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La Hora del Planeta

marzo 27, 2010

Hoy toca tomar conciencia: despilfarramos energía. Hay dos formas de evaluar si esto es cierto. Veremos que ninguna de ellas preocupa a los promotores de la acción reivindicativa:

1. Calculando la eficiencia estática de un sistema de producción-consumo de energía, tratando de advertir usos innecesarios, usos improductivos, vías de despilfarro mecánico…

2. Advirtiendo, en términos dinámicos, que un aparente despilfarro estático, es, sin embargo, elemento inevitable para que el orden general tienda hacia una mayor disciplina del consumo y una productividad energética mayor.

Todo esto, como decía, poco importa a quienes se han apuntado a la chorrada de hoy: dejar de consumir energía durante una hora. Esto es como el día de los enamorados o la navidad, fiestas en las que uno se hace el atento para después, el resto del año, mantener una conducta no tan atenta, cuando no opuesta a aquella de la que, en dichas fechas o momentos, deberíamos tomar conciencia. Apagar las luces durante una hora sirve para que la gráfica de consumo energético caiga, poco o mucho, y los gobiernos emitan declaraciones diciendo que tomarán nota. ¿Nota de qué?

En España, como en casi todos los países del mundo desarrollado, los consumidores de energía desconocen el coste real de su producción, pagando por ella unas tasas intervenidas y subvencionadas que evaden el ajuste propio de todo mercado libre. Aunque el espejismo de cierta concurrencia nos transmita la equívoca apariencia de que existe un mercado de la energía, en realidad, en ausencia de precios de mercado, sin que los derechos de propiedad sean defendidos y definidos, no puede hablarse de semejante proceso de coordinación. Me explico.

La mayoría de las externalidades negativas que se generan al producir energía, no son asumidas como costes de la acción por quienes se dedican a ello, siendo imposible advertir qué volumen de costes resulta aceptable dada una estimación de los precios que podrían cerrarse en el mercado. La descoordinación alcanza al consumidor, desprovisto de todas las señales y recursos que le permiten introducir sus necesidades energéticas dentro de su particular escala valorativa. Sin esto, y sin lo anterior, resulta imposible que en el mercado se fijen precios capaces de transmitir información y conocimiento que a su vez sirva para disciplinar hábitos, ajustar conductas y permitir cálculo económico en cada economía empresarial o doméstica.

Si a todo lo anterior añadimos un proceso deficiente de privatización de la industria productora de energía, donde el gobierno se reserva la fijación de precios y tarifas, la imposición de ciertos tributos tratando de compensar las externalidades negativas, pero sin que los consumidores afectados, o el resto al pagar un precio, perciban realmente la correlación entre costes padecidos y recaudación de dichos impuestos, en forma de compensaciones directas. Este desajuste compromete la capacidad de todos nosotros de hacernos una imagen subjetiva de los hábitos que deberíamos adoptar para mantener un consumo de energía acorde con la valoración que concedamos a otros fines, o a los fines complementarios a dicho consumo energético.

¿Qué sucedería en un mercado libre de energía? Nadie puede saberlo, pero si intuirlo en forma de tendencias. El mercado no es eficiente en sí mismo. Tratándose de un proceso donde intervienen multitud de individuos, con valoraciones subjetivas particulares, en multitud de circunstancias personales o generales, solo cabe decirse que el mercado tiende a una eficiencia que resultaría imposible en su ausencia, es decir, que nunca podrá lograrse sin precios libres y libre concurrencia competitiva (por una cuestión de información, conocimiento e imposibilidad de cálculo económico).

Puede que al darnos cuenta de que la energía que consumimos cuesta más de lo que nos hacían creer nuestros gobiernos (la diferencia la pagábamos, pero a través de impuestos cuyo destino no incorporábamos en nuestra particular valoración del bien energía), recurriéramos a un consumo más restringido, o renunciáramos a otros fines, a cambio de mantener e incluso incrementar nuestro consumo energético anterior. Con precios de mercado se advertirían las deficiencias en la producción, localizándose los desajustes gracias a la perspicacia empresarial más o menos intuitiva de los individuos. Surgirían nuevas formas de producción, mejores sistemas que evitasen gran parte del despilfarro, se dedicarían esfuerzos e inversión a aquellas vías de generación energética que menos externalidades y más eficiencia estática demostrasen, el conocimiento avanzaría demostrando que no hay nada dado, y que el orden social es eminentemente dinámico… La tendencia, sin duda, caminaría hacia una reducción de la contaminación, que es, por definición, el ilícito vertido sobre terceros de aquello que estos no quieren. Lo cierto es que todos consumiríamos energía de forma mucho más consciente y disciplinada (y esto es lo que ahora sucede, pese a la intervención, cuando la función empresarial y la libre concurrencia genera soluciones que reducen el consumo, la pérdida mecánica de energía (eficiencia estática), y ofrecen nuevas formas de generación para usos ya consolidados… La diferencia radica en el incentivo: ahora es triple, impuestos, regulación e imagen corporativa, condicionada por el estado de opinión pública, cada vez más sensible a los temas relacionados con el cuidado del medio ambiente).

