hablando un poco más en serio, creo que pudiera ser que esté Ud. confundiendo algo. Formado entre peroles, fogones y cuchillos no me atrevo a precisar más.

    Por otro lado, a mí todo esto de la reclamación de más autonomía, más descentralización, etc. siempre me ha parecido un atinado truco de los cacicatos locales (de todo signo) para hacerse con más poder, y siempre en detrimento de la libertad de los individuos.

    Bueno, gracias por dejarme intervenir en su blog, debo atender unos souflés. Ya sé que no están muy de moda (los souflés) pero a mí me gustan. Y a mis clientes también.

  2. diciembre 10, 2009 1:03 pm

    Un par de matices:

    En mi entrada no me refiero a la competencia fiscal en sí, sino a los perjuicios de ser receptor de subsidios (en este caso, a nivel de la Administración). Exactametne por el mismo motivo la ayuda externa a los gobiernos de los países pobres es perjudicial: ensancha el sector público a expensas del privado.

    “¿Dónde está el límite?”, preguntas. Pues la ausencia de redistribución a nivel individual es el límite, si de redistribución estamos hablando. Me sorprende que te parezca un “absurdo” que “cada individuo sea dueño de todo su patrimonio, sin limitación redistributiva alguna”.

    En relación con la competencia entre unidades políticas, mi opinión es que favorece una tendencia a rebajar impuestos, regulaciones etc. para atraer capital, empresas, trabajadores cualificados… El voto con los pies se acentúa, y eso me parece positivo. Si no estás de acuerdo con esta visión significa que te parece positivo o neutro para la libertad que se supriman los paraísos fiscales, que se armonicen los impuestos globalmente, que Europa se centralice políticamente, que haya un gobierno mundial etc. Esta postura es simétrica a la anterior.

    La reducción al absurdo que haces (barrios o casas como unidades políticas aisladas) desaparece si desechas las restricciones geográficas: los servicios monopolizados por esas “unidades políticas” (ley, seguridad) pueden ser provistos descentralizadamente, en competencia en un mismo territorio. Esa es como mínimo la perspectiva anarcocapitalista que mencionas, que no contempla monopolios locales sino competencia en el contexto de una misma localidad. Quiero decir, el absurdo es consecuencia de considerar solo unidades políticas monopolísticas (y naturalmente el monopolio político local tiene un límite, por eso Mises – minarquista y favorable a la autodeterminación – hablaba de la unidad territorial mínima viable).

    Un saludo

  3. diciembre 10, 2009 1:10 pm

    Otra cosa que siempre echo a faltar en las objeciones a la “competencia entre unidades políticas”: está claro que los nacionalistas que piden “autogobierno” lo hacen para ejercer el poder localmente, no para “competir”. Pero la competencia se da igualmente, lo quieran ellos o no, porque los factores productivos son móviles (sobre todo el capital) y pueden desplazarse a otra jurisdicción. De modo que no hace falta que los nacionalistas secesionistas tengan la intención de rebajar impuestos, la virtud de la nueva estructura de incentivos es que permite un “proceso de mano invisible” (no dirigido conscientemente por los políticos o por los electores a través de las urnas) que empuja a una menor opresión fiscal etc.

  4. Ludovico permalink
    diciembre 10, 2009 4:04 pm

    Pues creo que Esplugas tiene toda la razón en lo que expone, es claro conciso y esta entrada parece poco reflexionada.

