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El TC y la España Constitucional

marzo 29, 2010

El TC tiene miedo de las consecuencias de sus decisiones, demostrando que no es un órgano independiente de otros poderes del Estado, pero además, que carece de la autoridad que se le supone, siendo incapaz de resolver sobre el Estatuto de Cataluña con prontitud, claridad, rigor y determinación. Cuatro años dando tumbos, y unos meses lanzando globos sonda. La sentencia no llegó en 2008, cuando se decidía la mayoría parlamentaria en elecciones generales. Parece que la siguiente fecha límite serán las elecciones catalanas.

Hace unos meses la noticia fue bien distinta a la que hoy. Hacia mediados de noviembre de 2009 el TC filtraba una información que advertía sobre el contenido restrictivo que su sentencia infringiría sobre el texto del Estatuto. Ahora toca decir lo contrario, alarmando a ciero sector de la opinión pública sobre la posible aceptación del término Nación, o la asunción del catalán como lengua propia de Cataluña, de obligado conocimiento para los que allí residan. Son muchos más los temas, en materia de financiación, poder judicial, relaciones internacionales, cooperación y coordinación interregional, blindaje de competencias, pero los dos que han sido destacados poseen una relevancia que trataré de explicar un poco más adelante.

La sensación que transmiten este tipo de filtraciones es la de que el TC tiene dos sentencias alternativas, y que la mayoría de sus miembros no saben por cuál decantarse. Por ello prefieren lanzar globos sondas a fin de realizar una toma de temperatura que traduzca la opinión o las tragaderas de españoles y clases dirigentes. Luego está la cuestión política, dado el fracaso que para Zapatero y el PSC representaría la práctica inconstitucionalización del Estatuto, sin duda les terminaría arrastrando, más pronto que tarde, a su tumba electoral. Presiones, por tanto, muchísimas, pero sobre todo aquellas procedentes de Cataluña, donde son muchos los poderes que se mueven a favor de la singularidad, del catalanismo y el privilegio, incluso de la independencia. Poderes que caminan, por ahora, de espaldas al sentir general de su población, pero que poco a poco piensan poder recabar el apoyo de esa mas crítica indispensable para sostener una eventual secesión.

Tanto el tema de la lengua como el del término nación poseen una gravedad nada desdeñable en términos tanto políticos como jurídico-constitucionales. La Constitución de 1978 se hizo con un espíritu distinto al de la vieja y fallida constitución de 1876, pero coincidieron en algo que ambos casos, no tardó en manifestarse: las dos fueron textos que se hicieron para no ser cumplidos, al menos en varios aspectos que tarde o temprano derivaron o derivaran en la ruptura del régimen que instituyeron con su aprobación. La culminación de este desgaste anunciado en el caso de la CE de 1978, es el Estatuto de Cataluña debatido, y lo fue desde el mismo momento en que las Cortes españolas lo aprobaron por mayoría. El TC puede dar un golpe de autoridad que no sirva para nada, pero también podría conseguir el efecto contrario, haciendo recular a algunos y hundirse a otros, dejando indemne a la Constitución (por ahora), a la espera de un nuevo asalto particularista. Esa es la discusión que se mantiene abierta, a día de hoy, en el seno del tribunal: confirmar la muerte del régimen o tratar de salvarlo.

En términos estrictamente jurídico-constitucionales cabe ser laxo en la interpretación del Preámbulo del Estatuto, y su referencia a que Cataluña es considerada nación por su pueblo e instituciones autónomas. No sucede lo mismo en términos políticos, dado que la relevancia de esta afirmación supone un golpe contra la fuente misma del orden constitucional vigente: la nación española. En el juego de términos, conceptos y teorías constitucionales, la soberanía y su titularidad resultan centrales. La abstracción del poder absoluto y su concesión primero a la nación y después al pueblo (de hecho en la CE´78, la soberanía es nacional, pero ejercida por el pueblo), funda los regímenes políticos contemporáneos, incluso más allá de occidente. Este esquema es básico, no ha surgido alternativa teórica ni filosófica, y por tanto, dentro de su espíritu colectivista y constructivista, aparece como la clave para entender el orden constitucional de una comunidad política. Que Cataluña sea nación, aunque lo sea por un pronunciamiento meramente político (los preámbulos legislativos son eso, espíritu, fines, valores y justificación política de la norma), anula la posibilidad de que España lo siga siendo, puesto que siendo la nación, o en su nombre, el pueblo, quien ejerce la soberanía, no cabe la posibilidad de que nos naciones se solapen sobre un mismo cuerpo popular o un mismo territorio. La soberanía es una, y se identifica con su titular, que es la nación. El preámbulo, aunque dentro de la ficción constitucional pueda llegar a encajar (según una interpretación conforme y relajada, quizá en exceso relativista e ingenua), tiene efectos políticos fundamentales: Cataluña habrá sido reconocida como fuente de poder absoluto, como ente capaz de autodeterminarse sin pendencia de otra voluntad política distinta, en este caso la española.

Las Constituciones rígidas, como la española, no admiten que sus términos básicos sean reinterpretados. Por eso en la de 1978 se introdujo, cometiendo un gravísimo error, el invento de las “nacionalidades”. La nacionalidad es el atributo de la Nación, lo que la define, la Nación misma. Nuestra constitución es de por sí contradictoria, aunque lo sea no admitiendo formalmente un ulterior incremento de tamaña contradicción. Lo que podría terminar aprobando el TC sería el segundo y último paso que condenase a nuestro texto constitucional al definitivo absurdo jurídico-político.

Esto se acaba. Durará más o menos, pero de aquí solo saldremos mediante un nuevo periodo constituyente y un régimen distinto. Desconozco lo que quedará del anterior: puede que la unidad de España resiste, o puede que no. Puede que la soberanía acabe en manos del pueblo español y las naciones periféricas, generando un federalismo de corte germano. Todo se verá.

Saludos y Libertad!

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5 comentarios leave one →
  1. Fritz permalink
    marzo 31, 2010 3:21 am

    Esto no hubiera pasado si los constituyentes hubieran visto “Avatar” con ojos liberales, un pequeño esfuerzo, vamos. Sea como fuere, estoy plenamente de acuerdo en que la Constitución del ´78 se hizo con un espíritu distinto del de la de ¡1876!, pues no faltaría más. Pero bueno, que para llegar a ésto (a Losantos, que lleva diciendo esto años) no hacían falta alforjas.

    Pensando en eso de la Constitución de 1876 diré una cosa que nunca pensé saliera de mi boca: eres un CRACK joder!

  2. abril 4, 2010 8:00 pm

    Estoy 1000% de acuerdo con este post. Muy bueno. El TC efectivamente ha demostrado su incapacidad para ser independiente y resolver con prontitud y rigor el estatuto catalán, perdona que te parafrasee pero no podría estar mas de acuerdo.

    • abril 4, 2010 9:09 pm

      Gracias David. El TC no tiene ni legitimidad ni autoridad, las ha perdido, y me temo que no sólo él… nuestro orden constitucional se acaba, esperemos que su agonía sea breve, y no que dure tanto, ni tenga un final tan esperpéntico como la anterior restauración.
      Saludos!

      • abril 4, 2010 9:27 pm

        Pues yo espero (de esperanza, no de convencimiento) que impere la cordura y no se termine de desmoronar el edificio constitucional.

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