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Vic, “lo social” y la violencia

enero 17, 2010

Por repetirlo que no quede, y a los hechos me remito: el Estado de Bienestar genera violencia. Las razones son obvias, más cuando comprobamos cómo los “contribuyentes” de Vic se rebelan ante la posibilidad de que su ayuntamiento continúe sufragando servicios públicos como la sanidad o la educación (entre otros) a los inmigrantes ilegales. Lo cierto es que Vic es un buen ejemplo del impacto reciente que ha tenido la inmigración en España, con especial intensidad en determinados municipios. Cuando las cosas van bien, excepto el recelo a lo extraño y diferente o algún conato de prejuicio racista, la cosa no va más allá. Pero cuando se saben mal dadas para todos, en medio de una crisis como la que vivimos, comienzan a aflorar todos los vicios, pasiones y arrebatos que genera el atavismo “social”.

Una sociedad extensa se sostiene sobre la libertad individual, en el sentido de que cada cual persigue, con sus propios medios, los fines que más valora. El orden resultante beneficia a todos, proporcionándoles bienes, servicios, información y ámbitos institucionales donde poder seguir actuando aminorando la incertidumbre y definiendo expectativas con mayor probabilidad éxito relativo. Lo cierto es que la sociedad extensa, donde millones de almas conviven, intercambian e interactúan en un clima poco conflictivo, no es en absoluto compatible con el esfuerzo atávico que tiene como meta devolver al orden social a los principios y valores del grupo humano cerrado, poco numeroso y precario. Eso es el Estado Social: montar un tinglado institucional desde la coacción, el expolio y la redistribución, donde todos se ven obligados a participar, y cuyo resultado es siempre que unos acaban viviendo de otros. Lo curioso, lo que hace resistente esta red de dependencia, es que interesa a la mayoría, aunque en apariencia algunos obtengan una subvención más evidente que la de otros. Pero en realidad, tanto la familia Entrecanales, como Botín o Diez Ferrán, disfrutan del Estado Social tanto o más que los miles de habitantes del Barrio de los Pajaritos, o los pensionistas no contributivos… La redistribución coloca en dos extremos a sus mayores beneficiarios, dejando entremedias a una masa informe, imposible de sumar bajo un objetivo común, llamada clase media (media baja, media y media alta, si se quiere).

A la clase media se le hace creer que vive en un equilibrio perfecto de aportación y prestación, cuando lo cierto es que son, en su mayoría, contribuidores netos. Por muchos impuestos que pague Iberdrola o los miembros de su junta directiva, y pocos sean los servicios públicos que reciban, su posición, su dominio, su acceso al gasto público, su influencia en las decisiones de inversión del Estado, todo ello les convierte en receptores netos.

Y decía que Vic es el mejor ejemplo de la violencia que encarna el Estado Social. Diluida la tensión mientras duran las vacas gordas, las quejas acaban en chascarrillos reaccionarios. Sin embargo, cuando se le ven las orejas al lobo, lo que antes formaba parte de vacuas conversaciones, ahora salta a la política de manera obvia.

La inmigración es la gran enemiga del Estado Social. Cuando viene a trabajar, atraída por las oportunidades de mercado, enseguida se adapta al orden existente no suponiendo ninguna amenaza contra el patrimonio o la integridad de los nativos. Pero bien a posteriori, deslumbrados por la protección que dispensan las administraciones, o a priori, directamente guiados por esta realidad, se convierten en activos demandantes de prestaciones públicas. Y entonces salta la liebre, y a muchos les cabrea que no haya plaza en la guardería, que el ambulatorio este lleno, que se apunten a todo como el primero. Sucede entonces que el atavismo inicial, aquel que empujó a crear una estructura de procura y protección colectiva para el grupo tramado, reacciona contra el extraño, el inmigrante, como primer objetivo de toda la ira y desprecio de los locales. Convertidos en chivo expiatorio sobre el que descargar la tensión que genera el racionamiento, la escasez endémica de lo público, el compartir medios, la necesidad de pedir número, de entrar en una lista interminable, de rogar al funcionario… Violencia que en un primer estadio localiza a propios y extraños para enfrentarlos. El siguiente paso, cuando las cosas se ponen aun más feas, toma forma de recriminación cainita, de clasismo, y todos esos males que acaban viciando la convivencia entre individuos.

Saludos y Libertad!

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One Comment leave one →
  1. Geremias permalink
    enero 17, 2010 5:13 pm

    Muchas palabras para no atacar lo obvio:Un turista no se puede empadronar, salvo que estemo pensado en una posible regulacion y en darle sanidad y colegio gratis.¿A ti se te ocurre empadronarte en Nueva York si vas alli?¿Qe crees que te dirian?
    Sigue mareando la perdiz.

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