  5. diciembre 10, 2009 4:13 pm

    Albert, creo que no te has percatado de la intención real de mi post. Al margen de suponer que el mito de la competencia local, o el mito de la superposición jurisdiccional, sean o no aceptables desde un punto de vista teórico que no excluya el factor político, como tiende a hacer el anarcocapitalismo, me temo que en el resto de tus convicciones te dejas llevar muy mucho por dicho aspecto, tratando de justificarlo en hipótesis del estilo del nacionalismo liberal. Es decir, escondes nacionalismo político dentro de argumentos psuedoindividualistas. El nacionalismo es, necesariamente, una postura colectivista, por lo que me temo que no hallarás coherencia en tu discurso tratando de combinar antagonistas.
    Me temo que el hombre seguirá siempre manifestando una actitud política, y complicándose la vida “innecesariamente” por problemas más o menos relevantes, de ahí que no vaya a desaparecer nunca la puesta en común de determinados aspectos, claramente politizados, por mucho que la libre concurrencia y el mercado pudieran proveer soluciones mucho más justas y eficientes. La territorialización jurisdiccional es quizá la china en el zapato del anarcocapitalismo, por mucho que se pretenda simplificar su complejo trasfondo jurídico y político.
    Volviendo al tema del nacionalismo. Mi conclusión es la siguiente: no puede defenderse la independencia de Cataluña, Escocia o Andalucía en base a criterios netamente catalácticos, por así decirlo. Quien defiende la independencia de Cataluña, como un todo definible, caracterizado desde una perspectiva esencialista, no lo hace por huir de la redistribución de la riqueza promovida por el Estado. Fijar el límite en las fronteras políticas de la actual región catalana es tan caprichoso como sintomático de que el fin último del independentismo no es combatir el expolio y evitar la dependencia de los subvencionados. Y decía, ¿por qué hablar de Cataluña, y no de Barcelona, Sarriá o el pueblo que sea? ¿Por qué no hablar de la Moraleja, como entidad política definida que, como un todo esencialista, faculta a sus ciudadanos concienciados a tomar legítimamente la decisión secesionista?
    Cuando se habla de expolio en Cataluña para amancebar a los andaluces se está hablando de regiones, no de individuos. No todos los catalanes pagan la redistribución. Que Cataluña, como un todo geográfico, aparezca como pagadora neto, implica que dentro de su territorio existen muchas personas, físicas o jurídicas, que pagan más de lo que reciben, y que, en dicho territorio, la redistribución no se queda exclusivamente dentro de sus fronteras. Es decir, el nacionalismo quiere seguir expoliando a sus propios pagadores netos, y la diferencia es que el montante de la redistribución la quieren dejar dentro de sus fronteras. Siendo así me temo que por mucho malabarismo discursivo y recurso al argumento que provee la teoría del nacionalismo liberal, no se sostiene la idea.
    Cataluña es Cataluña. Y esta verdad absoluta colisiona con otra: España es España. De esta disputa entiendo que lo visceral puede sobre lo racional, y es por ello por lo que muchos os empeñáis en inventar justificaciones irreductibles como las que expones reiteradamente en tu blog.
    Saludos! 🙂

    • Bastiat permalink
      diciembre 10, 2009 6:42 pm

      Estoy absolutamente de acuerdo con esta entrada tuya, sobre todo con esta respuesta y en particular, qué se le va a hacer, con el comentario referido a la territorialización imposible del anarquismo, como concepto político medianamente realizable.

      Pero si escribo ahora no es sólo para mostrar mi acuerdo contigo sino para matizar un asunto. El nacionalismo en sí es un sentimiento grupal que no tiene porqué ser sólo aparejado a aspectos, culturales, idiomáticos o religiosos. El aspecto político también influye. Por ejemplo, los Estados Unidos tienen muy presente en su Constitución que el fin de la nación americana es la libertad individual, aunque luego esté quedando día a día más desfigurada, pero si se le llama la patria de la libertad es por algo. Y no es precisamente un país pequeño. Eso sí, dividido en Estados competitivos entre si, aunque igualmente ahora menos, en cuestiones fiscales pero a los que se les impide constitucionalmente el imponer trabas al comercio y a la cultura, a la religión… etc. Es decir, una cosa es la nación como concepto tribal, valga la expresión, y otra como concepto grupal en sí mismo.

      Es mas, me atrevo a reclamar un nacionalismo liberal en el cual los liberales pudiéramos establecer un gobierno y un estado… (si, un estado) en el cual se defiendan los derechos individuales y, como colofón, pudiera incluso expandirse mediante la agregación voluntaria de territorios a ese ideario que queda plasmado en dicha realidad nacional.