Medidas como la de hoy no aboga en absoluto porque en libertad los individuos ajusten su conducta y la energía alcance un precio que, a modo de señal, permita una producción más acorde con las valoraciones generales de todos nosotros. La Hora del Planeta forma parte de una campaña de cariz totalitario e ignorante que exclusivamente pretende culpabilizar al modo de vida industrial o contemporáneo de todos los males padecidos por una entidad objetivada bien llamada Tierra, Madre Tierra, Medio ambiente, Planeta, o como sea. El Hombre, dentro de este esquema, es un agresor positivo o potencial, una carga cuyas necesidades representan degradación, contaminación y abuso sobre dicha entidad de cariz sobrenatural (cuyo “interés” ha de anteponerse al del hombre). Se revitalizan así las falacias malthusianas, que a pesar de haber sido refutadas por los hechos, siguen vivas dentro del pensamiento estático que caracteriza al socialismo. Considerar que todo está dado, que los bienes y los medios son los que son, que se trata de economizarlos en pos de un objetivo común, que todo es una cuestión de tomar conciencia y racionar el consumo energético, o de otros productos, a modo de flagelación auto culpabilizadora gracias a la cual lograr el cielo mundano, la paz secular, rendir culto a esta nueva ateología que es el econologismo (si hoy, por ejemplo, no existiera el motor de combustión, pero la población y sus necesidades sí hubieran avanzado y crecido como lo han hecho, una ciudad del tamaño de Nueva York sería imposible, e insufrible, por varios factores, pero principalmente por culpa de la acumulación de escrementos de los caballos que harían las veces de propulsión del transporte público y privado).

Todo esto se queda en pose, como sucede en nuestros días con las teologías tradicionales, donde los fieles acaban cumpliendo con los ritos en un par de ocasiones cotidianas, y otro par de grandes momentos personales. El resto del tiempo, a vivir que son dos días, sin disciplina moral alguna, despojados de la responsabilidad que se le presupone a quien celebra semejantes tomas de conciencia. Confiar a La Hora del Planeta, la disciplina en el consumo energético de millones de personas en el planeta, es tan ingenuo como ridículo. La disciplina no debe proceder de la superstición. Uno no debe ser un meapilas, un reprimido o un ermitaño, en base a la mera superchería religiosa. De eso, en términos trascendentes, parece que nos hemos librado, pero la hordas inquisitoriales regresan ahora con forma atea, apelando a miedos y sofismas, todo ello para mantener a la población sometida al temor y la culpa. Las mismas perversas intenciones, pero bajo nuevas maneras de dominación.

No se trata de rechazar de plano todas las reivindicaciones ecologistas. Algunas, aunque ellos mismos no lo sepan, o no lo lleguen a entender desde una perspectiva racional y científica, aciertan en determinados aspectos. Pero todo eventual acierto se dirige justo hacia el lado contrario al que estos adictos parecen señalar como solución: más mercado, más libertad, y menos intervención o racionamiento. Los individuos pierden su particular piloto automático cuando son otros los que tratan de dirigir sus valoraciones, o disciplinar a través de mandatos sus decisiones. El socialismo destruye la capacidad que tiene el Hombre de interaccionar con terceros generando un orden de acciones proclive proporcionarle más ventajas que inconvenientes. Todo esto comporta que el individuo discipline su conducta, perciba con más claridad los costes de sus acciones, y decida sometido siempre a una eventual exigencia de responsabilidad por cada acto celebrado.

Más mercado y menos gilipolleces.

Saludos y Libertad!

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2 comentarios leave one →
    • marzo 28, 2010 6:12 pm

      Piden demasiado, creo yo. La gente no va a apagarlo todo porque sí. Ayer mismo se presentó una vivienda sostenible, o autosuficiente, o ecológica: 400.000 Euros, 50 m2, más un plus dependiendo del precio del suelo donde la queramos. Se supone que te ahorras el consumo energético, aunque no se dice nada del coste de mantenimiento, por ejemplo. Claro, quien quiera vivir en 50 m2, en el quinto pino, a casi 10.000 euros el metro cuadrado, puede permitírselo. Esperemos que sirva para algo, y los millonarios ecologistas a quienes está dirigido el invento, compren las casitas en cuestión. Es la única forma de que su tecnología acabe algún día siendo accesible para casi todos. Es decir, necesitamos varios elementos: mercado libre y un número suficiente de millonarios caprichosos para que el asunto sea rentable y merezca la pena seguir invirtiendo. Eso, o que el Estado abandone muchas de sus intervenciones, para dedicarse en exclusiva a hacer viviendas de lujo ecológico.

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