  6. diciembre 10, 2009 4:21 pm

    La unidad de España se fundamenta en un consenso social capaz de propiciar un compromiso político. Lo segundo puede romperse y cambiar, adaptando el consenso a los tiempos que corren. Pero siempre que exista tal consenso, seguirá existiendo España. Esto implica, necesariamente, que existiendo el consenso suficiente a favor de la independencia de Cataluña, Cataluña será, irremediablemente (salvo el ejercicio de una violencia intolerable) una entidad política independiente. Si esto fuera así lo estúpido sería negar la evidencia. Mientras que no llegue ese día, la praxis nacionalista no es sino un esfuerzo, un proceso de formación del consenso social que saben indispensable.
    Saludos!

  7. diciembre 10, 2009 5:44 pm

    ¿Dónde está el límite? Pues está claro, en “la república independiente de mi casa”.

  8. diciembre 10, 2009 6:25 pm

    Eso que dices tiene un fondo de verdad, solo tenemos que mirar a la República romana para encontrar una sociedad similar, pero me temo que de alguna forma, el límite supera ese contorno a medida que la sociedad de expande. Eso sí, llega un punto donde el exceso es mera dominación. Ese es el tema principal de reflexión.
    Saludos!

  9. diciembre 11, 2009 8:52 pm

    yosoyhayek,

    No entiendo este párrafo y en consecuencia no sé si estás o no respondiendo a mi crítica o fui yo el que estaba confuso:

    Albert, creo que no te has percatado de la intención real de mi post. Al margen de suponer que el mito de la competencia local, o el mito de la superposición jurisdiccional, sean o no aceptables desde un punto de vista teórico que no excluya el factor político, como tiende a hacer el anarcocapitalismo, me temo que en el resto de tus convicciones te dejas llevar muy mucho por dicho aspecto, tratando de justificarlo en hipótesis del estilo del nacionalismo liberal. Es decir, escondes nacionalismo político dentro de argumentos psuedoindividualistas. El nacionalismo es, necesariamente, una postura colectivista, por lo que me temo que no hallarás coherencia en tu discurso tratando de combinar antagonistas.

    Quizás es que consideras que la “actitud política” o el “nacionalismo político” (ie. querencia por un Estado que represente a un colectivo en un territorio dado o nación cultural) es inerradicable en el hombre. Yo no estoy convencido de que sea una imposibilidad (sí, quizás, exista un sesgo estatista arraigado, pero creo en nuestra capacidad última de revisar fines ie. “free will”).

    El siguiente comentario obvia mi segundo punto arriba:

    no puede defenderse la independencia de Cataluña, Escocia o Andalucía en base a criterios netamente catalácticos, por así decirlo. Quien defiende la independencia de Cataluña, como un todo definible, caracterizado desde una perspectiva esencialista, no lo hace por huir de la redistribución de la riqueza promovida por el Estado. Fijar el límite en las fronteras políticas de la actual región catalana es tan caprichoso como sintomático de que el fin último del independentismo no es combatir el expolio y evitar la dependencia de los subvencionados.

    Es irrelevante cual sea “el fin”, su “agenda” etc. Ya he dicho que las intenciones en mi análisis son lo de menos. La realidad sigue siendo que la redistribución territorial va en perjuicio de ambas regiones (también de los receptores), y que un mayor número de unidades políticas facilita el voto con los pies, lo cual siempre es positivo. ¿Que estas consecuencias no son buscadas por los nacionalistas? De acuerdo, pero lo que me interesa a mí es saber si se dan o no se dan (y si son positivas, como sostengo).

    Sobre el déficit fiscal, escribí un artículo en LD dejando claro que en última instancia hablamos de redistribución individual. Pero eso no significa que la redistribución territorial no perjudique también a las regiones receptoras (el argumento que emplea Bauer para oponerse a la ayuda externa). Los dos análisis no son excluyentes. De hecho, la contradicción nacionalista es que no lleva su argumento anti-redistribucionista a escala regional (que en sí es bueno) hasta sus últimas consecuencias. Ahí sale a relucir su hipocresía.

    Un saludo

  10. diciembre 11, 2009 11:05 pm

    No sé si toda redistribución va en perjuicio de los dos implicados, si es que fueran dos y no varios. Si a un individuo con un patrimonio de 100 millones de euros le ejecutan una exacción de, digamos, el 40% de su riqueza, a favor de otros dos individuos con un patrimonio de apenas un puñado de euros, éstos recibirán nada menos que 20 millones de euros cada uno, cambiando por completo sus vidas, convirtiéndolos de la noche a la mañana en millonarios. Puede que su condición de nuevos ricos, o no saber qué hacer con tanto, les lleve a la ruina. Pero es más probable que hasta que ese momento llegue, disfruten de la vida como nunca lo habían hecho.
    La redistribución no siempre perjudica a las dos partes.
    Cuando España recibió sus primeros fondos de Cohesión, provenientes en gran medida de Alemania, puede que se diera una situación similar a la relación entre Cataluña y Galicia. ¿Podrías afirmar que España no ha salido beneficiada de la redistribución? Claro, está lo que se ve, y lo que no. No sabemos si España habría prosperado más si de su incorporación a la CE solo hubiera conseguido entrar en un mercado libre. Es más, puede que sin los fondos, dicha incorporación habría sido perjudicial para una economía poco competitiva como la española. De alguna forma ante la invasión de productos alemanes, España resistió gracias a la inversión privada, pero también a los fondos de cohesión. Pero repito, no lo sé, no tengo datos, o mejor, no sabría advertir todas las variables relevantes al respecto (lo que no se ve).
    Votar con los pies no siempre señala el Estado menos malo. Es decir, un individuo, persiguiendo fines particulares, no exclusivamente crematísticos, no siempre deja un Estado más fiero a favor de uno menos fiero. Mucha gente emigra a Noruega a trabajar. Sus salarios reales son altísimos. ¿Es el Estado Noruego un ejemplo de libertad?
    Los modelos son indispensables para bosquejar dentro de la realidad. Actuamos, elegimos, pensamos, en base a modelos previos de los que deducimos conclusiones suficientes para plantear expectativas y emprender acciones. Pero también tenemos la capacidad de advertir errores en dichas teorías, de darnos cuenta de que algo no concuerda, de que la realidad es tozuda y debemos ser críticos con el dogmatismo que nos mueve. Sin modelos no hay acción, pero sin crítica o falsación no avanzaríamos en nuestro empeño por comprender y explicar la realidad. Quiero decir con esto que a veces nos dejamos llevar por el espejismo de haber dado con una respuesta perfecta. Pero la perfección no existe en el conocimiento del Hombre, no hay modelo infalible ni construcción imaginaria que nos de todas las respuestas.
    Saludos!

  11. diciembre 17, 2009 4:45 pm

    No sé si toda redistribución va en perjuicio de los dos implicados.

    Claro, pero es que yo no he llegado a decir tanto. Hablo de la “ayuda externa” a otros Estados/Administraciones, y aplico las enseñanzas de Peter Bauer sobre el desarrollo (ie. la ayuda externa incrementa el sector público a expensas del privado etc.).

    Votar con los pies no siempre señala el Estado menos malo. Es decir, un individuo, persiguiendo fines particulares, no exclusivamente crematísticos, no siempre deja un Estado más fiero a favor de uno menos fiero. Mucha gente emigra a Noruega a trabajar. Sus salarios reales son altísimos. ¿Es el Estado Noruego un ejemplo de libertad?

    Pero es que el argumento a favor del voto con los pies no requiere que “siempre voten el Estado menos malo”. Hablamos de un marco de incentivos que hace que se tienda a votar con los pies por el menos malo, da igual que “no siempre” sea así. Ante la inexistencia de certezas, yo me inclino siempre por estructuras de incentivos que empujen en la dirección adecuada.

    Si la gente emigra a Noruega a trabajar porque hay salarios altos tendremos que preguntarnos cuál es la causa de esos salarios, y a lo mejor descubrimos que pese al generoso tamaño del Estado tiene un mercado laboral más flexible, están más globalizados etc. De hecho los países escandinavos en general puntúan bien en el índice de libertad económica.

    Lo interesante del voto con los pies es que pone a prueba el modelo que defendemos (y el que defienden los socialistas). En la medida en que se permite la libertad de movimientos, capital, empresas etc., si nuestro modelo es el que ofrece más oportunidades, mayor prosperidad etc. tendría que sobresalir vis a vis modelos más intervencionistas. Si no ocurre quizás es que el sistema que defendemos no sea tan bueno!

    Un abrazo

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